entrevista a Claudio Magris
por Maria Luisa Blanco

      

 

EL PAÍS  -  Cultura - 30-10-2006

La entrevista tiene lugar en Florencia, en un café de la popular plaza de la República, el Giubbe Rosse: "Uno de los cafés literarios más interesantes" se apresura a explicar el escritor que llega con la premura y dinamismo que le caracterizan. Claudio Magris (Trieste, 1939) publicará España en los próximos días A ciegas, una ambiciosa novela que, según reconoce, le ha vaciado y que ha tardado varios años en escribir. Intelectual comprometido como pocos con su tiempo, este libro es una reflexión profundamente melancólica y desesperanzada sobre un dramático siglo XX, y el declive y corrupción de los diferentes credos políticos. "La historia tiene la trágica necesidad de combatir la barbarie con medios bárbaros" subraya en su libro el escritor triestino, pero, se pregunta "¿Quién es el bárbaro? ¿Tito o Stalin? ¿Nelson o Bonaparte?".

Pregunta. A ciegas es su libro más triste y salvo en las páginas finales me parece que no deja lugar para la esperanza.

Respuesta. El capítulo final lo escribí hace diez años. Marisa, mi mujer, lo cortó y corrigió, y las tres últimas páginas del libro las escribí el mismo día que entregué el manuscrito a mi editor italiano en 2004. Para mí el más triste sigue siendo La exposición, ese libro es durísimo.

P. ¿Cómo nace este libro?

R. La primera idea sobre A ciegas la tuve en el 88 y surgió de la contemplación de los mascarones de proa sobre los que ya había escrito un librito que no acababa de convencerme. Me fascinaba esa mirada dilatada, abierta sobre los desastres que tienen los mascarones y que otros no pueden ver. Luego vino la increíble historia del campo de concentración de Goli Otok, que está también en mis otros libros, en Otro mar, en Microcosmos. Esa historia siempre me ha obsesionado: los dos mil hombres que avanzan felices para construir el socialismo con Tito en Yugoslavia y luego son deportados a esa isla. Es como si delante hubiera un mascarón de proa que ve el final. Luego encontré casualmente a un personaje histórico, Jorgen Jorgensen [aventurero danés del siglo XIX que fue deportado a Tasmania por los británicos]. Había escrito muchísimo, viajado a Tasmania, recopilado información, tenía un material ingente y, finalmente, surgió la idea de recuperar a los Argonautas y la historia del Vellocino de oro, la más grande civilización del mundo y la más destructiva. Habla de desesperanza y es cierto, es un libro que pasa a través de todos los horrores de nuestra historia, pero también es un libro de resistencia, porque en el fondo, estos personajes que han luchado y creído en una causa equivocada, tienen tal fuerza y capacidad para sacrificarse por la colectividad, que su lucha tiene un gran valor. Es un libro muy duro, pero no saca la bandera blanca.

P. Esa es la mejor cualidad de su personaje, su voluntad de no rendirse pero ¿no late en todo el libro el convencimiento de un naufragio colectivo?

R. Sí, he contado la historia de un naufragio, pero también tiene un sentido épico. Paradójicamente, en este libro despiadado sobre la caída del comunismo siento que, en el fondo, es uno de los pocos libros (y yo nunca he sido comunista) que dan cuenta de su grandeza. Es como cuando en una historia de amor, aunque estés enamorado, dices: "Maldigo el momento en que te conocí". Y esto es un sentimiento real que sin embargo no borra la verdad de la historia de amor.

P. El Danubio es un viaje en pos de la reunificación de la cultura europea. A ciegas es otro viaje pero por las ideologías del siglo XX. ¿Cuál es aquí su búsqueda?

R. Este es un viaje para dar sentido al mundo, un sentido que se cree poder encontrar en la ideología. La ideología es importante porque empuja a buscar el sentido, pero está equivocada y no se lo da. La búsqueda del sentido es muy fuerte, y éste es el aspecto positivo. La ideología es, sin embargo, el barco que se hunde. Pero el viaje sigue siendo verdadero. Es como viajar por el mar en busca del sentido de la vida y de la historia, en un barco que no puede llegar.

P. El viaje de los argonautas y su fragilidad frente al mar recuerda otro viaje actual, el de los emigrantes que llegan a las costas españolas en sus precarias embarcaciones, ésa es hoy, tristemente, la odisea contemporánea.

