entrevista a Denis de Rougemont
por Guido Ferrari

      

 

Traducción de Silvia Pratt
Publicada en CADMOS, Cahiers trimestriels du Centre Européen de la Culture, noveno año, núm.33, Ginebra, primavera de 1986.

Denis de Rougemont murió en Ginebra el viernes 6 de diciembre de 1985, casi a los ochenta años. Guido Ferrari, de la televisión suiza italiana, realizó esta entrevista a fines de septiembre. La entrevista tuvo lugar en la casa de Denis de Rougemont en Saint Genis- Pouilly, Francia, a unos kilómetros de Ginebra.

 

Después de sus estudios universitarios en letras y filosofía, De Rougemont se fue a París en donde trabajó para editoriales y escribió las primeras obras que de inmediato le dieron fama. Fue un periodo de gran creatividad.

En París encontré toda clase de nuevas corrientes de pensamiento. Hablo de 1931 a la guerra; fueron nueve años extraordinarios que se mencionan ahora en algunos libros publicados en Francia como Los años treinta. Se exponía el pensamiento existencial quince años antes de Sartre. Se estudiaba a los autores alemanes. Me interesé en Kierkegaard, quien se convirtió en uno de mis grandes maestros y además era teólogo, así que empecé a interesarme en la teología. Estudié a Heidegger, el filósofo alemán. En ese entonces empecé a establecer las bases de mi filosofía política, a precisarla en la idea de la persona - opuesta al individuo-, idea del hombre libre y responsable; los dos términos, los dos adjetivos totalmente ligados. Jamás me retracté de ello, de esa teoría que es fundamental para todos mis libros: el hombre es libre en la medida en que es responsable.

La principal preocupación de Denis de Rougemont siempre ha sido, ya lo hemos visto, el hombre como persona libre y responsable, opuesto al individuo anónimo perdido en la masa. Pero, ¿cuál es la relación del hombre con la sociedad y a qué peligros está expuesto?

Nuestro movimiento, que se llamaba Movimiento Personalista, basó sus ideas en el hombre como meta de la sociedad y no a la inversa como parece considerársele en las sociedades totalitarias en donde se piensa que la sociedad es la meta del hombre. Siempre hemos pensado que la sociedad está al servicio del hombre, debe estarlo. Pero lo que sucede en nuestros días es exactamente lo contrario.

Con respecto a la pregunta ¿qué peligros existen para el hombre? Sencillamente el de perder la libertad, como sujeto dueño de sí, el de perder su libertad porque en este mundo inmenso de los estados-naciones pierde su responsabilidad. Ya no puede ser un ciudadano libre y responsable.

¿Por qué? Porque el hombre ha olvidado los fines: piensa que su objetivo es el poder. Pero evidentemente el objetivo es la libertad del hombre, del hombre considerado no como un objeto que el Estado o los poderosos del mundo, las potencias ricas, manipulen como lo deseen sino como un sujeto, un hombre libre y responsable, lo que nosotros llamamos persona.

  Así pues, lo repito, es necesario que el hombre haga la sociedad y no al revés. Los dos grandes fines que uno debe buscar al crear una sociedad son la libertad y la responsabilidad unidas, como ya lo dije, y el amor, pero no el poder.

El amor es uno de los grandes temas de Denis de Rougemont. En lo más profundo del hombre, es el sentimiento por excelencia que lo vuelca hacia los demás. Pero, ¿cómo puede ser este sentimiento un factor de liberación y de superación para el hombre? ¿Puede llegar a ser un factor de destrucción del otro y de sí mismo?

