"el peluquero que mató a su mujer"
por Albert Cossery

      

 

Traducción de Mónica Mansour


Era en el callejón Negro.

Esa tarde, Chaktur el hojalatero, que trabajaba en su taller en la reparación de una jarra de baño, dejó por un momento su tarea, para recogerse y pensar con calma en su vida miserable e infinita. Pero no llegó muy lejos en sus amargas reflexiones. Toda su vida estaba allí, junto a él, y podía tocarla con sus manos, de tan sombría y sucia que era, sin una pizca de sueños. Se sintió tan claramente asqueado que pensó en otra cosa.

  En primer lugar, trató de entender cómo le había hecho Saadi, el peluquero ambulante, para envenenar a su mujer. (En esas épocas era la preocupación suprema de los habitantes del callejón.) Pero le faltaban los detalles de ese crimen tenebroso y tuvo que resignarse a abandonar la partida. Por otra parte, era un asunto tan turbio que más valía ni acercarse, ni siquiera en pensamiento. ¿No se decía que la policía había arrestado a algunos clientes del desafortunado Saadi, para interrogarlos y establecer su responsabilidad moral de acuerdo con el grado de relación que mantenían con el peluquero? Incluso se consideró que el discurso de uno de ellos, Harusi, el propietario de la fonda del pueblo, estaba lleno de tentaciones. Según parece, este innoble mesonero había dicho un día al peluquero ambulante: "Saadi, hijo mío, el hombre que pueda deshacerse de su mujer entrará con toda seguridad al Paraíso". Sin duda estas palabras de gran sabiduría fueron malinterpretadas por el peluquero. En todo caso, ningún Paraíso quería nada con él por el momento, y la policía entonces se vio obligada a recluirlo en alguna cárcel, como a un vulgar asesino. "Pobre Saadi, me rasurabas tan bien la barba por la migaja de pan que te daba. ¿Qué nos va a pasar si todos los hombres como tú se van a la cárcel?" Chaktur nunca había estado en la cárcel. Entonces pensó en el régimen carcelario, en los sufrimientos que deben soportar los presos, y sobre todo en su soledad carnal. Pero tampoco de eso tenía una idea precisa. Se detuvo en sus deducciones fantasiosas y miró al callejón.

     Frente al taller estaba el farol No. 329, que dilapidaba su claridad oficial a través de todo el callejón. A veces, un transeúnte con expresión vaga se detenía en la zona de luz para ver en qué condiciones estaba antes de regresar a su casa, o bien miraba por décima vez -por lo menos- una moneda falsa que le acababa de dar Saruk, el dueño del café. Por el callejón también vagaban perros hambrientos, esqueléticos y protegidos por la sarna. Había siempre alguna mujer que maldecía a sus hijos en voz alta y estridente, para que todo el callejón la oyera, y para que las personas de mala fe supieran que ella se preocupa por educar a los suyos. Además, casi por todas partes, se asentaba la basura.

     Malhadado el pobre que tiene tiempo libre. Chaktur estaba por volver a su trabajo cuando vio al niño. Estaba parado en la entrada del taller, cargando en el brazo un manojo de tréboles que acababa de comprar en el mercado. Y miraba a su padre con un aire de reproche en sus ojos tristes, como para recordarle algo muy importante que el hombre había olvidado.

     -¿Qué me traes ahí, chiquito?

     -Es para el borrego, papá.

     -¿Qué borrego?

     ¿Por qué no entendía? El niño estaba al borde de las lágrimas, pero retuvo el llanto y explicó todo a ese padre embrutecido por la miseria, esclavo de una fatalidad rigurosa y cruel.

     -El borrego de la fiesta, papá. Yo me encargué del trébol. Ahora sólo falta comprar el borrego.

     El niño estaba sucio, pero era guapo. Estaba desnudo bajo su túnica color tierra. Llevaba tristeza en todo el cuerpo.
     Chaktur miró a su hijo con asombro y lástima. No dijo nada. En su ánimo sin cesar atormentado ya no había lugar para un nuevo dolor. Simplemente se sentía aplastado por el gesto de su hijo; porque ahora comprendía que en ese niño -sangre de su sangre- se formaba una miseria consciente y real de la que no se había dado cuenta antes y que desde ahora permanecería ligada a la suya. ¿Por cuánto tiempo? El niño crecerá y con él aumentará su miseria, hasta el día en que, a su vez débil -porque ¿puede el hombre aguantar solo su miseria?-, creará un hijo que comparta con él ese peso. El único consuelo del pobre es no dejar al morir a un hijo pródigo. La ignominia que lega a su descendencia es inagotable.

     -La fiesta no es para nosotros, hijo mío. Nosotros somos pobres.

     El niño lloró, lloró amargamente.

     -Qué me importa; yo quiero un borrego.

     -Somos pobres, repitió Chaktur.

     -¿Y por qué somos pobres?, preguntó el niño.

     El hombre reflexionó antes de responder. Él mismo, después de tantos años de indigencia tenaz, no sabía por qué eran pobres. Esto venía de muy lejos, de tan lejos que Chaktur no podía recordar cómo había empezado. Se decía que, sin duda, su miseria nunca había tenido un comienzo. Era una miseria que se prolongaba más allá de los hombres. La había tomado desde su nacimiento y le había pertenecido enseguida, sin la menor resistencia, ya que estaba destinado a ella mucho antes de haber nacido, todavía en el vientre de su madre.

     El niño seguía esperando que se le explicara por qué eran pobres. Había dejado de llorar, pero dentro de él aún había muchas lágrimas, todas las lágrimas de los niños miserables cuyos sueños son traicionados por la vida.
     -Mira, chiquito, ve a sentarte en un rincón y déjame trabajar. Si somos pobres es porque Dios nos ha olvidado, hijo.

     -¡Dios! -dijo el niño-. ¿Y cuándo se acordará de nosotros, papá?

     -Cuando Dios olvida a alguien, hijo, es para siempre.

