Entrevista a Paul Auster
por Gabriela Esquivada

      

 

New York, EL PAÍS. 04-03-2006

"En cada novela quiero reinventarme a mí mismo"

Una escalera de piedra, plantas en abundancia y unas botas acordonadas de invierno, ya astrosas de tantas nieves: así es la entrada a la casa del escritor Paul Auster. Su estudio, el lugar donde escribe, queda también en Park Slope, Brooklyn, un barrio con aire de tal en la excesiva ciudad de Nueva York, pero Auster mantiene en secreto su ubicación. Abre la puerta otra escritora, Siri Hustvedt, la mujer que, según muchos, ayudó a que Auster se convirtiera en el narrador que siempre había querido ser. Según él, simplemente, ella le salvó la vida.

      Llama la atención que, contra los complejos claroscuros que identifican su obra, los últimos libros de Auster traten precisamente de vidas salvadas, redimidas o al menos gozadas como nunca antes del final.

      La adversidad se presenta en las primeras líneas. "Mr. Bones sabía que Willy no iba a durar mucho" abre Tombuctú (1999). "Todo el mundo creía que había muerto" abre El libro de las ilusiones (2002). "Había estado enfermo mucho tiempo. Cuando llegó el día de salir del hospital, apenas sabía caminar, casi no recordaba quién era" abre La noche del oráculo (2003). Su nueva novela, que acaba de publicar Anagrama en España, prolonga esa línea:"Buscaba un lugar tranquilo donde morir" (Brooklyn Follies, 2005). Pero en los cuatro casos, los maltrechos protagonistas atraviesan la metamorfosis que se produce en cada una de las historias y llegan a cierto bienestar. No chocan de frente contra un camión, como Jim Nashe en La música del azar. Han encontrado alguna clase de sentido a sus vidas.

      "Estos libros arman mi Corte de Hombres Debilitados", dice Auster.
"Será que el envejecimiento me ha despertado una nueva percepción de mi finitud. Desde los 50 años mi cuerpo cambió. Así, sin más, en esta década que termina algunas pequeñas cosas comenzaron a fallar".

      Si la Corte de Hombres Debilitados recibe el trato compasivo de una vida mejor, una iluminación última o siquiera una esperanza, Brooklyn Follies se excede con un insólito final feliz en toda regla. El tiempo de la novela es la ominosa elección presidencial en Estados Unidos del año 2000, y el tiempo de su escritura, el Gobierno de George W. Bush, contra el que Auster se ha manifestado.

      Pregunta. ¿Cómo, entonces, escribió una comedia?

      Respuesta. Una vez leí una frase del cineasta Billy Wilder que me impresionó hondamente. "Si te sientes realmente feliz, deberías escribir una tragedia. Si te sientes verdaderamente desgraciado, deberías escribir una comedia". Escribir una comedia ayuda a poner las cosas en perspectiva. El mundo ha ido de tragedia en tragedia, de horror en horror, pero los seres humanos seguimos existiendo, enamorándonos y hallando alegría en la vida. Me pareció que éste era un momento para recordarlo.

      P. ¿Por qué?

      R. La Administración de Bush nos ha hecho retroceder a un lugar donde nunca debimos haber estado. Su manejo económico, su política energética, su apoyo a la industria petrolera, la supresión de las noticias, la guerra de Irak y sus consecuencias, la inflexible determinación por institucionalizar la tortura como algo que los Estados Unidos deberían poder hacer... Es espantoso. No podemos descender a un estado animal. Si no respetamos las leyes, aquí no hay país. Los Estados Unidos no son como España o Alemania, sino una nación de inmigrantes del mundo entero a quienes sólo une la igualdad ante la ley. Si hacemos excepciones, no somos más los Estados Unidos, sino alguna otra cosa.

      P. ¿Cree que se puede discutir lo que sucede?

      R. El país está dividido en dos mitades que no hablan entre sí. Lo único que ha cambiado es que, cuanto más se percibe la fealdad del Gobierno, los que no prefieren lado alguno se vuelven contra Bush. Por supuesto, el huracán Katrina tuvo mucho que ver, al revelar su incompetencia y su dureza de espíritu.

      P. No faltará quien lo acuse de antipatriótico. ¿Se siente así?

      R. Al contrario. Y no soy el único: somos millones los que creemos que es urgente robustecer los principios sobre los cuales se fundaron los Estados Unidos. Eso es patriotismo. No digo que seamos una nación perfecta.
Los crímenes que cometimos en distintos lugares del mundo (por no hablar de aquí dentro, como la esclavitud y la sistemática masacre de la población indígena) son manchas en nuestra historia. Pero ahora nos hemos vuelto monstruosos ante el mundo en apenas cuatro años. El 11 de septiembre de 2001, la solidaridad internacional fue enorme. Hoy somos el país más odiado.

