entrevista a Anastassios Anastassiadis
por Nicolas Delalande

      

 

La Vie des Idées. Febrero, 2012

Entrevista al historiador Anastassios Anastassiadis. Formado en Estados Unidos y en Francia, aunque docente en la canadiense McGill, este historiador habla sobre la creación del Estado griego en el siglo XIX, trazando sugerentes paralelismos con lo que le está ocurriendo ahora a ese país. Poco sabemos de él por estos lares, excepto su contribución a la obra colectiva   Violencia y transiciones políticas a finales del siglo XX  que publicó la casa de Velázquez en 2009, así que estas líneas pueden servir también de presentación.La primera parte de la entrevista esta en español y ña segunda en francés

 

El colapso del Estado griego: la larga duración de un estereotipo

La Vie des Idées : Desde 2009, muchos comentaristas europeos deploran la debilidad casi intrínseca del Estado griego desde su creación en 1830. ¿Cuál es la mirada que el historiador atento a la larga duración de los fenómenos aplica a este tipo de análisis?

 

Anastassios Anastassiadis : Aunque pueda parecer paradójico e iconoclasta, me parece que es posible afirmar que en el largo plazo (desde 1828-1830, fechas de la fundación del Estado griego independiente, hasta la víspera de la crisis en 2009), la historia del Estado griego es más bien una   success story . Después de todo, Grecia nace en 1828 como una antigua provincia otomana, devastada por siete años de guerra (Guerra de la Independencia, 1821-1827). En una monumental obra de 1835 sobre el pueblo griego [Das griechische Volk],   Ludwig von Maurer, famoso constitucionalista de Baviera y miembro de la regencia del nuevo rey de Grecia, ofreció un inventario final: el 95% del entramado económico destruido; infraestructuras y ciudades completamente devastadas; desequilibrio demográfico con un montón de viudas, de huérfanos y de ancianos, y gran escasez de personas capaces de trabajar. Además, el nuevo Estado era demasiado pequeño para parecer viable. Dentro de sus fronteras se encontraban en aquel momento el Peloponeso, las islas Cícladas y la parte continental de Grecia que se corresponde con la visión antigua de Grecia (para fijar la frontera, los negociadores europeos habían confiado en la descripción de Grecia de   Pausanias   en su   Periegesis ). No había una armadura urbana digna de tal nombre y las principales ciudades, portuarias o no, donde se había desarrollado desde mediados del siglo XVIII la actividad económica e intelectual relacionada con la aparición de una burguesía griega, se hallaban ahora desgajadas del nuevo Estado.

Sin embargo, 170 años después, el territorio de Grecia se ha triplicado y el país se encuentra entre los treinta Estados más desarrollados del mundo y es miembro de la Unión Europea. Imagine que anunciara hoy que en el año 2150 Iraq (o, mejor aún, el Kurdistán iraquí)  será uno de los Estados más desarrollados del mundo: muchos, obviamente, lo verán como una predicción más que aventurada. No me gustan especialmente las analogías, pero esta imagen muestra hasta qué punto hemos de integrar a la vez la larga duración con lo impredecible del proceso de formación del Estado en cualquier discusión sobre este tema, como claramente mostraron Norbert Elias y Charles Tilly.

Se podría objetar que sería más justo comparar a Grecia con los Estados europeos. La comparación sería entonces menos halagadora (lo que, a partir de los dos últimos años, se entiende habitualmente en los medios de comunicación al hablar de “Grecia no pertenece a Europa” o “no es europea”). Tomemos Bélgica, por ejemplo, que se convirtió en un reino independiente en 1830, junto con Grecia. La pregunta interesante es el de la continuidad institucional. La operación que se intenta en Grecia en 1830 no es la de un país independiente que reforma o nacionaliza las instituciones estatales existentes, a diferencia de Bélgica, que tenía una vieja tradición de  institucionalización estatal vinculada a la dinastía de los Habsburgo, que el Estado independiente en gran parte hereda. Más bien se trata de una sustitución total con nuevos mecanismos, “modernos” y europeos, de mecanismos institucionales existentes, considerados inadecuados y obsoletos (no olvidemos que son los mecanismos de la antigua provincia otomana regida por la ley islámica). Grecia es en realidad el primer intento occidental de construcción de un Estado   ex nihilo . El reino griego quiere ser un “modelo de reino”, al que los europeos aplican sus conocimientos más recientes en materia estatal. Es obviamente un proceso violento que requiere paciencia, tiempo y recursos, y que, en última instancia, debe tener en cuenta las instituciones existentes. Sin embargo, en los años 1830-1840, se carece del tiempo y el dinero necesarios para que la nueva monarquía tenga éxito. De manera rápida, los gobiernos extranjeros se cansan de los “fallos” de la estatalización griega, que ellos atribuyen a su carácter “oriental”, como si Francia y España se hubieran hecho en un día. Por otra parte, yo diría que si la estatalización griegaa es ciertamente menos lograda que la belga en cuanto a la eficacia del aparato estatal, lo es en mayor grado en el sentido de inculcación de un sentimiento de pertenencia nacional, como demuestra la lealtad de  poblaciones heterogéneas al Estado central. A pesar de la crisis de los últimos dos años, no se observa en Grecia ningún fenómeno de reivindicación identitaria o regional.

 

La Vie des Idées : ¿La historia del Estado griego en el siglo XX es tan diferente del resto de Europa?

Anastassios Anastassiadis : La otra cara de la cuestión se refiere, en efecto, no a la génesis del Estado griego, sino a su trayectoria, sobre todo en el siglo XX. La mayoría de los Estados europeos han experimentado en este siglo fases de extrema violencia y destrucción, seguidas por períodos de reconstrucción. Pero en el caso griego, las fases de guerra son a menudo más largas (y más destructivas), acompañadas por divisiones internas particularmente profundas (venizelistas  vs realistas durante la Primera Guerra Mundial;  nacionalistas contra comunistas en la década de 1940). Por tanto, el Estado griego no está necesariamente sincronizado con la dinámica general: la Primera Guerra Mundial duró cinco años (1914-1918) para la mayoría de los países europeos, mientras que Grecia estuvo en guerra durante diez años, desde las guerras los Balcanes en 1912 a la derrota en la guerra greco-turca en 1922. La reconstrucción comienza al menos tres años más tarde que en otros lugares, en un momento en que el país se enfrenta tanto a una dolorosa derrota como un importante cambio demográfico debido a la afluencia de 1,5 millones de refugiados procedentes de Turquía (y la salida repentina de otros 400.000). El Estado griego amenaza con hundirse, y es gracias a la intervención de la Sociedad de Naciones que será capaz de hacerle frente. Si la intervención de las grandes potencias contra el Imperio Otomano en 1827, un siglo antes, había permitido tanto un final feliz (para los griegos) a la Guerra de la Independencia como el surgimiento de la lógica de la ingerencia humanitaria en las relaciones internacionales, la acción de la SDN en la década de 1920 fue la primera intervención humanitaria de la comunidad internacional (que dio origen al antepasado del Alto Comisionado para los Refugiados). Como escribió un protagonista de este episodio,   Henry Morgenthau, una presión equivalente sería, por ejemplo, ver a Francia enfrentada en 1870 no sólo a la derrota frente a Alemania sino también a una afluencia de 10 millones de refugiados, más de un cuarto de su población de entonces. El período de entreguerras es el momento crucial en que el Estado griego, frente a este desafío, procede realmente a la implementación de políticas reguladoras y distributivas muy ambiciosas, pero también a veces muy autoritarias. Este es el período de la modernización conservadora que continúa incluso después de la quiebra de 1932, producida a causa de los efectos acumulados de la deuda, de la crisis de 1929 y de la fijación del dracma al régimen del patrón-oro.

