"Una historia prosaica"
por William Faulkner

      

 

 

I

Sentado tras el pulcro y desnudo escritorio, el doctor Blount miró al visitante. Vio a un hombre ancho, grueso, un poco calvo, con cara gris e impasible y ojos turbios, que vestía un traje barato de sarga sin planchar y una corbata anudada con descuido, y llevaba en la mano un sombrero manchado de fieltro negro.

-¿Quería usted verme? -dijo Blount.

-Usted es el doctor Blount -dijo el visitante.

-Sí -dijo Blount. Miró al hombre, con semblante interrogante y asombrado. Echó una ojeada rápida a ambos lados, como quien busca un arma o una vía de escape-. ¿No desea sentarse?

El visitante con el sombrero en lamano tomó la silla única y de respaldo recto que había más allá del escritorio. Se miraron el uno al otro. El doctor Blount volvió a hacer aquel rápido y brusco movimiento lateral con la cabeza.

-Supongo que usted no sabe quién soy -dijo el visitante.

-No -dijo Blount. Rígido y erguido en su silla, observaba al visitante-. ¿No puedo...?

-Mi nombre es Martin. -Blount no hizo gesto alguno; seguía mirando al visitante-. Dal Martin.

-Oh -dijo Blount-. Ahora recuerdo ese nombre. De verlo en los periódicos. Usted es el político. Pero me temo que ha perdido el tiempo acudiendo a mí. Ya no practico la medicina general. Tendrá que...

-No estoy enfermo -dijo el visitante. Miró a Blount; grueso e inmóvil, desbordaba la silla estrecha y dura sobre la que estaba sentado-. No he venido por eso. Creo que sé más de usted que usted de mí.

-¿Para qué ha venido?

El visitante no dejó de mirarle, y sin embargo, por vez primera, el doctor Blount se acomodó en la silla con más naturalidad, aunque siguió mirando a aquel hombre con curiosidad vigilante.

-¿Qué desea de mí?

-Usted es el presidente -pronunció la palabra con acento campesino- de los soldados de Nonconnah...

-Oh, los Guardias. Sí. Tengo ese cargo. -Miró al visitante; sus ojos se estrecharon, quedaron vacíos a causa de la reflexión-. Sí, ahora recuerdo. Usted tuvo algo que ver con el asfaltado de Beauregard Avenue.

Y viene a verme en relación con nuestra armería. Tendré que desilusionarle: nosotros...

-No es eso -dijo Martin.

-¿No?

Ambos se miraron.

El visitante habló con voz despaciosa, uniforme, cotidiana, con cara impasible y sin dejar de mirar a Blount.

-Tengo dinero. Supongo que lo sabe. No es ningún secreto. Tengo una hija. Es una buena chica. Pero miesposa murió y no tenemos parientes en Memphis, ninguna mujer que cuide de ella. Que decida por ella a quién debe conocer y a quién no debe conocer; una mujer lo podría hacer. Porque quiero que ella salga adelante. Le estoy dando una base mejor de la que yo tuve, y quiero que sus hijos la tengan aún mejor. Así que debo hacer todo lo que pueda.

-¿Sí? -dijo Blount. No es que adoptara un ademán rígido exactamente, pero poco a poco empezó a inquietarse en la silla mientras seguía mirando al hombre que tenía frente a él al otro lado de la mesa. El visitante hablaba sin prisa, sin énfasis.

-Es bastante popular. Sale todas las noches; va a bailes del West End y de esas salas de las afueras de la ciudad. Pero no es eso lo que quiero para ella.

-¿Qué es lo que quiere para ella?

-Los Nonconnah...

-... los Guardias.

-... los Guardias de Nonconnah dan un baile anual en invierno. Donde van las chicas, las dibu... dibu...

-Debutantes -dijo Blount.

-Debutantes. Sí. Así las llamó mi hija; sus fotos salen en los periódicos. Sus familias han vivido desde hace mucho tiempo en Memphis, tienen calles con sus nombres. Y luego están los hombres. Los muchachos y los jóvenes. Es una buena chica, aunque yo no lleve en Memphis los años que ella tiene y no haya ninguna avenida que se llame Martin... por ahora. Pero vive en una casa tan elegante como la de cualquiera de ellos. Y puedo construir una avenida que lleve el nombre de Martin.

-Ah -dijo Blount.

-Sí. Puedo hacer lo que quiera en esta ciudad.

-Ah -dijo Blount.

-No fanfarroneo. Se lo digo, simplemente. Puede preguntar en Memphis.

-No lo dudo -dijo Blount-. Empiezo a recordar más cosas sobre usted. Uno de sus monumentos está cerca de mi casa.

-¿Uno de mis monumentos?

-Una calle. Se construyó hacetres años y no duró más que uno. Así que tuvieron que levantarla y volverla a construir.

-Oh -dijo Martin-. Wyatt Street. Esos timadores. Les di su merecido. Acabé con ellos.

-Acepte mis felicitaciones por su espíritu cívico. ¿Y ahora quiere...?

Se miraron. Ninguno de ellos lo dijo; ninguno dijo las palabras. Fue Martin quien apartó la mirada.

-Es una buena chica -dijo con voz lenta y sin inflexiones-. Tan buena como cualquiera de ellas. No le avergonzará. Ni a usted ni a nadie de los asistentes. Yo me encargaré de ello.

-Usted es tan experto y tan profeta con las hijas como con los contratos de pavimentación, ¿no es cierto?

-Yo me encargaré de ello. Tendrá mi promesa. Mi palabra.

Blount se levantó con un movimiento rápido. Permaneció muy erguido tras el escritorio; era un hombre menudo, no tan alto como el otro.

-No dudo de que podrá situar a su hija en una posición mucho más alta que la que le conseguirían mis pobres influencias -dijo-. Una posición a la que está obviamente llamada, aunque no fuera más que por ser su hija. ¿Era eso únicamente lo que quería de mí?

Martin no se había levantado.

-Puede que haya pensado que se trata de un cheque -dijo-. Que tendría que pasar por el banco. Se trata de dinero en efectivo.

-¿Lo trae consigo?

-Sí.

-Buenos días, señor -dijo Blount.

Martin no se movió.

-Ponga usted la cifra. Y la doblaré.

-Buenos días, señor -dijo Blount.

Afuera, en el pasillo, el visitante se puso con lentitud el sombrero.

Permaneció allí unos instantes, inmóvil. Movió despacio la boca, como si masticara algo. "Ha sido el dinero -dijo al cabo-. ¿Qué necesidad de dinero puede tener un condenado tipo como éste? Pero tiene que haber algo.