     -Me quedaré de todos modos con el trébol -dijo el niño. Tomó su manojo de tréboles, lo puso en un rincón del taller y luego se acurrucó sobre él. Y volvió a empezar a llorar, porque era chiquito y porque era su manera particular de rebelarse contra la injusticia del mundo. Bruscamente, el niño aprendía que estaba solo en la vida y, bruscamente, se arrimaba a las cosas desconocidas del desamparo, del lastimoso desamparo humano.
     El hombre volvió a su trabajo. Ver el pequeño rostro devastado por el llanto le dolía. Sufría de una manera terrible y nueva. Pero qué importaba su pena y la de todos los hombres del universo. Lo importante era que el niño ya no sufriera. Se daba cuenta cada vez más de esta verdad esencial. ¡El niño! ¿Quién se ocupará de salvar al niño? Mientras trabajaba, el hombre pensaba en la muerte como en la única liberación posible, y la deseaba ardientemente para sí mismo, su mujer, su hijo y todo el callejón.

     En ese momento pasó el gendarme Gohloche, arrogante y orgulloso como siempre.

     Se detuvo frente al taller y paseó su mirada execrable sobre el hombre y su hijo. El gendarme Gohloche había nacido verdugo. En su mirada había una necedad que mataba. Y permanecía allí de pie, arropado en su gruesa capa de lana negra, parecido a un animal repugnante y poderoso. Hacía frío. El niño dejó de llorar; tenía miedo. Lo espantaba ese gendarme, que acababa de surgir como otra noche en la noche. Se sentía sofocado. Pensó en su madre. Tenía ganas de un poco de calor. Cerró los ojos, creyendo escapar así del destino sombrío que lo amenazaba desde afuera. El manojo de tréboles, debajo de él, se aplanaba poco a poco. Por un momento, tuvo la visión de un borrego hermoso y gordo que no pertenecía a nadie, un borrego libre como los perros y los gatos que circulaban por el callejón.

     Chaktur mantenía un silencio enigmático. Parecía ignorar la presencia del gendarme. Se atormentaba otra vez respecto del peluquero ambulante. "¿Por qué Saadi envenenó a su mujer?" Esta pregunta le preocupaba gravemente como si fuese el origen de todas sus desgracias. El crimen del peluquero ambulante le había enseñado hasta dónde podía ir la mano del hombre. Era inaudito lo que el hombre podía cometer. "Sucede que el hombre asesina a su mujer. Pero, ¿por qué? Saadi lo ha de saber. Un día, iré a visitarlo a la cárcel; él me lo dirá". Ahora ya no pensaba en nada. Esperaba. El gendarme Gohloche también esperaba no se sabe qué. En su rincón, el niño, echado sobre el manojo de tréboles, parecía muerto. Una rata se deslizó a lo largo del muro. El gendarme quiso hablar, pero de pronto se sintió muy débil, como si acabara de respirar un olor nauseabundo. Era debido a esa tristeza que reinaba en el taller y que no estaba a la medida de los hombres. El farol No. 329 seguía dilapidando su luz sin preocuparse por el gasto.

     El gendarme Gohloche se repuso muy pronto; no era sentimental. Cargó su debilidad a la cuenta de la fatiga. La víspera había librado una batalla contra una cuadrilla de barrenderos de calles que exigían simplemente no morir de hambre. Su intervención en ese asunto fue juzgada por sus superiores como merecedora de todos los elogios. ¿No había, él solo, matado a garrotazos a una cantidad respetable de esos maricones que eran los barrenderos? Nada mejor podía sucederle. Estaba en pleno ascenso. ¿Por qué, entonces, la visión de este taller lo oprimía a ese grado? No lo entendía. Entonces se volvió malo. Su mirada fisgoneó por todas partes con insistencia, y logró distinguir el manojo de tréboles. Mostró una sonrisa que era como el reflejo de un escupitajo anónimo.
     -Entonces, padre Chaktur -dijo-, ¿has comprado los tréboles para atraer al borrego? ¿Crees, entonces, que un borrego se deja atrapar como una rata? Palabra de honor, hombre, te estás volviendo chocho.

     El sonido de su voz perturbó la serenidad de las cucarachas que se paseaban tranquilamente en el taller; se regresaron a sus agujeros con toda velocidad. Cacharros de lata brillaban en la sombra. El taller sólo estaba iluminado por el farol que tenía en frente. El gendarme, detenido frente a la puerta, interrumpía esa única claridad que venía a aplastarse contra su espalda. Chaktur seguía mudo; no quería entrar en conversación con ese horrendo gendarme cuya maldad conocía. Sólo la oscuridad le impedía trabajar. Habría querido reparar cuanto antes esa jarra de baño y poder regresar a su casa. También hacía mucho frío en el taller, sobre todo para el niño que estaba desnudo bajo su túnica. Todo esto le parecía a Chaktur de un horror insuperable. Ya no tenía fuerzas para nada; esta tarde se sentía aplastado por el peso de toda su vida. Esta historia del trébol y del borrego estaba en el límite de lo que podía soportar. El hombre pensaba sobre todo en el niño. Para él, una fiesta ya no tenía ningún sentido. "Se habla de fiesta, pero en realidad no hay fiesta. ¿Por qué Saadi envenenó a su mujer? En eso debería pensar la gente. No habrá fiesta mientras no se sepa por qué Saadi envenenó a su mujer". Una vez más estaba obsesionado por el crimen del peluquero ambulante. El hombre, llegado al final de la miseria, trataba de comprender. Y así era.

     -Hijo de puerco -dijo el gendarme-, ¿no te dignas contestarme?

     El hojalatero comprendió la necesidad de mostrarse conciliador con este maldito espectro de la autoridad.

Tenía suficientes problemas de por sí. Durante un momento miró fijamente al gendarme con aire compasivo, y luego dijo en un lenguaje correcto y respetuoso:

     -Somos tus servidores, ay, gendarme Gohloche. Permíteme decir que tu augusta presencia ha hecho precioso este humilde taller.

     Este cumplido, enunciado con voz lastimosa, inmovilizó la atmósfera como una fantasía lúgubre. Los tres personajes de esta escena estaban en aquel momento de la vida en que ya no se cree en nada.

