"el tren 081"
por Marcel Schwob

      

 

Fuente. Cour double , París: Paul Ollendorf, 1891.
Traducción de Clara Pastor.



1 Aquí, en el bosquecillo desde donde escribo, el gran terror de mi vida me parece lejano. Soy un viejo jubilado que da descanso a las piernas sobre el césped de su casita; y a menudo me pregunto si soy realmente yo -el mismo yo- que cumplió el arduo servicio de maquinista de la línea París-Lyon-Marsella, y aún hoy me sorprende no haber muerto súbitamente, la noche del 22 de septiembre de 1865.

2 Desde luego que lo conozco, ese servicio de París a Marsella. Podría llevar la máquina con los ojos cerrados por las bajadas y las subidas, por los cruces y los cambios de vía, por las bifurcaciones, las curvas y los puentes de hierro. De fogonero de tercera llegué a maquinista de primera, y el ascenso es bastante largo. De haber sido más instruido hubiera llegado a subjefe de almacén. Pero, claro, montado en una máquina uno se embrutece; se estraga de noche y duerme de día. En nuestra época la movilización no estaba regulada, como ahora; los equipos de mecánicos no estaban formados: no teníamos un turno regular. ¿Cómo estudiar? Y sobre todo yo: hacía falta tener la cabeza bien puesta para resistir la sacudida que recibí.

3 Mi hermano, en cambio, optó por la marina. Trabajaba en cosas de máquinas de transportes. Entró antes de 1860, cuando la campaña de China. Y, acabada la guerra, no sé cómo, se quedó en ese país de amarillos, allá por una ciudad que llaman Cantón. Los ojos rasgados se lo quedaron para que les llevara las máquinas de vapor. En una carta suya que recibí en 1862, me contaba que se había casado, que tenía una hija. Quería mucho a mi hermano, y me apenaba no poder verle más; y nuestros padres tampoco estaban nada contentos. Se encontraban demasiado solos, allí en su pequeña barraca, en el campo, yendo hacia Dijon; y con sus dos chicos fuera, pasaban el invierno durmiendo tristemente, a cabezaditas, junto al fuego.

4 Hacia el mes de mayo de 1865, empezaron a inquietarse en Marsella por lo que pasaba en Oriente Próximo. Los paquebotes que llegaban traían malas noticias del mar Rojo. Decían que el cólera había estallado en La Meca. Los peregrinos morían a millares. Y luego la epidemia alcanzó Suez, Alejandría; saltó hasta Constantinopla. Sabían que era el cólera asiático: los navíos permanecían en cuarentena en el lazareto; todo el mundo vivía preso de un vago temor.

5 Yo no tenía grandes responsabilidades en el asunto; aun así debo decir que sí me atormentaba la idea de transportar la enfermedad. Sin duda, alcanzaría Marsella; llegaría a París por el rápido. En esos tiempos, no teníamos timbres de alarma para los pasajeros. Sé que ahora han instalado unos mecanismos bastante ingeniosos. Hay un dispositivo que acciona el freno automático, y al mismo tiempo se levanta perpendicularmente al vagón como una mano una placa blanca que sirve para indicar dónde está el peligro. Pero en aquel entonces no existía nada parecido. Y yo sabía que, si un pasajero sucumbía a esa peste asiática que te asfixia en una hora, moriría sin socorro alguno, y que yo llevaría su cadáver azul hasta París, hasta la estación de Lyon.

6 Empieza el mes de junio, y el cólera llega a Marsella. Decían que la gente moría como moscas. Se caían por la calle, en el puerto, donde fuera. Era un mal terrible; dos o tres convulsiones, un hipido ensangrentado, y se acabó. Ya desde el primer ataque te dejaba frío como un bloque de hielo; y las caras amoratadas de los muertos tenían ronchas del tamaño de una moneda de cinco francos. Los viajeros salían de la sala de fumigaciones con una nube de vapor fétido que les envolvía la ropa. Los agentes de la Compañía se mantenían alerta; y nosotros veíamos sumarse a nuestro triste oficio un motivo más de inquietud.

7 Pasaron julio, agosto, la mitad de septiembre; la ciudad presentaba un cuadro desolador, pero nosotros íbamos recobrando la confianza. En París nada hasta el momento. El día 22 de septiembre, tomo la máquina del tren número 180 con mi fogonero Graslepoix.

8 Por la noche, los viajeros duermen en sus respectivos vagones; en cambio, nuestro trabajo consiste en estar de guardia, en tener los ojos abiertos, a lo largo de todo el recorrido. Durante el día, para el sol, tenemos unas gafas en forma de caja encastradas en la gorra. Se llaman gafas mistralianas. El armazón de cristal azulado nos protege del polvo. Por la noche, nos las subimos sobre la frente; y con el pañuelo al cuello, las orejeras de la gorra bajadas y nuestros grandes tabardos, parecemos diablos montados en bestias de ojos rojos. La luz del fogón nos alumbra y nos calienta la barriga; el viento del norte nos corta las mejillas; la lluvia nos azota la cara. Y el miedo nos sacude las tripas hasta dejarnos sin aliento. Así, metidos en nuestro caparazón, forzamos la vista en la oscuridad para atisbar las señales rojas. No son pocos los veteranos de este oficio a los que el Rojo ha hecho enloquecer. Hasta el día de hoy, este color sigue sobrecogiéndome y me oprime con una angustia indecible. A menudo me despierto sobresaltado en plena noche, con un deslumbramiento rojo en los ojos: me quedo mirando la oscuridad, aterrorizado -me da la sensación de que todo se resquebraja a mi alrededor- y siento que de golpe se me sube la sangre a la cabeza; entonces me doy cuenta que estoy en mi cama, y arrebujo con las sábanas.

