"La niña verde"
por John Crowley

      

 

Novelties & Souvenirs. Harper Collins Publishers Inc., New York, 2004
Traducción de Giselle Lucchesi

John Crowley nació en 1942 en Maine. Actualmente vive en Berkshire, Massachussets, y da clases en la universidad de Yale. Para Harold, es "uno de los más grandes escritores norteamericanos vivos (…), uno de los seis o sierte mejores escritores de los Estados Unidos".

Esta historia fue registrada por Ralph de Coggeshal y William de Newburgh, quienes dijeron que tuvo lugar en su propio tiempo, a mediados del siglo XII, en West Suffolk.
En un lugar llamado Pozo de lobos, una mujer del pueblo encontró a dos niños en la entrada de uno de los pozos, una niña y un niño más pequeño.
Aunque los Pozos de lobos eran conocidos por todos, nunca habían sido explorados ya que se los consideraba peligrosos y de mal agüero, y nadie sabía cuán profundos eran ni hacia dónde conducían. Y ahí estaban los dos niños, parados parpadeando a la luz del sol, sus pálidos ojos vacíos de imágenes como si recién los abrieran en este mundo. Eran bastantes pequeños para lo que parecía ser su edad, y su piel era verde, pálida, el verde luminoso de los bordes de un cielo crepuscular en verano.
La mujer dejó caer la pelota de lana que había estado ovillando, se persignó e hizo otras señales contra el Mal de Ojo y la Gente Pequeña; los niños la observaron pero no mostraron ninguna reacción, como si no hubiesen comprendido que esos gestos les estaban dirigidos. La mujer, sintiendo que a pesar del color verde, el color de los seres encantados, después de todo, quizás fueran nada más que dos niños perdidos, se les acercó preguntándoles sus nombres y de dónde venían. Los dos retrocedieron, el niño intentó correr hacia la boca del pozo; la niña corrió tras él, lo agarró y le habló con palabras de una lengua que la mujer no pudo comprender. El niño sacudió su cabeza y gritó como si no creyera lo que ella le había dicho; otra vez ella lo apartó brutalmente de la entrada del pozo y le habló con dureza. Entonces el niño empezó a llorar, una tormenta de lágrimas, y su hermana -a la mujer le pareció que debían ser hermano y hermana- lo estrechó fuertemente como para impedir que llorase, mientras todo el tiempo miraba a la mujer con sus largos ojos pálidos como pidiendo ayuda o como si tuviese miedo, o ambas cosas.
La piedad de la mujer superó su sentimiento de extrañeza, y se acercó a ellos diciéndoles que no tuviesen miedo y preguntándoles si estaban perdidos.
-Si -dijo la niña, y su discurso, aunque diferente del lenguaje humano común, era inteligible. Sí. Perdidos.
La mujer los llevó a su propia casa. El niño seguía llorando y se rehusó a entrar, pero su hermana, con una manera brusca y a la vez protectora, lo obligó a entrar. La penumbra en el interior de la casa pareció calmarlos, aunque el niño seguía llorisqueando. La mujer les ofreció comida, buen pan, un tazón de leche, pero ellos la rechazaron con repulsión. La mujer decidió ir en busca de ayuda y consejo. Mediante gestos y hablando suavemente, les dijo que se quedaran allí, que descansaran, que ella regresaría pronto; puso los alimentos a su alcance por si acaso quisieran comerlos, y corrió a llamar a los vecinos y al cura, preguntándose si cuando regresara, los niños verdes, o sus pertenencias, o la misma casa no habrían desaparecido.
Regresó con un tejedor conocido por ser docto en hechizos y que podía curar la apoplejía, la mujer de éste, y varios otros que había encontrado en el camino, aunque no el cura, quien estaba durmiendo; y todos fueron a ver a los niños verdes, con los perros del pueblo ladrando por detrás.
Los niños estaban como ella los había dejado, sentados en la cama, abrazados, con sus pies verdes desnudos colgando hacia abajo. El doctor en hechizos encendió un trozo de vela que había llevado, pero los niños no se inmutaron con eso; sólo miraban con una silenciosa turbación, como tímidas cositas salvajes, los rostros que los observaban con atención desde la puerta y la ventana. En la penumbra de la casa parecían emitir un apagado resplandor, como la miel.