     El gendarme Gohloche personificaba la maldad más odiosa: la maldad puesta al servicio de los grandes de la tierra. Una maldad redituable. No le pertenecía. La había vendido a personas más competentes que la usaban para someter y mortificar a todo un pueblo miserable. Ya no era el dueño de su maldad. Debía conducirla y dirigirla según ciertos reglamentos cuya atrocidad apenas variaba.

     El gendarme Gohloche vivía en el callejón Negro, pero ejercía sus funciones de tirano en el centro de la ciudad europea. Y para él era una especie de muerte; le daba anemia. Porque en un medio como ese, frecuentado en general por europeos, su vigilancia encontraba obstáculos serios. No podía desenvolverse a gusto. Gohloche, pues, trasladaba todo su odio a los esclavos que el elemento nativo proporcionaba: los vendedores ambulantes, los mendigos, los recogedores de colillas, los leprosos y los ciegos, y toda la tribu de vagabundos que no lograban morir porque se perdía mucho tiempo en matarlos. Esta chusma, llegada allí para dar a la ciudad europea su sabor de Oriente abigarrado, era numerosa. Un alimento bendito para la mirada de los turistas, pero él no entendía nada de exotismo.

     Era casi la medianoche. La ciudad europea, a pesar de sus edificios modernos de ocho pisos (con elevador y agua corriente), sus cafés ampliamente iluminados y sus prostitutas agotando las aceras con sus ires y venires, parecía presa de un aburrimiento taciturno, inconcluso, nacido de la duda y de la mediocridad de los placeres. Se sentía que la ciudad quería vivir, que tenía todo para hacerlo, pero que una especie de desamparo interior, despiadado, la mantenía inmóvil con sus luces forzadas, sus mujeres tontas y su holgura criminal. Tenía la perfecta apatía de un monstruo saciado. Devoraba todo. Se extendía con una rabia constante. De todas partes se le veía venir. Brotaba en el desierto; brotaba en los palmares y en las islas del otro lado del río. Ya no se le podía detener. Era un florecimiento de casas de alquiler y de residencias suntuosas. Extraño cuerpo de ramera; se desplegaba en todas las direcciones, siempre venal, siempre interesada. Y el paisaje se fugaba frente a ella, rápido y monótono. Ella lo perseguía sin tregua. Maldito paisaje que se iba a vomitar su tristeza a los confines de los barrios pobres. Porque allí donde la miseria es demasiado densa, la ciudad detenía su marcha triunfante. Sólo tomaba los predios hermosos. Todo lo que hace la vida cómoda y dulce le pertenecía. El aire puro, el agua potable, la luz eléctrica, todo le pertenecía. No había despreciado más que algunos escombros. Y en esos escombros se marchitaba la vida de todo un pueblo.

     La civilización se hacía especialmente terrible a lo largo de la calle Fuad I y de la calle Emad-El Dine. De hecho, estas dos calles principales gozan de todo lo que una ciudad civilizada mantiene y prodiga para el embrutecimiento de los hombres. Allí había espectáculos insípidos, bares donde el alcohol costaba muy caro, cabarets con bailarinas fáciles, tiendas de moda, joyeros e incluso anuncios luminosos. No faltaba nada en la fiesta. Uno se embrutecía a más no poder.

     Sin embargo, la ciudad rebosaba de una multitud de seres que no tenían nada en común con ese desorden y esas luces. Pasaban junto a todas esas luces como sombras amedrentadas. Miraban todas esas cosas hermosas de la ciudad con ojos de animales que no entienden. Transportaban con ellos su barrio lodoso y la sucia miseria. Eran visibles como llagas. Trataban de echarlos fuera, pero se obstinaban en quedarse. Una razón suficiente e implacable los atraía a este recinto mágico: el hambre. Era algo que comprendían muy bien. Eran innumerables, alrededor de los restaurantes, de todos los lugares donde se come. Para ellos, comer era todo. No deseaban nada más. Desde hacía varias generaciones no habían tenido otro deseo. Eran cuerpos innobles y sin alma. La ciudad sufría por contenerlos; la civilización sufriría al verlos. Parecían remordimientos; remordimientos muy antiguos arraigados en el suelo. Pero, a pesar de todo, no querían morir. Mendigar un pedazo de pan a aquellos que les habían quitado todo era aún para ellos una oportunidad de vida. Y se les llamaba mendigos o bien ladrones, según su insistencia en vivir.

     Por el momento, esto sucedía en lo alto de la calle Fuad I, exactamente junto a una tienda de zapatos de mujer. Un equipo de barrenderos de calles descansaba en ese lugar, esperando la llegada de los camaradas a quienes debían relevar. Estaban apretados unos contra otros no tanto para calentarse sino para estorbar lo menos posible y no ofuscar a la gente decente con su presencia. Estos barrenderos eran lo más miserable del mundo. Por lo general, eran taciturnos y reservados, pero esta tarde se sentía que vivían de una manera inusitada y trágica. Una animación singular los hacía agitarse y hablar con autoridad. Realmente parecían hombres; pero se veía que apenas era el comienzo. Había mucha esperanza de que se convirtiesen totalmente en hombres. Una voluntad de rebelión se manifestaba en ellos como una pubertad nueva. Y esta pubertad los hacía preocuparse, por primera vez, por una vida mejor. No sabían hasta dónde podría llevarlos esta voluntad. El camino por recorrer era demasiado largo, y temblaban en el umbral, porque después de vivir tanto tiempo sin moverse, tenían las piernas flojas y los ojos enceguecidos de tinieblas.

     Estaban allí, cubriendo la acera, como los sobrevivientes de un país devastado por la hambruna. Llevaban uniformes nuevos, pero que no eran para esa temporada. Eran uniformes de tela ligera que la administración, encargada de vestirlos, les había concedido en pleno mes de diciembre. Algunos estaban descalzos. El frío les penetraba sin dificultad, y ellos tosían por turnos, cada uno a su manera. A veces uno prendía fuego a una hoja de papel que flameaba y enseguida se apagaba, después de haber desprendido un calor fugaz. Entonces, alrededor de este breve fulgor, los rostros de esos hombres se precisaban con violencia. Tenían rostros de una humanidad pavorosa. Al verlos así agrupados en medio de esa calle limpia y civilizada, había la tentación de gritar pidiendo auxilio. Pero la indiferencia que los rodeaba los quebraba por completo. Estaban solos contra la fuerza invencible que hacía de ellos unos esclavos. Al arrancarlos de su papel de criaturas humanas, esta fuerza los había reducido a sus propios límites. No esperaban la ayuda de nadie, no escuchaban ninguna voz extranjera. No escuchaban más que el rumor aún incierto de su rebelión.

