"Vida y obra del R.P.Botija"
por Gustave Flaubert

      

 

Relato desconocido en la versión definitiva del Centro Flaubert de la Universidad de Ruán y publicado en el Magazine littéraire número 446
Traducción de Alberto Paredes, con la asistencia de Fernando Colla


Dedicado a la baronesa Dudevant, nacida Aurore Dupin

Bartholomé Denys Romain Cruchard nació en Mariguer-ville-lès-Quiquenville, diócesis de Lisieux. Su madre, campesina pobre, lo introdujo al mundo, de golpe y sin dolor, en un lagar de cidra –donde en ese momento estaba trabajando– de modo que Botija tenía la costumbre de decir: “Nuestro Señor nació en un establo y yo en un lagar”, ocurrencia que no dejaba de repetir cuando daba el catecismo a los niños.
Sus primeros años no tuvieron absolutamente nada de sobresaliente; transcurrieron en el campo donde cuidaba los animales, sin sospecharse que uno de nuestros mayores pontífices hubiera tenido comienzos tan modestos5. Pero en lugar de vagabundear, como pudiera haber hecho cualquier otro, dedicaba sus horas a entonar cánticos bajo los árboles mientras esculpía, con un cuchillo, diversos pequeños objetos píos en madera. Es en estas actividades que un día lo sorprendió monseñor Muslo, obispo de la diócesis, y este santo prelado, a la vista de semejante candor, no pudo contener las lágrimas. Habiendo pues interrogado al joven Botija y encontrándose ampliamente satisfecho de sus respuestas, lo confió a los cuidados del señor cura de Mauquonduit, y tres años después lo admitió entre los becarios que él mismo sostenía en el seminario de Lisieux.
Pero las esperanzas de Monseñor se frustraron singularmente. Botija, a pesar de su aplicación, era siempre el último de su clase y parecía (para usar la palabra) estúpido. Cuando estaban a punto de expulsarlo del seminario y sus padres, que habían fundado sueños de fortuna bajo la protección de Monseñor, estaban desesperados, a Botija se le ocurrió que debía ir en peregrinación a Nuestra Señora de Hoquenville, a fin de implorar el auxilio de la Santa Madre de Dios. Volvió al seminario; era día de composición. Botija fue el primero.
A partir de ese momento, la vida de Botija en el seminario no fue otra cosa que un desfile de triunfos. No hubo año en que no obtuviera el primer lugar en todos los rubros y la resonancia de sus éxitos se extendió a lo largo y ancho de la parroquia. Todos se enorgullecían de este muchacho, mas él se sustraía de los elogios y, confinado en su celda, se entregaba con ardor al doble culto de las letras sagradas y profanas.
Fue al término de su Retórica que compuso, para la atribución de los premios del seminario, una tragedia latina intitulada La destrucción de Sodoma. El tema era escabroso, Botija supo evitar los peligros y llevó tan lejos las conveniencias, que era difícil reconocer de qué se trataba. Sin embargo, razones de disciplina (o quizá de otro orden) impidieron la representación, y Botija, debemos declararlo, resintió un vívido disgusto.
Fue una razón para que se arrojara a la Lógica. Su amor por Santo Tomás de Aquino devino tan intenso que pasaba una parte de sus noches leyendo y releyendo este autor, y como permanentemente tenía algún volumen en el dormitorio, bajo la almohada, uno de sus compañeros decía con agudeza que se acostaba con el ángel de la escuela.
Gracias a esta labor perseverante y también, no lo olvidemos, a la protección de aquélla de quien ya había gozado los favores, debutó, fulgurantemente, predicando en la iglesia catedral de Bayeux, y, por toda una cuaresma, la provincia quedó suspendida de sus labios.
Carecía de la dulzura de Bourdaloue y de la cortesía de Massillon; se asemejaba a Mascaron por el colorido, a Cheminais por la gracia y al padre Bridaine por la vehemencia; si alguna cosa hay que pudiera reprocharse a la elocuencia de Botija, es que fuera ésta, algunas veces, demasiado fuerte, y, para usar la expresión, asiática, defecto perdonable a los grandes talentos, y del que el príncipe de los oradores latinos se acusaba a sí mismo de haber cedido, después de una larga estancia en la isla de Rodas.
La elocución de Botija estaba a la altura de su estilo; dotado de una voz sonora, tronaba y, como nuevo Isaías, hubiera sido necesario que se desnudase, pues con frecuencia debía bajar del púlpito para mudar hasta tres veces seguidas de sobrepelliz: a tal grado se empapaba de sudor.
Pronto su pecho se vio debilitado y como incendiado por el fuego de su elocuencia; Botija tuvo que disponerse a descansar un poco. Aprovechó la ocasión que le brindó el marqués de Crefforens, embajador ante el rey de Nápoles, quien deseaba llevarlo consigo, para efectuar un viaje por Italia.
Desembarcado en la tierra del viejo Evandro, Botija se entregó entusiasta a las Bellas Artes; medallas, cuadros, antigüedades, ¡todo lo estudió, anotó y devoró! Al grado de querer aprender el árabe de un renegado a quien había conocido en la antigua Parténope, y con este motivo sus enemigos propagaron la especie que Botija estuvo a punto de portar el turbante.
Botija no creyó conforme a su dignidad responder calumnia tan infame, pero él mismo estimó que su gusto por las letras lo arrastraba demasiado lejos y, al cabo de tres años, regresó presuroso a Francia, donde solicitó y obtuvo el curato de Manicamp, el cual, dada su discreta importancia, le dio todo el tiempo libre para entregarse a su obra, de la que citaremos los más importantes títulos:

