"semejante a la noche"
por Alejo Carpentier

      

 


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El mar  empezaba a  verdecer entre  los promontorios todavía  en sombras,  cuando la  caracola del  vigía  anunció las  cincuenta naves negras que nos enviaba  el Rey Agamemnón. Al oír la señal, los que esperaban  desde hacía tantos días sobre las  boñigas de las eras,  empezaron a bajar  el trigo  hacia la playa donde  ya preparábamos  los   rodillos  que   servirían  para  subir   las embarcaciones hasta  las murallas  de la  fortaleza. Cuando  las quillas tocaron la arena, hubo  algunas riñas con los timoneles, pues tanto  se había dicho  a los  micenianos que carecíamos  de toda inteligencia  para las  faenas marítimas,  que trataron  de alejarnos con  sus pértigas. Además,  la playa se había  llenado de  niños que  se  metían  entre las  piernas de  los  soldados, entorpecían  las maniobras,  y  se trepaban  a las  bordas  para robar nueces  de bajo los  banquillos de  los remeros. Las  olas claras del alba se rompían  entre gritos, insultos y agarradas a puñetazos,  sin  que   los  notables  pudieran  pronunciar   sus palabras de bienvenida,  en medio de la baraúnda. Como  yo había esperado algo  más solemne,  más festivo,  de nuestro  encuentro con los que  venían a buscarnos para la guerra, me  retiré, algo decepcionado, hacia  la higuera en  cuya rama gruesa gustaba  de montarme,  apretando  un  poco las  rodillas  sobre  la  madera, porque tenía un no sé qué de flancos de mujer.
A medida  que las  naves eran sacadas  del agua,  al pie de  las montañas que  ya veían el  sol, se iba  atenuando en mí la  mala impresión primera,  debida sin duda  al desvelo  de la noche  de espera, y  también al haber  bebido demasiado, el día  anterior, con  los jóvenes  de  tierras adentro,  recién llegados  a  esta costa, que  habrían de  embarcar con  nosotros, un poco  después del próximo  amanecer. Al  observar las  filas de cargadores  de jarras, de odres  negros, de cestas, que ya se movían  hacia las naves, crecía en  mí, con un calor de orgullo, la  conciencia de la  superioridad   del  guerrero.   Aquel  aceite,  aquel   vino resinado, aquel trigo sobre todo,  con el cual se cocerían, bajo ceniza, las galletas de las  noches en que dormiríamos al amparo de  las  proas  mojadas,  en  el  misterio  de  alguna  ensenada desconocida, camino de  la Magna Cita de Naves,  aquellos granos que habían  sido echados  con ayuda  de mi  pala, eran  cargados ahora  para mí,  sin que  yo  tuviese que  fatigar estos  largos músculos que tengo, estos brazos  hechos al manejo de la pica de fresno, en  tareas buenas para  los que  sólo sabían de oler  la tierra; hombres,  porque la miraban  por sobre  el sudor de  sus bestias,  aunque  vivieran  encorvados encima  de  ella,  en  el hábito de deshierbar y arrancar  y rascar, como los que sobre la tierra  pacían. Ellos  nunca pasarían  bajo  aquellas nubes  que siempre ensombrecían,  en esta hora,  los verdes de las  lejanas islas de  donde traían el silfión  de acre perfume. Ellos  nunca conocerían  la ciudad  de  anchas calles  de los  troyanos,  que ahora íbamos a cercar, atacar  y asolar.