     Parecían conspirar contra ellos mismos, tan impregnados de precauciones y de dificultades estaban sus conciliábulos. Avanzaban en su rebelión con mil vacilaciones. Se rascaban el cuerpo con gestos amplios y escupían sus flemas muy cerca, suavemente, como algo precioso. La hermosa calle Fuad I se encontraba en ese sitio realmente deteriorada en su reputación. Esta aglomeración de barrenderos no era pintoresca ni agradable. Era más bien siniestra. La calle habría querido deshacerse de esta podredumbre por cualquier medio; se le sentía enervada en todas sus manifestaciones. Tranvías ebrios hacían ruidosa la atmósfera. Una trifulca estalló en un café situado del otro lado de la calle. En cuanto a la prostituta que se volvía a acicalar por sexta vez esa noche, dejó caer su lápiz de labios en el río. Alumnos jóvenes de la "escuela de mendigos" le hacían la vida imposible a los paseantes nocturnos. Los autobuses pasaban a una velocidad asesina con su carga de criaturas inmundas y sueños podridos. Había en el aire una imperiosa necesidad de calma; esos hombres tenían que perecer. La ciudad clamaba por su muerte para poder gozar en paz de su vergonzosa serenidad.

     Por su parte, los barrenderos no tenían conciencia de la horrible diversión que su presencia infligía a la calle. Sólo tenían órdenes de barrerla y ella les provocaba la sensación de algo peligroso e incomprensible, de lo cual eran servidores dóciles. Aún no habían imaginado lo que sería sin ellos, entregada a la basura y el polvo. No conocían todo su mérito y hasta qué punto la calle les debía su hermosa disposición y su distinción. Pero, esta tarde, estaban decididos a todo: para ellos se trataba de no morir de hambre. Por primera vez en su vida, estos barrenderos se habían atrevido, se habían creído capaces de atreverse, a un gesto de protesta. Habían tenido la idea increíble, blasfema, de reivindicar sus derechos a una existencia mejor. Las tres piastras que se les pagaba por día no eran suficientes para que pudieran vivir, ni siquiera para que pudieran morir. Habían, pues, exigido media piastra de aumento. Con tres piastras y media por día, creían que podrían vivir más decentemente. Era una idea de ellos, casi un ideal. Y esperaban la realización de ese ideal, sin demasiada confianza pero con un fulgor feroz en los ojos. La llegada del supervisor en bicicleta pondría fin a su incertidumbre. Este supervisor en bicicleta, encargado de someter su solicitud a quien correspondía, debía traerles una respuesta esa noche. Pero los barrenderos desconfiaban de él, porque ya pertenecía, por su grado de supervisor, a otra humanidad, la de los opresores. También habían decidido que en caso de fracasar le dejarían los uniformes, las escobas y toda la calle.
     -Que la barra él solo, ese hijo de puta- dijo levantándose un hombre audaz, cuyo extraño acuclillamiento parecía un desafío a la estética de los pobladores honorables de la ciudad.

     Esta especie de barrendero no había encontrado nada mejor que hacer -para protestar contra la ligereza de los uniformes- que envolverse con la milaya de su mujer. Había logrado un inmenso éxito entre sus camaradas, que ahora lo escuchaban como a un jefe. En realidad, este nuevo estado de ánimo de los barrenderos le debía mucho a la intrepidez magnífica de este hombre. Era un hombre de acción que despreciaba todo tipo de autoridad, y a quien la extrema miseria le había enseñado a hacerse justicia por su propia mano. Todo en él exigía una vida más sólida y se sentía en él una conciencia más clara de su destino y el de sus compañeros. Por otra parte, era el único que se movía con soltura en la cruel estrechez de ese destino. Esos hombres espantados habían puesto todas sus esperanzas en él, porque parecía traer en sus inmensas manos la fuerza que aniquilaría a los verdugos. "Allá viene", dijo. Se quitó la milaya y la enredó en su cuerpo, como un ancho cinturón. Quería estar libre en sus movimientos, porque sentía la batalla cercana.

     De hecho, el supervisor en bicicleta llegaba encabezando al otro equipo de barrenderos. Se detuvieron frente a la tienda de zapatos. El hombre de la milaya ordenó a sus camaradas que se levantaran, para ir a encontrarse con el supervisor. Éste, deteniendo con una mano su bicicleta y con la otra una delgada vara de junco, empezaba a dar órdenes. Pero rápidamente se dio cuenta de que los barrenderos ya no obedecían sus mandatos y que esperaban otra cosa de él. Esto lo inmovilizó por un instante. El hombre de la milaya se acercó a él, alto y ancho como la ola de un mar furioso. Estaba listo para el asesinato.

     -Entonces, ¿qué has hecho por nosotros? -preguntó.

     El supervisor no respondió nada. Se apoyó en su bicicleta y se tomó su tiempo para preparar un discurso breve y enérgico. No olvidaba que representaba una autoridad y que una gran fuerza sin igual lo protegía de todos los peligros.

     -Escúchenme todos -exclamó-. En respuesta a su solicitud, la administración me ha encargado ante todo de decirles que ustedes son un montón de maricones. En segundo lugar, que su actitud ingrata merece los peores castigos. Porque, apenas hace un mes, para satisfacer sus exigencias de coquetería, quedó en la ruina por otorgarles uniformes nuevos. Y hoy se atreven a exigir un aumento de salario. Se los repito, esta vez en mi propio nombre, ustedes no son más que un montón de maricones.