A pesar de estas obras, que fue publicando una tras otra, Botija hubiera continuado desconocido si una circunstancia extraordinaria no lo hubiera llamado a un teatro más amplio. La favorita de un alto príncipe reinaba entonces en Francia, y para liberar a su maestro, un ministro hábil, político profundo (perfectamente informado por ***... se comprenderá el escrúpulo que nos impide decir su nombre) tuvo la idea de hacer venir a París al Padre Botija, con el fin de adjudicárselo como director, a esta ilustre persona.
Un lugar tan nuevo no sorprendió a Botija. Conservó, entre las pompas versallescas, la viril firmeza que lucía en el campo y pronto supo bienquistarse con toda la corte por las gracias de su espíritu y la facilidad de su trato; al grado que encontrándose en un banquete ofrecido por el duque de Laroche-Guyon, dado que comía por su propia cuenta una pava con tres conejillos, Monseñor de Chauvignolles1 (el mismo cuyo sobrino tuviera un fin trágico en las galeras de Malta y que, aunque gran guerrero, vivía de los lácteos) se impresionó por su apetito y exclamó: “¡Padre Botija, vos sois el primer teólogo y el primer tenedor del reino!”
Seis meses más tarde, la favorita había abandonado la corte y, al igual que Louise de la Miséricorde, se preparaba a edificar el mundo con sus virtudes después de haberlo afligido con sus faltas. Desde entonces, todas las grandes damas suspiraban por tener como director al Padre Botija.
Muchas de estas ilustres mundanas no lo soltaban, por así decirlo, en todo el día. Las altezas mandaban llamarlo a cada minuto. Para que viniera más rápido, la señora de Lavillac le enviaba su silla y la señorita de Brichateau juraba que no podía cenar sin él. Mientras tanto, Botija se reservaba particualrmente para las salesas o, mejor aun, para las Damas de la Desesperanza, que son una de sus ramas. Tan pronto como era llegado, todas ellas se precipitaban como cervatillas apremiadas por beber las refrescantes oleadas de su palabra. Mientras él vivió, no toleraban ningún otro y empleaban mil artifcios para conservarlo. El mismo monseñor, arzobispo de París, fracasó en esto; era una afección semejante a la de las nuevas conversas de monseñor de Cambrai y a la de las carmelitas del señor de Bérulle5. Les parecía imposible recibir la gracia si no era por la vía de Botija.
¡Pues él sabía amar!, ¡conocía los corazones! Hábil en materia de pasiones, distinguía las fuentes, podía arrojar sin dilación el ancla de la Salvación o hacer que, volviéndose sobre sus errores, se encaminaran a puerto. “No os atormentéis con el pecado, decía, esta inquietud es levadura para el orgullo. No todas las caídas son peligrosas y ocasiones hay en que los vicios se convierten en peldaños para subir al cielo.” A ejemplo del bienaventurado san Francisco de Sales, llamaba a la carne “la burra”. Saludaba a sus penitentes preguntándoles con una sonrisa: “¿Cómo va la burra?”, y no quería que se fuera demasiado rudo con la pobre bestia.
En fin, las más pías personas convenían que él les provocaba hacer día con día progresos infinitos en la perfección y, otras, que habían experimentado más placer en las conversaciones del Padre Botija que en los brazos de sus amantes.
Mas si era un tanto suave con la moral, al grado de ser calificado de molinista, se mostraba inflexible en lo que concernía al dogma, no admitía que pudiera haber mérito alguno a espaldas de la Iglesia y cuando se le objetaba señalando los sabios de la Antigüedad, decía: “Estoy seguro que Dios les ha hecho la gracia de volverlos cristianos de una u otra suerte, antes de morir.” Después de san Epifanio, ciertamente no ha habido varón alguno que más se indignase contra la herejía. La mera idea de herejía lo transía de furor y no podía mirar un jansenista (tal su propia expresión) “sin sentir deseos de estrangularlo”.
Hacia los últimos años de su vida, Botija se tornó obeso, dejó de salir de su despacho, y sus facultades, hemos de reconocerlo, habían menguado considerablemente. Empero, conservaba su inalterable alegría, de la que dio una última nota algunos minutos antes de morir pues dijo, bromeando con su nombre: “Siento que está a punto de romperse la Botija.”
Séame permitido, tomando a mi vez este último giro, afirmar con todos aquellos que se te allegaron: “tú fuiste, oh Botija, un vaso de elección”. ~