  Cuando se habla de amor, se habla de muchas cosas distintas por completo y algunas veces absolutamente opuestas. Logré aclarar esto al escribir mi libro L'amour et l'Occident tomando el ejemplo del amor y del matrimonio. El amor en el matrimonio no es una pasión egoísta, puramente física, sexual o romántica y literaria; ése es el amor sentimental, el amor que uno padece, el amor romántico. Así no es el amor en el matrimonio, al cual describo como el amor activo en que el hombre se preocupa por el bienestar de la mujer y la mujer por el bienestar del hombre a través de sus actos cotidianos, de su manera de vivir. El amorpasión, como su nombre lo indica, tiene por etimología pati del latín, que quiere decir sufrir, padecer; el amor-pasión, exaltado por la literatura, es el amor que uno sufre, que generalmente desemboca en catástrofes, que se busca por ser más romántico, mientras que el amor serio, que se vive todos los días y que es un verdadero amor -se desea el bien del otro- se considera monótono. Pero entre vivir una vida un poco monótona o vivir una vida catastrófica como la que se está creando, la decisión está tomada. Es fácil. Además, el verdadero amor no es del todo aburrido. Así pues, me gustaría que se restablecieran como meta de la sociedad (decirlo parece grandilocuente), como fin supremo de cualquier sociedad y de cualquier vida humana, tres cosas al mismo tiempo: la libertad, inseparable de la responsabilidad cívica con respecto a la comunidad, y el amor considerado como acción.

Para eso retomo, si me permite, los fundamentos del cristianismo, ya que la única definición satisfactoria que se haya dado de Dios es la de San Juan: "Dios es amor." Evidentemente no se refiere al amor sentimental, sino al amor-acción, al amor por el prójimo. A esto se reduce, lo siento, pero me gusta dar a las palabras su verdadero sentido.

La sociedad actual es llamada con toda razón "sociedad de masas": el individuo se diluye en ella, es difícil entender los mecanismos, poder tomar decisiones con conocimiento de causa. ¿En qué condiciones puede sentirse el hombre un verdadero ciudadano? ¿Cómo puede el hombre practicar en la vida cotidiana los principios que usted enuncia?

  Para lograr los fines supremos del hombre, libre y responsable, y amar de una manera activa, se necesita por fuerza que haya comunidades pequeñas. No estamos hechos para vivir en los grandes estados-naciones centralizados, bajo la dirección del Estado y de sus funcionarios. Estamos hechos para vivir en nuestra comunidad: primero en nuestra familia, luego en nuestra pequeña región. Si los fines son libertad, responsabilidad y amor activo al prójimo, se necesitan pequeñas comunidades. Dichas comunidades no deben encerrarse en ellas mismas, no podrían vivir. Ninguna comunidad es autosuficiente, no puede formar una pequeña autarquía: deben comunicarse entre ellas, tienen intereses comunes.

Primero hay que concebir, imaginar, y después crear progresivamente una Europa basada en comunidades reales que se unan poco a poco, de manera libre. Les corresponde elegir con quién desean unirse, federarse, confederarse, como los suizos lo han hecho siempre. No para crear una potencia bélica sino para crear un marco dentro del cual el hombre pueda ser hombre, un marco de libertad y de responsabilidad. La responsabilidad es concretamente una cuestión de tamaño de la comunidad. No se puede ser responsable cuando la comunidad cuenta con 55 millones de habitantes o con 300 millones. Uno sólo es responsable en la comunidad o en la región, ahí donde la voz de un hombre puede hacerse escuchar. Así pues, tenemos que recrear eso, después federar las regiones y lograr tener una Europa que no sea una coalisión de Estados sobrearmados para hacer frente a los ataques rusos o a las respuestas estadounidenses, sino para poder vivir juntos y que el hombre asuma su condición como tal. Ésa es la base de lo que puedo llamar la revolución personalista, a la cual he dedicado no sólo muchos libros sino mis actividades los últimos cuarenta años.

Al regresar de los Estados Unidos, Denis de Rougemont participa en el primer Congreso de Europa en La Haya en 1948, presidido por Winston Churchill. También estaban Robert Schuman, gran figura del Movimiento Europeo, y numerosas personalidades. Ahí Denis de Rougemont presenta el "Informe cultural" y en la sesión de clausura lee un texto redactado por él, titulado "Mensaje a los europeos". Abre en Ginebra un comité encargado de organizar la Conferencia Europea de la Cultura que se celebra en Lausana en 1949. De ahí resulta la creación del Centro Europeo de la Cultura: un centro iniciador de ideas nuevas, de actividades concretas en la gran perspectiva de una federación europea. Ese fue el primer resultado de su visión de una Europa nueva.