Nadie puede decirme que un hombre de carne y hueso..."

 

II

En el cruce de Madison Avenue con Main Street, donde los tranvías enfilan colina abajo retumbando y crujiendo al tañido de las campanillas que advierten y consuman el cambio de la luz roja a la verde, Memphis es casi una ciudad. Main Street, sin embargo, tanto a derecha como a izquierda, es la ciudad rural a gran escala; las calles podrían haber sido trasplantadas sin cambio alguno del interior de Arkansas o Mississippi: las mismas zonas de aparcamiento con aire de abandono y cuidadosamente pintadas con franjas desvaídas y arañadas por los neumáticos, los mismos escaparates sórdidos llenos de botas de trabajo y tejidos oxford lustrosos y bermejos y ropa interior con etiquetas de saldo, los mismos optimistas y llamativos anuncios de rebajas pintados en ajados y domésticos banderines ondeantes.

En el cruce de Main con Madison, sin embargo, donde cuatro altos edificios dividían en cuatro sus flancos y formaban un túnel vertical en donde el diapasón del tráfico resonaba como en el fondo de un pozo, transcurre la vida inquieta y el movimiento de las ciudades; el precipitado y resuelto ir de un lado para otro, como si los componentes atómicos fueran arrojados como nieve dentro de unos límites dados, la prisa hacia cualquiera de las vías de escape y la desaparición como nieve, que al instante se reemplaza y no se echa en falta. Allí siempre hay gente que no está de paso. Unos son mendigos con cuencos de hojalata y lapiceros; otros, charlatanes con juguetes que danzan sobre el pavimento o con panaceas; otros, taquimecanógrafas y empleados y colegiales con pantalones bombachos que esperan el tranvía; otros, ganchos de timbas clandestinas de dados y póquer y de burdeles; otros, visitantes de Arkansas y Mississippi que pasan el día en la ciudad, o banqueros y abogados y esposas e hijas de banqueros y abogados que viven en las espléndidas casas dePeabody y Belvedere y Sandeman Park Place, y que esperan a sus maridos o sus coches particulares. Al pasar tres veces por la esquina, quienquiera que uno sea, verá a alguien conocido y será mirado por otros cincuenta que sentirán interés por el hecho de su paso; así que cada tarde, al dejar el despacho, que estaba en esa manzana, el doctor Blount se detenía en la puerta del edificio, y si era invierno se cubría el cuello y la parte inferior de la cara con la bufanda de seda y se anudaba los botones del abrigo, y decía: "Ahora a pasar este martirio", y se adentraba en la calle como quien se mete en una bañera de agua fría. Había en el edificio una salida trasera, pero nunca la utilizaba. Solía pararse en la puerta principal, y luego entraba en la incesante multitud y caminaba por la calle en dirección a Madison y torcía hacia el río, hacia el aparcamiento al aire libre donde dejaba el coche, y su paso era algo más rápido hasta que llegaba al coche y abría la portezuela y se montaba y la cerraba tras él. Entonces solía darse cuenta de que había estado sudando. "Es porque no me conocen -se decía-. Sólo conocen mi apariencia; lo que odio ser, no lo que soy".

No miraba ni a izquierda ni a derecha. La gente de la esquina: granjeros de Arkansas y Mississippi con camisas de lana o algodón y sin corbata; empleados, mecánicos, taquimecanógrafas con relucientes piernas de rayón y carmín comprado en Woolwarth.s, veía a un hombre delgado y menudo y atildado, y confundía aquella cara ansiosa, enfermiza por los nervios y la inseguridad, con la de algún próspero propietario de sala de fiestas de las afueras o algún agente de venta o comerciante de algodón; o, en cualquier caso, lo confundía con alguien que tenía dinero en el banco y que dormía bien por las noches en una buena cama, cálida o fresca según su deseo, y en una habitación apenas turbada por el ruido de la ciudad.

Aquella gente no podía saber que hacía tanto tiempo que él se había enseñado a sentir, a través de la chaquetaceñida, el impacto de unos ojos que muy probablemente ni siquiera se fijaban en su paso con curiosidad o conjetura o burla, que ahora llevaba tal impacto sobre sí mismo como partículas de pimienta sobre un trozo de carne cruda, hasta que la portezuela de su cupé se cerraba tras él. En el coche se sentía mejor. Volvería en él hasta la esquina, donde tal vez esperara a que sonara la brusca, estentórea campanilla y tuviera lugar el cambio de luces, y miraría a las gentes no como a individuos, pensamientos, inflexiones, ojos. Entonces no eran sino parte de la escena: las lámparas globulares que descendían en curva y se alejaban a lo largo del asfalto que se empequeñecía gradualmente, como la doble vuelta de un collar de perlas en el pecho oscuro y angosto de una mujer; los edificios, los letreros, el ruido: Memphis, el lugar donde había nacido en la misma casa donde antes que él había nacido su abuelo.

Tenía cuarenta años. Nunca se había casado. Vivía con su abuela, una inválida de noventa años, y con una hermana soltera de su padre. Era hijo único. Su madre había muerto al darle a luz. Su padre, que aún vivía, era un hombre brusco y ruidoso, un hombre práctico, un humilde y próspero médico que gustaba de levantarse a las tres o cuatro de la madrugada para visitar a emigrantes griegos e italianos de los arrabales de la ciudad. Cuando Blount era niño, su padre a veces le provocaba y le hacía hablar y le tendía una celada que le hacía caer en una de esas exposiciones de uno mismo, en una de esas revelaciones inocuas, traiciones de la dignidad que tan trágicas son para los niños. Él salía entonces corriendo de la habitación, seguido del estrepitoso grito de su padre, y subía las escaleras y se escondía en un armario para la ropa blanca. Temblaba, se sentía desfallecer; transpiraba y se atormentaba de impotente congoja, pero nunca lloraba.

Se encogía en la oscuridad con los ojos muy abiertos, con los oídos receptivos a lo preternatural -aunque no supiera a qué-, sintiendo el sudor contra las ropas, sintiendo su cuerpofrío bajo el sudor, pero sin dejar de sudar. Pensaba en la cena, en que tenía que bajar a sentarse a la mesa, y su estómago se enroscaba y se crispaba como un puño, aunque quizá instantes antes de que su padre hubiera logrado que se traicionase a sí mismo había tenido hambre. A medida que se acercaba el momento en que había de sonar la campana para la cena, le parecía que transcurrían años, sufría los tormentos de la indecisión, pues el sudor hacía que sus glándulas trabajaran más, y gustaba la saliva y se sentía hambriento. Se deslizaba en el comedor antes de que la comida estuviera servida, y cuando los otros entraban él estaba sentado en su puesto, inmóvil, con la cabeza baja, como si esperase no un golpe, sino un cubo de agua sobre la cabeza sin previo aviso.