Pero apenas Grecia se ha recuperado de las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, se avecina la Segunda. Es igualmente destructiva: la ocupación fue terrible y la resistencia griega muy fuerte, prolongándose en una sangrienta guerra civil, el primer conflicto real de la Guerra Fría. Mientras que el resto de Europa (el oeste al menos) se reconstruye gracias al Plan Marshall a partir de 1946, en Grecia el mismo plan se utiliza para financiar la guerra civil que dura desde 1946 a 1949. No fue sino hasta 1950 que el Estado griego pudo comenzar la fase de reconstrucción, antes de pasar a la dictadura militar de 1967 a 1974.

Yo creo que, dada la trayectoria, presentada de forma esquemática, uno podía pensar en 2009 que Grecia no estaba demasiado mal en términos de Estado. Obviamente, este proceso fue acompañado por una serie de compromisos institucionales, de acuerdos políticos, producto de conflictos y negociaciones entre los grupos sociales, que pesan mucho y ahora son severamente criticados. Pero hemos de evita hacer juicios en términos morales. La principal preocupación de un Estado y de sus gobernantes es la legitimación de su poder y sus políticas ante la población, así como su supervivencia en un sistema internacional competitivo. Estos compromisos respondían a una adquisición institucional en el proceso de formación del Estado y no a cualquier bagaje “genético” o “cultural” griego.

 

La Vie des Idées : De hecho, la mayoría de observadores internacionales, periodistas o políticos, señalan a la “corrupción” o el “clientelismo” de la sociedad griega, presentados a veces como rasgos culturales atávicos. ¿Estos discursos tienen también su historia?

 

Anastassios Anastassiadis : Vamos a empezar con la forma en que “Europa” u “Occidente” ve a Grecia. Desde el siglo XIX, Grecia es el lugar donde se únen dos maneras de pensar europeas. Es obvio que el esquema “clásico” de la Grecia (antigua) juega un papel importante, desde los siglos XVI y XVII, en la formación de la idea de Europa, de una civilización europea que no se identifica sólo con el cristianismo. Sin este patrón de pensamiento, es imposible entender el fenómeno del filohelenismo y del movimiento de voluntarios que luchan durante todo el siglo XIX por la causa griega. Es esta imagen la que convence a las potencias europeas para intentar el establecimiento de un Estado modelo, donde los griegos se revigorizarían y recuperarían su capacidad de antaño gracia a los avances  “tecnológicos” de Europa, y que actuaría como un faro en medio de la “barbarie” y la “corrupción” de Oriente. El segundo esquema de pensamiento es el del orientalismo, característico del siglo XIX. Oriente es percibido entonces como algo intrigante pero poco racional, , sensual pero no lo bastante viril, refinado pero corrupto, aferrado a su (desbordante) historia pasada en lugar de a su progreso futuro.

En Grecia, los dos discursos se encuentran. De hecho, el resentimiento de los europeos occidentales es aún mayor hacia el gobierno griego y los griegos que, una vez reencontrados,  no se muestran a la “altura” del ideal “clásico” . Por tanto, el recurso al discurso “orientalizante” es tanto más fuerte porque permite mostrar que estas personas no tienen nada que ver con los antiguos griegos y, por  tanto, no pueden reclamar ni  la “herencia” de los Antiguos ni niguna ayuda, que necesariamente despilarrarían. Es sorprendente ver cómo los estereotipos y esquemas movilizados hoy con ocasión de la crisis griega utilizan los mismos   topoi   del discurso orientalista del siglo XIX. Para la nueva edición (1857) de su libro  La Grèce moderne et son rapport à l'Antiquité  (originalmente escrito después de la Guerra de Independencia y a la luz de su participación en la expedición científica de Morea),   Edgar Quinet  ya denunció esta actitud ambigua de los europeos hacia los griegos y su nuevo Estado.

Sin embargo, en Grecia hay un aspecto adicional que la distingue del orientalismo típicao. Mientras que China, la India o el mundo árabe-musulmán refutan los estereotipos orientalistas y se oponen vehementemente a ellos, muchos griegos parecen haber interiorizado el discurso orientalista. Basta pensar en el primer ministro griego durante la crisis, el Sr. Papandreou, diciendo a sus socios de la UE que gobernaba “un país de corruptos” o declaraciones similares de otros miembros de su gobierno o del gobierno conservador de 2004-2009 sobre las “cifras manipuladas” de la economía griega (que de golpe dio origen a la expresión “Greek Statistics”). Estas declaraciones, que fueron más allá de la lógica clásica de legitimación del poder político mediante la crítica de los gobiernos anteriores, han mantenido el discurso sobre la corrupción. Pero estos juicios ahistóricos y desprovistos de toda reflexión son el reflejo del estado de ánimo de parte de la élite griega, frustrada desde el siglo XIX por la “modernización incompleta” o la “bancarrota” de Grecia.

Buscando un marco teórico para explicar esta coexistencia de una élite “modernizadora”, integrada en el mundo occidental, y una sociedad “recalcitrante”, algunos han utilizado el modelo de dualismo cultural griego. Un antropólogo como Michael Herzfeld, retomando los esquemas presentes en las obras de los escritores griegos, especialmente los de la generación de la década de 1930, ha evocado un dualismo entre lo “Heleno”, en referencia a la antigüedad y la racionalidad, y lo “Rommios” (del término “Romaios”, usado para describir la cuestión bizantina, de donde viene el   Rum   árabe y turco para describir al cristiano ortodoxo), que pertenece más bien a la tradición bizantina, ortodoxa y otomana. En cuanto ese término se usa para describir la dualidad de la psique griega, no hay ningún problema, ya que ha permitido percibir esta dualidad en cada griego, como un repertorio de prácticas al alcance de todos.

