entrevista a Anselm Kiefer
por Cristina Carrillo de Albornoz

      

 

XLSemanal. Número: 1013. Marzo 2007

La cábala, la poesía de Paul Celan, la ciencia, el destino. El mundo de Kiefer, en toda su sobrecogedora monumentalidad, desembarca en el Guggenheim de Bilbao. El museo cumple diez años y lo celebra con una gran exposición, nada menos que cien obras, de este mito del arte contemporáneo. Poco antes de la inauguración nos recibe en su espectacular estudio en Barjac.

Brutal y abismalmente creativo. Profundo y refinado. Así es Anselm Kiefer, uno de los artistas más brillantes de nuestra época, a quien la edad (nació en Alemania en 1945) ha hecho mentalmente más libre. Su estudio, un antiguo criadero de gusanos, es una extensa propiedad integrada por 48 pabellones, muchos túneles y una instalación en forma de cintas de películas sobre la historia de su vida.

 

XLSemanal. El Guggenheim dedica seis meses a su obra. Lo seguirán El Grand Palais y el Louvre, ambos de París. ¿Ha pensado usted alguna vez en términos de éxito?

Anselm Kiefer. Para mí, todos esos museos son como una extensión de mi taller o más bien otros talleres; nunca he pensado en términos de éxito. Es demasiado transitorio. Mire esa enciclopedia de 30 tomos, es sobre la historia de la pintura. Hay en ella muchos pintores que tuvieron gran reconocimiento en su época y, a los diez años de su muerte, nadie los recordaba. Eso me reconforta y me hace sentirme humilde.

XL. Es usted un ave nocturna.

A.K. . no, ya no. Ahora me levanto a las 5 de la mañana y me pongo a escribir y a leer hasta que algo me motiva, hasta que visualizo la historia en imágenes. Lo que más me entusiasma es encontrar una nueva inspiración, descubrir algo. La ejecución de la pintura en sí, aunque me divierte, no es lo que me interesa.

XL. De pequeño parece que admiraba apasionadamente a ciertos artistas. ¿Qué le atraía de ellos: su libertad, su genialidad.?

A.K. Desde niño quise ser artista; mi padre, un maestro de arte, me puso Anselm por un pintor alemán figurativo muy clásico a quien admiraba. El caso es que yo provengo de un entorno pequeñoburgués que me producía un sentimiento de terrible limitación; y pensaba que como artista escaparía de ese mundo. La sola idea me estimulaba tanto, que pintaba todos los días. Mientras estudiaba Derecho, iba a la Academia de Bellas Artes de Karlsruhe. Allí descubrí a los expresionistas americanos, a italianos, como Manzoni, y a algunos franceses, como Yves Klein. Pero nunca he creído que los artistas sean genios porque no se puede crear de la nada. Es un término muy circunscrito al XIX.

XL. Usted estudió con Joseph Beuys, que defendía el poder curativo del arte. ¿Con qué idea de artista se identifica más, con la del artesano, la del alquimista.?

A.K. Los artistas no somos curanderos. Creo más en el artista como un mediador que intenta captar destellos de trascendencia. En cuanto a Beuys, me interesa su apertura en el arte, pero su militancia político me parece idiota. El no va más era su defensa de la democracia directa; yo no creo en ella ni en los referendos. El pueblo se revoluciona enseguida. Y esto es aplicable también al arte: lo peor que puede ocurrirle es que se vuelva democrático, un arte para todos. Dicho esto, creo que el artesano basa todo en su talento y para mí eso no quiere decir nada. El alquimista es otra cosa, porque introdujo la idea de la espiritualidad e intentaba reconciliar el dualismo que dividía materia y espíritu. Siempre he pensado que hay que ver al ser humano como una unidad inseparable de lo espiritual y lo material. Lo que más me interesa como artista es expresar el devenir de las ideas en el transcurso del tiempo. Me gustaría hacer reflexionar, abrir la mente de los otros.

XL. Su tiempo transcurre entre la vida rural y los viajes.

A.K. Sobre todo al abandonar Alemania; pasé tres años viajando. Estaba muy desanimado y quería cambiar radicalmente. No he vuelto desde que me fui. El viaje me estimula como un libro. Cuando por la mañana, a las 5, cojo un libro o veo por la ventana las montañas, es lo mismo. Hay lugares, como México, São Paulo o la India, que me fascinan. No soy persona de un solo lugar. Siempre me falta algo donde estoy; quizá es mi alma de nómada...

XL. En septiembre se irá a vivir a París.

A.K. Sí. Este estudio se quedará para realizar las grandes esculturas. Cuando tenía 17 años, me fui a París con una beca para escribir. Vivía en hotel muy barato y me interesaba mucho la avenue Foch y Faubourg Saint-Honoré. Recuerdo que visitaba esos barrios y me extasiaba en el umbral de aquellos portales fabulosos. Mi sueño era estar al otro lado. Ahora estoy al otro lado y lo que vivo no tiene que nada que ver con el interés que me producía aquel sueño. Así es la vida. Las expectativas y su realización no tienen nada que ver.