9 Esa noche, estábamos completamente abatidos por el calor húmedo. Lloviznaba, unas gotas tibias; el compañero Graslepoix iba metiendo el carbón en el fogón a paletadas regulares; la locomotora se balanceaba y se inclinaba en las curvas pronunciadas. Íbamos a 65 kilómetros por hora, una buena velocidad. Estaba oscuro como el interior de un horno. A la una de la madrugada, habíamos pasado la estación de Nuits y nos dirigíamos a Dijon. Pensaba en nuestros padres, que debían de dormir tranquilamente, cuando de repente oí el soplido de una máquina en la doble vía. A la una de la madrugada no esperábamos, entre Nuits y Dijon, ni un tren de subida ni un tren de bajada.

10 -¿Qué es eso, Graslepoix? -digo al fogonero-. No podemos invertir el vapor.

-Tranquilo -dice Graslepoix-, viene por la doble vía. Podemos reducir la presión.

11 Si hubiéramos tenido un freno de aire comprimido, como los de hoy... entonces de repente, con un impulso inesperado, el tren de la doble vía alcanzó al nuestro y ambos avanzaron de costado. Se me ponen los pelos de punta con sólo pensarlo.

12 Estaba envuelto en una niebla rojiza. Los cobres de la máquina brillaban. El vapor surgía por encima de la campana silenciosamente. En la neblina se agitaban dos figuras negras sobre la plataforma. Estaban de cara y respondían a nuestros gestos. Llevábamos el número del tren escrito en una pizarra, con tiza: 180. Justo enfrente, en el mismo sitio, había un gran tablero blanco con cifras en negro: 081. La hilera de vagones se perdía en la noche, y todos los cristales de las cuatro portezuelas estaban oscuros.

-¡Mira por donde, esta sí que es buena! -dice Graslepoix-. Nunca hubiera dicho que... Espera, ahora verás.

13 Se agachó, cogió una buena paletada de carbón y la echó al fuego. Enfrente, una de los figuras negras hizo lo mismo y hundió su pala en el fogón. En la niebla roja, vi destacarse así la sombra de Graslepoix.

14 Entonces se hizo una extraña luz en mi cabeza, y todas las ideas se me esfumaron para dar paso a una imaginación extraordinaria. Levanté el brazo derecho, y el otro hombre negro levantó el suyo; le hice una señal con la cabeza, y él me respondió. Acto seguido le vi deslizarse hasta el estribo, y supe que yo hacía lo mismo. Recorrimos el tren en marcha y, ante nosotros, la portezuela del vagón A. A. F. 2551 se abrió sola. Mis ojos sólo se fijaron en el espectáculo de enfrente; y sin embargo tuve la clara sensación de que la misma escena se estaba produciendo en mi tren. En el vagón había un hombre acostado, con la cara cubierta con una tela blanca; una mujer y una niña, envueltas en sedas bordadas con flores amarillas y rojas, yacían inertes sobre los almohadones. Me vi ir hasta el hombre y destaparle. Tenía el pecho desnudo. Unas ronchas azuladas le manchaban la piel; los dedos, crispados, estaban arrugados, y las uñas lívidas; tenía círculos azules alrededor de los ojos. Todo eso lo percibí con un solo vistazo, y también me di cuenta que el hombre que tenía delante era mi hermano y que había muerto de cólera.

15 Cuando recobré el sentido, estaba en la estación de Dijon. Graslepoix me humedecía la frente; y me ha insistido en repetidas ocasiones que no abandoné la máquina, pero yo sé que no fue así. En cuanto me desperté empecé a gritar: «De prisa, id al A. A. 2551!», y me arrastré hasta el vagón, y vi a mi hermano muerto como lo había visto antes. Los empleados se quedaron horrorizados. En la estación no se oyeron más que estas palabras: «¡El cólera azul!».

16 Entonces Graslepoix se ocupó de la mujer y la pequeña, cuyo desmayo no tenía otra causa que el miedo, y, como nadie quería llevárselas, las acostó en la máquina, sobre el polvo suave del carbón, con sus vestidos de seda bordada.

Al día siguiente, el 23 de septiembre, el cólera se abatió sobre París, tras la llegada del rápido de Marsella.

17 La mujer de mi hermano es china; tiene los ojos almendrados y la piel amarilla. Me ha costado quererla: se me hace raro, una persona de otra raza. ¡Pero la niña se parecía tanto a mi hermano! Ahora que soy viejo y que las trepidaciones de las máquinas han hecho de mí un invalido, viven conmigo; y vivimos tranquilos, sólo que nos acordamos de aquella terrible noche del 22 de septiembre de 1865, en la que el cólera azul llegó de Marsella a París en el tren 081.

 

FIN





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