portada del libro
 
 
 

 

 

"ANTIQUAE LECTIONES. El legado clásico
desde la antigüedad a la revolución francesa"

Martes 18 de Octubre, 8 tarde
Biblioteca Pública de Valladolid. Plaza de la Trinidad


Presentación del libro.
Publicado por Ediciones Cátedra en 2005
Intervienen: Juan Signes Codoñer; Beatriz Antón Martínez; Pedro Conde Parrado; Miguel Ángel González Manjarrés; José Antonio Izquierdo Izquierdo, Coordinadores del libro y Profesores de la Universidad de Valladolid.

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El objetivo de este libro es reclamar la atención sobre un campo de estudios, la tradición clásica, que aunque está de moda en los últimos años, carece de cierta metodología y de un marco de reflexión que aglutine a los estudiosos de todos los ámbitos culturales a los que afecta: historiadores de la ciencia y de la medicina, romanistas, historiadores del derecho, lingüistas, críticos literarios, técnicos e historiadores del arte, filósofos, arqueólogos, paleógrafos y por supuesto filólogos clásicos e historiadores de la Antigüedad. Todos ellos poseen una ligazón común que los une a los orígenes clásicos de nuestra civilización. El libro esta dividido en diez secciones temáticas que van desde la Antigüedad misma, hasta el Siglo de las Luces. Cada autor ha compuesto, a partir del título del capítulo, una exposición concisa de un tema, una bibliografía reducida a cinco títulos esenciales y ha elegido un texto que ilustre alguna idea central de la exposición previa.

 

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Hay quien considera que en nuestra tardía modernidad los derroteros intelectuales han conducido a una ruptura total e irrecuperable con el pasado clásico. Pero, con independencia de la disposición de la sociedad a reconocer la deuda que tiene con ese pasado, ésta constituye un hecho histórico innegable, pues han sido los clásicos los que, para bien o para mal, han conformado la mentalidad europea moderna. Como el burgués de Molière, que hablaba en prosa sin saberlo, el moderno europeo es, lo quiera o no lo quiera, griego y romano, tanto cuando aprende a escribir su lengua (la gramática la crearon los griegos y desde entonces la escritura de cualquier lengua requiere una gramaticalización previa), como cuando va a la iglesia (el cristianismo es incomprensible sin el mundo grecorromano y su legado filosófico) o acude a las leyes para defender sus derechos (la herencia del derecho romano es todavía sustancial en los códigos civiles actuales). Que el moderno europeo no sea por lo general consciente del legado grecorromano es una prueba más de la falta de memoria histórica de la que adolecen amplias capas de la sociedad contemporánea, una carencia que, desde luego, no afecta sólo a los clásicos, sino que tiene que ver en general con la inmediatez del saber que se ha impuesto en todo el sistema educativo: se busca la preparación para un oficio y se renuncia a una visión del mundo, se preparan técnicos y se descarta a los críticos. El objetivo del libro que hoy se presenta no puede ser obviamente intentar cambiar este estado de cosas, sino simplemente suscitar un debate sobre la dispersión de saberes que predomina en nuestro sistema educativo y que impide en muchos casos comprender nuestras raíces y nuestra historia más allá de las frases hechas y los tópicos manidos, que se repiten, pero no se entienden. Concretamente nuestro objetivo era reclamar la atención sobre un campo de estudios, la tradición clásica, que aunque está de moda en los últimos años, carece de cierta metodología y de un ámbito de reflexión que aglutine a los estudiosos de todos los ámbitos culturales a los que afecta: historiadores de la ciencia y de la medicina, romanistas, historiadores del derecho, lingüistas, críticos literarios, técnicos e historiadores del arte, filósofos, arqueólogos, paleógrafos y, por supuesto, filólogos clásicos e historiadores de la Antigüedad. Los estudiosos de todas estas disciplinas poseen una ligazón común que los vincula a los orígenes clásicos de nuestra civilización, pero en contadas ocasiones han tenido contacto entre ellos. A todos se les ha dado acogida en este libro, cada uno con una pequeña contribución, con la esperanza de que de la suma de ellas resulte un conjunto coherente pese a la dispersión de voces e intereses de los contribuyentes. No hemos pretendido sin embargo mirar al pasado ni reivindicarlo, sino simplemente reconocer nuestra deuda hacia él, aunque en muchos casos esta no sea positiva.