Entretanto su tía había hablado con su padre, que no volvía a importunarle. Allí, sentado en su puesto, se veía comer sin tregua y sentía una especie de horror. Entonces sabía que cuando se acostara quedaría dormido en seguida, y que al cabo de treinta minutos se despertaría como si un reloj hubiera sonado en su interior, y que se sentiría angustiosamente enfermo.

Y al saberlo, mientras estaba sentado en la biblioteca después de la cena viendo a su padre leer el periódico y coser a su tía, sufría un acceso de llanto inexplicable para todos ellos -incluido él mismo- salvo para su tía, que creía entender. "No se encuentra bien desde hace unos días", decía, y le daba una medicina que él no necesitaba y lo acostaba ella misma, y él se quedaba dormido casi inmediatamente, y se despertaba media hora después y se sentía angustiosamente mal hasta que la naturaleza lo liberaba a un tiempo de cena y medicina. Cuando creció y se convirtió primero en estudiante de medicina y luego en médico, de cuando en cuando seguía viéndose, con el mismo horror y desesperación, arrastrado por las circunstancias a situaciones en que traicionaba su sentido de la idoneidad, aunque ya no necesitaba del armario de la ropa blanca, pues había aprendido a reprimir los ulteriores deseos de comer en exceso. Sin embar-go, en tales ocasiones seguía despertando treinta minutos después con náuseas, sudoroso aunque vacío e interiormente frío. Entonces solía pensar que iba a morir, y se incorporaba en la cama, con el pelo despeinado y la cara pálida y absorta, con los sentidos tensos como si la piel del semblante se hallara sintonizada con el acto de escuchar, y se tomaba el pulso y la temperatura con el termómetro que llevaba en un tubo con un prendedor para el bolsillo como el de las plumas estilográficas.

Había heredado la clientela de su padre, que al cabo de quince años se había convertido en cuatro o cinco viejas damas a quienes visitaba rutinariamente por sus afecciones de gota e indolencia, ya que tenía una posición acaudalada por derecho propio, si bien su abuela y su tía percibían rentas e intereses de la fortuna familiar. Sin embargo, tenía también consulta en la ciudad, la cual, sin él saberlo, constituía el equivalente del armario de la ropa blanca de su infancia; y al detenerse ante la puerta misma del inmueble para tomar aquel hondo aliento mental antes de adentrarse en la calle, y su "Ahora a pasar este martirio" eran la contrapartida de la vieja y miserable y angustiosa indecisión que debía vencer cuando se encogía en el oscuro armario de la espera de la campana de la cena en los días de su niñez.

Las relaciones con sus pacientes difícilmente podían considerarse contactos con la escena contemporánea, con cualquier escena viviente. El sufrimiento que padecían nacía de algo que ningún médico puede aliviar o curar: tenía su origen en el tiempo y en la carne. Vivían en altivos, sólidos dormitorios de aire enrarecido en donde agotaban la hora de la visita médica hablando de su mocedad, de sus padres y primogénitos en los años inmediatamente posteriores a la guerra civil; y Blount, con la cara serena aunque ansiosa aún y un tanto difusa, hablaba de las historias de aquel tiempo que le había relatado su abuela, como si él mismo las hubiera presenciado. Cuando era más joven huboun tiempo, durante un breve intervalo, en que fue consciente de que aún no había renunciado a los armarios de la ropa blanca. "También yo soy una vieja -se decía-. Confundieron los cuerpos y me pusieron en uno equivocado, y demasiado tarde". Ésa fue la razón por la que, cuando estuvo en Francia el personal hospitalario de una base, decidió deliberadamente entablar una pelea con un hombre de más envergadura, y corrió el albur temblando de aprensión pero no de miedo, y sin ninguna pericia ni esperanza, y fue vapuleado seriamente. Pero el triunfo, el fulgor, ni siquiera llegó a convertirse en sueño duradero. "Tampoco lo habría conseguido si yo lo hubiera vapuleado", se dijo. Al día siguiente se sintió avergonzado de su ojo negro, de los dientes que le faltaban. Solicitó -y lo consiguió- el traslado a otro hospital, donde explicó que había sido atacado por un paciente conmocionado por los bombardeos.

Regresó a casa y a lo largo de los diez años siguientes vio reducirse su clientela a cuatro o cinco viejas damas que se morían lenta y quejumbrosamente en enormes, feas, ricas casas situadas en calles con nombres evocadores de generales confederados y de batallas: Forrest Avenue, Chickamauga y Shiloh Place, que pasaban las largas tardes protegidas del estrépito y la furia del exterior por viciados y rancios muros. "Es porque me gusta el olor -se decía-. Me gusta el olor de la carne vieja de mujer".

El único contacto con el escenario que habitaba era la presidencia de los Guardias de Nonconnah. Ocupaba el cargo desde hacía doce años; cada diciembre dirigía el baile en el que eran presentadas las debutantes de la temporada, y aunque allí no se encontraba olor a carne vieja de mujer, aunque él aún no lo sabía, tal cargo -la importancia menor y espúrea de elegir la música y los decoradores y los proveedores y de aprobar las listas de las debutantes- no era sino otro armario de ropa blanca.

Los Guardias fueron organizados en 1859 por cincuenta y un hombres jóvenes de la ciudad, todos ellos solte-ros. El batallón eligió oficiales y recibió un estatuto de Guardia Nacional, y el mayor del mismo fue el abuelo del doctor Blount. Dieron un baile aquel año y en los dos diciembres sucesivos. En 1861 dieciséis de ellos regresaron a casa. La organización fue prohibida por el gobierno federal, y los dieciséis miembros se diseminaron por el Sur a la cabeza de bandas que actuaban de noche, aterrorizando e intimidando a los negros, unas veces con razón y otras sin ella.

Cuando los últimos politicastros del Norte fueron expulsados y los oficiales de justicia y representantes negros que habían regido los gobiernos de los estados desde la guerra fueron enviados de nuevo a los campos de algodón, los Guardias se reorganizaron y volvieron a recibir su estatuto y celebraron un nuevo baile, y lo siguieron haciendo desde entonces cada diciembre.