R. Son dos aspectos: uno es el aspecto de epopeya, muchos mueren antes de llegar a su destino, en el mar o en el desierto y es terrible. Y el otro es que la historia te muestra que más que las condiciones económicas, cuenta la mentalidad cultural. Hace diez años esta gente estaba aún peor, pero no venía porque no sabía que podía venir. No se les ocurría. Creo que se producirá un problema tremendo cuando el número sea tan grande que ya no sea posible acogerlos a todos. Es un problema que se puede afrontar sólo en el ámbito europeo y podemos hacerlo con apertura y con espíritu liberal y democrático, podemos y debemos afrontarlo, aunque podría convertirse en insostenible. Insisto, todos los chinos tienen derecho a ver el Prado o los Uffizi, pero si todos los chinos vienen al Prado, ¿qué hacemos? Hasta ahora venían los que tenían dinero, los que podían venir, ¿Y ahora? No podemos hacer una selección. Si yo pudiera responderle sería el mayor genio de la tierra. Creo que Europa debería tomar medidas comunes, porque no es posible que España sea más abierta que Italia. Somos regiones de Europa, no podemos decir: "Esto es problema de España". Lo terrible es que ahora es todavía una cuestión de rechazo, de maldad, de regresión, pero ¿qué vamos a hacer cuando lleguen millones? No sé, yo creo que estamos en el borde del volcán, tengo miedo de que todo salte por los aires.

P. ¿Estamos al final de una cultura, de una civilización?

R. Se parece mucho al final del mundo antiguo, con la diferencia de que en el mundo antiguo estaba el cristianismo, que lo pudo unir de nuevo. Se creía que el socialismo en sentido clásico habría podido hacerlo, y hoy el problema es mundial. Hoy una catástrofe como la del fin de la civilización antigua sería mucho más tremenda porque el progreso ha evolucionado mucho.

P. En ese sentido su novela es un poco premonitoria, paraliza porque no se conocen los caminos por dónde ir.

R. Yo no soy catastrofista en el sentido de que creo que no se puede hacer del pesimismo y de los miedos una ideología. Hay que remitirse a Gramsci: pesimismo de la razón, y optimismo de la voluntad. Hay que trabajar "como si".

P. ¿Cree que está superado el concepto de patria?

R. Si por patria se entiende el reconocimiento de una identidad nuestra desde luego yo me siento italiano. . Creo que está superada la patria como divinidad opuesta a las demás: Pero en esta variedad europea, la patria, la permanencia, no creo que esté superada. Hoy se necesita, como dijo muy bien Predrag Matvejevic, una laicidad respecto a la nación. Laico significa vivir con un sentido apasionado, pero relativo, nuestros valores. Laicidad respecto a la nación quiere decir sentirse con un gran amor por la casa, pero sin convertirla en un ídolo.

P. En la evocación que hace de la mujer hay un sentimiento de culpa, también de redención ¿Está asociada a la pérdida de su propia esposa?

R. Lo he metabolizado con un sentido de culpa que ya está en La exposición, pero también está la idea de la mujer utilizada como escudo: las flechas llegan a su pecho antes de alcanzarnos. El hombre lleva un peso y la mujer muchos, pero lo peor no es sólo que en la vida ocurra así, sino que se considera obvio, como si fuese algo natural. Mi madre trabajaba como maestra, se ocupaba de mí, era la única de las mujeres que leía, y lo hacía todo, los demás no hacían nada. Y a todos les parecía lógico, porque mi madre era más fuerte. Los hombres no se daban cuenta de nada, y las otras mujeres no sé muy bien porqué no colaboraban. Esto me dio una clave fundamental de la feminidad, y le diré que antes incluso de conocer a Marisa he cultivado mucho la amistad femenina. Entre mis tres mejores amigos, dos son mujeres. En ellas he encontrado lo contrario que se dice, porque hay una cultura feminista equivocada, la que dice que la mujer no posee el concepto sino la sensibilidad. Esto lo usan algunos hombres para decir que no piensan, y algunas feministas para decir que es mejor el útero que el cerebro. Yo he encontrado en mi vida la claridad y la razón gracias seguramente a mi madre, de la que siempre he sido muy amigo.