Durante días y días nos habían  hablado,  los  mensajeros del  Rey  de  Micenas,  de  la insolencia  de Príamo,  de la  miseria que  amenazaba a  nuestro pueblo por  la arrogancia de  sus súbditos,  que hacían mofa  de nuestras viriles  costumbres; trémulos  de ira,  supimos de  los retos lanzados por  los de Ilios a nosotros, acaienos  de largas cabelleras,  cuya valentía  no  es  igualada por  la  de  pueblo alguno. Y  fueron clamores de  furia, puños alzados,  juramentos hechos con las palmas en  alto, escudos arrojados a las paredes, cuando  supimos del  rapto de  Elena  de Esparta.  A gritos  nos contaban los emisarios de su  maravillosa belleza, de su porte y de  su adorable  andar,  detallando  las crueldades  a  que  era sometida   en  su   abyecto  cautiverio,   mientras  los   odres derramaban el  vino en los  cascos. Aquella misma tarde,  cuando la indignación bullía  en el pueblo, se nos anunció  el despacho de las  cincuenta naves. El  fuego se  encendió entonces en  las fundiciones de  los bronceros, mientras  las viejas traían  leña del monte. Y  ahora, transcurridos los días, yo  contemplaba las embarcaciones alineadas  a mis pies,  con sus quillas  potentes, sus  mástiles al  descanso entre  las bordas  como la  virilidad entre los muslos  del varón, y me  sentía un poco dueño  de esas maderas que un portentoso ensamblaje,  cuyas artes ignoraban los de  acá, transformaba  en  corceles  de corrientes,  capaces  de llevarnos a  donde desplegábase en  acta de grandezas el  máximo acontecimiento de todos los tiempos.  Y me tocaría a mí, hijo de talabartero, nieto de un castrador  de toros, la suerte de ir al lugar en que  nacían las gestas cuyo relumbre nos  alcanzaba por los  relatos de  los  marinos;  me tocaría  a  mí, la  honra  de contemplar  las murallas  de  Troya,  de obedecer  a  los  jefes insignes, y de dar  mi ímpetu y mi fuerza a la obra  del rescate de Elena  de Esparta  --másculo empeño,  suprema victoria de  una guerra  que  nos  daría,  por   siempre,  prosperidad,  dicha  y orgullo. Aspiré honsamente la brisa  que bajaba por la ladera de los  olivares,  y   pensé  que  sería  hermosos  morir   en  tan justiciera lucha,  por la causa  misma de  la Razón. La idea  de ser  traspasado  por  una lanza  enemiga  me  hizo  pensar,  sin embargo, en el dolor  de mi madre, y en el dolor, más  hondo tal vez,  de quien  tuviera  que  recibir la  noticia con  los  ojos secos-- por  ser el  jefe de  la casa.  Bajé lentamente hacia  el pueblo,  siguiendo  la  senda de  los  pastores.  Tres  cabritos retozaban  en  el   olor  del  tomillo.  En  la   playa,  seguía embarcándose el trigo.

II
Con bordoneos de  vihuela y repiques de  tejoletas, festejábase, en todas  partes, la próxima partida  de las naves. Los  marinos de  La  Gallarda  andaban ya  en zarambeques  de negras  horras, alternando el  baile con coplas  de sobado,  como aquella de  la Moza del Retoño, en que  las manos tentaban el objeto de la rima dejado en puntos por las  voces. Seguía el trasiego del vino, el aceite y el  trigo, con ayuda de los criados indios  del Veedor, impacientes  por regresar  a  sus  lejanas tierras.  Camino  del puerto, el  que iba a ser  nuestro capellán arreaba dos  bestias que cargaban  con los fuelles  y flautas  de un órgano de  palo. Cuando  me  tropezaba  con gente  de  la  armada,  eran  abrazos ruidosos, de muchos aspavientos, con  risas y alardes para sacar las  mujeres a  sus ventanas.  Éramos como  hombres de  distinta raza, forjados  para culminar empresas  que nunca conocerían  el panadero ni  el cardador de  ovejas, y  tampoco el mercader  que andaba pregonando  camisas de  Holanda, ornadas  de caireles  de monjas, en  patios de comadres.  En medio  de la plaza, con  los cobres  al sol,  los  seis trompetas  del Adelantado  se  habían concertado  en folías,  en tanto  que  los atambores  borgoñones atronaban  los parches,  y bramaba,  como  queriendo morder,  un sacabuche con fauces de tarasca.