     Lo que sucedió después de este discurso fue atroz y lamentable. Ante todo, el hombre de la milaya levantó al supervisor y lo arrojó hasta que se aplastó contra la vitrina de la tienda de zapatos. Los barrenderos, escoba en mano, se quedaron inmóviles de asombro ante la súbita acción de su camarada. No tuvieron tiempo de reponerse de su estupor, porque ya se asomaba en el horizonte la silueta de un gendarme: era Gohloche.

nseguida, de todos lados, llegaron gendarmes. La batalla duró casi un cuarto de hora, durante el cual toda la civilización tembló de indignación. Para colmo de desgracias, era la hora de salida de los espectáculos. ¿Qué estaban haciendo allí, entonces, esos maricones de los barrenderos con sus mugrosas reivindicaciones? Los transeúntes saciados y bien calientes en sus abrigos fueron invadidos por el asco frente a este horror. Perdieron su optimismo por lo menos por algunos días. Se mandó traer una ambulancia, no para los heridos, sino para una dama que se había desmayado de rabia al enterarse de la rebelión de los barrenderos. Todo esto terminó para gran ventaja del gendarme Gohloche, que, en este suceso, dio prueba de una brutalidad excesiva y desinteresada.
     En el fondo, el callejón Negro era un lugar muy calmado. La miseria se había posado allí, seria, y con una perfecta igualdad de talante. No tenía por qué inquietarse al contacto de un lujo insultante. Sus habitantes no eran envidiosos. Nunca estaban celosos de la miseria de su vecino e intentaban mantener su pobreza al nivel del promedio general. El hojalatero, por un momento, pareció interesarse en el gendarme y le preguntó qué noticias traía. Gohloche contó la historia de la víspera y cómo él solo había matado a golpes a muchos barrenderos. Pero amplificó tanto su relato que lo volvió ininteligible. Por otra parte, ni él mismo sabía por qué los barrenderos le habían pegado a su supervisor, ni por qué se habían conducido de una manera tan insólita, ellos de costumbre tan modestos y tan moderados.

     -¿Y por qué hicieron eso? -preguntó Chaktur.

     -No te lo puedo decir, hombre. Es un secreto. Harías mejor en ocuparte de tus cacharros arruinados. Salud en lo tuyo.

     -Ay, gendarme Gohloche -exclamó Chaktur-, dímelo, te lo suplico, ¿por qué los barrenderos hicieron eso?
     -Palabra de honor, hombre, te estás poniendo chocho. ¿No te dije ya que te estabas poniendo chocho?

¿Qué te importan los barrenderos?

     Cuando el gendarme se fue, Chaktur volvió a caer en sus pensamientos obsesivos. Esta rebelión de los barrenderos venía a añadirse a su confusión. Se trataba ahora de establecer una relación entre dos incidentes de naturaleza distinta, pero que él sentía provocados por el mismo ánimo. Según él, el crimen de Saadi y la rebelión de los barrenderos debían tener el mismo origen.

     Ya era hora de cerrar el taller; Chaktur se levantó y se desplazó, tambaleándose un poco sobre las piernas. No era muy viejo. Estaba encorvado, no por la edad, sino por una especie de agobio que había tomado posesión de todo su ser, que se había instalado en él como una enfermedad incurable y que exigía muchos cuidados. Recogió algunos desechos de hojalata, los echó en un rincón y se ocupó en poner un poco de orden en el taller. No estaba molesto por su miseria. Era grande y amplia y él se paseaba libremente dentro de ella. Era como una cárcel espaciosa; tenía la libertad de ir de un muro al otro de su miseria sin pedirle permiso a nadie. Sólo estaba molesto porque la sentía tan abundante. Era una miseria rica. No sabía cómo gastarla. Miró al niño, heredero de tal riqueza. El niño dormía sobre su manojo de tréboles; no parecía comprender todos los recursos de la herencia paterna. El hombre despertó al niño cuya túnica levantada dejaba ver la carne joven donde el frío venía a morder con gusto.

     -Vamos, pequeño, levántate. Nos vamos.

     El niño, despierto, miró a su alrededor en el estrecho taller y buscó el objeto de su sueño. Creía que encontraría el borrego. No encontró más que una soledad lúgubre que le penetró en el corazón.

     -Padre -dijo-, me llevo el trébol.

     Salieron al callejón. El hombre caminaba adelante y en su mente giraban ideas demasiado grandes, que le sorprendían por su ardor de vivir dentro de él. El niño seguía, medio dormido, con su manojo de tréboles bajo el brazo. Ahora, el callejón ya no estaba iluminado salvo por algunas estrellas pardas. Un cielo bajo y sórdido pesaba sobre los techos de las casuchas y los obligaba a arrastrarse sobre el suelo lodoso. Más lejos el callejón se perdía en un terreno vago en medio del cual se elevaban las chozas del amaestrador de monos y del hechicero. Chaktur y el niño entraron a otro callejón empinado que conducía al café de Saruk.

     El hombre se detuvo y miró hacia adentro del café. Para su gran sorpresa vio a Harusi, que él creía estaba en la cárcel, sentado en compañía de otras personalidades del barrio. El mesonero tenía un aire taciturno y fumaba su gosah en silencio; parecía presidir esta ceremonia fúnebre. A su alrededor, los hombres mantenían una actitud plena de concentración y de prudencia. No se podía adivinar sobre qué reflexionaban.
     Así que la policía había soltado a Harusi. Sin duda después de haber reconocido que Saadi no había envenenado a su mujer para ir al Paraíso, como le había aconsejado el mesonero. Entonces había otra cosa.

Debía existir un motivo más profundo para el crimen del peluquero; tal vez un motivo muy simple, pero que, debido a su misma simplicidad, escapaba al conocimiento de todos. Chaktur deseaba conocer ese motivo a cualquier precio. Toda su carne miserable ardía por descubrirlo. Le parecía que al término de este descubrimiento sentiría como un alivio y alegría. Tantos años de miseria se iluminaban por la sed de este descubrimiento. Llamó a Harusi.

     El mesonero salió del café. Parecía alguien que se creía el Diablo.

     -¿Estás desocupado?- preguntó Chaktur.

     -Sí, ¿por qué?

