"El cuerpo de los símbolos"
por Antonio Gamoneda

      

 

Publicado en CONFABUILARIO del diario EL UNIVERSAL el 21 de abril de 2007, con autorización de sus editores: Amigos de Calamus, proyecto editorial animado desde la ciudad de Oaxaca por Francisco Toledo

En los días de juventud, que son los más valiosos (y esto es así porque valen por y para sí mismos cuando están transcurriendo, pero llegaremos a la vejez y, a través del recuerdo y de otros caminos interiores más oscuros y sutiles —que los hay—, estos días serán aún activos en nuestras vidas); en los días de juventud, digo, se establece con los libros una relación que nos marca para siempre: seremos hijos de nuestros libros, si los hemos vivido y nos han vivido a tiempo, o creceremos y moriremos huérfanos de su insustituible progenitura. Es completamente torpe dejar para un mañana que suponemos sedentaria, en la última madurez o la primera vejez, la tarea, aparentemente pacífica, de la lectura vitalicia, porque la pureza receptiva, el entusiasmo y la sensibilidad —orientada o desconcertada, casi de lo mismo— que un hombre joven, incluso exageradamente joven, puede poner en la apropiación de un texto, tienen más valor y marcan mucho más que la sabiduría interpretativa de un viejo.
Así es: a los viejos, incluidos los viejos prematuros, nos queda —y gracias— la pasión secundaria de la relectura, precisamente porque, debilitadas la sensualidad lectora, la capacidad de sorpresa, de amor a la novela y, como decía antes, de entusiasmo, nos viene más fácil reavivar rescoldos que crear nuevas hogueras. Carpe diem, pues, para los libros; vívanlos hoy porque, en el mañana lejano, los libros seguirán siendo los mismos pero no lo serán las fuerzas disponibles para la posesión gozosa.
Esta cuasifilípica (y tomen nota de que aquí termina mi voluntad sermonaria) viene a causa de que, el aviso sobre lectura y juventud que digo, me sobrevino precisamente al hacer estas notas. Yo ya lo sabía, es verdad, pero había olvidado que lo sabía, ahora hago confidencia de ello y, a continuación, paso a ocuparme de esas que llamo “apariciones”.
“Siempre la Virgen se aparece a los pastores”. El dicho es malicioso y sirve en muchas aplicaciones, para mi caso, tiene también algún aprovechamiento. A mí, algunos libros “se me han aparecido” precisamente mientras que, como los pastores, permanecí inocente y pobre, conservando en buen estado mi credulidad, ahora, naturalmente, hablo del asunto con alguna ironía, pero las cosas fueron como fueron: las apariciones casi siempre llevan consigo revelación y de éstas quiero hablar.
Para dar cuenta de mis lecturas providenciales (quítese peso, por favor, a lo de “providenciales”), tengo que aceptar que, según se rumorea, mi caso es el de un poeta, que es la forma más peligrosa y menos profesional de ser escritor. Sea como fuere, el inventario de mis primeras lecturas empieza, con manifiesta precocidad, en 1936 (“primer año triunfal” se le decía en la cabecera de muchas publicaciones de la fecha) y se extiende hasta 1956, convengámoslo, al filo de mis veinticinco años. Es posible que después de estas fechas haya leído libros prodigiosos, pero las experiencias ya no fueron prodigiosas en idéntico grado.
De 1936 a 1956 van veinte años que, para mejor entenderme conmigo mismo, voy a dividir en quinquenios. Las cosas comienzan de la siguiente manera:
Yo, que nací en Oviedo en 1931, en 1936 llevaba ya dos años en León, huérfano de padre y con mi madre tratando de secar humedades asmáticas cabalmente asturianas. En aquel verano empezó la causa civil (que enseguida se empezó a llamar “glorioso alzamiento nacional”, con lo que se quería hacer pasar el horror por festividad histórica), y yo estaba programado para empezar a ir al parvulario de primeras letras con el nuevo curso, que se retrasó bastante y que, cuando empezó, más días se encontraba con la escuela cerrada que abierta. Y yo, de manera probablemente repelente, andaba con mis cinco años empecinados en aprender a leer. Cosas de niños enfermizos.
