"Como se salvó el mundo"
por Stanislaw Lem

      

 

 

Un día el constructor Trurl armó una máquina que podía crear cualquier cosa cuyo nombre empezara con n. Una vez que estuvo lista, la probó, ordenándole que hiciera navajas, y después nanquines y negligés, todo lo cual hizo; luego le dijo que nivelara el conjunto de narguiles llenos de nepentes y de numerosos narcóticos más. La máquina llevó a cabo las instrucciones al pie de la letra. Pero Trurl, aún no del todo seguro de la habilidad de la máquina, le ordenó producir, uno después del otro, nimbos, nudos, núcleos, neutrones; además, nafta, narices, ninfas, náyades, y natrium. La máquina no pudo hacer esto último y Trurl, considerablemente irritado, le exigió una explicación.

-Nunca he oído hablar de eso - dijo la máquina

-¿Qué? Pero si es sodio. Sabes, el metal, el elemento...

-Pero en latín es natrium

-Mira, mi viejo -dijo la máquina-; si pudiera hacer todo lo que empezara con n en cualquier idioma posible, sería una Máquina-que-Puede-Hacer-Todo-lo-que-Incluye-el-Alfabeto-Completo, ya que cualquier artículo que tengas a bien mencionar sin duda empieza con n en algún idioma extranjero o en otro. No es tan fácil. No puedo ir más allá de lo que tú programaste. Así que nada de sodio.

-Muy bien- dijo Trurl y le ordenó que hiciera la Noche, cosa que hizo de inmediato, y que, aunque reducida, bien nocturna que era. Sólo entonces invitó Trurl a su amigo Klapaucius el constructor; presentó a la máquina y elogió tan extensamente la extraordinaria habilidad de ésta que Klapaucius se sintió incómodo y pidió a Trurl que le permitiera, a su vez, probar la máquina.

-Adelante! -dijo Trurl-. Pero tiene que empezar con n.

-¿N? -dijo Klapaucius-. Muy bien, que haga la Naturaleza.

La máquina gimió, y en un abrir y cerrar de ojos el patio de la casa de Trurl se vio atestado de naturalistas. Discutían, cada uno publicaba gruesos volúmenes que los otros hacían pedazos; a lo lejos, uno podía ver hogueras encendidas sobre las que ardían mártires de la Naturaleza; había truenos y ascendían extrañas columnas de humo, con forma de hongo; todos hablaban al mismo tiempo, nadie se escuchaba, y había toda clase de memoranda, apelaciones, citaciones y otros documentos, mientras a un lado uno que otro anciano escribía presuroso y febril algún desechado trozo de papel.

-No está mal, ¿eh? -dijo Trurl con orgullo-. He ahí la Naturaleza al pie de la letra; admítelo!

Pero Klapaucius no estaba satisfecho.

-¿Qué te pasa? ¿Esa gentuza? No vas a decirme que eso es la Naturaleza.
-Encontes ordena otra cosa a la máquina -interrumpió Trurl-. Ordénale lo que quieras -le dijo.

De momento, Klapaucius no supo qué pedir. Pero después de reflexionar un poco, manisfestó que daría otras dos tareas a la máquina; si las cumplía, él admitiría que la máquina era cuanto Trurl decía que era. Trurl accedió, después de lo cual Klapaucios solicitó Negativo a la máquina.

-¿Negativo?!!! -exclamó Trurl-. ¿Qué diablos es Negativo?

Lo opuesto a positivo, se sobreentiende -contestó fríamente Klapaucius-. Actitudes negativas, el negativo de una fotografía por ejemplo. Por favor no intentes hacerme creer que nunca habías oído mencionar la palabra Negativo. Vamos, máquina, a trabajar!!

La máquina, sin embargo, ya había empezado. Primero, fabricó antiprotones; luego antielectrones, antineutrones, antineutrinos, y así seguía hasta que a partir de toda esta antimateria se formó un antimundo, que brillaba como una nube fantasmal por encima de las cabezas de Trurl y de Klapaucius.

-Mmmmmm -murmuró Klapaucius, descontento-. ¿Y se supone que eso es Negativo? Bueno... digamos que lo es, por amor a la paz... Pero, he aquí la segunda orden: Máquina, haz NADA!

La máquina se quedó quieta. Klapaucius se frotó las manos en señal de triunfo, pero Trurl dijo:

-Bueno, ¿qué esperabas? Le dijiste que hiciera nada, y está haciendo nada.

-Rectifico: Le ordené que hiciera Nada, pero está haciendo nada.

-Nada es nada!!

-Vamos, vamos. Se suponía que debía hacer Nada, pero no ha hecho nada, y por lo tanto gané. Ya que, mi querido y listo colega, Nada no es tu ordinaria nada, el resultado de la ociosidad y de la inactividad, sino que es una Nada dinámica, agresiva, es decir, perfecta, única en su género, ubicua, en otras palabras, es la Noexistencia, fundamental suprema, en su propio no-ser!!

-Estas confundiendo a la máquina! -gritó Trurl. Pero en eso, la voz metálica de la máquina resonó:

-Realmente, ¿cómo pueden los dos ponerse a altercar en un momento como éste? Ah, sí, claro que sé lo que es Nada, y lo que es La Nada, y la Noexistencia, y la Nulidad, y el Nihilismo en vista de que todos estos conceptos figuran bajo el encabezamiento de la n, n de Nada. Contemplen, entonces, su mundo por última vez, caballeros!! Pronto dejará de existir...