     -Ven a caminar un poco conmigo. Tenemos que hablar.

     -Pero no me vayas a pedir consejos -dijo Harusi-. Ya no puedo hablar; ¡me cortaron la lengua!
     -¿Quién te cortó la lengua?

    -Ya no puedo contestar preguntas. Me viste hace rato sentado con esos hombres. Pues bien, ya no nos hablamos. Aprenderemos a vivir sin hablar.

     Chaktur entendió que el mesonero ya no quería comprometerse y que no diría nada si no se sentía protegido de toda indiscreción. Lo tomó por el brazo y se encaminaron hacia el terreno baldío.

     El niño los siguió en silencio. Iba preocupado y triste, deteniendo en sus brazos el manojo de tréboles, y creyendo a cada paso encontrar el borrego de su sueño. Pero por todas partes sólo había perros salvajes.

Pululaban en ese lugar, atraídos por la abundancia de desperdicios y la promiscuidad de hombres con oficios bravos y libres. El amaestrador de monos había logrado domar a algunos y volverlos divas notables. En ese terreno baldío, la oscuridad no sólo era provocada por la noche. Había la noche, pero en la noche se detectaba la presencia de otra cosa, algo que era más negro que la noche: el alma triste de los hombres. Chaktur y el mesonero se detuvieron al sentir el cielo libre por encima de sus cabezas y el espacio suficiente a su alrededor. Se percibía, en medio del terreno, al hechicero, de pie sobre el techo de su choza, entregado a prácticas retorcidas. El viento soplaba furiosamente, como si quisiera expulsar toda esta miseria pestilente, amontonada allí desde tiempos inmemoriales. Un olor a orina y a animales muertos dominaba toda la extensión del terreno; un olor activo y desbordante, más fuerte que el viento y los años.

     -¿Me vas a confesar por fin -preguntó Harusi- la razón de este paseo? ¿Qué tienes que decirme?
     -Quería preguntarte por qué Saadi el peluquero envenenó a su mujer.

     -No tengo nada que ver con eso -exclamó Harusi-, ¿por qué me preguntas eso a mí? ¿Acaso soy su padre o su madre? He tenido ya suficientes desgracias. Sólo pido que ya me dejen en paz.

     Calló y miró directamente al frente. Vio el lodo, vio las chozas, vio la tristeza que subía de la tierra y el cielo voraz que absorbía toda esa tristeza. Dijo con una voz débil y que ya no era la suya:

     -En el fondo, ¿por qué la envenenó? Sí, ¿por qué?

     -Ya ves -dijo Chaktur-, ahora tú mismo te lo preguntas con angustia.

     -¿Sabes, Harusi -dijo después de un momento-, que los barrenderos se rebelaron y que golpearon a su supervisor?
     -¿Cuándo?
     -Anoche. El gendarme Gohloche me lo acaba de contar.

     -¿Y no te dijo por qué se rebelaron?

     -No. Me dijo que es un secreto y que sería mejor que me ocupara de mis propios asuntos. Se lo permití porque es un hijo de perra y me puede provocar problemas. Pero todo eso me parece sospechoso. Me gustaría saber...
     -¿Qué, pues?

     -La semejanza que hay entre el crimen de Saadi y la rebelión de los barrenderos.

     -¿Crees entonces que entre esos dos hechos hay algún vínculo?

     -No un vínculo, sino una misma voluntad. Una voluntad muy sencilla y que siento en todas partes a mi alrededor, pero que no logro identificar. Tenemos que ser muchos para ello. Todos nosotros con nuestras mujeres y nuestros hijos. Entonces penetrará en nuestros corazones, se hará terrible y crecerá dentro de nosotros. Y cuando ya sea inmensa entre nosotros y ya no podamos soportar su presencia en nuestros corazones, nosotros también cometeremos actos que nos parecen insensatos hoy pero que, en ese momento, serán simples y justos.

     -¿Estás seguro?- preguntó Harusi.

     -¡Por qué me preguntas si estoy seguro! Ves al niño allá. Ves el manojo de tréboles. El niño quería un borrego para la fiesta. Le dije que éramos pobres. Se puso a llorar. Pensé: ahora sí llegué al fondo de la miseria. Y luego el crimen de Saadi me regresó a la mente. Me torturaba, se aferraba a mi cuerpo. En ese momento pasó el gendarme Gohloche y me contó la historia de los barrenderos. Al principio no entendí nada. Luego, traté de entender. Desde el fondo de mi miseria, me sentía sublevado por la acción de esos hombres, y su valor me daba fuerzas, y el gusto de vivir despertaba en mí. En realidad, ¿cómo explicarte? Estoy muy viejo y todo esto nació en mí esta noche.

     -Chaktur, hermano -dijo Harusi-, acabo de salir de la cárcel y estoy muy cansado, te lo aseguro. Ya no entiendo nada. Pero de todas maneras te diré algo. Hace rato me mostraste al niño y el manojo de tréboles para acercarme más a tu corazón enfermo. A tu vez, mira al amaestrador de monos, allá, cerca de su choza. ¿Ya lo viste? No es mi hijo; es un hijo de puta, pero cada vez que me lo encuentro me provoca la misma idea: ¿por qué no hay amaestradores de hombres? Tal vez así uno pudiera saber lo que pueden hacer los hombres.

     -Yo sé lo que pueden hacer -dijo Chaktur.

     -Entonces dímelo.

     -Apenas desde esta noche lo sé.

     -De todos modos dímelo.

     -Los hombres pueden envenenar a sus mujeres, ay Harusi, y pueden también rebelarse y golpear a su supervisor.
     -Eso no explica nada.

     -Eso explica todo. Ahora lo veo claramente, tan claramente que tengo miedo. La culpa es de ese manojo de tréboles. Yo estaba acostado en mi miseria, sofocado por ella, y sin pensar en rechazarla. No entendía la vida sin su presencia. Y entonces llega el niño con un manojo de tréboles. Y de pronto la miseria se me hace insoportable. Sufro como un hombre quemado y a quien se le arrancan los ojos, para que no pueda mirar a su alrededor. Un manojo de tréboles, y el sentido de otra vida se me reveló.