Pero este modelo también ha sido propuesto de modo esencialista para explicar los caprichos de la estatalización griega, sobre todo por el politólogo Nikiforos Diamandouros. Según este estudioso, cuando prevalece la cultura salida de la antigüedad, la modernización avanza; por el contrario, cuando domina la cultura bizantino-otomana, la modernización encalla. Aplicado a la historia política griega, este esquema identifica unos “héroes modernizadores” que introducen la Ilustración occidental en Grecia, pero combatidos y derrotados por las fuerzas oscurantistas de la masa “orientalizante”. Este tipo de modelo culturalista, que reifica la “modernización”, es en realidad de muy poco valor explicativo, puesto que parte de una mala interpretación del proceso de estatalización. Este no es una simple aplicación desde arriba hacia abajo (“top-down”) de un proyecto elaborado por personas muy inteligentes -o ricas, a veces ambas cosas- que estudiaron en las mejores universidades del extranjero (Grecia es hoy el país de la OCDE que más “exporta”, y con mucho, estudiantes con respecto a su población). Se trata de un proceso político repleto de conflictos, negociaciones y compromisos en la asignación de unos recursos, por definición, limitados. El Estado se   forma   y no se   construye . El razonamiento culturalista permite también a parte de la élite griega justificar el hecho de que, mientras ellos se sienten parte de Europa y “Occidente”  y navegan con facilidad en un mundo globalizado, no llegan convertirse en élite de un Estado que les gustaría diferente y más “eficiente”. La historiadora  Maria Todorova ha llamado “balcanismo” a ese síndrome de interiorización en los pueblos de los Balcanes de la retórica negativa que los europeos les aplicaron desde el siglo XIX. Las élites griegas se encuentran entre las más “balcanistas” de la región, lo que les permite justificar su incapacidad política e histórica mediante un esquema que hace descansar la culpa en la supuesta inadecuación cultural de sus conciudadanos.

De hecho, los discursos culturalistas de los últimos tiempos son la única continuidad real con el siglo XIX. La “corrupción” y el “amiguismo” constituyen fenómenos que no son extraños ni a los Antiguos ni otros Estados modernos.  Estas prácticas no han impedido que la antigua Roma, la Francia absolutista, EE.UU. o la China de hoy, finalmente, se convirtieran en grandes potencias. Tal vez incluso les han ayudado! Basta pensar en el debate sobre la utilidad del clientelismo para el surgimiento de la monarquía absolutista francesa. En cualquier caso, estos fenómenos siempre han de ser contextualizados, partiendo de las prácticas, e interrogados como parte de un análisis de las diferentes etapas de desarrollo del Estado griego, más que presentadas como realidades trascendentes.

 

El Estado griego en el siglo XIX: entre el “clientelismo” y la tutela internacional

 

La Vie des Idées :  ¿Cuáles fueron los desafíos a los que se enfrentó el joven Estado griego desde su creación en el siglo XIX?

Anastassios Anastassiadis :   Grosso modo , el Estado griego ha pasado por tres fases durante el siglo XIX (1833-1843: esfuerzos constantes de afirmación de un Estado central; 1843-1875: estancamiento o la regresión de la centralización; 1875-1897: aceleración de la estatalización). Precisemos que la transición a un Estado nacional no es algo dado. Los revolucionarios griegos sabían tal vez lo que no querían, pero no estaban animados del todo por una visión clara, y menos aún común, de lo que querían, o al menos de la forma de gestionar la independencia. Por tanto, para hacer frente a las disensiones geográficas, políticas y sociales que desde el segundo año de la Guerra de la Independencia produjeron una guerra civil (es un término anacrónico hablar de desacuerdos “premodernos', que costaron la vida al primer gobernante del Estado griego en 1831), las grandes potencias habían establecido una monarquía bávara en 1833, cuya misión era establecer un Estado centralizado y moderno. Los bávaros se tomaron esta misión muy en serio, pero se encontraron pronto con la enormidad de la doble tarea de reconstrucción y legitimación del nuevo régimen. Solo había dos maneras de tener éxito en esta etapa de la estatalización: proporcionar a la población unos servicios que legitimaran el papel del Estado central y reprimir los intentos de desafar ia autoridad estatal. Durante la primera década de ejercicio del poder, los bávaros intentaron ejecutar este plan. Establecieron un sistema administrativo moderno, reorganizaron todos los sectores de la economía y la sociedad, aplicaron la legislación europea, etc. Paralelamente, reprimieron las resistencias locales. Sus esfuerzos probablemente habrían tenido éxito si hubieran tenido más tiempo y recursos. Pero, desde su nacimiento, Grecia estuvo endeudada: los acreedores y la opinión pública europea comenzaron a impacientarse por la falta de resultados. Y el país vivió su primera bancarrota en 1843. Por tanto, el objetivo de establecer el Estado central se vio relegado a un segundo plano. Sin medios para establecer la legitimidad de su poder, mediante el establecimiento de un Estado eficaz, los bávaros volvieron, como explica el historiador Kostas Kostis, al modelo otomano, en el que el centro  gobierna a través de las élites locales, a las que respalda para asegurarse la lealtad de la población. Obviamente, la dinastía bávara, consciente de los peligros inherentes a esta política, intenta forjar una legitimación directa, a menor coste, con el pueblo jugando la carta “nacionalista-irredentista”. Pero sus sucesivos fracasos en el ámbito internacional le cuestan caro. Después de la humillación sufrida durante la guerra de Crimea (1853-1856), se apoya aún más en las elites locales para asegurar su supervivencia, lo que le concede un breve respiro.

Después de la deposición del rey Otto de Baviera en 1862, Grecia vio la llegada de una nueva dinastía, esta vez danesa, que se acompaña de la promulgación de una de las constituciones más liberales de Europa. Debemos recordar que Grecia fue uno de los primeros países en otorgar el sufragio universal masculino ( de facto   en 1843,   de iure   en 1864) y practicarlo constantemente a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. En un contexto donde el Estado central tenía pocos recursos que  distribuir,  la configuración política era clara: el estado central cooptaba las élites locales, que a su vez le presionaban para obtener la asignación de recursos en nombre de la legitimidad que obtenían de su papel local. Esta legitimidad quedó institucionaliza mediante el sufragio universal. Ahora, la competencia a la que se dedicaban las élites, tanto frente al Estado central como entre sí mismas, discurría en el Parlamento y no en las montañas como en la época bávara. El bandolerismo, en gran parte vinculado a prácticas localistas de contestación de la autoridad central y que había prevalecido hasta la década de 1870, desapareció hacia el final del siglo.

