"Carta de Julie de Lespinasse al Conde de Guibert"
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Julie de Lespinasse (1732 - 1776) fue el gran amor de D'Alembert, una dama francesa y una de las pocas mujeres que, a pesar de no tener ni nombre, ni fortuna, ni belleza, logró, por la sola atracción de su espíritu, tener uno de los salones literarios más brillantes de su epoca. Se enamoró del conde de Guibert, el cual había partido a un largo viaje por Alemania y Prusia; y ella, en esta carta, prueba a la vez el amor y el resentimiento que siente por él. Extraída del libro "Literatura epistolar", de la editorial Océano. Traducción de Silvina Bullrích.


Miércoles por la noche; 14 de julio de l773

¡Dios mío, cómo sois de amable y cómo me asombráis al volver a mí desde tan lejos y estando tan ocupado, tan distraído! ¿Como es posible que penseis siquiera en alguien que no puede tener más mérito ante vos que el de haberos parecido capaz de querer y de sufrir? No precisáis sentiros querido y lamentaríais hacerme sufrir ¿Qué valor puede tener para vos una unión en la que yo tengo todas las ventajas? Me haceis preguntas a las cuales no estoy en condiciones de contestar. ¡Ay! sería necesario estar tranquila para contestar a la indiferencia que interroga: la desdicha, la prolongación de los sufrimientos me han sumido en una especie de estupidez que me quita el poder de pensar: apenas me queda la razón necesaria para juzgarme, para condenar todos mis arrebatos, para afligirme por todos mis sentimentos. Mi alma tiene una fiebre ininterrumpida con agravaciones, que a menudo me llevan hasta el delirio. Ah, si fuera verdad que del exceso del mal se ve nacer a veces el bien, podría esperar algún alivio. No, ya no puedo aguantar las diversas agitaciones que desgarran mi corazón, y me reprocho la debilidad que me arrastra a mostraros cuánto sufro. Me parece que no quiero despertar vuestro interés: no tengo derecho alguno a vuestro cariño, y si lo tuviera, no querría alimentarlo con mi dolor. No, nada me debéis, y voy a probároslo: detesto, aborrezco la fatalidad que me ha obligado a escribiros esa primera carta, y sin emmbargo, quizá en este momento sea tan esclava de ella como entonces. No queria hablaros de mí; quería simplemente agradeceros el haberme escrito antes de llegar a Viena: quería contestaros y no conversar; no acepto ninguna de vuestras alabanzas, y voy a asombraros: vuestras alabanzas no logran alabarme. ¿Qué me importa si pensáis que no soy tonta? Es extraño, pero la verdad es que a ningún hombre del mundo me importa menos gustar que a vos. Explicadme esta singularidad; explicadme también por que os juzgo con una severidad insoportable; por qué en todo momento me siento injusta para con vos; por qué, si no creo en vuestra amistad, discuto siempre los términos en que la expresáis; por qué, en fin, teniendo motivos para estar contenta de vos, me siento tentada de quejarme. Sí, mi razón me dice que debería pediros perdón, pues mi pensamiento os ofende sin cesar y mi alma se subleva ante la sola idea de que pudierais perdonarme. Pues bien, no quiero; juzgadme severamente; mirad toda mi injusticia mirad toda mi inconsecuencia y dejaos llevar por el rechazo que esto debe inspiraros. ¡Ah! ya os le he dicho, no haremos con todo esto la amistad de Montaigne y de La Boétie. Esas eran gentes tranquilas; no tenían más que abandonarse a las dulces y mutuas impresiones que sentían; nosotros, en cambio, estamos enfermos, pero con la diferencia que vos sois un enfermo lleno de fuerza y de razón, que se las arreglará para gozar incesantemente de la más perfecta salud; yo, por el contrario, sufro de una enfermedad mortal para la cual todos los remedios se han convertido en veneno y sólo han servido para agudizar mis males. Éstos son de una naturaleza extraña; han depravado mi razón y han extraviado mi juicio, pues no quisiera curarme; sólo siento la necesidad de morir. ¡Ah, Dios mío!, ¡cómo me mortificaría devorar cien volúmenes en dos meses! ¡Cómo me mortificaría valer tanto como vos y saberme destinada a tantos éxitos y a tanta gloria! ¡Si supierais cuán reducida es mi alma! No ve más que una oosa en el mundo por la cual valga la pena interesarse. César, Voltaire, el rey de Prusia, le parecen a veces dignos de admiración, pero nunca dignos de envidia. Os causaría demasiado horror si os dijese el destino que preferiría; sí, soy como Félix: entro en sentimientos que no son creíbles.

Algunos son violentos, algunos lamentables, otros hasta... Pero no comprenderíais este lenguaje y os pondríais rojo de vergüenza por haber pensado que mi alma tenía algo que ver con la vuestra; me hacéis demasiado honor al elevarme hasta vos, pero guardaos bien de colocarme junto a las mujeres que más estimáis: las afligiríais y me haríais daño. No sabéis todo lo que valgo; pensad que sé sufrir y morir, y decidme después de esto si me parezco a todas esas mujeres que saben gustar y divertirse. ¡Ay, lo uno me repugna tanto como me resultaría imposible lo otro! Me desagrada todo lo que viene a distraerme y a desviarme. Hay cosas que nada puede hacerme olvidar. Lo que los demás llaman diversión y placer sólo sirve para aturdirme y cansarme, y si alguien hubiera tenido el poder de apartarme por un momento de mis desdichas, creo que, lejos de estarle agradecida, deberia odiarle. ¿Qué pensáis de esto vos, que me habláis de mi felicidad y me hacéis esperar que, si de vuestra amistad depende, me la concederéis? No, señor, vuestra amistad no me traerá la felicidad, porque eso es imposible; me consolarã, me hará sufrir quizá; y no sé si al final tendré que celebrar o lamentar lo que me hayáis dado.

¿Por qué parecéis justificaros de haber leído El Condestable ? Sería poco gentil rechazar el placer que podéis dar y recibir. El rey de Prusia le escribió una carta encantadora al señor d'Alembert; está llena de elogios de vos y manifiesta el deseo de oiros leer El Condestable . Estoy segura de que le encantará; desde muchos puntos de vista esa tragedia está en el mismo diapasón que su alma. Adiós, dadme a menudo noticias vuestras y no os contentéis con el proyecto de escribirme dos palabras. Guardad ese proyecto para vuestras relaciones; también hay amigos que se conformarían con ello. Pero ¡yo soy tan difícil de contentarl Decidme si habéis recibido mis cartas. El señor d'Alembert os aguarda con impaciencia. El caballero de Chatelux está absorbido por las comidas de la Cheverette, a mi me parecen frias y tristes. Adiós. ¿Creéis en verdad que volveré a veros dentro de un mes? Falta demasiado para poder alegrarme.

FIN





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