      P. Durante su juventud y su primer matrimonio escribió ensayo, periodismo y poesía. Sus novelas, en cambio, nacieron desde que se casó con Siri. ¿Es una coincidencia?

      R. No. Conocerla me salvó la vida. Ella creyó en mí, ella me liberó.
Había pasado tiempos muy duros e infelices. Cada novela que he publicado fue escrita desde que vivo con ella.

      Auster nació en Nueva Jersey en 1947, pero hace años que no pisa el Estado vecino a Nueva York. Una invitación de la Universidad de Rutgers lo llevó de regreso al paisaje suburbano, igual que una recomendación vaga llevó a Nathan Glass de regreso a Brooklyn, el barrio de su niñez, cuando buscaba un lugar tranquilo donde morir. En una sala repleta, estudiantes y profesores le escucharon leer el comienzo de Brooklyn Follies en su voz profunda. El cáncer de pulmón, suponía Nathan, le obsequiaba una efímera tregua. "Más que cualquier otra cosa, eso era lo que ansiaba. Un final silencioso para mi vida triste y ridícula". Mientras esperaba el momento en que dejaría de respirar, evocaría las locuras, las torpezas, los yerros y los disparates que había cometido en su vida, para legarle al mundo el inventario, y admiraría a la mesera latina que le servía el almuerzo cada día en un comedero sin otro atractivo que ella. Pero el azar, invitado central a la obra de Auster, le cambiará los planes.

      Un estudiante le preguntó por qué los giros fortuitos y las coincidencias gobiernan a sus personajes. "Trato de ser realista en mi ficción. El mundo que conozco me contradice y me sorprende todo el tiempo.
Todos los días pasan cosas raras en las vidas de las personas".

      Un profesor le preguntó si aún compone a mano y transcribe luego en su legendaria máquina de escribir. Auster admitió que había comprado una computadora para pasar a limpio la versión definitiva, pero que no piensa conectarse a Internet ni dejar de escribir con lapicero sobre papel.

      Un novelista le preguntó cómo se le había ocurrido el pasaje acaso más extraño de la novela. Auster lo leyó. Allí Franz Kafka escribe casi veinte cartas para consolar a una niña que perdió su muñeca. En las cartas, la muñeca va explicando que, aunque ama y extraña a la niña, sintió el deseo de conocer lugares y personas, vivir aventuras, ir a la escuela y, por fin, casarse. La niña se despide contenta por la dicha de su amiga, que le promete nunca olvidarla. "Ella se quedó con la historia", leyó Auster el final, "y cuando una persona tiene la suerte de vivir dentro de una historia, dentro de un mundo imaginario, los dolores de este mundo desaparecen". Y agregó: "Ah, con respecto a su pregunta. No, no se me ocurrió a mí. Sucedió de verdad, poco antes de la muerte de Kafka".

      Al referirse a su Corte de Hombres Debilitados, Auster hizo una indirecta identificación con los problemas de los personajes de sus últimos libros. Pero en general se resiste a asociar la palabra "autobiográfica" a su ficción. "¡Porque no es autobiográfica! Si hiciera una lista de mis experiencias volcadas en mis novelas, no llenaría una página", dice. "Empleo material de mi propia vida pero transformado. Fic-cio-na-li-za-do".

      P. ¿Cómo realiza esa transfiguración?

      R. Sale de lo inconsciente. No calculo cómo hacerlo. Los personajes y la historia están ahí, y sigo mis impulsos. Escribir una novela no es como resolver un problema matemático: se trata de sentir y no entender del todo.

      P. De El Palacio de la Luna a Mr. Vértigo, de El país de las últimas cosas a Tombuctú, sus novelas tienen tonos y estructuras muy diferentes.
¿Por qué?

      R. Cada vez que empiezo un libro nuevo quiero reinventarme a mí mismo, trabajar contra todo lo que hice antes. La aventura de escribir consiste en la novedad. Brooklyn Follies vino a mí, mientras que La noche del oráculo me costó veinte años de pelea, de intentarlo y dejarlo; Mr. Vértigo me llegó rápidamente, pero cada oración de Leviatán me costó sufrimiento. La escritura enseña mucha humildad. Las malas oraciones, las ideas fallidas, los esfuerzos vanos... Detrás de cada libro hay carnicerías, incendios y naufragios.

      No obstante tanta ruina, Auster reincide. Mientras Brooklyn Follies ocupaba a varios traductores en el mundo, ya corregía su siguiente novela.
"Hace un mes entregué un libro muy breve, probablemente el más extraño que haya escrito, cuyos personajes son los personajes de mis libros anteriores que regresan. Me interesa explorar qué pasa con ellos después de las novelas. Se llama Viajes en el scriptorium".

      También el título asoma desde el pasado: Viajes en el scriptorium se titula la segunda novela de Martin Frost, el protagonista de El libro de las ilusiones, y de la película que Paul Auster rodará próximamente y cuyo guión surgió de esa novela.





 

 

 
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