Si el parlamentarismo es tradicionalmente un medio de que las élites locales accedan de forma aprivilegiadaa la asignación de unos recursos públicos escasos, ello induce al mismo tiempo, a veces de modo involuntario, a la pertenencia a la comunidad nacional imaginada. Así que, cuando en el último cuaarto del siglo XIX, el Estado griego se embarca, una segunda vez después de los bávaros, a una nueva carrera hacia adelante en términos de proyecto de estatalización (infraestructuras, organización de la administración, etc.) se encuentra con menos resistencias locales que en la década de 1830. Lamentablemente, esta fase, financiada por préstamos internacionales, por la acción evergética y por una política fiscal agresiva más centrada en el consumo que en la renta, se detuvo violentamente por una segunda bancarrota en 1893. Los políticos trataron de calmar el problema jugando la carta nacionalista, lo que condujo a la derrota en la guerra greco-turca de 1897 y el control internacional de las finanzas griegas.

 

La Vie des Idées :  ¿Los compromiso alcanzados en el siglo XIX entre el Estado y las élites locales han influido de manera duradera  en la relación  de los ciudadanos griegos con el Estado?

 

Anastassios Anastassiadis : Como acabamos de mencionar, durante la primera fase de estatalización, las élites locales se convirtieron en unos intermediarios a través de los cuales el Estado trató asegurar el control de las poblaciones locales. El parlamentarismo institucionalizó esta práctica. Esto no habría sido problemático si, en paralelo, se hubiera desarrollado una burocracia central eficiente. Recordemos que, para Max Weber, la fuerza del Estado moderno descansa en la coexistencia de estos dos grupos: por un lado, la burocracia racional, producto de un proceso secular, impulsada por una abnegación y una dedicación casi ciegas al servicio la eficacia del Estado; por otro, las élites políticas que actúan a la vez como actores y como mediadores del poder en nombre de la población,  garantizando así la legitimidad de este nuevo poder estatal. Es la interdependencia antagonista de ambos lo que asegura el equilibriio estatal moderno. La burocracia  sin actores políticos es   El Castillo   de Kafka, a saber, una gestión de los recursos sin tener en cuenta las demandas de la población. Por el contrario, el poder político sin burocracia es el   Caballero sin espada   de Capra: una lucha desigual donde todo depende del carácter moral de los políticos, y donde los intereses privados disponen de los medios para influir en la acción política a expensas de los más débiles.

En el caso griego, las élites políticas han asumido el acceso de la población al Estado y a sus recursos a partir del siglo XIX. La burocracia, a cambio, nunca llegó a un nivel óptimo de eficiencia, bien por los golpes ocasionados por acontecimientos como las quiebras de 1893 o 1932 (y ahora 2012), bien porque su desarrollo ha sido posible sobre todo con los regímenes autoritarios (los regímenes autoritarios de la década de 1930, la democracia limitada de los años de posguerra), lo que contribuyó a desacreditarla ante la población. El golpe final se lo asestaron, el nombre de la “democratización”, los gobiernos socialistas de la década de 1980.

El problema no es tanto el clientelismo en sí mismo como el hecho de que la burocracia estatal, poco institucionalizada, no tiene los medios para contrarrestarla. Después de todo, los propios Estados Unidos han institucionalizado un sistema clientelista, como el sistema de sinecuras (“spoils”). Sin embargo, nadie (o casi) acusa al presidente de los Estados Unidos de designar como embajadores a sus amigos y a los donantes de su campaña. Eso es por definición algo propio del clientelismo, pero se compensa con la eficiencia burocrática. Lamentablemente, este no es el caso del Estado griego, donde además la integración de los clientes, por si fuera poco incompetentes, en una burocracia insuficientemente formada produce consecuencias devastadoras para la legitimidad del Estado. Difícilmente puede reclamar una legitimidad de ejercicio y se limita a la función de alimento para actores políticos en competencia. Por  tanto, no sorprende que los griegos respeten poco a su Estado y sus servidores… más bien les temen!

 

La Vie des Idées : Usted ha mencionado que el Estado griego ha sido repetidamente puesto bajo tutela de las potencias extranjeras. ¿Cuáles fueron las consecuencias para el desarrollo de la democracia en Grecia?

 

Anastassios Anastassiadis : Desde el principio, el Estado griego ha estado influenciado. Pero durante el siglo XIX  esto no ha impedido el desarrollo de un sistema parlamentario democrático que ha funcionado bastante bien, sobre todo desde 1862 hasta 1909. Pocos países hubo, incluyendo toda Europa durante este período, que practicaran a la vez el sistema parlamentario unicameral y el sufragio universal (masculino)  sin incidentes dignos de reseñar. Durante 47 años, la vida política se mantuvo relativamente estable. Esto no fue necesariamente del gusto de las grandes potencias, que entendían que el pueblo griego, como los suyos propios, no era lo suficientemente maduro para el juego democrático. Por encima de todo, pensaban que esta apertura política impedía el desarrollo racional del Estado y de su brazo secular, su burocracia. Así, no dudaron en presionar para exigir más esfuerzo a la “racionalización burocrática”, incluso si ello cuestionaba el juego democrático. Es lo que sucedió durante el Control internacional de 1898 tras el colapso de 1893 y la derrota de 1897. La mayoría de las decisiones económicas fueron tomadas por el Control internacional y no por los gobiernos electos. Del mismo modo, durante la guerra civil y los años subsiguientes (en 1940-1950), la dependencia griega de la ayuda americana acentuó la subordinación de la clase política en relación con los Estados Unidos.

Esta situación también pudo tener resultados positivos a corto plazo en términos de construcción del Estado. En los quince años que van entre la derrota de 1897 y el comienzo de la guerra de los Balcanes, el aparato burocrático y militar del Estado griego se moderniza y se torna más eficiente, de manera tan fulgurante – en comparación con el siglo XIX – que  podría decirse que Grecia asume el papel de mini-poder imperial durante la década de 1910. Esto se debió principalmente a la existencia de ese control internacional. Esto permitió la adopción de decisiones impopulares, porque las autoridades y sus gobiernos no tenían que asumir costes electorales, ya que se presentaban a sí mismos como “impuestos por los extranjeros”. La misma situación ocurrió en los años 1946-1960. Pero eso hace que, al mismo tiempo, los beneficios de la estatalización sean muy frágiles, fácilmente imputables a la ilegitimidad de unas medidas impuestas por los extranjeros. Esto es también lo que ocurrió en la década de 1980, y lo que podría suceder hoy.

Peor aún, el progreso de la estatalizaación bajo control internacional durante los años 1900 o 1950 convenció a parte de las élites griegas que aspiraban a la modernización de que el juego democrático, y no la institucionalización de la burocracia, era el verdadero problema . En este sentido, la omnipotencia del parlamentarismo iría en detrimento de la fuerza y la afirmación del poder ejecutivo, explicando así el “retraso” del Estado griego. Esta idea no es específica de Grecia. Se encuentra bajo diversas formas en toda Europa durante la primera mitad del siglo XX. En Grecia, y teniendo en cuenta los otros factores mencionados (importancia del aparato militar a causa de las muchas guerras, las tensiones sociodemográficas, debido a la adquisición de nuevos territorios y la llegada de refugiados), se produjo un período particularmente inestable durante los años 1909-1940, durante el cual los golpes de Estado se cuentan por decenas. El contraste con el período de estabilidad de los años 1862-1909 es evidente. Durante el período de la posguerra, ello conduce a la dictadura de los coroneles (1967-1974). Incluso las medidas positivas de estatalización llevadas a cabo durante estos períodos fueron o bien revocadas o bien detenidas a causa de su defecto congénito, al ser percibidas como una importación ilegítima impuesta de manera autoritaria.