XL. Se instaló en Francia en 1991. ¿Fue como recomenzar?

A.K. Es imposible recomenzar porque siempre tenemos recuerdos. Una vez, un periodista me preguntó algo muy ingenuo: «¿Qué es la patria para usted?». Le contesté: «Es todo aquello que recuerdo. No es algo físico, sino mi memoria, lo que tengo en mi cabeza».

XL. Usted trabaja con la historia, con la memoria. Leí que se sentía como si tuviera 2.000 años. ¿Cree en la reencarnación?

A.K. Podría haber dicho dos millones. La memoria viene de mucho más lejos. Está en el ADN de nuestras células; tenemos la memoria de los dinosaurios. No es que crea en la reencarnación; es algo más consciente, recuerdos de haber venido de lejos. Para mí, todo va sedimentándose de forma lenta; por ello uno se sorprende y muchas veces no entiende ni se explica de dónde surgen las ideas.

XL. Fue uno de los primeros en tratar el tema del holocausto en su país. Aquello le costó un gran rechazo y se marchó a Estados Unidos. Eran los años 80. ¿Qué encontró allí?

A.K. El hecho de abordar un tema tan inmensamente doloroso y trágico se debía a una necesidad de encontrar mi identidad, a un deseo de tener conciencia de quién era. Creo que el arte es el terreno en el que uno puede cuestionarse con plena libertad. Entonces, todas mis obras sobre el tema produjeron un rechazo total. Nadie me quería, y no sólo en Alemania, sino en Europa; se me acusó de provocador y de mucho más. Pero, en América, los judíos que emigraron en los años 30 no sólo me acogieron, sino que me comprendieron. La de los 80 fue en Estados Unidos una década artísticamente muy rica, con una gran libertad, sin reglas. Uno tenía la sensación de que se podía hacer cualquier cosa. Es triste ver en lo que se ha convertido ahora. Ya no voy a América.

XL. Esa libertad de la que habla se refleja en la osadía de su exposición 20 años de soledad 1971-1991 [básicamente, era una muestra compuesta por cuadros superpuestos en láminas de plomo procedente del techo de la catedral de Colonia para una serie de esculturas-libro sobre los que Kiefer arrojo su semen]. Usted tiene reputación de solitario. ¿Lo es en realidad?

A.K. Aquella exposición fue una forma de decir adiós a toda una época y, también, un símbolo de las ganas de acabar con mi fama de tipo serio, de alemán melancólico. La galerista tuvo muchos reparos en celebrarla porque pensaba que podía causar un escándalo. No se atrevió a decir lo del esperma. Ciertamente fue una exposición controvertida. En cuanto a la soledad, el artista no puede hacer nada por sí solo; necesita a otros. En mi caso, a todos los filósofos o poetas de los que me siento cerca y a los amigos y al espectador que acaba la obra. Por otra parte, la soledad para mí no es negativa ni dolorosa ni angustiosa, sino más bien al contrario, una experiencia positiva. En todo caso es un concepto muy complejo. Estamos solos ante los otros. Por ejemplo, a mí siempre me han gustado las fábricas abandonadas porque siento la claustrofobia de la gente que ha trabajado en ellas.

XL. Quería acabar con la imagen de alemán melancólico, pero ¿qué me dice del alemán vital, como Goethe?

A.K. Ha habido muchos embajadores de la Alemania como país de pensadores y filósofos. Pero en los alemanes de hoy existe un gran complejo de inferioridad; sólo hay que fijarse en el deseo de aprender idiomas cuando van a otro país.

XL. Usted tiene fama de romántico.

A.K. No creo en el romanticismo como una puesta de Sol con música de fondo. Para mí es una filosofía sobre los seres humanos, que estamos compuestos por subátomos. Una filosofía que conecta con los poemas de Novalis sobre el alma.

XL. Afirma que las estrellas son trozos de la memoria que encuentran su camino en el cuadro...

A.K. Es la ilusión de la que hablábamos. La luz que emiten ya no está y, sin embargo, la vemos. Es un símbolo de la existencia. Leía hace poco en un libro de Saul Bellow un pensamiento muy bello: cada hombre debería unirse a una estrella. Yo lo hago. Es una forma de meditación que libera mis ansiedades.

XL. Otra frase que le gusta citar al respecto es: «Cada planta corresponde a una estrella».

A.K. Es de Robert Fludd, un médico, alquimista, filósofo y teólogo del XVI que quiso encontrar una teoría que uniera el macrocosmos y el microcosmos, pero no lo logró. Filósofos y científicos continúan creando lazos entre esos dos mundos, porque descubren leyes que son válidas para los seres humanos y para el universo.

