"Y así continúa la historia..."
por Peter Brook

      

 

El Malpensante, Nº 69 Marzo-Abril 2006

Apenas una palabra parece que encierra la esencia más pura del teatro, y fue entregada por el mismísimo Dios a los hombres.
Así lo cuenta esta fábula del genial dramaturgo británico


Dios, al ver cómo se aburrían todos desesperadamente en el séptimo día de la creación, exprimió otra vez su extraordinaria imaginación para dar con algo más que agregar a la totalidad que acababa de concebir. De repente, su inspiración avanzó aún más allá de sus ilimitados alcances y le hizo ver otro aspecto de la realidad: su posibilidad de imitarse a sí misma. Y entonces Dios inventó el teatro.

Llamó a sus ángeles e hizo el anuncio en los siguientes términos, que todavía pueden leerse en un antiguo escrito sánscrito: "El teatro será el lugar donde los hombres aprenderán a entender los sagrados misterios del universo. Y al mismo tiempo -agregó con tono engañosamente casual- servirá de alivio a los ebrios y a los solitarios".

Los ángeles se entusiasmaron enormemente y apenas podían esperar a que hubiera gente suficiente en la Tierra para poner en práctica esta nueva idea. Finalmente, los hombres respondieron con igual entusiasmo y rápidamente se formaron innumerables grupos, que trataban de imitar la realidad de muy diversas maneras. Pero los resultados eran francamente desalentadores. Lo que en un principio había parecido tan asombroso, tan generoso y tan abarcador, en manos de ellos se convertía en polvo. En particular los actores, los autores, los directores, los diseñadores y los músicos no podían ponerse de acuerdo sobre qué era lo más importante, y entonces pasaban la mayor parte del tiempo discutiendo y peleando, mientras su trabajo los satisfacía cada vez menos.

Cierto día comprendieron que así no llegarían a nada, y entonces solicitaron a un ángel que acudiera a pedir ayuda a Dios.

Dios reflexionó durante largo rato. Después tomó un pedazo de papel, garrapateó algo en él, lo puso en una caja y la entregó al ángel, diciéndole: "Aquí está todo. Mi primera y última palabra".

El regreso del ángel a los círculos teatrales fue un acontecimiento extraordinario, y todos aquellos que se dedicaban a la profesión se apiñaron a su alrededor para saber el contenido de la caja. El ángel extrajo el papel, y lo desenrolló.

El papel contenía una sola palabra. Algunos leían por sobre el hombro del ángel, mientras éste anunciaba a los demás: "La palabra es interés ".

"¡¿Interés?!", "¡¿interés?!", "¿eso es todo?"...

Hubo un cierto murmullo de desilusión.

"¿Por quién nos toma?", "es infantil", "¡como si no supiéramos!"...

El encuentro se deshizo abruptamente, en medio del disgusto generalizado; el ángel partió en una nube, y la palabra, aunque no volvió a ser mencionada, se convirtió en una de las varias razones del desprestigio que Dios sufrió ante sus criaturas.

Sin embargo, algunos miles de años más tarde, un joven estudiante de sánscrito halló una referencia a este episodio en un viejo texto. Y dado que trabajaba a tiempo parcial en un teatro como encargado de la limpieza, llevó a los miembros de la compañía su descubrimiento. Y esta vez no hubo burlas, ni escarnio. Sólo un silencio profundo y grave. Y después alguien habló. "Interés. Interesar. Debo interesar. Debo interesar al otro. No puedo interesar a otro si no logro interesarme yo. Necesitamos un interés común".

Y también surgió otra voz:

"Para compartir un interés común, es menester que intercambiemos elementos de un modo que resulte interesante...".

"... Para ambos...", "para todos nosotros...", "con un ritmo correcto". "¿Ritmo?".

"Sí; como cuando se hace el amor. Si uno de los dos va demasiado rápido y el otro demasiado lento se pierde todo interés...".

Entonces se inició una discusión, con toda seriedad y respeto mutuo, sobre qué es interesante. O mejor, tal como uno de ellos precisó, sobre qué es verdaderamente interesante.

Y aquí no pudieron ponerse de acuerdo. Para algunos, el mensaje divino era muy claro: la palabra interés se refería no solamente a aquellos aspectos de la existencia que estuvieran directamente relacionados con las cuestiones esenciales del ser y del bien, de Dios y las leyes divinas. Para ellos, interés era el interés, común a todos los hombres, de entender más propiamente qué es lo justo y lo injusto para la humanidad. Para otros, el hecho de que la palabra interés fuera tan común y de uso cotidiano era indicio claro de que la divinidad quería señalarles que no perdieran el tiempo con solemnidades ni profundidades, y que de una vez por todas se dedicaran a su misión de entretener.

En este punto, el estudiante de sánscrito leyó el texto completo que refería por qué Dios había creado el teatro.

"Tiene que ser todas esas cosas al mismo tiempo", les dijo.

"Y de una manera que resulte interesante", agregó otro.

Después de lo cual, el silencio volvió a ser profundo.

Acto seguido, comenzaron a discutir el otro lado de la moneda, la atracción de lo "no interesante", y las extrañas motivaciones, sociales y psicológicas, que hacen que tanta gente en el teatro aplauda con tanta frecuencia y tan entusiastamente algo que en realidad no les interesa en absoluto.

"Si simplemente fuéramos capaces de entender realmente esa palabra...", dijo alguien.

"Con esa palabra -agregó otro, casi susurrando-, qué lejos podríamos llegar...".

FIN





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