Hay muchas razones para temer que en la actualidad las mismas causas produzcan los mismos efectos. Medidas positivas que a muchos griegos les gustaría ver aplicadas estarán marcadas con el sello de la ilegitimidad, al ser impuestas por la troika comunitaria. Las elites que aspiran a una rápida modernización se complacerán probablemente en un discurso antipolítico, en nombre de la racionalización y la lucha contra la “corrupción” y el “clientelismo” de los políticos, un discurso que, por desgracia, a menudo se ha abierto camino recurriendo al autoritario. Los partidarios acérrimos del   statu quo , por razones que distan mucho de ser loables, se verán entonces elevados al rango de héroes resistentes.

 

II

La redistribution sans l'imposition

La   Vie des Idées  : L'État grec semble aujourd'hui éprouver de  grandes  difficultés à prélever l'impôt. Y a-t-il   des  origines historiques à ce phénomène ?

 

Anastassios Anastassiadis    : Comme je l'ai déjà mentionné, l'État grec est en fait une ancienne province ottomane devenue indépendante. À la fois son système fiscal et son régime foncier suivent la logique ottomane. Dans le domaine juridique, le droit islamique s'imbrique avec le droit coutumier, mais aussi, pour les chrétiens, avec le droit ecclésiastique et donc byzantin. À leur arrivée, les Bavarois entreprirent la modernisation du régime foncier (par l'abolition de la mainmorte, la redistribution  des  terres, la création d'un cadastre) et de la sphère économique (introduction du code commercial napoléonien). Leurs efforts s'arrêtèrent net avec la faillite de 1843. Ce fut notamment le cas du cadastre (dont on  vient seulement ces dernières années, dans le cadre de l'Union européenne, de relancer la réalisation), de la caisse ecclésiastique censée financer la formation du clergé, et de l'enseignement primaire ou encore du code civil qui ne fut pas promulgué avant le XXe siècle. De surcroît, les efforts de modernisation et donc de centralisation fiscale   des  Bavarois rencontrèrent énormément de résistances de la part  des   communautés locales. Du coup, toute une série de pratiques ottomanes ont persisté tout au long du XIXe siècle.

Plus particulièrement, en ce qui concerne l'impôt, il faut considérer que la structure de l'économie grecque est marquée par le poids de l'agriculture. L'autre grande activité importante demeure le commerce. Or, comme l'a démontré l'historien Georges Dertilis, le compromis politique institutionnel grec du XIXe siècle joua   fiscalement   en faveur de ces deux groupes. L'instauration d'un parlementarisme démocratique tourna très tôt au profit  d esagriculteurs, qui obtinrent à la fois la redistribution  des  terres en leur faveur et l'allégement de leur fardeau fiscal. Contrairement à beaucoup de trajectoires d'étatisation, en Grèce la petite propriété agricole s'en est bien sortie et ne s'est pas fait absorber par la grande propriété comme dans d'autres pays européens. Ainsi, la Grèce compte parmi les rares États où il n'y eut ni exode rural massif fournissant une main d'œuvre abondante et disponible à l'industrialisation naissante, ni  grandes  révoltes de paysans  dépossédés  et réduits à la paupérisation. En même temps, l'allégement fiscal  des  agriculteurs ne fut pas compensé par un alourdissement de la charge  des  professions libérales et  des  financiers, qui constituent l'autre grand groupe ayant une forte influence, presque disproportionnée (encore aujourd'hui) sur la représentation politique. Il suffit de voir combien il est difficile pour les gouvernements de ces deux dernières années de libéraliser l'accès aux métiers d'avocat, d'ingénieur ou d'architecte, alors qu'ils promulguent  des  baisses colossales  des  retraites !

Même après la mise en place l'impôt sur le revenu en 1910, l'État grec a continué à préférer les taxes indirectes pour trouver  des  nouvelles ressources. Cela s'explique en grande partie par la difficulté à rendre l'impôt sur le revenu vraiment efficace, situation qui prend sa source dans la structure de l'économie grecque : effectifs pléthoriques  des  professions libérales (le nombre d'avocats, d'ingénieurs, de médecins, de dentistes, mais aussi de plombiers ou de propriétaires de taxi, par habitant grec est exceptionnel), domination de la petite propriété agricole et de la petite entreprise familiale à faible degré de main d'œuvre salariée (ou alors des  salariés non-déclarés souvent immigrés comme dans le tourisme), importance du petit commerce. Le contrôle  des  revenus de ces professions est très aléatoire et complexe, encore aujourd'hui. En 2010, les quelque 4,4 millions de salariés et retraités grecs ont ainsi déclaré en moyenne 17 000 euros de revenus annuels, tandis que les 379 000 membres des  professions libérales déclaraient en moyenne 11 500 euros de revenus (le seuil d'imposition étant fixé à 12 000 euros de revenu annuel), la palme revenant au million d'agriculteurs (1 500 euros de revenus annuels moyens déclarés) ! Il n'est guère surprenant,  dès  lors, que l'État grec en  revienne , sous le poids de la crise, à la  vieille  recette du droit de patente annuel pour obtenir une augmentation  des  sommes perçues sur les revenus professionnels. Le poids de l'économie informelle (notamment dans les services) diminue les recettes fiscales, qui pèsent surtout sur les salariés et les retraités, c'est-à-dire ceux dont les revenus dépendent en fin de compte de l'État, du secteur parapublic ou  des secteurs travaillant avec l'État (banques,  grandes  entreprises privées).

En fait, très tôt, et notamment dans l'entre-deux-guerres, c'est la consommation qui a supporté l'essentiel de la pression fiscale. Les classes urbaines sont les premières frappées, elles qui ne peuvent s'appuyer ni sur un revenu disponible suffisant ni sur l'autoconsommation. À chaque fois qu'il avait besoin d'argent pour financer une mesure d'étatisation, l'État grec instaurait un nouvel impôt indirect (un timbre fiscal sur certaines transactions pour construire  des  tribunaux, une taxe sur la cire pour verser les salaires et les retraites  des  prêtres, une taxe sur les billets de bateau pour les retraites  des  matelots, etc.). Plutôt que d'affronter la difficulté de perception de l'impôt sur le revenu et  des cotisations sociales, on a empilé  des  taxes qui pèsent toutes   in fine   sur la consommation. L'instauration de la TVA, en 1987, qui ne fut accompagnée d'aucune baisse notable  des autres taxes, fut à cet égard un moment d'anthologie.