Mi padre estaba,  en su tienda oliente a pellejos  y cordobanes, hincando la  lezna en  un ación  con el  desgano de quien  tiene puesta  la mente  en espera.  Al verme,  me tomó  en brazos  con serena  tristeza,  recordando  tal vez  la  horrible  muerte  de Cristobalillo, compañero de mis travesuras  juveniles, que había sido traspasado  por las flechas  de los  indios de la Boca  del Drago. Pero él sabia que  era locura de todos, en aquellos días, embarcar  para las  Indias,  aunque  ya dijeran  muchos  hombres cuerdos  que  aquello  era engaño  común  de  muchos  y  remedio particular de pocos.  Algo alabó de los bienes de  la artesanía, del  honor--tan  honor   como  el  que  se  logra   en  riesgosas empresas--de  llevar el  estandarte  de  los talabarteros  en  la procesión del Corpus;  ponderó la olla segura, el  arca repleta, la  vejez apacible.  Pero,  habiendo advertido  tal vez  que  la fiesta  crecía en  la  ciudad  y que  mi  ánimo no  estaba  para cuerdas  razones, me  llevó  suavemente hacia  la puerta  de  la habitación de mi  madre. Aquél era el  momento que más temía,  y tuve que  contener mis lágrimas  ante el  llanto de la que  sólo habíamos  advertido de  mi  partida cuando  todos me  sabían  ya asentado en los  libros de la Casa de la  Contratación. Agradecí las promesas hechas  a la Virgen de los Mareantes por  mi pronto regreso, prometiendo  cuanto quiso que  prometiera, en cuanto  a no  tener  comercio  deshonesto  con  las  mujeres  de  aquellas tierras, que  el Diablo tenía  en desnudez mentidamente  edénica para mayor confusión  y extravío de cristianos  incautos, cuando no maleados  por la  vista de  tanta carne  al desgaire.  Luego, sabiendo que era  inútil rogar a quien  sueña ya con lo  que hay detrás de  los horizontes,  mi madre  empezó a preguntarme,  con voz dolorida, por la seguridad  de las naves y la pericia de los pilotos.  Yo exageré  la solidez  y marinería  de  La Gallarda, afirmando que su  práctico era veterano de Indias,  compañero de Nuño García. Y,  para distraerla de sus  dudas, le hablé de  los portentos de aquel  mundo nuevo, donde la Uña de la  Gran Bestia y la Piedra Bezar curaban  todos los males, y existía, en tierra de Omeguas, una ciudad toda  hecha de oro, que un buen caminador tardaba  una   noche  y  dos  días en  atravesar,  a  la   que llegaríamos,  sin  duda,  a  menos  de  que  halláramos  nuestra fortuna en  comarcas aún ignoradas,  cunas de ricos pueblos  por sojuzgar.  Moviendo  suavemente   la  cabeza,  mi  madre   habló entonces  de las  mentiras  y  jactancias de  los  indianos,  de amazonas y antropófagos, de las  tormentas de las Bermudas, y de las  lanzas  enherboladas  que  dejaban   como  estatua  al  que hincaban. Viendo  que a  discursos de  buen augurio ella  oponía verdades  de  mala   sombra,  le  hablé  de   altos  propósitos, haciéndole   ver  la   miseria  de   tantos  pobres   idólatras, desconocedores del  signo de  la cruz.  Eran millones de  almas, las que ganaríamos  a nuestra santa religión, cumpliendo  con el mandato de  Cristo a los Apóstoles. 
Éramos soldados de Dios,  a la vez que soldados del  Rey, y por aquellos indios bautizados y encomendados,  librados  de  sus  bárbaras   supersticiones  por nuestra  obra,  conocería  nuestra  nación   el  premio  de  una grandeza inquebrantable,  que nos  daría felicidad, riquezas,  y poderío sobre  todos los reinos de  la Europa. Aplacada por  mis palabras, mi madre  me colgó un escapulario del cuello y  me dio varios ungüentos contra  las mordeduras de alimañas  ponzoñosas, haciéndome  prometer,  además,  que  siempre  me  pondría,  para dormir, unos escarpines  de lana que ella misma  hubiera tejido. Y como  entonces repicaron las  campanas de  la catedral, fue  a buscar  el   chal  bordado  que   sólo  usaba  en  las   grandes oportunidades. Camino del  templo, observé que a pesar  de todo, mis padres estaban  como acrecidos de orgullo por tener  un hijo alistado en la armada del  Adelantado. Saludaban mucho y con más demostraciones  que de  costumbre.  Y es  que siempre  es  grato tener un  mozo de  pelo en pecho,  que sale  a combatir por  una causa grande  y justa.  Miré hacia  el puerto.  El trigo  seguía entrando en las naves.