     -¿Qué vida?

     -No sabría decírtelo. Hay en el aire cosas que se anuncian y que me dicen que nuestra sangre no se ha enfriado del todo. Todavía hay en nosotros mucho calor y mucha vida. Un calor capaz de muchos milagros.

     -¿Te vas a volver hechicero?

     -No, yo no. Mira a ese niño que llora. Sin duda tiene frío, porque está desnudo bajo su túnica. No ha comido desde esta mañana. Pero él es el portador de milagros. Él es el hechicero de mañana. Hace rato me preguntaba yo, refundido en mi taller: "¿Quién salvará al niño?" Y bien, el niño se salvará solo. El niño no aceptará esta pesada herencia de nuestra miseria. Tendrá brazos lo suficientemente fuertes para defenderse. Eso es lo que anuncia el aire a nuestro alrededor. Escucha, Harusi...

     Hubo un silencio que se extendió muy lejos, hasta el fondo de los callejones lodosos. El viento había dejado de soplar. La miseria del mundo estaba al final de su destino.

 

Albert Cossery

Por Luisa Corradini

Para LA NACION - PARÍS, 2006

 

El egipcio Albert Cossery suele ser considerado como el último gran dandi de la literatura francesa. Pero, a los 92 años, después de haber pasado más de dos tercios de su vida haciendo el elogio de la pereza, el autor de Mendigos y orgullosos es, mucho más que un dandi, un escritor fuera de serie, mezcla de Boris Vian y de Albert Camus: sus libros son como bombas de destrucción masiva que estallan lentamente arrasando todo a su paso. Es también un hombre extraordinario, libre, conmovedor, tan inesperado como surrealista.

¿De qué otro modo definir a ese personaje que se instaló en 1945 en París, en la habitación 58 del hotel La Louisiane , y allí se quedó para siempre? Sin trabajar -en el sentido habitual del término-, atado a la pasión de la escritura y de la bohemia: "Si aún sigo vivo es porque nunca tuve hijos, ni portera, ni cuenta de electricidad para pagar", reconoció durante una reciente entrevista con LA NACION.

Durante más de 60 años, Cossery hizo del Barrio Latino su horizonte definitivo: un café, el Flore; un restaurante, Lipp; y un jardín público, el parque de Luxemburgo, donde iba a buscar su inspiración. En ese ínfimo perímetro pasó cada jornada de su existencia, según un orden casi inalterable. En esa exigua geografía también se forjó el mito del escritor y del hombre, avaro de palabras, que sólo publicó ocho libros (ver recuadro) en toda una vida literaria. "Si no tengo nada que decir, no escribo", resume.

La verdadera explicación es que Cossery presta una atención casi maniática a cada texto. Escoge sus adjetivos y pule cada frase en forma obsesiva: "Para que sean perfectas, tanto en ritmo como en sentido, a veces las reescribo veinte veces", reconoce. Esperar, recomenzar, reflexionar... "Puedo quedarme tres meses sin escribir una sola línea. Es una forma de dejar que las cosas se pongan en su lugar", murmura.

En esos ocho libros dejó hablar a aquellos que conoció en su tierra natal: los pobres, los marginados, los mendigos y los vagabundos, los que se arreglan como pueden, y los asesinos, los místicos, los locos, las prostitutas y los vagos. "Los conozco a todos. Los vi y les hablé", afirma.

Cossery alcanzó la celebridad en 1990, cuando su obra recibió el Gran Premio de la Francofonía y, un año después, el premio Mediterráneo. Hasta ese momento, era considerado uno de los mayores auteurs-cultes de la literatura francesa contemporánea, adorado por un reducido círculo de lectores que comentaban sus libros en cenáculo. El año pasado, la Société des gens de lettres, le otorgó el gran premio Poncetton por el conjunto de su obra: "Ya era tiempo", lanza con ironía. Por esas razones, entre otras, la reciente publicación de sus obras completas se transformó en un acontecimiento literario.

Entrevistar a Albert Cossery es un privilegio raro y una experiencia inolvidable. "Desde que lo operaron de la laringe, hace unos años, casi no puede hablar", había prevenido su editora, Joëlle Losfeld. Imposible imaginar, sin embargo, que la intervención le dejó apenas un susurro, sólo un aliento de palabras que pronuncia con extrema dificultad; que no poder hablar lo irrita y lo desanima. Es necesario acercarse a él y prestarle extrema atención. "No consigo hablar. Tampoco puedo escribir ni caminar por culpa de la artrosis. Por suerte me quedan los ojos para leer", dice sin melancolía.

Cossery nació en El Cairo, en 1913, en el seno de una familia de pequeños propietarios. "Mi madre sólo hablaba árabe y era analfabeta. Mi padre leía el diario a duras penas", recuerda. Pero Albert, que asistió a una escuela católica y al Liceo Francés, siempre supo que sería escritor. Tenía diez años cuando comenzó a garabatear sus primeras páginas en francés "Era el idioma de los libros", explica. Con la adolescencia llegó el descubrimiento de los clásicos. "Leí a Balzac con tanta pasión que, cuando llegué por primera vez a Montparnasse, a los 17 años, tenía la impresión de conocer cada rincón del barrio".

Durante la guerra, Cossery fue camarero en un transatlántico que viajaba entre Port Said y Nueva York. A bordo escribió su primera novela, La casa de la muerte segura , antes de regresar a Francia para instalarse definitivamente en esa habitación de hotel de la rue de Seine. Por entonces, ya había entrado en literatura como se entra en religión: "La única cosa que siempre tomé en serio fue la escritura", confiesa. Hay que creerle, porque Albert Cossery nunca se tomó la existencia como un monasterio.