Su "status" había sido restaurado; poseían un esquemático escalafón de oficiales regulares del ejército, con una jerarquía interna de oficiales sociales electivos, cuya más alta graduación recaía en el cabo abanderado, cargo que ostentaba el doctor Blount al haber sido elegido para el mismo en un café de París en 1918.

 

III

Cuando su cupé descendía por la colina desde Main Street y dejaba atrás el tráfico para internarse en Union Street, donde la congestión cesaba y se convertía en rápidas líneas paralelas sin más semáforos ni campanillas, su ánimo se serenaba. El sudor desaparecía; sentía un fresco vacío entre su cuerpo y su ropa. Sentía su cuerpo firme, como si el movimiento lo aislara, lo moldeara de nuevo, y el hombre fuera otra vez hombre, y avanzara velozmente en una oculta, cerrada cabina de cristal a lo largo del suave y silbante asfalto. Entonces empezaba a mirar en torno, hacia adelante, y nombraba las calles antes de llegar a ellas: nombres evocadores de viejas batallas perdidas, de hom-bres -le gustaba creer, pensar en ellos- que habitaban en algún "walhalla" de los invictos, que galopaban con largas cabelleras ondeantes blandiendo el sable para siempre sobre sus infatigables monturas: Beauregard, Maltby, Van Dorn; luego Forrest Park, con un airoso hombre de piedra sobre un airoso caballo de piedra, Forrest, un hombre sin educación, un soldado como Goethe era poeta, cuya táctica para ganar batallas residía en llegar lo más lejos posible con el mayor número de hombres, y a cuyas órdenes murió el abuelo del doctor Blount. Al pasar por una calle aminoró la marcha; uno de los lados estaba ya derruido, y a lo largo de él había trozos de tela roja clavados fláccidamente a estacas, y hacia la mitad de ella trabajaban con picos y palas negros e italianos. "Un monumento -se dijo-. Pero no más duradero que el latón, gracias a Dios".

 

IV

La estancia era un dormitorio, un dormitorio grande y cuadrado atestado de pesado mobiliario. Una anciana estaba recostada en un hondo sillón delante del fuego, arropada con mantas.

Blount, en una silla recta que había a su lado, inclinado hacia adelante, hablaba: -Fue la primera vez que lo vi en mi vida, allí sentado en mi despacho, ofreciéndome dinero por permitir que su hija participara en el baile. Llevaba encima el dinero. En metálico.

Pero yo no le había visto en mi vida.

Había oído hablar de él, por supuesto; y más que nunca en años de elecciones, cuando todos esos clubs femeninos de ustedes proponen programas reformistas para expulsar de la ciudad al sumo sacerdote de la corrupción.

Pero no sabía nada de él. Ni siquiera sabía que no era de la región.

Quizá si lo llego a saber, mi orgullocívico... Ya sabe, si nos han de robar, que lo hagan nuestros propios ladrones.

-¿Es de otra región? -dijo la mujer.

-Vino de allá de Mississippi.

Tenía una tienda de comestibles, y quizá también una estación de servicio, al principio en las afueras. Vivía encima de la tienda, con su mujer e hija; y eso no fue hace tanto tiempo como uno podía pensar, teniendo en cuenta dónde vive ahora. Su casa es espléndida. Es más grande que el antiguo Morro Castle de Saint Louis Fair. Sólo en el tejado debe de tener ocho o diez acres de teja roja.

-¿Cómo sabe todo eso?

-Todo el mundo ve su casa. No puedes evitarlo. Puedes verla casi de tan lejos como ves Sears _& Roebuck.s.

-Me refiero acerca de él. -la anciana miraba a Blount.

-Me informé. Pregunté. ¿Cree que voy a permitir que alguien trate de sobornarme sin averiguar todo lo posible acerca de él?

-¿Para saber si el soborno es bueno o no?

Blount se interrumpió en mitad de la frase. Miró a la mujer.

-¿Usted...? Santo Dios. Yo...

¿Me está tomando el pelo, como dicen ahora los niños? Supongo que pueden sobornarme para que me traicione a mí mismo; supongo que le puede pasar a todo hombre, a todo hombre moderno.

Que todos tengan su precio. Pero no traicionar a la gente que ha depositado su confianza en mí.

-Eligiéndole director de un club de baile -dijo la mujer. La boca de Blount había adoptado ya la forma de la réplica, de la refutación. Al cabo la cerró.

-Tonterías -dijo-. ¿Por qué discuto con usted? Usted no puede entender. Es sólo una mujer. No puede entender cómo siente un hombre en relación con cosas sin valor, cosas que no tienen ni el valor de un dólar. Si esto tuviera un precio en curso, un valor en moneda, la creería al instante. Por supuesto que a ellos no les importaría; a las otras chicas, a losinvitados. Las chicas no la conocerían y los hombres no bailarían con ella. Se lo pasaría francamente mal.

Lo sabemos. Ella no nos concierne.

-¿Quién le concierne?

-No lo sé. Eso es lo que pasa.

No sé lo que debo hacer.

-No tenía por qué ver de nuevo a ese hombre.

-¿Cómo se enteró...? -La miró, con la mandíbula caída, con la cara delgada, enfermiza, intensa. Cerró la mandíbula-. Sí. Envié por él. Le escribí una nota. Volvió, con el mismo traje. Me ofreció construir una nueva armería para los Guardias.

Hablamos. Me habló de sí mismo...

-¿Y aceptó usted la armería?

-No. Sabe que no. No sería capaz de venderle a los Guardias, pues una vez que él los hubiera comprado ya no tendrían valor, ya no serían los Guardias. Es como si pudiera venderle Forrest Park, por ejemplo, o lo que significa Van Dorn Avenue. Así que hablamos. Nació y creció en una plantación de Mississippi. Aparceros, ya sabe: descalzos, la familia entera, nueve meses al año. Era el más pequeño de seis hermanos, y vivían en una cabaña de una sola habitación y tejado a una sola agua. A veces de cerca, pero normalmente de lejos, solía ver al patrón sobre un caballo de silla, cabalgando por sus tierras, entre sus arrendatarios, llamándolos por sus nombres de pila, y ellos llamándole "señor". Y desde la carretera que pasaba ante la casa grande, él (solía escabullirse de la cabaña cuando su familia estaba en los campos) solía ver al patrón echado en una hamaca, bajo los árboles, a las dos y tres y cuatro de la tarde, mientras su padre y madre y hermanas y hermanos estaban entre brillantes hileras de algodón, con sus sudados trajes de guinga y sus sombreros de paja, como objetos salvados del cubo de la basura.