III
Yo  la  llamaba  mi  prometida,  aunque  nadie  supiera  aún  de nuestros amores. Cuando vi a  su padre cerca de las naves, pensé que estaría  sola, y seguí  aquel muelle  triste, batido por  el viento,  salpicado  de  agua  verde,  abarandado  de  cadenas  y argollas verdecidas  por el  salitre, que  conducía a la  última casa de ventanas verdes, siempre  cerradas. Apenas hice sonar la aldaba vestida de  verdín, se abrió la puerta y, con  una ráfaga de viento que  traía garúa de olas,  entré en la estancia  donde ya ardían  las lámparas, a  causa de  la bruma. Mi prometida  se sentó  a mi  lado, en  un hondo  butacón de  brocado antiguo,  y recostó la  cabeza sobre  mi hombro  con tan resignada  tristeza que no  me atreví  a interrogar  sus ojos  que yo amaba,  porque siempre   parecían   contemplar  cosas   invisibles   con   aire asombrado.  Ahora, los  extraños objetos  que  llenaban la  sala cobraban un significado  nuevo para mí. Algo parecía  ligarme al astrolabio, la brújula y la  Rosa de los Vientos; algo, también, al  pez-sierra que  colgaba de  las  vigas del  techo,  y a  las cartas de Mercator  y Ortellius que se abrían a los lados  de la chimenea, revueltos  con mapas  celestiales habitados por  Osas, Canes y  Sagitarios. La  voz de  mi prometida  se alzó sobre  el silbido del  viento que  se colaba  por debajo  de las  puertas, preguntando por el  estado de los preparativos. Aliviado  por la posibilidad de hablar de algo  ajeno a nosotros mismos, le conté de los  sulpicianos y  recoletos que  embarcarían con  nosotros, alabando  la  piedad  de  los   gentileshombres  y  cultivadores escogidos  por quien  hubiera  tomado  posesión de  las  tierras lejanas en nombre  del Rey de Francia. Le dije cuanto  sabía del gigantesco río  Colbert, todo orlado  de árboles centenarios  de los  que  colgaban  como musgos  plateados,  cuyas  aguas  rojas corrían  majestuosamente  bajo   un  cielo  blanco  de   garzas. Llevábamos  viveres  para  seis  meses.  El  trigo  llenaba  los sollados de  La Bella  y La  Amable. Íbamos  a cumplir una  gran tarea civilizadora en aquellos inmensos  territorios selváticos, que se  extendían desde el  ardiente Golfo  de México hasta  las regiones de Chicagúa, enseñando nuevas  artes a las naciones que en ellos residían.  Cuando yo creía a mi prometida más  atenta a lo  que le  narraba, la  vi  erguirse ante  mí con  sorprendente energía, afirmando  que nada  glorioso había  en la empresa  que estaba haciendo  repicar, desde el  alba, todas las campanas  de la  ciudad. La  noche  anterior,  con los  ojos ardidos  por  el llanto, había  querido saber  algo de  ese mundo  de allende  el mar, hacia  el cual marcharía yo  ahora, y, tomando los  ensayos de Montaigne, en  el capítulo que trata de los  carruajes, había leído cuanto a  América se refería. Así se había enterado  de la perfidia  de  los españoles,  de  cómo,  con el  caballo  y  las lombardas,  se  habían  hecho pasar  por  dioses.  Encendida  de virginal indignación,  mi prometida  me señalaba  el párrafo  en que el bordelés  escéptico afirmaba que "nos habíamos  valido de la ignorancia  e inexperiencia de  los indios, para atraerlos  a la  traición,  lujuria,   avaricia  y  crueldades,  propias   de nuestras costumbres". Cegada  por tan pérfida lectura,  la joven que piadosamente lucía una cruz  de oro en el escote, aprobaba a quien impíamente  afirmara que los  salvajes del Nuevo Mundo  no tenían por qué trocar su  religión por la nuestra, puesto que se habían servido  muy útilmente de  la suya durante largo  tiempo.
Yo comprendía  que, en  esos errores,  no debía  ver más que  el despecho  de  la  doncella  enamorada,  dotada  de  muy  ciertos encantos, ante  el hombre que  le impone  una larga espera,  sin otro motivo  que la azarosa  pretensión de hacer rápida  fortuna en  una  empresa  muy pregonada.  Pero,  aun  comprendiendo  esa verdad,  me sentía  profundamente  herido  por el  desdén  a  mi valentia, la falta  de consideración por una aventura  que daría relumbre a mi  apellido, lográndose, tal vez, que la  noticia de alguna  hazaña  mía,  la  pacificación  de  alguna  comarca,  me valiera  algún título  otorgado  por  el Rey  aunque  para  ello hubieran de  perecer, por mi mano,  algunos indios más o  menos.