En el Saint-Germain-des-Prés de la posguerra, los amigos del joven egipcio se llamaban Albert Camus, Lawrence Durrell, Alberto Giacometti o Henry Miller... "Frecuentábamos La Rose Rouge. Fue allí donde conocí a Boris Vian. ¡Cuánto amábamos la vida! ¡Y las bellas mujeres! ¡Cada noche era una fiesta! El mundo entero se encontraba en ese barrio", evoca sin un atisbo de nostalgia. Sin otra actividad que la noche y la literatura, Cossery sobrevivió gracias a su red de amigos en ese París legendario: "Los galeristas me regalaban algún cuadro que yo revendía para pagar el alquiler. En el café de Flore, mi crédito era permanente. Mi amistad con Camus, Nimier o Durrell era una garantía más segura que la de un banquero", recuerda.

En 1931 apareció, en árabe y en francés, su primer libro de cuentos, Los hombres olvidados de Dios que Henry Miller hizo publicar en 1940 en Estados Unidos con un comentario: "Ningún otro autor vivo ha descrito en forma más sobrecogedora e implacable la vida de aquellos que, en el género humano, forman la inmensa masa sumergida". Antes de ir a París, durante días y noches, Cossery recorrió los barrios pobres de El Cairo. Desde entonces conservó esa obsesión por contar los dramas de una sociedad al margen, sólo preocupada por sobrevivir. "La miseria siempre me sublevó", insiste.

En Los hombres olvidados de Dios , el gendarme Gohloche se vanagloria de haber sofocado la rebelión de una banda de pobres diablos: "La noche anterior había librado batalla contra un escuadrón de barrenderos que sólo pedían no morir de hambre. Su intervención había sido juzgada merecedora de todos los elogios en las altas esferas", escribió. Albert Cossery siempre detestó el orden establecido, el poder. "Todos esos por los cuales llega la corrupción." Esa toma de conciencia precoz lo llevó a una absoluta indiferencia hacia los bienes materiales. "No poseo nada -afirma-, soy totalmente libre."

Los personajes de sus novelas son los heraldos de esa filosofía más sutil y compleja de lo que parece. Por ejemplo, Gohar, el profesor de Mendigos y orgullosos , opta por la pobreza "porque enseñar la vida sin haberla vivido era el crimen de ignorancia más detestable". El profesor se convierte entonces en administrador de un burdel, donde redacta la correspondencia de las prostitutas hasta que su destino, bajo los efectos del haschisch, se transforma en una novela policial. Cossery posa la misma mirada implacable -y a veces premonitoria- en La casa de la muerte segura , donde los habitantes de un edificio insalubre, "destinado al diablo", terminan por sentirse casi tranquilizados cuando alcanzan la certeza de que la casa se va a desmoronar.

En Los haraganes del valle fértil , la obsesión permanente de los miembros de una familia es la de dormir. Una forma de olvidar, de escapar de lo insoportable. Cuando el menor, Serag, decide a pesar de todo buscar trabajo, la narración cae en un absurdo devastador: "Desde que se había enterado por Rafik de que en ciertos países los hombres se levantaban a las 4 de la mañana para ir a trabajar en las minas, Serag trató de hacer lo mismo. En un armario, había descubierto un viejo despertador fuera de uso, y lo había reparado con la intención de usarlo. [...] El primer día, el sonido estridente del artefacto casi provocó una revolución [...]. Poco habituado a esa ruptura violenta del sueño, Serag lo había dejado sonar interminablemente, creyéndose en plena pesadilla. Cuando por fin abrió los ojos, se convenció de estar listo para una sorprendente actividad. Pero, pocos minutos después, no sabiendo qué hacer, se volvió a dormir".

Cossery confiesa que su familia le sirvió a veces de modelo: "Mi padre no trabajaba; abría los ojos a mediodía. Yo mismo, salvo para ir a la escuela, nunca me levanté al alba..." Su vida ha sido un elogio a la pereza: "A esos que reflexionan sobre el mundo", corrige. Para Cossery, se trata del arma absoluta: "Cuando el hombre puede reír de lo que le sucede, nadie más tiene poder sobre él. En Egipto, la gente sabe tomarse el tiempo para burlarse de todo".

Para muchos, el ejercicio de la contemplación podría haberle dado el don de la profecía. Une ambition dans le désert (Una ambición en el desierto), escrito en 1984, anuncia claramente la Guerra del Golfo. Asimismo, en Los colores de la infamia, publicado en francés en 1999, es difícil no ver la premonición del 11 de septiembre. "Mis libros son la verdad como aparece en los diarios. Lo más original que puede contar un escritor se encuentra en la calle", agrega con la simplicidad de aquellos a los que ya nada sorprende.

Sin embargo, ha conservado una sensibilidad de adolescente. Esa capacidad de emoción y de cólera habita sus libros y cada uno de sus gestos. También está presente en un cuidado extremo de sí mismo, a pesar de la edad y de la enfermedad. Ese eterno esmero, junto al "ejercicio existencial de la inactividad", contribuyó a forjar su reputación de dandi. "Siempre puse un cuidado particular en vestirme bien. Eso es todo. Es una cuestión de respeto. Mi padre se vestía como un príncipe", precisa.

Sentado en la minúscula salita de recepción de ese hotel modesto y sin pretensión de la rue de Seine, Albert Cossery recibe "como en su casa". En este día de calor canicular en París, viste una camisa sport beige y un pantalón de algodón a cuadros en dos tonos de marrón, impecablemente planchados, que apenas consiguen ocultar su extrema delgadez. "Por el momento estoy vivo. Es lo esencial", se excusa con una sonrisa.

¿Satisfecho con la publicación de sus obras completas? Hace un largo silencio: "Me gusta la tapa...". Después de otro prolongado silencio agrega: "Sólo me gustaría que, después de haberme leído, la gente no tenga ganas de ir a trabajar al día siguiente".

La réplica llega en la voz extraordinaria de uno de sus asiduos visitantes. "Las obras de Albert tienen una sabiduría tan profunda, posan una mirada tan justa y sin concesiones sobre el mundo, que uno termina por preguntarse si, en efecto, es razonable levantarse para ir a trabajar. Después de leerlo, ya no queda espacio para la ambición, para el trabajo o para el dinero". Dicho esto, el actor francés Michel Piccoli, puso una rodilla en tierra delante de Albert Cossery y, con el gesto de sumisión de un caballero medieval, le suplicó: "Bendíceme, padre, antes de partir".

 


FIN





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