La biblioteca familiar leonesa se reducía a un solo libro que mi madre había trasladado: en Oviedo, atrapada por el asma materna, los acontecimientos de octubre de 1934 (que fueron un intento revolucionario bastante triste) y, más tarde, por el “glorioso alzamiento”, en Oviedo, digo, quedaba la biblioteca paterna, de la que, por cierto, tan sólo he logrado recuperar un libro, El nuevo romanticismo, de José Díaz Fernández (cinco pesetas, de la histórica Editorial Zeus), el novelista y ensayista más olvidado de lo que convendría.
El caso es que yo tengo una incurable nostalgia de esta biblioteca nunca vista y perdida de la que me provino una especie de doble orfandad; sé que era más bien breve, pero en ella había libros autografiados de Rubén Darío y Valle Inclán. La biblioteca desapareció, con otros enseres materiales y sentimentales, porque las guerras, las civiles sobre todo, son un magnífico “río revuelto” para rateros familiares o incógnitos. En fin, dejemos este asunto.
En 1936, con la guerra desconcertando ya la vida de los españoles, yo quería aprender a leer y ya les he dicho que, en mi provisional casa de León, había un solo libro. El libro, aunque quizá únicamente para mí, tenía unos poderes que pronto se manifestaron. Se titulaba Otra más alta vida y el autor era Antonio Gamoneda, es decir, mi padre.
Con aquel libro, limosneando ayudas, dando mucha lata a mi madre o a quien más cerca tuviese, yo empecé a identificar signos y fonemas, luego palabras y luego líneas: estaba aprendiendo a leer. Me sentía cargado de razón y excitado en el umbral de algo grande y desconocido. Aquí, en mi primera y quebradiza lectura, que no sé durante cuánto tiempo se extendió, se produjo algo (esa revelación que sigue a las apariciones) que ha sido muy importante para mí.
El libro, con independencia de que hubiera sido escrito por mi padre, era además un libro de versos; las líneas eran versos. Yo, de una manera confusa pero suficiente, sentía que aquellas líneas comportaban un cuerpo musical, y esta virtud desconocida hacía emocionantes las, para mí, imprecisas significaciones, más sensibles que inteligibles, extra, amén de gozables.
Yo estaba aprendiendo a leer en modo dificultoso pero también privilegiado, hacía un doble descubrimiento: la primera experiencia de poesía se me proporcionaba, de manera rudimentaria, al tiempo que el, también rudimentario, conocimiento de los signos de la escritura; yo quedé “tocado” en la sensibilidad, y creo que ya entonces fui condenado —afortunadamente condenado— a ser poeta en la vida. Ocurrió en aquel espantoso “primer año triunfal”. Fíjense bien en que no es lo mismo reunir los símbolos visuales y la oralidad pobre de una frase como “Pepito toma mi pato”, que conseguir el trabajoso milagro de describir una serie de escritura y oralidad que diga, por ejemplo: “Rubén estaba triste; como un soplo de viento/ erraba por la vida cansado de vagar…/ Rubén andaba errante como un cóndor sediento/ sobre el agua del mar”.
Un lector inocente y torpe, que no conoce del lenguaje más que el uso conversacional, es decir, un niño que en sus primeras experiencias lectoras descubre la virtud musical de las palabras, bien puede hablar, más tarde, de aparición y revelación. En aquellos días, y, apenas vencidas las dificultades mecánicas, había percibido que aquellas palabras intensificaban mi vida. Créanme que esto es mucho.
Pero el contenido de esta experiencia no es sólo esta pasión sensible, sino también algo que me parece igualmente importante. Para dar cuenta de ello, acudiré otra vez a aquel libro de esforzada lectura: “Si por sus altos vicios y sus bellos pecados/ es su alma pagana condenada a bogar/ en la sombría barca de los desesperados,/ ¿Quién se podrá salvar?”.
Aquí hay cierta complejidad semántica: “altos vicios”, “bellos pecados”, “barca de los desesperados…”. Siendo el lector un crío de cinco años, estas expresiones son decididamente ininteligibles. Pero, ¡atención!, el crío no se preguntaba (ni preguntaba, mi madre me lo confirmó treinta o cuarenta años después) por las significaciones; aceptaba el misterio (la palabra “misterio” no me gusta pero no doy con otra más adecuada) como parte natural del asombro y el placer suscitados por el bloque musical; aquello funcionaba en la intensificación del instante. Más aún: lo incomprendido, las asociaciones léxicas que le superaban, hacía más valiosas las palabras familiares (“pecados”, “almas”, “barcas”); el chiquillo aprendía oscura pero intensamente que, dentro de aquel cuerpo musical, existían más significaciones de “segundo grado”, y que entraban en él porque se sentían, no porque fueran inteligibles de la manera que lo es la charla corriente.