Nada grande se hacía sin  lucha, y en cuanto a nuestra santa fe, la letra con  sangre entraba. Pero ahora  eran celos los que  se traslucían en el  feo cuadro que ella  me trazaba de la  isla de Santo Domingo,  en la que haríamos  escala, y que mi  prometida, con expresiones adorablemente impropias, calificaba  de "paraíso de mujeres  malditas". Era evidente que,  a pesar de su  pureza, sabía de qué clase eran  las mujeres que solían embarcar para el Cabo  Francés, en  muelle  cercano, bajo  la vigilancia  de  los corchetes,  entre  risotadas  y  palabrotas  de  los  marineros; alguien--una criada tal vez--podía haberle  dicho que la salud del hombre no  se aviene con  ciertas abstinencias y vilumbraba,  en un  misterioso   mundo  de   desnudeces  edénicas,  de   calores enervantes,   peligros    mayores   que   los   ofrecidos    por inundaciones, tormentas,  y mordeduras de  los dragones de  agua que pululan en  los ríos de América.  Al fin empecé a  irritarme ante  una terca  discusión  que venía  a sustituirse,  en  tales momentos,  a  la  tierna despedida  que  yo  hubiera  apetecido. Comencé a  renegar de  la pusilanimidad  de las  mujeres, de  su incapacidad  de  heroísmo,  de  sus   filosofías  de  pañales  y costureros, cuando  sonaron fuertes  aldabonazos, anunciando  el intempestivo regreso  del padre. Salté  por una ventana  trasera sin que nadie, en el  mercado, se percatara de mi escapada, pues los transeúntes, los  pescaderos, los borrachos--ya numerosos  en esta hora de la tarde--  se habían aglomerado en torno a una mesa sobre la que  a gritos hablaba alguien  que en el instante  tomé por un pregonero del Elixir  de Orvieto, pero que resultó ser un ermitaño que  clamaba por la  liberación de los Santos  Lugares. Me  encogí de  hombros y  seguí  mi camino.  Tiempo atrás  había estado a  punto de alistarme en  la cruzada predicada por  Fulco de Neuilly. En  buena hora una fiebre maligna--curada,  gracias a Dios y  a los  ungüentos de  mi santa  madre-- me  tuvo en  cama, tiritando,  el  día   de  la  partida:  aquella   empresa  había terminado,  como todos  saben, en  guerra  de cristianos  contra cristianos.  Las  cruzadas estaban  desacreditadas.  Además,  yo tenía otras cosas en qué pensar.
El  viento se  había  aplacado.  Todavía enojado  por  la  tonta disputa con mi  prometida, me fui hacia el puerto, para  ver los navíos. Estaban todos arrimados a  los muelles, lado a lado, con las escotillas abiertas, recibiendo millares  de sacos de harina de trigo entre sus bordas  pintadas de arlequín. Los regimientos de infantería subían  lentamente por las pasarelas, en  medio de los   gritos  de   los   estibadores,   los  silbatos   de   los contramaestres, las señales  que rasgaban la bruma,  promoviendo rotaciones de grúas. Sobre las  cubiertas se amontonaban trastos informes,   mecánicas    amenazadoras,   envueltas   en    telas impermeables. Un  ala de  aluminio giraba  lentamente, a  veces, por encima de  una borda, antes de hundirse en la  obscuridad de un sollado. Los caballos de  los generales, colgados de cinchas, viajaban por  sobre los techos  de los almacenes, como  corceles wagnerianos. Yo  contemplaba los  últimos preparativos desde  lo alto  de una  pasarela de  hierro,  cuando, de  pronto, tuve  la angustiosa sensación de  que faltaban pocas horas--apenas  trece-- para que  yo también  tuviese que  acercarme a aquellos  buques, cargando con mis armas. Entonces  pensé en la mujer; en los días de abstinencia  que me esperaban;  en la  tristeza de morir  sin haber dado  mi placer,  una vez  más, al  calor de otro  cuerpo. Impaciente  por llegar,  enojado aún  por no  haber recibido  un beso, siquiera,  de mi  prometida, me  encaminé a grandes  pasos hacia el hotel de las  bailarinas. Christopher, muy borracho, se había encerrado ya con la  suya. Mi amiga se me abrazó, riendo y llorando, afirmando  que estaba orgullosa  de mí, que lucía  más guapo  con  el  uniforme,  y   que  una  cartomántica  le  había asegurado que  nada me ocurriría  en el Gran Desembarco.  Varias veces me  llamó héroe, como si  tuviese una conciencia del  duro contraste que este halago establecía  con las frases injustas de mi prometida. Salí a la  azotea. Las luces se encendían ya en la ciudad, precisando en  puntos luminosos la gigantesca  geometría de  los  edificios.  Abajo,  en   las  calles,  era  un  confuso hormigueo de cabezas y sombreros.