L'allégement du poids  des  taxes indirectes constitue l'un  des  grands enjeux  des  réformes actuelles, d'autant plus que les revenus  des  salariés et  des  retraités (sur qui elles pèsent en tout premier lieu) subissent  des  coupes dramatiques depuis deux ans. On aurait pu croire que, sous l'effet de la baisse  des  salaires et du recul attendu de la consommation, les prix reculeraient malgré la hausse  des  taxes (c'était en tout cas le pari de la troïka). Il n'en a rien été, ce qui démontre la capacité  des  professions fermées à la concurrence à empêcher toute baisse  des  prix, ainsi que le caractère fortement oligopolistique du marché grec. Les revenus de l'État n'ont pas augmenté pour autant, les foyers ayant réagi à la baisse de leurs revenus et au maintien  des  prix par une baisse de leurs achats, tandis que les professions industrielles et commerciales ont réagi à la baisse de leurs ventes par une « résistance » accrue au reversement de l'impôt. Les recettes  des  impôts directs et indirects ont ainsi chuté, plongeant le pays dans la spirale de dépression que l'on observe depuis deux ans.

La situation actuelle nécessite à l'évidence la remise en cause d'un pacte fiscal, dont les origines remontent à la fin du XIXe siècle, qui a de longue date favorisé les professions industrielles, commerciales et libérales, d'une part, et les agriculteurs, d'autre part, en protégeant les revenus  des  premières (et en ne les contrôlant pas) et en sous-imposant la terre  des  seconds. Il  convient  de déplacer le fardeau fiscal  des  salariés vers les diverses professions, en améliorant la collecte de l'impôt, en allégeant les taxes sur la consommation, en augmentant l'imposition de la propriété foncière et  des  revenus non-salariés, et en éliminant les niches fiscales qui se sont développées entretemps du fait de la transformation socio-économique de la Grèce.

 

La Vie des Idées : Comment s'est opérée, malgré tout, la redistribution  des  richesses en Grèce ?

 

Anastassios Anastassiadis : Comme je l'ai écrit ailleurs, durant le XIXe siècle c'est le développement de la pratique de l'évergétisme qui a permis une certaine redistribution  des richesses. En fait, il s'agissait de pratiques de bienfaisance de type pré-moderne qui s'inscrivaient dans un nouveau cadre socioéconomique — l'intégration de l'économie villageoise dans l'économie mondiale du fait   des  opportunités qu'offrait l'ouverture commerciale de la Méditerranée orientale. Elles permettaient d'exorciser le mélange de crainte et d' envie  que l'enrichissement soudain  des  marchands, et l'affichage de cette nouvelle inégalité sociale, pouvait provoquer auprès de ces communautés. L'Église orthodoxe a facilité cette mutation en redéfinissant sa conception de la relation entre péché et  vie  éternelle dans le cadre de la procédure d'héritage et de testament. Elle a notamment instauré le principe du don en faveur de la communauté, qui a pris la place non seulement du don en faveur du monastère comme monnaie de rachat  des  péchés, mais aussi du don en faveur de la famille comme opération à visée « mémorielle ». C'était  désormais  la communauté tout entière qui se rappellerait le nom de l'évergète jusqu'à l'Apocalypse, et non plus seulement sa famille.

Puis, à partir de la seconde moitié du XIXe siècle, ce mécanisme de pouvoir fut transformé pour s'adapter à un discours « national » englobant, où les diverses pratiques de bienfaisance, regroupées sous le terme d'évergétisme, devinrent une preuve supplémentaire de la continuité historique de la nation grecque depuis l'Antiquité (l'évergétisme était en effet une pratique caractéristique  des   cités grecques de l'époque classique et hellénistique, très étudiée par les hellénistes depuis la fin du XIXe siècle, jusqu'au livre célèbre de Paul Veyne,   Le Pain et le Cirque,   paru en 1976). Il se transforma également en un mécanisme de domination fortement influencé par les pratiques et  des nouvelles réalités sociales venues d'Occident, s'accommodant au passage  des  concepts et des  problèmes comme la charité, la question sociale, les classes dangereuses... Comme le répétaient avec fierté plusieurs hommes politiques, journalistes et intellectuels, qui essayaient sans doute de conjurer un spectre qui s'approchait à toute vitesse, la question sociale n'existait pas en Grèce, la présence d'évergètes nationaux rendant inutile toute lutte des  classes.

Évidemment, cela était loin d'être le cas, et l'État dut réfléchir à d'autres solutions. L'État-providence et le développement de l'emploi public durant le XXe siècle furent ainsi les moyens d'assurer à la fois cette redistribution et de garantir la légitimité de l'État. De 1930 aux années 2000, l'État grec est devenu un véritable État-providence mettant en place toute la palette  des  politiques distributives et redistributives que se devait d'avoir tout État moderne (santé, éducation, retraites, prévoyance). Certaines de ces politiques reflétaient parfois l'aspect paternaliste de cet État typique  des  sociétés rurales, qui ne connaissait pas le principe de l'assurance mutualisée. Le système grec souffrait cependant de trois graves défauts : un financement provenant prioritairement  des  taxes indirectes sur la consommation ; une mise en place par à-coups qui permit à certains groupes professionnels d'obtenir un meilleur traitement en fonction de leur pouvoir de négociation [ 1 ] ; enfin, une utilisation de l'emploi public et  des  avantages  accordés  sur « critères sociaux » comme un moyen de pratiquer une politique assurantielle à moindre frais (en nommant par exemple des  personnes à  des  emplois publics pour raison sociale, ou en permettant aux lycéens n'ayant pas réussi à entrer dans une faculté sélective athénienne, mais à son équivalent provincial, de s'inscrire quand même à Athènes pour cause de « rapprochement familial »). Cette situation a une fois de plus handicapé la fonction publique, et il est évident que ce modèle ne peut plus perdurer. Pour autant, il faudra bien le remplacer : si la seule logique proposée par l'Union européenne consiste à déconstruire l'État, il faut s'attendre à  des conséquences dramatiques (le chômage  des  moins de 25 ans est déjà à 50 %, les  suicid e s ont augmenté de 40 % en deux ans, la criminalité est galopante), ainsi qu'à une forte contestation sociale dont on ne peut prédire l'ampleur.

 

La  Vie des Idées : Le rôle de l'Église orthodoxe dans la société grecque, et dans les difficultés actuelles, est-il aussi important qu'on le dit souvent ?

 

Anastassios Anastassiadis : Pour avoir beaucoup travaillé sur l'Église, je pense qu'il s'agit là du   topos   préféré  des  journalistes, aussi bien grecs qu'étrangers, et   des  hommes politiques en manque d' idées . Cela leur permet de se prévaloir d'un discours progressiste à peu de frais. L'Église orthodoxe est importante, c'est un fait. Les politiques savent que c'est une institution qui peut servir de relais pour toucher les électeurs, comme le sont aussi les médias, les associations professionnelles d'avocats ou les médecins.