P. Creo que usted respeta la idea de Dios y, hablando de problemas contemporáneos, esa idea hoy no da más que disgustos.

R. Con los fundamentalismos, el del islam u otros, Dios no tiene nada que ver. El fundamentalismo no es culpa de Dios. El problema no es tanto si la fe en Dios existe o no, sino si la idea de Dios es una idea fuerte, que da sentido, o es una idea absurda. Yo siento con fuerza la idea de Dios. Luego, pienso que como no se puede demostrar, uno debe vivir con eso, pero en esto me he visto muy reforzado al frecuentar el judaísmo, y sobre todo el judaísmo jasídico confiado e irreverente.

P. ¿Qué opina del otro gran problema contemporáneo, el terrorismo y la restricción de la libertad individual que el Estado impone para combatirlo?

R. Creo que ése es hoy el auténtico problema del terrorismo, y la única forma de combatirlo es la información. No puedes establecer una violación permanente de los derechos porque si no, el terrorismo ha ganado. No es sólo una cuestión moral, es también una cuestión de calidad de vida del Estado, no puedes vivir en un Estado en el que no estás seguro. Estoy de acuerdo con una vigilancia estrechísima de los servicios secretos, a favor incluso de penas muy severas, porque lo que asusta ahora es que con el terrorismo no sabes quién, qué, dónde y porqué. Vivimos en un mundo en que el terrorismo, el verdadero, el fingido o el simulado, está confundiendo completamente el sentido de la verdad. No sabemos nada. ¿Qué sabemos nosotros de Afganistán? ¿Quién manda realmente? ¿Tenemos medios para saber lo que ocurre en este segundo Kabul? Creo que debemos estar dispuestos a acoger todas las culturas, pero estableciendo algunos puntos que no están en discusión. Ahí no podemos tener ningún complejo de inferioridad. Hace dos o tres años, en Milán, unos padres musulmanes pidieron una clase para sus hijos, en la escuela pública, sólo de musulmanes, y las autoridades escolares aceptaron. Escribí un artículo durísimo. Si cuando mis hijos eran pequeños, hubiese pedido que estudiaran en una clase sólo con católicos, el director me habría echado a patadas. Ni siquiera lo habrían tomado en consideración. Que un niño musulmán no pueda estar con uno judío no es negociable. Sobre ciertas cosas debemos estar preparados para decir: no, eso no se plantea. Si el Papa dice que está contra el matrimonio homosexual, hay manifestaciones contra él, pero nadie protesta en las ventanillas de las embajadas islámicas donde decapitan a los homosexuales. Nunca he visto estas protestas, y allí los decapitan. La paridad implica que no hay que tener ninguna incertidumbre. La monja que han asesinado, ¿se imagina que tres católicos fanáticos, cuando el imán dice "conquistaremos Roma", maten a una musulmana? El mundo saltaría, con razón, por los aires. Si uno dice "vamos a quitar a las mujeres el derecho al voto, o los negros no pueden estudiar", no se discute.

P. En torno al debate clásico sobre si la literatura debe o no dar lecciones de moral, ¿qué reflexión le merece el caso Grass?

R. Para empezar, yo creo que la literatura no tiene fines morales. Debe representar la realidad y no puede tener una función moral. ¡Ay de la literatura si nace para enseñar la justicia de forma explícita! Su importancia es precisamente que puede, de forma indirecta, crear una atmósfera que permita comprender qué quiere decir la justicia. Ocurre también con la verdadera educación, la más eficaz es siempre indirecta, como la literatura. Políticamente, algunos de los más grandes escritores del siglo XX han sido fascistas, nazis, estalinistas: Céline, Hamdsun, Drieu de la Rochelle. Escribir una obra de arte no evita que seas un estúpido o culpable. Luego, en mi opinión, ha tenido una actuación política muy meritoria, ha sido a la vez una voz crítica, nunca extremista. Dicho esto, no sé muy bien, me parece muy extraño que no se haya descubierto antes. Desde luego, ha sido un gran error no haberlo contado antes. Es la demostración de que un grandísimo escritor, como Grass, puede haber hecho tonterías, y desde luego, lo grave ha sido callarlo.

P. Para terminar le traslado la pregunta que hace a su propio protagonista al final del libro ¿Cómo va eso?

R. Va. Cuanto más se vive, mejor se convive con la imperfección de la existencia y se aprende a no ser el protagonista de la propia vida. En el espectáculo de la vida ya no se aspira a ser el actor número uno, me conformo con ser el actor número dos. No el último, desde luego, pero sí el segundo.

 

 

 

 
.
 

DOCUMENTOS

SOCIOS DDOOSS

OTROS ARTÍCULOS

CUENTOS

OTROS IDIOMAS

ENTREVISTAS

 

 

 .