No era posible,  desde este alto piso, distinguir a  las mujeres de los hombres en la  neblina del atardecer. Y era, sin embargo, por la permanencia de ese  pulular de seres desconocidos, que me encaminaría hacia las naves, poco  después del alba. Yo surcaría el Océano  tempestuoso de  estos meses,  arribaría a una  orilla lejana bajo  el acero y el  fuego, para defender los  Principios de  los de  mi  raza.  Por última  vez,  una espada  había  sido arrojada sobre  los mapas de  Occidente. Pero ahora  acabaríamos para  siempre  con  la nueva  Orden  Teutónica,  y  entraríamos, victoriosos, en el  tan esperado futuro del  hombre reconciliado con el  hombre. Mi  amiga puso  una mano  trémula en mi  cabeza, adivinando, tal vez,  la magnanimidad de mi  pensamiento. Estaba desnuda   bajo  los   vuelos   de  su   peinador   entreabierto.

IV
Cuando regresé a  mi casa, con los  pasos inseguros de quien  ha pretendido burlar  con el vino  la  fatiga  del cuerpo ahíto  de holgarse sobre otro  cuerpo, faltaban pocas horas para  el alba. Tenía hambre y  sueño, y estaba desasosegado, al  propio tiempo, por las  angustias de la  partida próxima.  Dispuse mis armas  y correajes sobre  un escabel  y me  dejé caer  en el lecho.  Noté entonces, con  sobresalto, que alguien  estaba acostado bajo  la gruesa manta de  lana, y ya iba a echar mano al  cuchillo cuando me vi preso  entre brazos encendidos de fiebre, que  buscaban mi cuello   como  brazos   de  náufrago,   mientras  unas   piernas indeciblemente suaves  se trepaban a  las mías. Mudo de  asombro quedé al ver que  la que de tal manera se había deslizado  en el lecho  era  mi  prometida.  Entre  sollozos  me  contó  su  fuga nocturna, la carrera  temerosa de ladridos, el paso  furtivo por la  huerta  de  mi padre,  hasta  alcanzar  la  ventana,  y  las impaciencias y  los miedos  de la  espera. Después  de la  tonta disputa  de   la  tarde,  había   pensado  en  los  peligros   y sufrimientos  que me  aguardaban,  sintiendo esa  impotencia  de enderezar el  destino azaroso  del guerrero  que se traduce,  en tantas  mujeres,  por la  entrega  de  sí mismas,  como  si  ese sacrificio de  la virginidad, tan  guardada y custodiada, en  el momento mismo de la partida,  sin esperanzas de placer, dando el desgarre propio  para el  goce ajeno,  tuviese un  propiciatorio poder de ablación  ritual. El contacto de un cuerpo  puro, jamás palpado por manos  de amante, tiene un frescor único  y peculiar dentro  de  sus  crispaciones,  una   torpeza  que  sin  embargo acierta,  un candor  que  intuye,  se amolda  y  encuentra,  por obscuro   mandato,   las   actitudes   que   más   estrechamente machiembran los miembros.  Bajo el abrazo de mi  prometida, cuyo tímido  vellón parecía  endurecerse  sobre  uno de  mis  muslos, crecía mi  enojo por haber extenuado  mi carne en trabazones  de harto tiempo conocidas,  con la absurda pretensión de  hallar la quietud de  días futuros en los  excesos presentes. Y ahora  que se me ofrecía el más  codiciable consentimiento, me hallaba casi insensible bajo  el cuerpo estremecido  que se impacientaba.  No diré que mi  juventud no fuera capaz de enardecerse una  vez más aquella  noche, ante  la incitación  de  tan deleitosa  novedad. Pero la idea de  que era una virgen la que así se  me entregaba, y que la  carne intacta y cerrada exigiría un lento  y sostenido empeño por mi parte, se  me impuso con el temor al acto fallido. Eché  a mi  prometida a  un  lado, besándola  dulcemente en  los hombros, y empecé  a hablarle, con sinceridad en falsete,  de lo inhábil que  sería malograr júbilos  nupciales en la premura  de una  partida; de  su  vergüenza  al resultar  empreñada;  de  la tristeza de los  niños que crecen sin un padre que les  enseñe a sacar la  miel verde de  los troncos  huecos, y a buscar  pulpos debajo de las  piedras. Ella me escuchaba, con sus  grandes ojos claros encendidos en  la noche, y yo advertía que,  irritada por un despecho sacado  de los trasmundos del  instinto, despreciaba al varón que,  en semejante oportunidad, invocara la razón  y la cordura,  en  vez  de  roturarla,  y  dejarla  sobre  el  lecho, sangrante como un  trofeo de caza, de pechos mordidos,  sucia de zumos;  pero  hecha  mujer  en  la  derrota.  