L'Église orthodoxe a-t-elle une fortune considérable ? Probablement. Peut-on l'estimer ? Pas vraiment, car nous n'avons pas de cadastre en ce qui concerne la propriété foncière, ni d'accès à ses actifs mobiliers. Il s'agit de plus d'une institution très décentralisée (il faudrait faire le tour de tous les diocèses pour se faire une meilleure idée). Un certain nombre de domaines importants sont en fait  des  possessions d'institutions ecclésiastiques bénéficiant d'un statut de quasi-extraterritorialité. C'est par exemple le cas   des  possessions  des monastères du Mont Athos, qui dépendent du Patriarcat de Constantinople, ou encore celles du Patriarcat de Jérusalem. Ce sont souvent d'ailleurs ces institutions qui sont mêlées à  des scandales, et non celles de l'Église de Grèce à proprement parler. Mais, de ce point de vue, l'État grec dispose de peu de marges de manœuvre. Les institutions ecclésiastiques orthodoxes mais étrangères constituent  des  enjeux de relations internationales que l'État grec ne peut prendre à la légère au nom d'une soi-disant sécularisation progressiste. Il suffit de rappeler que lorsque le procureur de la République a mis en examen un supérieur d'un grand monastère du Mont Athos impliqué dans un scandale foncier, ce fut Vladimir Poutine lui-même qui intervint en sa faveur !

En ce qui concerne la propriété foncière de l'Église de Grèce, elle est aujourd'hui, après plusieurs vagues de nationalisations survenues dans les années 1830 puis dans les années 1914-1929, très inférieure à ce que l'on pourrait croire. De surcroît, elle est très souvent sujette à  des  contestations juridiques sur son exploitation, notamment avec  des municipalités. Au vu de mon travail sur les nationalisations précédentes, je suis assez méfiant lorsque j'entends parler de la nécessité de mettre l'Église à contribution, notamment quand cela  vient  du personnel politique local. La plupart du temps, ce discours cache un litige foncier ou une volonté d'appropriation  des  terres. De nombreuses municipalités souhaiteraient remettre la main sur les propriétés ecclésiastiques, comme c'était le cas durant tout le XIXe siècle, lorsqu'elles étaient directement responsables  des  églises. Compte tenu de ce que nous savons sur cette époque et sur l'état actuel  des  municipalités, c'est une éventualité à proscrire.

Les lois de 1929-1932 sur l'Église auraient dû régler l'ensemble  des  questions sur la propriété et sur le financement  des  institutions ecclésiastiques et de leurs personnels. L'Église allait enfin gérer sa propriété et son personnel en toute indépendance, une éventualité qui avait par ailleurs terrorisé le personnel politique depuis l'Indépendance car il craignait son influence, alors que la légitimité étatique n'était pas tout à fait assurée. Toutefois, la Seconde Guerre mondiale mit l'Église en situation financière embarrassante. Du coup, l'État accepta de payer les salaires   des  clercs orthodoxes en échange de quelques nationalisations supplémentaires et du versement de 25 %  des  revenus ecclésiastiques annuels (pourcentage porté à 35 % en 1968 par la dictature, puis progressivement réduit depuis 2004). En réalité, ces revenus ecclésiastiques furent systématiquement sous-évalués, comme tout autre revenu non-salarié en Grèce. Mais leur rentabilité est de toute façon restreinte et loin  des  so mmes mirobolantes imaginées : en 2003, la meilleure année enregistrée, cette contribution a rapporté à l'État grec seulement 10 millions d'euros. Même en considérant que l'assiette qui a servi au calcul de cette contribution a été très sous-évaluée, il n'y a pas de quoi fantasmer.

Cela dit, l'Église grecque souffre   des  mêmes problèmes que l'État grec en termes d'institutionnalisation insuffisante, d'absence d'un personnel véritablement « productif » et de gestion inefficace de ses ressources. La crise sera aussi un moment de vérité pour elle. Elle devra revoir son mode de fonctionnement, car dans la situation de  désastre  social qui s'annonce en Grèce, les attentes et les besoins de la population seront énormes. De plus, une hausse de la fiscalité foncière aura automatiquement un impact sur sa fortune. Toutefois, il faut arrêter de reproduire un discours qui essaie de détourner le regard  des véritables problèmes de l'économie grecque : la structure de cette économie et sa faible (ou artificielle) production de revenus fiscaux, ainsi que son intégration paradoxale à la sphère économique européenne ces trente dernières années.

 

Une crise économique et démocratique

 

La   Vie des Idées :   Quelles ont été les conséquences économiques et sociales de l'adhésion de la Grèce à la Communauté européenne en 1981 ? Annonçaient-elles la crise actuelle ?

 

Anastassios Anastassiadis : Rappelons d'abord sur quels piliers la Grèce s'est reconstruite au lendemain de la Seconde Guerre mondiale : le bâtiment comme moteur de l'économie ; l'émigration comme soupape de sécurité face à l'exode rural massif et comme source de devises ; le développement d'infrastructures et d'entreprises publiques pour les gérer ; le développement d'une industrie grecque protégée par  des  tarifs douaniers,  des  subventions directes ou indirectes et le caractère oligopolistique du marché grec ; le soutien par tous les moyens aux champions traditionnels, tels que la marine commerciale ou plus tard le tourisme. En même temps, dans le contexte de l'après guerre civile, il a fallu promouvoir le modèle occidental capitaliste, en mettant en avant une culture de la consommation de masse. Pour autant, les Grecs sont restés assez « frugaux » jusqu'aux années 1980 (on peut sans doute y voir les derniers vestiges d'une société profondément marquée par la ruralité — au début  des  années 1980, 25 % de la population travaillait encore dans le secteur agricole).

L'entrée de la Grèce dans la CEE en 1981 a eu de nombreuses conséquences. L'industrie, jusque-là protégée, a fait faillite sous les coups combinés de la levée   des  barrières protectionnistes et de l'importation  des  produits européens fabriqués dans des pays disposant d'une meilleure productivité et pratiquant  des  prix plus compétitifs. La désindustrialisation  a connu une deuxième vague avec la fin du bloc  soviétique  et l'intégration progressive  des  ex-pays de l'Est dans l'Union européenne. L'agriculture, quant à elle, a dû faire face à l'arrivée de produits concurrents. Les gouvernements socialistes grecs  des  années 1980 ont réagi en pratiquant une politique pas si différente de celle du premier gouvernement Mauroy en France (nationalisations  des  industries concernées, pratiques inflationnistes, tertiarisation) en ajoutant l'utilisation  des  fonds structurels européens pour construire  des  infrastructures permettant le développement de l'emploi public, sans toujours avoir une planification en termes d'adéquation par rapport aux besoins socio-économiques et aux ressources disponibles — il y a en Grèce une université pour 250 000 habitants, lorsque la moyenne européenne est d'une pour un million d'habitants — ; l'utilisation de la PAC pour augmenter le revenu agricole sans l'orienter vers de nouvelles productions ou gains de productivité.