"Un día su padre le mandó a la casa grande con un recado. Y él llamó a la puerta principal. Abrió un negro, uno de los pocos de esa región, de ese vecindario; un miembro de una raza odiada por los suyos desde la cuna, odiadapor desconfianza y celos económico y, en ese caso, envidia; pues su gente hacía trabajos que los negros rechazarían, comían alimentos que los negros de la casa grande habrían despreciado.

El negro obstruyó la puerta con su cuerpo, y así estaban cuando el propio patrón se acercó por el vestíbulo y miró al chico vestido con mono ajado: _"No vuelvas a la puerta principal_", dijo. _"Cuando hayas de volver, ve a la puerta trasera. No vuelvas a llamar a mi puerta principal_". Y el negro, a su espalda, dentro de la casa, sonreía. Él, Martin, me contó que cuando bajaba por el camino de acceso, sin entregar el recado, podía sentir en la espalda los ojos blancos del negro, y el rechinar de sus dientes al reírse.

"No volvió a casa. Se escondió en los matorrales. Estaba hambriento y sediento, pero permaneció escondido todo el día, boca abajo en una zanja.

Cuando llegó la tarde se arrastró hacia la orilla del bosque, desde donde podía ver a su padre y a su hermano y a sus dos hermanas mayores trabajando en el campo. Volvió a casa después del anochecer. Nunca volvió a hablar con el patrón. Hasta que fue adulto no volvió a verlo sino de lejos, cabalgando sobre su yegua de silla por los campos. Pero lo observaba; miraba cómo montaba y cómo llevaba el sombrero y cómo hablaba; a veces se escondía y se hablaba a sí mismo utilizando los gestos del patrón, y contemplaba su propia sombra recortada sobre la pared del establo o el talud de la zanja: _"No vuelvas a llamar a mi puerta principal_". Se juró entonces que algún día él también sería rico, y que tendría un caballo sobre el que cabalgar, ensillado y desensillado por negros, y una hamaca en la que echarse en las horas calurosas, sin zapatos.

Nunca había tenido un par de zapatos, así que la situación comparativa sería llevar zapatos todo el tiempo, en invierno y en verano, y la superlativa, poseerlos y no llevarlos siquiera.

"Luego se hizo adulto. Tenía esposa y una hija; tenía una tienda rural en la vecindad. Su esposa sabía leer, pero él no había tenido oportunidad deaprender. De modo que retenía en la memoria las operaciones a crédito que hacía en la jornada -las bobinas de hilo, los centavos de manteca o de grasa para ejes de carro o de queroseno- y las recitaba en la mesa, después de la cena, mientras su mujer las anotaba en el libro de cuentas. Nunca cometió un error, pues no podía permitírselo.

"Por las noches él y el patrón solían jugar al póquer en la tienda. Lo hacían a la luz de una lámpara, y sobre una mesa improvisada, y utilizaban clavos forjados como fichas; solía tener una jarra de whisky de maíz, un vaso, una cuchara y un tazón agrietado con azúcar. Sin embargo él no bebía; hoy es el día en que aún no conoce su sabor, según me ha dicho. El patrón era ya viejo, con un blanco bigote manchado de tabaco y manos temblorosas y ojos que no veían bien ni siquiera durante el día. No podía ser muy difícil, por tanto, hacerle trampas. En cualquier caso, apostaban una y otra vez y con diversa fortuna con los clavos. _"Tengo tres reinas_", decía el patrón, y alargaba la mano para coger los clavos. _"Supera eso, voto a bríos_". Entonces el otro extendía las cartas sobre la mesa; el patrón se inclinaba hacia adelante tratando de ver las cartas, con las manos detenidas sobre los clavos. _"Una escalera_", decía el otro. _"He tenido suerte otra vez_". El patrón juraba; cogía un cigarro frío con su mano trémula y se ponía a chupar. _"Ponme otro ponche_", decía. _"Y da cartas_".

"El hombre se vino a Memphis. Al principio tenía una tienda de comestibles; vendía a negros y latinos en las afueras de la ciudad. Su mujer e hija vivían en dos habitaciones, encima de la tienda, y en la parte trasera tenían un huerto. A la mujer le gustaba aquello. Pero cuando él se hizo rico y se vino al centro urbano y se hizo más rico aún, a ella ya no le gustaba. Vivían muy cerca del centro, podían ver los letreros luminosos desde las ventanas del piso superior, y él ganaba dinero a manos llenas cada vez que había elecciones, pero ya notenían ningún huerto. Eso fue lo que la mató: no el dinero, sino el hecho de no tener huerto y de que hubiera un criado negro en la casa. Así que murió y él la enterró en una parcela privada; el cenotafio costó doce mil dólares, según me dijo. Pero pudo permitírselo, me dijo. Podía haberse gastado en él cincuenta mil, dijo.

_"Ah_", dije yo. _"Tenía usted ciertos contratos de pavimentación_".

_"La gente necesita caminar_", me dijo. _"Y votar también_", dije yo.

_"Exacto_", dijo él. Me dijo que tiene ochocientos diez votos que puede depositar en cualquier urna como si se tratara de cáscaras de cacahuete.

"Luego supe de la chica, de la hija. Me contó que la chica conocía a un montón de jóvenes que van al baile de los Guardias; los había conocido en bailes del West End y en salas de fiestas de las afueras. Ella misma se lo contó, salía casi todas las noches a uno de esos bailes con Harrison Coates o con los hijos de Sandeman o con el de Heustace, no me acuerdo de su nombre. Tenía su propio coche, así que salía de casa sola y se reunía con su acompañante en el baile, según le contó a su padre. Y él lo creía; incluso creía que eran bailes de sociedad. _"Pero ella vale tanto como puedan valer ellos_", dijo. _"Aunque no vayan a buscarla a casa, como hacían los muchachos de mi tiempo. Puede que no lo sepan. Pero no hay nada de lo que se tengan que avergonzar. Ella vale tanto como cualquiera de ellos_".

"Me encontré en la calle con Harrison Coates; me refiero a Harrison hijo, al que expulsaron de Sewanees el año pasado. _"He oído hablar de esos bailes de Grotto_", le dije. Me miró. _"Ella se refiere a ellos como si fueran bailes de etiqueta_", dije. _"Eso le dijo a su padre que eran. Dijo que tú y los hijos de Sandeman ibais a esos bailes_".

"-¿Quién lo dijo? -dijo él.

"-Así que es cierto -dije. Le dije el nombre de ella.

"-Oh -dijo él.

"-Así que la conoces.