XL. ¿Eso es lo que intenta conseguir en sus obras, unir macrocosmos y microcosmos?

A.K. Ya me gustaría. La suerte es que en el arte siempre se tiene éxito, porque su lenguaje es universal y abierto, no como el científico, que es muy específico. La ciencia nunca mostrará la verdad pura porque no existe. La verdad emigra, cambia. Y cuantas más leyes se descubren, más desconocimientos se desvelan. Tampoco se logrará una explicación del mundo por la vía científica.

XL. Ni tampoco por el arte, ¿no?

A.K. Sí, la mitología siempre ha tenido el objetivo de explicar el mundo en su totalidad. El problema del arte es que su lenguaje no es comprendido de inmediato. Los artistas, sin saberlo, se adelantan siempre a su tiempo. El artista crea algo que a veces ni él mismo comprende. Pero el objeto, sin ser evidente, esta ahí.

XL. Y, sin embargo, en su caso el arte da sentido a su vida.

A.K. Bueno, la vida no tiene sentido. No sabemos de dónde venimos ni por qué los ángeles se han convertido en hombres ni adónde vamos. No sabemos nada. El arte no da sentido a la realidad, pero yo, para sobrevivir, pretendo que así sea. Es sólo una pretensión. Por eso vivo completamente en la ilusión.

XL. ¿Pero usted ama la vida? Se lo pregunto porque muchos de sus amigos de referencia, como el poeta Paul Celan, se suicidaron.

A.K. Por supuesto que amo la vida. En el caso de Celan, estaba marcada por Auschwitz y su intenso dolor. Y su suicidio no significa que no la amara. Y no sólo la vida, sino que ha amado, desde lo que escribía hasta a sus mujeres. El amor es el comienzo. Sin amor no se puede crear. Las obras que se exponen las realicé a partir de su texto Death Fugue, que él escribió en el campo de concentración en 1945 y de donde salió vivo milagrosamente. Es una poesía que se adentra en la mente humana y sus misterios; en cómo somos capaces de los más elevados pensamientos y de los más bajos; de la mayor destrucción y la más grandiosa esperanza. Yo he tenido una gran cercanía con Celan. Hay que preservar la memoria para arreglar los traumas de la historia.

XL. En la muestra expone obras sobre la identidad de las mujeres. ¿Le han influido? ¿Por qué ese tema?

A.K. Por supuesto que me han influido mucho. Detrás de cada gran hombre hay una gran mujer, o muchas. Pero la serie de la identidad femenina en la historia me viene por varias razones. Creo que las mujeres son mucho más fuertes que los hombres y que, sin embargo, han estado en un segundo plano desde la antigüedad. Y me pregunto si es por propia voluntad. Los hombres somos más vanidosos y nos gusta que nos reconozcan.

XL. Usted ha luchado contra su vanidad, ¿posee un gran ego?

A.K. [Se ríe] No, no es tan importante como para tener que proponerme luchar contra él. Mi batalla es conmigo mismo y mis contradicciones. Y todo ello está en los cuadros. Cada cuadro es el resultado de una lucha contra las diversas facciones que hay en mí, una lucha en mi cabeza hasta que logro una cierta coherencia entre el caos y el orden. Demasiado orden es la muerte; demasiado caos, la locura. Lucho por lograr un camino intermedio. Curiosamente, las contradicciones constituyen la propia historia del arte. Cada escuela va matando a la anterior: el cubismo, al impresionismo; el arte minimalista, al conceptual.

XL. Afirma que en el arte actual no hay evolución.

A.K. Para empezar, yo ya no creo en la idea de evolución. Pero en el arte de hoy la regla es que todo es posible, mientras que la esencia del arte es que casi nada es posible. Hay un aluvión de artistas y, sin embargo, es muy difícil hacer algo nuevo. Yo tengo la impresión de que todo está ya hecho.

XL. La religión es uno de los grandes temas de su obra. Usted era católico, pero renunció.

A.K. Pocas personas habrán sido educadas con más ardor católico que yo. Recuerdo mi primera comunión; esperaba ser iluminado y no sucedió nada. El desencanto fue total. Mi religión va más allá: adonde la espiritualidad, la psicología y la historia se unen sin resolución. En cualquier caso jamás digo «creo en», porque todas las religiones tienen la misma base: la búsqueda del ser supremo. Lo que me interesa de la mística es que rompió las barreras de lo ortodoxo en religión.

XL. ¿Puedo preguntarle cuáles son sus miedos?

A.K. ¡Uf.! Miedo a la rutina. Miedo a envejecer, a parecer idiota. Miedo a vivir el presente. Siempre estoy a la vez en el pasado, en el presente y en el futuro...

XL. Toda su obra y su pensamiento son de una densidad tremenda. ¿Qué le dice a usted la noción de ligereza?

A.K. Uno debe y puede jugar con las filosofías más profundas. Sólo hay que ver a los cabalistas: jugaban con las letras, discutían las palabras. Limitarse al pensamiento profundo es imposible. El aspecto lúdico en la vida es tan importante como el más serio y complejo. Sólo se existe con el contrario. ¿Qué me relaja más? Mi trabajo, sin duda.




 

 

 

 
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