Progressivement, le rôle de l'État dans l'économie est devenu de plus en plus grand sans que celui-ci soit devenu plus efficace. Le déficit du budget grec et la dette ont commencé à monter en flèche durant les années 1980. Tout d'abord, les dévaluations de la drachme et l'inflation ont amorti le choc, mais elles ont en même temps eu gain de cause de la « frugalité » grecque dont je  viens  de parler. Pourquoi épargner lorsque l'inflation est élevée ? Durant la deuxième moitié  des  années 1990, la maîtrise  des  finances publiques n'a été que très éphémère, et a été rapidement emportée par l'euphorie  des  projets pharaoniques à la veille  des  Jeux olympiques de 2004. De plus, avec l'entrée dans l'euro, l'économie grecque a bénéficié d'un large accès aux crédits bon marché. En vingt ans à peine, la consommation s'est substituée à la frugalité, développant une forte dépendance au crédit. Les Grecs empruntaient à leurs banques, qui empruntaient aux banques allemandes  et françaises, pour acheter  des  produits... allemands et français.

Les différents secteurs professionnels (du bâtiment à la santé) dont l'activité demeure très liée à l'action étatique ont su profiter de cette embellie artificielle. Les agriculteurs se sont transformés en rentiers ou en entrepreneurs locaux sans avoir besoin de se former ou d'investir massivement. L'arrivée, au lendemain de la chute du Mur de Berlin, d'une main d'œuvre immigrée abondante et peu coûteuse a rendu la situation encore plus euphorique pour certains. Ce fut notamment le cas dans les îles où l'essor du tourisme a créé  des nouveaux groupes de rentiers de « l'économie du (café) frappé » : pourquoi travailler la terre ou s'engager dans  des  activités productives lorsque l'on peut construire  des « chambres à louer » et s'assurer de trois mois de collecte d'une rente touristique captive non-imposée, ou faiblement taxée, grâce au travail faiblement rémunéré d'immigrés non-déclarés ?

L'absence d'un système fiscal efficace a comme conséquence, dans ces secteurs, un moindre effort d'investissement, d'innovation et d'amélioration de la productivité, et la canalisation des  profits vers la consommation non productive (en tout cas pour la Grèce). Il s'agit bien d'un problème économique structurel, et non pas d'un quelconque trait culturel. De même, il faut tordre le cou à ce faux débat sur le nombre d'heures de travail  des  Grecs et   des Méditerranéens en général, les uns disant qu'ils travaillent peu et les autres rétorquant qu'ils travaillent davantage que tous les autres (l'OCDE confirme par ailleurs que les Grecs ont travaillé 2 100 heures par an en 2008, contre 1 450 pour les Allemands). La question ne réside pas dans le nombre d'heures travaillées, mais dans la productivité : il est clair, de ce point de vue, que pour un certain nombre de raisons, entre autres abordées ici, la productivité grecque est très faible. Cela n'empêche pas que beaucoup de gens cumulent souvent deux emplois, un emploi formel le matin, qui leur garantit une couverture sociale, et un emploi informel le soir, qui leur apporte un revenu supplémentaire.

 

La   Vie des Idées : Peut-on dire que la crise de la dette grecque, avant d'être la résultante d'une faiblesse historique de l'État grec, est d'abord le produit   des  inégalités sociales et d'une crise de la démocratie ?

 

Anastassios Anastassiadis : La crise de l'État grec est aujourd'hui une triple crise, qui se déploie sur trois échelles temporelles et spatiales. Il s'agit d'abord d'une crise mondiale et européenne, liée au fonctionnement de l'économie globale, de ses   déséquilibres  et de la manière dont l'union économique et monétaire européenne assure sa médiation (très) imparfaite pour les États et les régions les plus pénalisés ou marginalisés par la division internationale du travail. La crise financière a rendu les États les plus fragiles vulnérables aux assauts  des  financiers à la recherche soit de plus de garanties pour leurs placements, soit de meilleurs profits à court terme. Au niveau européen, l'absence d'une véritable harmonisation fiscale et d'outils permettant une régulation économique et un minimum de solidarité entre les régions est en grande partie responsable non pas de la crise grecque, mais de son aggravation ces deux dernières années. Comme l'a écrit Paul Krugman, la Grèce n'est pas plus endettée ou en faillite que la Californie, mais cette dernière bénéficie à la fois du soutien de la politique monétaire de la   Federal Reserve   et de la politique budgétaire de l'État fédéral, et n'est pas étranglée au nom du remboursement de ceux qui ont en grande partie spéculé sur elle ces dernières années. Enfin, les politiques redistributives dont bénéficient les Californiens sont payées par le budget fédéral, tandis qu'en Europe chaque État assume les siennes.

Au niveau conjoncturel, nous assistons à la crise du modèle productif et consumériste grec des  trente dernières années. La Grèce devra pratiquer un sevrage draconien quant aux emprunts à faible taux, auxquels elle s'est habituée, notamment depuis l'entrée dans l'euro. Elle devra revenir à l'équilibre budgétaire sans pouvoir dorénavant compter sur l'endettement à bon compte et sur les subventions européennes pour poursuivre une étatisation qui ressemble à une fuite en avant sans plan, si ce n'est la satisfaction   des communautés locales. Il est clair que l'appareil étatique connaîtra  des  coupes claires. Il faut espérer qu'elles laisseront la possibilité aux générations suivantes de s'en sortir. Pour cela, la remise en cause, le plus rapidement possible,  des  compromis sociaux et politiques qui ont présidé aux  destinées  grecques durant les quinze dernières années, est indispensable. L'État grec doit reprendre sa trajectoire d'étatisation en se fixant une nouvelle feuille de route à la fois  modeste   et réaliste.

Enfin, cette crise est surtout la crise de la classe politique grecque, et plus particulièrement des  partis politiques apparus après la dictature, comme l'a expliqué le politiste Yannis Voulgaris. Au sein  des  deux plus grands de ces partis, la Nouvelle démocratie de centre-droit et le PASOK de centre gauche, ont toujours coexisté  des  groupements idéologiques et politiques très divers, unis sous la même bannière par la seule ambition de gagner une compétition électorale qui ne laisse aucune place aux alliances électorales et donc aux petits partis. Les deux partis ont de surcroît toujours combattu pour le même électorat, notamment les classes moyennes et la petite bourgeoisie. Cela n'est pas problématique en soi, mais le  devient  lorsqu'aucune bureaucratie ou institution ne peut agir comme garde-fou.




 

 

 

 
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