En mi vida de adulto, yo no he descubierto nada más decisivo en relación con la palabra poética. Aquel niño deslumbrado que yo fui, me dejó claro para siempre que el lenguaje de la poesía se comprende más allá del lenguaje conversacional porque su realismo, si lo tiene, es de otra naturaleza.
Ahora tengo que bajar el listón. Voy a entrar en un anecdotario simple. Después diré por qué me demoro en minucias que poco van a prestigiar el relato de mis lecturas infantiles.
En León, durante aquellos años tristemente inolvidables, mi madre y yo convivíamos con mi madrina de pila y su familia. Mi madrina era una santa que, si era tiempo de abundancia, hacía unas empanadas de sardinas realmente sobrenaturales, y si tocaba comer del cupón de racionamiento, se las arreglaba para, como las infantinas encantadas, mantenerse con el olor de las hortensias y de la planta de cristal para que los demás nos comiésemos su cuota de abadejo seco y pan amarillo. Tenían un hijo cuya santidad, de evidente menor grado, no le daba más que para estar afiliado a las Juventudes de Acción Popular, un invento posteriormente fagocitado por la Falange.
Sería normal preguntarse aquí si yo estoy o no en mis cabales, porque, ¿qué tendrán que ver las empanadas de sardinas —con pimientos, por cierto— y las lecturas del futuro escritor? Tenga el lector paciencia con mis rarezas, que estas cosas son inseparables en mi memoria y en mi corazón; hágame esa caridad y vaya anotando que hay dos etapas sucesivamente contraspuestas en las brigadas lectoras; una en que los libros te eligen a ti, y otra en que, por fin, eres tú el que elige el libro. Dicho de otra manera: primero es la vida la que pone en ti los libros, por que lo decida papá o, como en mi caso, eres tú quien pone libros en tu vida y hasta en la ajena.
Pues bien, el joven de las juventudes de acción popular me proveía de periódicos infantiles y así trabé conocimientos con el Jeromín, recreativo piadoso; con el Chicos, que tenía dos héroes principales: Tomasita y Gonzalín, perfectamente imbéciles; y con el Flechas, que el decreto de unificación transustanció en el Flechas y Pelayos, el cual venían encabezado por el siguiente lema: “El flecha Edmundo y el pelayo Enrique/ o Paco el Tuerto siempre hacen que pique”, prodigiosa paráfrasis poemática en la que Paco el Tuerto, naturalmente, era un miliciano rojo, feo y malo que resultaba vencido en todas las aventuras.
Pero todo hay que decirlo: el joven de la JAP también me prestó bastantes fascículos nada menos que de Dick Turpin, históricamente ahorcado por abigeato, y esto ya era otra cosa; empecé a hacer mía la noción del héroe marginal. No era una aparición importante pero era una aparición: no olvidaré que Dick Turpin montaba una yegua negra y velocísima, y que sus compañeros más fuertes eran Peter, el rojizo irlandés, y Batanero, el negro manumiso que se trabucaba al hablar.
Con alguno de los “años triunfales”, “liberada” una ciudad que no recuerdo, llegó a casa de mi madrina una hermana suya con la secuela de marido, hija, yerno y creo que hasta nieto. La casa se convirtió en una locura de refugiantes y refugiados y, con la ampliación familiar, se produjo otra, no menos importante, de mis disponibilidades bibliotecarias. Yo ya leía de corrido y los refugiados —los hombres— recién salidos de un batallón de trabajadores ampliaron mis lecturas y sus coloraciones ideológicas. Allí estaban Los mártires del adulterio, grueso tomo de fascículos con cuatricromías encartadas en las que, invariablemente, el conde, armado con pistolete, sorprendía a la esposa, que se desmayaba en brazos del amante; estaba el Picadillo, libro de cocina ingeniosísimo, en castellano y en gallego, del que recuerdo incrustaciones poéticas como ésta: “dicen muchos que no es broma/ que a Santo Tomás de Aquino/ alta inspiración le vino/ en alas de una paloma./ No os sorprenda, pues, que al fin/ de tanta meditación,/ llegue a mí la inspiración/ dentro de un calabacín”. Finalmente, las joyas clandestinas: tres o cuatro ejemplares de El frailazo, plagados de viñetas con escenas que combinaban invariablemente los ropajes eclesiásticos y la lencería interior de señora.