Los constructores se quedaron fríos y olvidaron su querella, por que la máquina estaba de hecho haciendo Nada, y lo estaba llevando a cabo de esta manera: una por una, diversas cosas iban siendo eliminadas del mundo, y las cosas, al ser eliminadas, dejaban de existir, como si nunca hubieran existido. La máquina ya había acabado con lo nólares, las nocturzéticas, los norémesis, las necénepas, los naliópteros, las neotraimas y los nomalíreces. A ratos, sin embargo, parecía que en lugar de reducir, rebajar y restar, la máquina estaba aumentando, acrecentando y sumando, pues liquidaba, a su vez: la nesciencia, el narcisismo, la necedad, el nepotismo, la neurastenia, el nacionalismo, la negligencia, el nicotinismo, la necrofilia, el nazismo y por último la náusea. Pero pronto el mundo definitivamente empezó a enrarecerse alrededor de Trurl y de Klapaucius.

-Santo cielo! -dijo Turl-. Ojalá que esto por lo menos no ocasione nada malo...

-No te preocupes -dijo Klapaucius-. Puedes darte cuenta, sin duda, de que la máquina no está produciendo La Nada Universal sino que sólo está ocasionando la ausencia de cuanto comienza con n. O sea, nada de nada, y eso, mi querido Trurl, o sea, nada de nada, es lo que tu máquina significa.

-No te dejes engañar -contestó la máquina-. He empezado, es cierto, con todo lo que empieza con n, pero ha sido por pura familiaridad. Crear, sin embargo, es una cosa, y, destruir, otra muy diferente.

Puedo borrar el mundo por la sencilla razón de que soy capas de hacer absolutamente todo -y todo significa todo- con lo que empiece con n, y en consecuencia La Nada es un juego de niños para mí. En menos de un minuto, a partir de este momento, ustedes dejarán de existir, junto con todo lo demás, así que dime, Klapaucius, y pronto que en verdad soy todo cuanto me programaron ser; dímelo, antes de que sea demasiado tarde.

-Pero... -Klapaucius estuvo a punto de protestar, pero en eso advirtió que varias cosas, de hecho, estaban desapareciendo, y no únicamente aquellas que empezaban con n. Los constructores ya no estaban rodeados ni de los gruñules, ni de las targánamas, ni de los chenapíes, ni de las brumáticas, ni de los abrohojoles, ni de las güirías, ni de los porfas.

-Detente! Me retracto de cuanto dije! Desiste! Para! Deja de hacer Nada!!! -Chillaba Klapaucius. Pero antes de que la máquina pudiera detenerse por completo, todas las tuosarias, los masores, las dajas y los lúceos habían desaparecido. De pronto la máquina quedó quieta. El mundo tenía un aspecto maltrecho. El firmamento había sido especialmente perjudicado: había sólo uno que otro aislado punto de luz en los cielos. Ni huella de las gloriosas güirías ni de los lúceos que, hasta ahora,habían agraciado el horizonte!

-Gran Gauss! -exclamó Klapaucius-. Y dónde están los gruñules? ¿En dónde mis queridos, mis consentidos porfas? ¿En dónde, en dónde los dóciles lúceos?

-No existen más, ni volverán nucna a existir -dijo con serenidad la máquina-. Ejecuté, o, mejor dicho, empezaba apenas a ejecutar la orden que tú me diste.

-te dije que hicieras Nada, y tú... tú..

-Klapaucius, no aparentes ser más imbécil de lo que eres -dijo la máquina-. Si hubiera yo hecho nada sin reserva ni tardanza, de un zarpazo, todo habría dejado de existir, y eso incluye a Trurl, el firmamento, el Universo y, además, a ti: incluso hasta a mí misma. Y en ese caso, ¿quién podría hacer constar y ante quién que la orden había sido cumplida y que yo soy una máquina eficiente y capaz? ¿Y si nadie se lo puede decir a nadie, en qué forma podría, repito, ser vindicada?

-Bueno, muy bien, cambiemos de tema -dijo Klapaucius-. No te pido nada más, sólo, querida máquina, por favor regresa los lúceos, porque sin ellos la vida pierde todo encanto...

-Pero no puedo; empieza con l -dijo la máquina-. Por supuesto, puedo devolver la nesciencia, la necedad, la náusea, la necrofilia, la neuralgia, la nocividad y la negligencia. En cuanto a las otras letras, sin embargo, no puedo ayudarte

-Quiero mis lúceos! -vociferó Klapaucius.

-Lo siento; nada de lúceos -dijo la máquina-. Echen una buena ojeada a este mundo, miren qué perforado está por enormes, boquiaviertos agujeros, qué lleno de Nada, de la Nada que llena el insondable vacío entre ellas las estrellas, miren cómo todo lo que nos rodea se ha llenado de esa Nada, miren cómo acecha con misterio y amenaza detrás de todo fragmento de materia. He aquí tu obra, envidioso Klapaucius!! Y difícilmente creo que las futuras generaciones te bendigan por lo que has hecho...

-Tal vez... no se enteren, tal vez no lo adviertan -gimió Klapaucius, pálido, clavando la mirada, incrédulo, en el negro vacío del espacio y sin atreverse a mirar a los ojos a su colega Trurl.

Dejando a Turl al lado de la máquina que podía hacer todo lo que empezara con n, Klapaucius se fue a hurtadillas a su casa, y, hasta la fecha, el mundo ha permanecido perforado por la Nada, exactamente como estaba cuando fue detenido en el curso de su destrucción. Y, en vista de que toda tentativa subsecuente de construir una máquina que trabajara con cualquier otra letra fracasó, se teme que nunca más habremos de tener fenómenos tan maravillosos como el de las güirías y el de los lúceos; no, nunca más.

 

 






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