En  aquel  momento bramaron las  reses que iban  a ser  sacrificadas en la playa  y sonaron  las caracolas  de  los  vigías. Mi  prometida,  con  el desprecio  pintado en  el rostro,  se  levantó bruscamente,  sin dejarse tocar,  ocultando ahora,  menos con  gesto de pudor  que con  ademán de  quien recupera  algo  que estuviera  a punto  de malbaratar,  lo que  de súbito  estaba  encendiendo mi  codicia. Antes de  que pudiera alcanzarla,  saltó por  la ventana. La  vi alejarse a  todo correr  por entre  los olivos,  y comprendí  en aquel instante que  más fácil me sería entrar sin un  rasguño en la  ciudad  de  Troya,  que  recuperar  a  la  Persona  perdida.
Cuando  bajé hacia  las  naves,  acompañado de  mis  padres,  mi orgullo de  guerrero había sido desplazado  en mi ánimo por  una intolerable  sensación   de  hastío,   de  vacío  interior,   de descontento  de  mí  mismo.  Y  cuando  los  timoneles  hubieron alejado las  naves de la  playa con  sus fuertes pértigas, y  se enderezaron los  mástiles entre las  filas de remeros, supe  que habían terminado las  horas de alardes, de excesos,  de regalos, que  preceden las  partidas  de  soldados hacia  los  campos  de batalla. Había pasado  el tiempo de las guirnaldas,  las coronas de laurel, el  vino en cada casa,  la envidia de los  canijos, y el favor de  las mujeres. Ahora, serían las dianas, el  lodo, el pan llovido,  la arrogancia  de los  jefes, la sangre  derramada por  error, la  gangrena  que  huele a  almíbares  infectos.  No estaba tan seguro ya de  que mi valor acrecería la grandeza y la dicha de  los acaienos  de largas  cabelleras. Un soldado  viejo que  iba a  la guerra  por  oficio, sin  más  entusiasmo que  el trasquilador  de ovejas  que  camina  hacia el  establo,  andaba contando ya, a  quien quisiera escucharlo, que Elena  de Esparta vivía muy  gustosa en Troya,  y que  cuando se refocilaba en  el lecho de Paris sus estertores  de gozo encendían las mejillas de las vírgenes que  moraban en el palacio de Príamo. Se  decía que toda la  historia del doloroso  cautiverio de  la hija de  Leda, ofendida y  humillada por los  troyanos, era mera propaganda  de guerra, alentada por Agamemnón, con  el asentimiento de Menelao.
En  realidad, detrás  de  la  empresa que  se escudaba  con  tan elevados  propósitos,   había  muchos   negocios  que  en   nada beneficiarían  a  los  combatientes de  poco  más  o  menos.  Se trataba  sobre todo  --afirmaba el  viejo  soldado--de vender  más alfarería,  más telas,  más  vasos con  escenas de  carreras  de carros, y de abrirse nuevos  caminos hacia las gentes asiáticas, amantes de  trueques, acabándose de  una vez con la  competencia troyana.  La nave,  demasiado cargada  de harina  y de  hombres, bogaba despacio. Contemplé largamente las  casas de mi pueblo, a las que el  sol daba de frente. Tenía ganas de llorar.  Me quité el casco y  oculté mis ojos tras  de las crines enhiestas  de la cimera  que  tanto   trabajo  me  hubiera  costado   redondear--a semejanza de las  cimeras magníficas de quienes  podían encargar sus equipos  de guerra a  los artesanos  de gran estilo, y  que, por cierto, viajaban  en la nave más  velera y de mayor  eslora.

FIN



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