Esto ocurría hacia mis siete años. Téngase en cuenta que, además de mi madre (a la que quizá no di ocasión de fiscalizar mis lecturas), en la casa se domiciliaban “las dos Españas”. Hablo, con todo el humor que puedo, que no es mucho ni muy bueno, de circunstancias que tenían su gravedad. Luego volveremos a ellas.
Todavía dentro de mi primer quinquenio de lector y todavía sin rozar la categoría de apariciones, tengo que anotar el acceso, que no me acuerdo cómo fue, a los que ahora llaman comics, que, entonces, estaban denominados por dos héroes de talante más bien fascista: Juan Centella, un forzudo justiciero, y Ciclón, una versión española de Superman. Estaban también los fascículos, que no lo eran del todo porque traían las aventuras enterizas. Mis preferencias iban con Búfalo Bill, aunque también leía a Nick Carter, que era un detective casi convencional y que me aburría un poco.
Así entré en los diez años, con pobre cultura libresca, pero, recuérdese, con el feliz sobresalto de la palabra revelada musical, la que había entrado en mí con mis primeras letras. Volvía a Otra más alta vida y las potencias poéticas rebrotaban con virtudes casi mágicas: “Rubén estaba triste como un soplo de viento/ erraba por la vida cansado de vagar.../ Rubén andaba errante como un cóndor sediento/ sobre el agua del mar…”
Y vinieron entonces las novelitas de poco fuste, en las que, además de a Peter Rice, el sheriff e infalible cabalgador, recuerdo a un trío de héroes que algo tenía que ver con la después llamada “ciencia ficción”: Doc Savage, sabio y musculado, que preparaba explosivos de alta definición y se comunicaba por telepatía; Bill Barnes, un piloto increíble de aparatos de hélice, capaz de interminables gimnasias aéreas; la Sombra, el más desconcertante de todos, un trasunto del hombre invisible que se volvía tal al abrigarse con una capa de tejido misteriosamente químico, que tenía la propiedad de recoger la luz pero no de refractarla, con lo cual los contornos del cuerpo justiciero pasaban a ser poco más que un aleteo tenuemente sobrio. Luego, el Zorro, caballero enmascarado que tenía mucho éxito con las mujeres aunque no se aprovechaba nunca. Y la novela deportiva, que firmaba J. Mallorquí, autor prolífico que a lo mejor todavía anda escribiendo.
Omito la relación de otras lecturas, más prestigiosas quizá que éstas que acabo de recordar, que se han desvanecido en mi estimación, y paso al relato de otra de esas que llamo “apariciones”. Sobrevino allá por mis once años, aún no me compraba yo los libros, que mis estipendios no llegaban para nada, cuando una vecina tierna y voluminosa, experta en croquetas a base de sustancias inexistentes y habilísima en las vainicas, con el disparado motivo de que yo daba un aire a Bécquer en una estampa que el librillo traía encartada, me regaló las Rimas y leyendas en la colección que hasta hace poco hemos llamado Clásicos Ebro. Lo del parecido debió de halagarme, pero lo importante es que la poesía volvió a retumbar en mi cabeza en forma semejante a como lo hacía la de Otra más alta vida: “Yo sé un himno gigante y extraño/ que anuncia en la noche del alma una aurora/ y éstas páginas son de este himno/ cadencias que el aire dilata en las sombras”. Después le he ido perdiendo estimación a Bécquer por razones que no vienen aquí a cuento, pero el caso es que la percusión métrica volvió a arropar la revelación, colocando en mí las palabras más allá de su valor léxico; el himno era gigantesco, ciertamente, a causa de la rítmica que lo nombraba, y el lenguaje paradójico me embriagaba al proporcionarme el prodigio de que una realidad audible (las cadencias) se integrase en una realidad visual (las sombras). Dentro de esta embriaguez, yo ya quería ser poeta.