"-Ya sabe; nos tomamos una noche libre y nos fuimos al baile. Y puedeque a la salida nos lleváramos una o dos chicas.

"-Sin preguntar cómo se llamaban -dije-. ¿Así la conociste?

"-¿Conocer a quién? -dijo. Volví a decirle el nombre-. ¿No será ese Martin?

"-El mismo -dije-. Pero no diré nada.

"-Me estaba preguntando dónde la conoció usted -dijo-. Dios, pensé que... -Se detuvo.

"-¿Pensaste qué? -se limitó a mirarme-. ¿Cómo es ella? -dije.

"-Mucha media y mucha pintura.

Como la mayoría de ellas. Hack Sandeman fue el que la conoció primero.

No sé dónde. Nunca se lo pregunté.

Se refiere usted a esa que lleva un dos plazas color limón, ¿no es eso?

"-La misma. No hay otro coche igual en la ciudad.

"-Claro -dijo-. Dios, pensé que... -Volvió a callar.

"-¿Qué? ¿Pensaste qué?

"-Bueno, iba de tiros largos, con una especie de vestido con brillantes y todas esas baratijas. Cuando me acerqué a conocerla, noté que había algo en ella, algo como... -Me miró.

"-¿Agresividad? -dije.

"-No sé nada de ella. Jamás la había visto antes. Puede que sea una buena chica, no tengo ni idea. Claro: ella...

"-No quise decir nada con lo de la agresividad -dije-. Me refería a que quizá te miraba como con atención, con cautela; como si tratara de averiguar quién eras.

"-Oh -dijo-. Claro. Así que pensé...

"-¿Qué?

"-Con aquel coche y lo demás.

Pensamos que a lo mejor era la chica de alguien. Que el coche era de algún tipo, quizá, y que ella se había tomado la noche libre y que en cualquier momento podía aparecer él en busca de ella y del coche. De Manuel Street o de Toccopola; de por aquella zona.

"-Oh -dije-. ¿Pensasteis eso?

"-No sabíamos que se tratase de esa Martin. Nunca presté demasiada atención al nombre, porque pensé que sería falso. Ella solía decirnos quenos encontráramos en tal sitio, y nosotros íbamos, y ella aparecía en el coche amarillo y nos subíamos, quizá mirando hacia atrás todo el tiempo; ya sabe, por si él aparecía.

"-Sí -dije yo.

"Pero ya Martin me había dicho lo buena chica que era, y sé que lo es.

Sé que no es más que una chica de campo, mucho más perdida que él, porque al menos él cree saber adónde quiere llegar. Ella no ha tenido madre, ¿comprende? Lo único que quiere es tener medias de seda y conducir ese coche amarillo y saltarse a toda velocidad las luces rojas, mientras los policías se tocan la gorra a su paso.

Pero eso a él no le satisface. La llevó a Washington y la metió en un colegio. Incluso era la primera vez que cualquiera de ellos montaba en un coche Pullman. Llevaba allí tres semanas cuando él (se había vuelto a casa) recibió una carta de la madre superiora. La chica se había pasado llorando todo el tiempo desde la tarde en que él subió a un taxi y la dejó allí; cuando fue a recibirla a la estación, ella se bajó, llorando aún, recién maquillada sobre los surcos de las lágrimas. Había perdido quince libras, me contó él.

"Y ahora el baile de los Guardias.

Es posible que él la haya querido preparar desde siempre para ese acontecimiento. Y ella iría, aun sin desearlo; ella tendría más sensatez que él: no le harían ningún caso, y se habría acabado todo el asunto. El baile, quiero decir, y el deseo de él de que ella acudiera de grado o por fuerza, y por su propio bien, según él cree. Pero él no puede entenderlo.

Nunca lo entendería, ni siquiera al día siguiente, cuando ella y Memphis y todos los demás estuvieran en contra de él. Se limitaría a pensar que su propia sangre lo había traicionado; que ella no era el hombre que su padre era, simplemente. ¿Qué piensa de todo esto?

-Nada -dijo la mujer. Tenía los ojos cerrados, la cabeza recostada sobre la almohada-. Lo había oído antes. Es la misma historia de la misma mosca y la misma melaza.-¿Cree usted que sería capaz de hacerlo? ¿Qué lo haré?

La mujer no dijo nada. Podría muy bien haber estado dormida.

 

V

Aquello tuvo lugar a comienzos de la primavera. Dos meses después, una mañana clara de mayo, al salir del ascensor en su planta, el doctor Blount vio -informe y paciente y astroso, en silueta contra los brillantes ventanales del fondo del pasillo- a un hombre que esperaba a la puerta de su despacho. Entraron, y de nuevo se enfrentaron uno a cada lado del pulcro y desnudo escritorio.

-Tiene usted una calle con el nombre de su abuelo -dijo Martin-. Usted no querrá eso. Hay algunos que tienen parques con su apellido; y no es que lo merezcan más, sino que sucede que tienen más dinero. Yo puedo encargarme de ello. -Llevaba la misma corbata, el mismo traje barato y astroso, el mismo sombrero con manchas en la mano, y hablaba con la misma voz uniforme y sin inflexiones del campesino-. Y haré más que eso. Haré por usted lo que los que dicen merecerle a usted y a su abuelo no han hecho. Me refiero al que murió con Forrest. A mi abuelo también lo mataron. Nunca supimos a qué ejército perteneció ni adónde fue. Simplemente salió un día y nunca volvió; puede que simplemente estuviera cansado de estar en su hogar. Pero la gente de mi clase no importa. Había mucha; siempre la hubo y siempre la habrá. Es la de su clase, la que tiene los nombres que las calles y los parques necesitan. -Mientras hablaba miraba continuamente a Blount, a la delgada, enfermiza, imprevisible cara que, tras los quevedos, tenía frente a él al otro lado del escritorio-. No existe una galería de arte como es debido en Memphis, y no la habrá a menos que yo la construya. Ponga el nombre de mi hija en esa lista, y yo levantaré una galería de arte en Sandeman Park y la bautizaré con el nombre de su abuelo, del que fue muerto con Forrest.

 

VI

En el parque, ante la hondonada de la excavación, por encima de los enormes y anárquicos montones de tierra, se alzaba sólido en el aire, erguido y con letras rojas sobre fondo blanco, el ancho letrero: "Galería de Arte en Memoria de Blount-Windham _& Healy, Arquitectos". Pasaba ante él todos los días, pero nunca se detenía.