 

Esta versión de Vie et travaux du R. P. Cruchard, es la única que cuenta con la autorización expresa y legal, correspondiente al hallazgo del manuscrito, por parte de Publications des universités de Rouen et du Havre (PUR) y está avalada, además, por la supervisión de Yvan Leclerc, director de dicha editorial universitaria y del Centre Flaubert de l’université de Rouen.


Yvan Leclerc, director del Centro Flaubert de la Universidad de Ruán, publicó en el Magazine littéraire número 446 una primicia del maestro normando. “Tratándose de un escritor tan conocido como Flaubert –se pregunta Leclerc–, ¿hay todavía inéditos importantes, además de cartas, borradores, apuntes de trabajo o de viajes?” Hay que agradecer a Bernard Molant quien facilitó al estudioso (editor responsable para la Pléiade y Gallimard de la obra y parafernalia flaubertianas) una carpeta en su posesión: proviene de Caroline Commanville, la célebre sobrina-heredera de Flaubert; contiene, junto con una serie de cartas (cinco inéditas), un texto memorialístico de Carolline sobre “Mon oncle”, fotos (una de ellas demuestra que Carjat y no Nadar es autor de una de las fotografías más conocidas en que posa el escritor, de cuerpo entero y girado de tres cuartos), y seis pequeños textos del mismo Gustave, inédtios o muy poco conocidos y transcritos por la mano de la propia Carolline.
El libro que contiene estas seis novedades apareció bajo el ámbito de la “Association des Amis de Flaubert et de Maupassant”, sita en Rouen, en edición de Leclerc y Matthieu Desportes bajo el sello de Publications des Universités de Rouen et du Havre (PUR). Leclerc mismo decidió pasar al Magazine littéraire, como adelanto, el texto de “Vie et travaux du R. P. Cruchard”, por su carácter encantador; si bien señalando, con escrúpulo, que no se trataba de una primicia total: hubo una primera edición, a partir de otro manuscrito, en la revista de Lyon Confluences (número 16, 1943; pensamos que con ínfima probabilidad de que se haya traducido al castellano). La nueva versión presenta ciertas diferencias.
El texto es obra de los años maduros. Desportes lo data en 1873, de modo que está escrito cuando varios de los clásicos flaubertianos ya estaban publicados y el autor se preparaba a enfrentar su Bouvard et Pécuchet (vendrá además el bello volumen de los Trois contes); son años intensos de trabajo, afligidos por una serie de muertes entrañables. Y Flaubert tiene a bien responder o mitigar las reconvenciones de su amiga George Sand, la cual se queja de los humores demasiado agrios o melancólicos de quien de todos modos, y pese a las enormes diferencias de temple y obra, era uno de sus más queridos amigos. Flaubert escribe, entonces, un divertimento, “sólo para sus ojos” en el que crea este personaje, Cruchard, con todo y su bibliografía imaginaria. Estamos, evidentemente, ante un antecesor del delirio mayor que encarnarán Bouvard y Pécuchet. Hay que poner atención al otro personaje del cuento: el padre Cerpet, el biógrafo de Botija; lo percibimos en los entretelones; dentro del esmerado teórico-práctico de la narratología que era nuestro autor, la figura del pulcro y parco personaje-escritor (quien, como su autor, no opina ni explica sino que exhibe) es la conditio sine qua non, la simpática, por contenida, deus ex machina del texto.1 - Alberto Paredes

FIN





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