Dos o tres años más tarde, tuve una aventura importante. Alguien me avisó de la existencia de un libro maravilloso, llamado Segunda Antología Poética que, por menos de cinco pesetas, podía adquirirse en la que llamaban Colección Universal. Con el escueto importe en mi bolsillo, entré muy ufano en la mejor librería de León (todas ellas eran entonces tres o cuatro) y, solicitado el título, recibí un enérgico rapapolvo del librero, quien me preguntaba que para qué quería yo, a mi edad además, leer a un autor de la “antiespaña”, y me proponía adquirir a cambio cualquier título de Tihamer Toth, un moralista ultracatólico húngaro, especialmente indicado para la juventud. Salí como pude a la calle y, creciendo metros más arriba, entré en otra librería; ésta (aquí lo diré porque quiero honrar la memoria de su dueño) era la de Eduardo Pastrana, agustino expulsado de la Orden, musicólogo y discreto armonizador de canciones populares.
Pastrana, recibida mi demanda, sonrió, sacó el tomo de la estantería, lo puso en mis manos y me dijo: “Ábralo por cualquier parte y lea en voz alta”. Obedecí y, temblando —no lo olvidaré nunca— leí lo mejor que supe lo siguiente:
“El poniente me invade con sus flores/ de oro, mientras, largo y lento, canta/ el ruiseñor de todos mis amores,/ ahogándose casi en mi garganta.// Al ver este oro en el pinar sombrío,/ me he acordado de mí tan dulcemente/ que era más dulce el pensamiento mío/ que toda la dulzura del poniente.// ¡Oh dulzura de oro, campo verde,/ corazón con esquilas, humo en calma!/ No hay en la vida nada que recuerde/ estos dulces ocasos de mi alma”.
Me sentí crear el cuerpo musical de las palabras. La poesía se hizo en mí activa y real porque la poseí físicamente al comprometerme con su oralidad. También ésta fue una revelación.
Eduardo Pastrana me regaló el libro.
Vamos, si no me equivoqué, por las últimas cuentas de mi segundo quinquenio de lector, lo que equivale, más o menos, a mis catorce años ya cumplidos, últimas fechas en que los libros me eligen a mí, según la dicotomía temporalizada que antes propuse. La etapa se cierra con un famoso suceso.
En 1945, mi menos que mediana fortuna me llevó, en la ínfima condición de meritorio, al extinguido Banco Mercantil, devorando poco después por un gigante financiero que anda ahora con escasa salud. Hago aclaración de que la también extinguida categoría laboral de meritorio consistía en que, siendo propiamente el chico del cortijo, se me permitía ejercer de pendolista contable en horas extras y se me pagaba en promesas.
Pues bien, estaba yo un día en el Mercantil acondicionando una leñera, cuando disimulado, descubrí un extraño paquete que contenía una pistola en mal estado y cuatro o cinco gruesos tomos con encuadernación oscura. Salí con el surtido a la oficina, fui preguntando y, ante mi extrañeza, nadie quiso identificarse como propietario de aquel material que producía, me di cuenta, una especie de espanto.
Eran los años de persecución política inmediatos a la guerra civil; los volúmenes que yo encontré reunían títulos y autores (Anatole France, Zola, Eugenio Sue, Balzac, Gorki, Dickens, Dostoievski…) de una literatura entonces bajo sospecha, además, los volúmenes tenían el sello de un ateneo libertario, en una palabra, que aquello apestaba a rojerío. A cuenta de este lote, yo leí un buen número de novelas importantes, pero los tiempos eran tales que mi madre, partícipe en la atmósfera del temor, hizo desaparecer aquellos libros.
Pero la aparición de turno ya se había producido: Dostoievsky con Crimen y castigo. Con esta obra se me deparó una de las experiencias más serias que, a partir de la literatura, pueden producirse; supe, dentro de un oscuro asombro, algo del prodigio fascinante y consolador de la escritura que, a la vez que tiene su valor en la función estética, es decir, en una función creadora de placer, está fundamentada en el sufrimiento. La increíble reunión de estas potencias, placer y sufrimiento, contrapuestas en la existencia y no, sin embargo, en las obras de arte y en la poesía, fue otra de las máximas revelaciones que me ha procurado la lectura. La conciencia de esta bella contradicción, prolongada en la convicción de que la poesía existe porque la muerte, y lo sabemos, ha llegado a ser una de mis marcas definitivas.
No debo seguir adelante sin declarar el doble fondo de estas confidencias, aunque tal declaración no les descubra nada porque ustedes ya se habrán dado cuenta.