Solía entrar en el parque, y veía el cartel asomarse súbitamente en el cielo, por encima del verde recodo recortado de los cuidados setos que coronaban una loma, y seguía velozmente hacia adelante.

"No es para mí -se decía a sí mismo, solo en su rauda y aislada cabina de cristal, pasando al lado y dejando atrás el cartel-. Es para los ciudadanos, para la ciudad. Yo no sacaré nada de ello; ni una pizca más que cualquier inquilino de cualquier casa de vecindad de Beale o de Gayoso Street, que cualquier ciudadano de a pie". Y seguía hacia adelante. Las visitas médicas eran breves. Se sentaba en las sillas de respaldo y esperaba a que las damas gotosas y postradas se enteraran de la verdad, del mismo modo que en los días de su niñez esperaba dentro del oscuro armario el sonido de la campana que anunciaba la cena. Luego volvía a casa, aún inmune, y cenaba con su abuela y su tía, que asimismo lo ignoraban. "Es un bonito detalle de la ciudad -decía la tía-. Aunque debo decir que un poco tardío. -Y lo miraba con ojos penetrantes, curiosos, con la afinidad instintiva para el mal de las mujeres-. Pero qué diantre puedes haber hecho, qué les habrán dicho..." -Nada -dijo él, sobre su plato-.

Lo han hecho por voluntad propia.

-¿Quieres decir que no sabías nada hasta que empezaron los trabajos de excavación?

-No sabía nada -dijo él.

Después de la cena solía salir de nuevo; avanzaba en su coche en soledad por el asfalto sombrío y reluciente y se internaba de nuevo en el parque um-broso, y pasaba ante el súbito y ahora ilegible cartel enhiesto, y se decía a sí mismo: "¿Cómo he podido decir que sí? ¿Cómo he podido?" Un día, hacia el final de la tarde, detuvo el coche ante la gran casa donde vivía la mujer enferma. Subió al mismo dormitorio y la encontró en el mismo sillón, arropada con la misma manta, aunque la fría chimenea estaba llena de papel verde estriado.

-He estado preguntándome qué es lo que ha sido de usted últimamente -dijo la mujer. Él se lo dijo, inclinado hacia adelante sobre la dura silla de respaldo, con voz quieta. Ella miraba su cara a la luz mortecina-. No creía que fuera usted tan rico -dijo-. Y no creía que la ciudad...

-Sí -dijo Blount-. Él tiene razón. Todo hombre tiene su precio. Y es porque él tiene razón. En el tener razón hay algo que es mejor que ser valeroso o incluso honorable.

-Así parece -dijo la mujer.

-Los otros. Tienen parques con su nombre, y esto y lo otro. Porque tuvieron dinero, en metálico, en el momento preciso. No importa cómo lo consiguieron. Porque en aquellos tiempos no había muchas formas respetables de hacer dinero en este país; el asunto es haberlo tenido. Haberlo tenido, ¿comprende? Si mi abuelo o su padre hubieran hecho hace sesenta años lo que yo he hecho, estaría bien hecho. ¿Comprende?

-Pero no lo hicieron -dijo la mujer-. Pero eso no importa. No importa.

-No -dijo Blount-. Está hecho.

Está ya todo hecho. Pero todavía no hay hecho demasiado. Tengo, mi abuela y yo tenemos lo bastante como para correr con los gastos del trabajo realizado, para pagar al constructor por los perjuicios causados. Para dejar las cosas como están. Dejar también el cartel: un monumento.

-Entonces hágalo -dijo la mujer.

-¿Se refiere a que rompa el trato?

-Limítese a quitar el nombre de la chica de la lista. Eso es todo lo que tiene usted que hacer. Deje que él construya la galería. Cuando menos le debe eso a la ciudad. Es con el dine-ro de la ciudad con el que la está construyendo, con el que están excavando el hoyo; ¿es que no se da usted cuenta?

-No -dijo Blount-. Ella había estado mirándole. Ahora recostó la cabeza sobre la almohada; de nuevo tenía los ojos cerrados, como si estuviera dormida.

-Ustedes los hombres -dijo-. Pobres y necios hombres.

-Sí -dijo Blount-. Nosotros los pobres y necios hombres. Pero somos sólo hombres. Si la ciudad le permite robar, yo también soy responsable en cierto modo. Pero esto no tiene nada que ver con la ciudad. Durante un tiempo he estado engañado. Creí que era la ciudad la que sacaría algo en limpio de esto, no yo. Pero el ser íntimo del hombre no puede engañarse a sí mismo siempre. El ser de un hombre, quiero decir. Tal vez las mujeres sean diferentes. Pero somos sólo hombres; no lo podemos evitar. Así que ¿qué debo hacer?

-Ya se lo he dicho. Borre su nombre de esa lista. O déjelo. Después de todo, ¿qué importa? Suponga que hubiera un centenar de chicas como ella en ese baile... ¿Importaría algo?

-Sí. A ella no le gustará. Lo sentirá. Para él será terrible.

-¿Para él?

-¿No acaba de decir que nosotros los hombres somos unos pobres necios?

-Vaya a verlo -dijo la mujer.

-¿A romper el trato?

-Hombres... -dijo la mujer. Tenía la cabeza apoyada sobre la almohada y los ojos cerrados. Sus manos gruesas, blandas, hinchadas y con anillos descansaban sobre los brazos del sillón-.

Ustedes los pobres y necios hombres.

 

VII

La casa de Martin estaba situada en una nueva zona residencial, sobre una loma. Era de estilo español; grande, con patios y balcones, se alzaba majestuosa en el crepúsculo.

Cuando llegó Blount, el dos plazas amarillo estaba estacionado bajo lamarquesina de la cochera. Lo recibió un negro en mangas de camisa, que al abrir la puerta lo miró con una especie de insolente brusquedad.

-Deseo ver al señor Martin -dijo Blount.

-Está cenando -dijo el negro sin soltar la puerta-. ¿Para qué quiere verlo?

-Apártese -dijo Blount. Empujó la puerta y entró-. Dígale al señor Martin que el doctor Blount desea verlo.

-¿El doctor qué?

-Blount. -El vestíbulo era opulento, opresivo, frío. A la izquierda había una habitación iluminada-.

¿Puedo entrar ahí? -dijo Blount.

-¿Qué es lo que quiere del señor Martin? -dijo el negro.

Blount se detuvo y retrocedió.

-Dígale que es el doctor Blount -dijo. El negro era joven, de color pardo, con la cara picada de viruela-.