-No comerán -dijo la mujer- Hay que traerles habas -dijo el doctor hechicero- habas es la comida de los seres encantados.
En ese aspecto al menos eran seres encantados; cuando la mujer les dio las habas, las comieron con voracidad pero seguían rechazando cualquier otro alimento.
No contestaron ninguna pregunta acerca del lugar del que venían, ni cómo habían llegado a los Pozos de lobos, y cuando se les preguntó si podrían regresar al lugar del cual provenían, sólo se pusieron a llorar, el niño a los gritos, la niña como a regañadientes, su rostro tenso, los puños apretados y las lágrimas temblando en las pestañas de sus ojos luminosos. Sin embargo, más tarde, al atardecer, cuando toda la gente se había marchado, y el niño, exhausto de tanto llorar se había quedado dormido: la mujer, mediante amables preguntas, sosteniendo la mano fría y verde de la niña en la suya, pudo por fin conocer la historia.
Venían, dijo la niña, de un país que quedaba debajo de la tierra. Allí siempre hay una luz crepuscular "como ésta", dijo, haciendo un gesto como queriendo abarcar la penumbra de la casa, el azul del cielo crepuscular que se oscurecía rápidamente en la puerta y la ventana, y acaso también los pájaros que piaban ya somnolientos y el susurro del viento del anochecer en el follaje fuera de la casa. En su país hacía frío, ese hálito frío que los habitantes de Pozos de lobos habían sentido emanar desde dentro de los pozos incluso en pleno verano, era la exhalación de su país. Allí toda la gente tenía la misma coloración; ella se había asustado, tanto del extraño color de la mujer como del insoportable resplandor del sol.
Ella y su hermano eran niños pastores, y habían ido en busca del cordero perdido. También ellos se habían extraviado y luego de un largo tiempo de temor, habían oído, a lo lejos el sonido de una campana. Habían seguido el sonido de la campana, y así habían encontrado la salida del pozo.
¿Regresarían a su casa?, preguntó la mujer. No, no podrían. Lo que en ese país es salida, dijo la niña, no es entrada; de eso estaba segura aunque no pudo explicar porqué esto era así. Ellos no podrían volver por el mismo camino. Su hermano, dijo, no querría creerlo, pero era así.
Había anochecido y nuevamente la mujer le ofreció un tazón de leche dulce. Esta vez lo aceptó con una especie de temor reverencial y bebió un poco con sumo cuidado, como si se tratara de vino de misa. Devolvió el tazón a la mujer, limpiando su boca con el dorso de la mano, con una expresión de temor y a la vez resignación en su rostro, como si hubiese tomado veneno deliberadamente. La mujer al puso a dormir en la cama junto a su hermano, y ella misma se acurrucó en el suelo. Durante la noche oyó en más de una ocasión que el niño se despertaba y lloraba; pero la niña no lloró más. Años más tarde la mujer miraría atrás tratando de recordar si la niña había vuelto a llorar, y no podría recordarlo.
A la mañana llegó el cura. Interrogó de cerca de los niños. El niño se escondió detrás de su hermana y permaneció en silencio, pero la niña, más suelta de lengua ahora, le contó con su extraño acento, lo mismo que le había contado a la mujer la noche anterior, insistiendo tímidamente en que esa era la verdad, a pesar de que el cura sutilmente intentó enredarla para que admitiera que eran criaturas del demonio, o tal vez demonios menores, o ficciones creadas por el propio demonio para inducir a los mortales al error. No les temieron a la cruz ni a las reliquias de santos que el cura había llevado en un frasco de vidrio; sin embargo, la niña no pudo responder ninguna de las preguntas que él le hizo acerca del Salvador, la Iglesia, el cielo o el infierno. Al final el cura se palmeó las rodillas y se levantó diciendo que no podría decir quienes o qué podían ser, pero que al menos debían ser bautizados. Y así lo fueron.