He hablado hasta aquí de cuatro o cinco libros que llegaron a mi vida de forma azarosa y que produjeron en mí una iluminación: Otra más alta vida, del poeta menor que fue mi padre; las Rimas y leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer; la Segunda Antología Poética, de Juan Ramón Jiménez; Crimen y castigo, de Dostoievski, y alguno más en un segundo plano de importancia. Estos libros no es que sean, de manera universal, los más poderosos o los mejores; dio la casualidad de que “se me aparecieron” en hora propicia para la luminaria y la revelación, y todavía hay otros libros y cuadernos que, más humildes aún, incluso malos o extraliterarios, estuvieron —están— en mi vida, indiscernibles de ella y seriamente significativos. Hago un repaso:
Los mártires del adulterio, el Jeromín, el Chicos, el Flechas y Pelayos, las aventuras de Dick Turpin, el Picadillo, El frailazo, los cuadernos de Juan Centella y de Ciclón, las entregas de Nick Carter y de Búfalo Bill, las novelas de, exactamente, sesenta y cuatro páginas (un pliego de 70 x 100), Doc Savage, Bill Barnes, la Sombra y el Zorro… No sigo. Gran parte de mis alimentos espirituales consistían en lo que hoy llamaríamos “publicaciones basura”.
Y, ahora, un poco más de sociología sentimental.
Es historia frecuente que los escritores se inicien en la lectura a partir, por así decirlo, de unas bases patrimoniales; también, que hayan sido afortunados en su educación y que, tempranamente, hayan gozado del aura y la magnificencia de una biblioteca selecta: Andersen, Saint Exupéry, Lagerlöf, para empezar. Si se preguntase, por ejemplo (a algunos ya no podrían ser, por que se han ido del mundo), a mis coetáneos de los 50, al grupo de Barcelona, en particular, se vería que esto fue así y que se produjo a causa de una biblioteca de familia acomodada. Yo, que los quiero y admiro a uno por uno, aunque no crea en ellos como paquete generacional, no puedo contar la misma historia. Ellos, con envidiable ironía y elegancia, pasaban luego de estas ventajas familiares al resentimiento dedicado a la clase social en que habían nacido. Yo he podido ahorrarme este resentimiento.
Yo no fui cultivado en el medio exquisito. Mi tipología de escritor ha de ser la que pueda darse, partiendo de 1936, en la suma de unos componentes históricos y biográficos que son, más o menos, los siguientes: pobreza familiar, escasa escuela pública y contemplación inocente de la crueldad y la miseria moral de la guerra civil y la posguerra militarizada; salvo las “apariciones”, primeras lecturas nada selectas; trabajo, desde la niñez, en niveles inferiores. Estos son los fundamentos culturales primarios. A continuación, con la vocación poética ya descubierta, estudios accidentados y lecturas tirando a imprevisibles, nada de viajes educativos y jornadas laborales de doce horas, menos los domingos que sólo hacíamos tres.
Como lectores, los niños de la guerra, entre los que me encuentro, si no tenían biblioteca familiar, fueron después adolescentes y jóvenes condicionados por la miseria editorial y la censura. Existían, es verdad, una especie de redecillas clandestinas de préstamo y venta, pero había que hacer las lecturas arreglándonos con lenguas extranjeras mal sabidas. En los escaparates, una oferta deleznable: Lajos Zilahy, Maxence van der Meersch y cosas así; como mucho, semitolerados, Lawrence, Huxley o Thomas Mann, pero a Sartre, Malraux o Camus, por ejemplo, había que leerlos de tapadillo. Con unas penurias y con otras, las conclusiones es que, salvo privilegio social familiar, los escritores que tenemos ahora entre cincuenta y cinco y setenta y cinco años nos hicimos prácticamente de la nada.
Sin embargo, aquí estamos. El paisaje bibliotecario es ahora inmenso; yo mismo tengo cinco o seis mil libros en casa, aunque ya haya de refugiarse, como dije al principio, en la relectura de unos pocos especialmente amados. Vuelvo siempre a Shakespeare, a Valle Inclán, a Fernando de Rojas… están siempre en mí, aunque con menos relectura, Garcilaso y Juan de Yepes, y los numerosos autores de la Biblia, inspirados o no; no olvido nunca a Kafka ni a Faulkner; acudo a las letras jazzísticas, a Timbrad, a Nazim Hikmet y a su antípoda Saint John Perse, y a éstos y a otros los leo a la luz de aquellas apariciones luminosas de mi infancia y mi vida se intensifica con mis libros, y son de mucho consuelo los rescoldos —ya no ágiles hogueras— de este incendio universal y múltiple de la palabra impresa y encuadernada.
 

FIN





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