Adelante. -dijo Blount. El negro dejó de mirarlo. Recorrió el vestíbulo en dirección a un corredor también iluminado. Blount entró en un enorme salón, con vigas en el techo, que parecía el escaparate de una tienda de muebles. Había alfombras con apariencia de no haber sido pisadas nunca; muebles y lámparas que parecían haber sido enviadas a prueba aquella misma mañana; sin vida, rígidos, costosos.

Entró Martin; llevaba el mismo traje barato de sarga; estaba en calcetines.

No se estrecharon la mano. Ni siquiera se sentaron. Blount se mantuvo de pie junto a una mesa con objetos que parecían asimismo tomados en préstamo o robados de un escaparate.

-Debo pedirle que me permita echarme atrás en nuestro trato -dijo.

-Quiere romperlo -dijo Martin.

-Sí -dijo Blount.

-El contrato está firmado; ya han empezado las obras -dijo Martin. Seguramente lo habrá visto.

-Sí -dijo Blount. Se llevó la mano al pecho. Del otro lado de la puerta llegó un rápido golpeteo de tacones duros y frágiles. La chica cruzó el umbral hablando.

-Voy a...

Se interrumpió al ver a Blount.Era una chica delgada, de pelo color de estopa peinado de forma retorcida en torno a una máscara pequeña y escandalosamente pintada, con los ojos a un tiempo desafiantes e inseguros; agresivos. Su vestido era demasiado rojo y demasiado largo, su boca demasiado roja, sus tacones demasiado altos. Llevaba pendientes y, sobre el brazo, una capa de piel blanca, pese a que era todavía agosto.

-Éste es el doctor Blount -dijo Martin.

Ella no reaccionó, no hizo ademán alguno; por espacio de un instante posó la mirada en él, rápida, agresiva, velada, y continuó. "Me voy", dijo, y se dirigió a la puerta, y sus tacones frágiles y duros y rápidos golpearon el duro piso. Blount oyó en la puerta principal la voz del negro picado de viruela. "¿Adónde vas esta noche?" Y la puerta se cerró. Momentos después oyó el coche, el dos plazas amarillo.

Pasó con un zumbido frente a las ventanas en segunda, a gran velocidad.

Blount sacó del bolsillo interior de la chaqueta un fajo de papeles gofrados.

-Aquí tengo bonos por valor de cincuenta mil -dijo. Los dejó sobre la mesa. Martin no se había movido; estaba inmóvil sobre la cara alfombra, en calcetines-. Tal vez quiera aceptar un pagaré por el resto que usted estime.

-¿Por qué no borra el nombre de la lista, simplemente? -dijo Martin-.

Nadie podrá probarle nada.

-Podría hipotecar la casa a su nombre -dijo Blount-. La propietaria legal es mi abuela, pero estoy seguro...

-No -dijo Martin-. Está tirando su dinero. Quite el nombre de la lista. Puede hacerlo. Nadie se enterará. No le pueden probar nada. No con su palabra contra la mía.

Blount cogió de la mesa un pisapapeles de jade tallado. Lo examinó y volvió a ponerlo sobre la mesa y permaneció allí inmóvil unos instantes, mirando hacia su mano. Se movió en dirección a la puerta con un aire vago, como si se hubiera percatado de pronto de su propio movimiento. Sucara estaba tensa, imprecisa, aunque serena.

-Tienen una bonita casa -dijo.

-A nosotros nos gusta -dijo Martin; estaba inmóvil, astroso, en calcetines grises, mirándole. El sombrero de Blount seguía en la silla donde lo había puesto-. Se olvida usted de algo -dijo Martin-. Sus bonos.

-Blount volvió hasta la mesa y cogió los bonos. Los guardó cuidadosamente en el bolsillo interior de la chaqueta, con la cabeza baja. Luego se dirigió de nuevo hacia la puerta.

-Bien -dijo-. Si hubiera conseguido algo con mi visita, usted no sería usted. O yo no sería yo, y en ese caso no tendría importancia.

Se hallaba ya a medio camino de su coche cuando lo alcanzó el negro picado de viruela.

-Aquí tiene su sombrero -dijo el negro-. Lo olvidó.

 

VIII

En la esquina de Main Street y Madison Avenue, al día siguiente, la gente, los granjeros de Mississippi y de Arkansas, los empleados y mecanógrafas, leyeron los gruesos titulares:

                                       Suicidio de un patricio

Destacado ciudadano de Memphis se suicida de un tiro en un garaje. Vástago de una vieja familia de Memphis se quita la vida; deja una abuela y una tía soltera...

El doctor Gavin Blount... miembro de una antigua familia... destacó en la vida social de la ciudad; era presidente de los Guardias de Nonconnah, la más alta organización social... de familia acomodada... no pueden dar razón para...

La noticia causó sensación durante tres días; hablaron de ella los ganchos de las casas de juego y de los burdeles, las mecanógrafas y los empleados, los banqueros y abogados y sus esposas que vivían en las magníficas casas de Sandeman y Blount Avenue; luego se disipó, fue desplazada por una elección del Estado u otra cosa. Era agosto. En noviembre llegó el sobre al número de la casa de Martin: la cartulina gofrada, el timbre heráldico: "Los Guardias de Nonconnah. 2 de diciembre de 1930. Diez de la noche" y en letra pulcra de empleado: "La señorita Laverne Martin y acompañante".

Como el doctor Blount había dicho, no fue muy agradable para ella. Volvió a casa antes de medianoche, con un vestido negro de corte tal vez elegante en exceso, sofisticado, y encontró a su padre en calcetines, con los pies apoyados sobre la repisa de la chimenea, leyendo la última edición de un diario en la que aparecía, además de la lista de los nombres, una borrosa fotografía tomada con flash de las debutantes. Entró llorando, corriendo sobre sus tacones duros y frágiles.

Él la sentó sobre sus rodillas, y ella seguía llorando con apasionada humillación; él le acarició la espalda. "Vamos, vamos", le dijo acariciándole la espalda, que temblaba con sacudidas bruscas bajo el vestido nuevo, el sofisticado y costoso encaje negro que durante dos horas había sido dejado a un lado por los vestidos blancos y de color pastel de las chicas de las viejas casas de Sandeman y Belvedere, como si hubiera vestido a un espectro, y que sería visto tal vez un par de veces más, deslumbrante y llamativo y provocador, en los bailes de los Grotto y los Pete.s Place diseminados por los arrabales y los barrios extremos de la ciudad. "Vamos, vamos. Qué estúpido. Maldito estúpido. Podíamos haber hecho cosas en esta ciudad, él y yo juntos".

 


 






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