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Miguel Delibes y su compromiso ciudadano

Jueves 13 de Octubre, 8 tarde
Biblioteca Pública de Valladolid. Plaza de la Trinidad


Homenaje a Miguel Delibes (En sus 85 años)
Mesa redonda
"Miguel Delibes y su compromiso ciudadano".
Intervienen: Carlos Gallego, abogado y escritor; Ramón García Domínguez, Escritor; Fernando Herrero, Escritor y Crítico cultural.

 

La deuda que Valladolid tiene con Miguel Delibes no está completamente satisfecha. Es cierto que la presencia que siempre ha otorgado a la ciudad en su obra -culminada con la dedicatoria a ella de El hereje, así como por el protagonismo que en la novela adquiere nuestra ciudad- constituye un regalo impagable, por el que ha obtenido el reiterado reconocimiento de todos los vallisoletanos. Sin embargo, aún tenemos pendientes de saldar otras cuentas con él, y ésta de su 85 cumpleaños constituye ocasión propicia.

No se ha reparado suficientemente sobre el papel que Miguel Delibes desempeñó en la regeneración moral de la ciudad. Cuando empezó su producción literaria en la segunda mitad de los años cuarenta la sociedad vallisoletana se hallaba aún bajo los efectos devastadores que la contienda civil había producido en la moral colectiva, devastación cuya vigencia se prolongaría durante varias décadas. Es preciso esforzarse en un ejercicio de abstracción para entender solventemente esa circunstancia, porque la autoridad inmensa que posteriormente acabó adquiriendo Miguel Delibes como autor literario y como personalidad intelectual, no solo era por entonces incipiente, sino que se constreñía a un reducido círculo de contemporáneos. Su obra ofrecía un admirable resultado literario, pero también un potente referente ético al que asirse en la deriva moral de la colectividad. La firmeza con que él lo mantuvo, alejado de los ambientes oficiales, le llevó a los conocidos enfrentamientos con el poder político, pero antes que ellos le obligó también a resistir la hostilidad de los sectores sociales que detentaban de hecho el poder local. A estas alturas de la historia es difícil percibir las dificultades que significaba mantener ese compromiso, porque cuesta mucho representarse a quien por entonces solo era un joven escritor enfrentado a los problemas comunes de una vida cotidiana plagada de múltiples incertidumbres y acuciado por los nada despreciables requerimientos materiales de una extensa familia, cuya satisfacción se arriesgaba llevándose a tal extremo las cosas. Los datos que nos permiten el conocimiento de esa realidad (deducibles de elementos autobiográficos en alguna de sus obras y, en menor medida, por propia confesión) expresan la precariedad de esa circunstancia individual en que mantener la trayectoria por la que estaba apostando, renunciando a otras posibles que franqueaban el acceso a un horizonte afortunado constituía un compromiso cuyo resultado era completamente incierto. Insistamos: ningún dato de la realidad objetiva de los años cincuenta y sesenta ofrecía por entonces garantías de que esa apuesta terminaría en el afortunado desenlace que más adelante fue consolidándose hasta alcanzar el éxito final del proyecto que su persistencia logró. La única certeza era la que arrojaban las dificultades en la lucha diaria frente a la hostilidad del medio oficial y ante una general indiferencia que, por lo que a esta última respecta, fue venciéndose progresivamente, a costa de un esfuerzo constante.

Ese reto individual de Miguel Delibes no se agotaba en el impulso de una obra literaria originalísima, ni tampoco en la luz que a través de ella proyectó sobre ciertos rincones oscuros de la condición humana, sino que además sacudió la moral colectiva manteniendo vigente en todo momento entre los miembros de esta ciudad ese referente ético que se alimentaba con la periódica aparición de sus obras y, en no menor medida, con su presencia permanente entre nosotros. De manera que el saber que él estaba ahí, tan próximo, se constituyó en uno de los activos de ese inconsciente colectivo que aspiraba a una realidad mejor, superadora del vacío moral que nos legó el pasado.

Y esa aportación esencial para quienes fuimos y somos sus contemporáneos es la que justifica el reconocimiento público que ahora le ofrecemos.

texto de Carlos Gallego leído durante este acto