El niño permanecía inconsolable. No quería comer otra cosa que no fueran habas, que tragaba con voracidad sin que al parecer le sirvieran de alimento; hablaba sólo con su hermana con palabras que nadie más podía comprender. Se consumía rápidamente. La niña no permitía que nadie más que ella lo cuidara, no la mujer, y especialmente no el doctor hechicero, aunque era claro que el niño declinaba, pronto incluso dejó de llorisquear.
En la mitad de una noche la niña despertó a la mujer, y con los ojos secos le dijo que su hermano había muerto. Luego de algunas reflexiones y rezos, el cura determinó que el niño debía tener cristiana sepultura.
La niña siguió viviendo con la mujer, que no tenía hijos y era viuda. Llegó a comer alimentos humanos sin dificultad, y con el tiempo fue perdiendo el color verde, aunque sus ojos seguían siendo largos y extrañamente dorados, como los de un gato, y nunca llegó a tener una estatura normal, permaneció siempre pequeñita, delgada y de alguna manera insustancial. Ayudaba a la mujer con las tareas de la casa, llevaba a pastar las ovejas al pueblo, escuchaba la misa de los domingos y de los días festivos, iba a las procesiones y a las fiestas del pueblo. El cura, siempre alerta a los signos demoníacos, oía historias que decían que ella era libertina y que no tenía pudor, y que cualquier chico que supiera como pedírselo podía poseerla bajo el seto; pero tal vez no era la única muchacha del pueblo de la que podía decirse lo mismo.
La mujer, agradecida de que la niña se hubiese quedado con ella y no se hubiese enfermado como su hermano, dejó de hacerle preguntas sobre su lejano país y sobre lo que allí acontecía; pero muchos otros querían escuchar su historia, y venían desde bastante lejos a interrogarla. Ella los recibía a todos, sentada en el rincón de la chimenea con su mejor vestido y, para ellos ensayaba el relato, que con el tiempo se hizo más extenso. Decía que su país se llamaba Sanmartinlandia porque San Martín era su santo patrono. Decía que la gente verde que habitaba allí era cristiana y rendía culto a nuestro Salvador, pero los sábados, como los judíos. Decía que a la orilla de su país había un río muy ancho y que más allá de ese río había un país luminoso al que siempre había deseado ir pero que jamás lo había alcanzado. Cuando hablaba de ese país radiante, sus ojos pálidos, a veces, se le llenaban de lágrimas. La mujer, anciana ahora, la oía contar estas cosas y, recordando lo ignorante que había sido en cuestiones religiosas en presencia del cura, se preguntaba si estas historias no serían sustitutos de los verdaderos recuerdos de su oscuro y lejano país que habría perdido con los años así como había perdido su color crepuscular.
Con el tiempo, según consta en la historia, la niña verde se casó con un hombre en Lenna, y allí "sobrevivió muchos años". No se tienen datos de qué clase de hombre era él ni tampoco de qué clase de esposa fue ella con él; ni si hubo hijos de esa unión y, si los hubo, si la sangre que había en ellos de aquel lugar que su madre llamaba Sanmartinlandia los hacía diferentes a los otros niños. Si hubo hijo, e hijos de esos hijos, y si de alguna manera una veta de ese país verde y también de aquel país luminoso vislumbrado a través del ancho río, ingresó en nuestra simple raza humana, seguramente debe estar ahora tan diluida, tan mezclada y ahogada en la luz del día y la sangre roja, que ya no se encontraría presente en nosotros.
William de Newburgh dice que estos sucesos ocurrieron en tiempos del reinado del Rey Esteban, y que él al principio no creyó esta historia, pero luego el testimonio general lo convenció de que era cierta.



FIN





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