  Una de nuestras primeras actividades surgidas del Congreso de La Haya fue reunir a los científicos para que sus investigaciones fueran utilizadas en beneficio de la Europa unida.

Esto fue la primera idea de lo que llegó a ser el CERN, que se formó desde entonces alrededor del lugar en que vivo. Me circunda un gran anillo de 27 kilómetros de largo que está construyendo el CERN. Se llama Centro Europeo de Investigaciones Nucleares, por analogía con el Centro Europeo de la Cultura. Fue nuestro primer proyecto. Después, bajo los auspicios de la Unesco , el CERN pasó de nuestras manos a las de los gobiernos: pero nosotros tuvimos la idea original.

Posteriormente creamos numerosas asociaciones, muy distintas unas de otras, de historiadores, de grandes festivales de música europeos, que hasta la fecha todavía existen; creamos la Asociación Europea de Festivales de Música, de la que fui presidente por más de treinta años, con 40 festivales europeos, un festival de Israel y un festival del Japón en donde se toca música europea. Es un logro muy importante de cooperación europea con un objetivo muy concreto.

También incursionamos en el ámbito de la educación al pensar que si queremos hacer Europa, primero hay que hacer a los europeos, pero no pequeños franceses, pequeños suizos, pequeños alemanes, pequeños nacionalistas, sino europeos que sepan que tenemos valores comunes que heredamos de Roma, de Atenas, de Jerusalén, de los germanos, de los celtas y más tarde de los árabes y, a partir del siglo XIX, de los rusos con sus grandes novelistas Tolstoi y Dostoievski, y con sus grandes músicos.

Existe una evolución que es común a todos los europeos. Es un tesoro común que se ha forjado en dos mil años y ahora debemos vivir de él, debemos trabajar por él, porque nos da las dimensiones necesarias para nuestra vida política, nuestra vida cívica, nuestra vida activa de todos los días.

Denis de Rougemont nos ofrece un último libro, L'avenir est notre affaire, un libro atrevido, contundente, que critica con violencia los poderes políticos y económicos, sordos a las verdaderas exigencias de libertad del hombre. Un libro que a menudo no se ha entendido, que ha provocado en el autor un sentimiento de soledad y de amargura. Nos dice: "Cualquier acción debe tener como fin al hombre; nos corresponde inventar el futuro", y nos comunica que la obra a la que se ha dedicado con vehemencia se titulará La morale du but, la política de los fines. Una obra casi terminada. ¿Qué futuro, señor de Rougemont?

  Diría que el primer problema es evitar la guerra, porque sería la última guerra del género humano, después de lo cual ya no existiría nadie para hablar de lo sucedido. Evitar la guerra, en concreto, es crear una Europa federal. Estoy plenamente convencido de que los rusos y los estadounidenses están muy contentos así, no van a lanzarse bombas atómicas uno a otro. Se equilibra muy bien su economía al hacer gastos extraordinarios en armamento, lo que les permite dominar al tercer mundo. Pienso que en el fondo se entienden muy bien, mucho mejor de lo que creemos, pero Europa corre el riesgo de ser

víctima de su política. Con frecuencia se ha dicho que Europa corre el riesgo de ser su rehén o su campo de batalla. Eso no sucedería si Europa estuviera unida, es decir, federada, porque no hay otro medio para lograr una verdadera unión. Si queremos quedar atrapados en los estados-naciones, jamás nos uniremos. Hay que ver las dificultades actuales en el Mercado Común: nadie quiere hacer sacrificios. Lo que los hombres harían entre ellos, los estados no desean hacerlo. Solamente le comento estas cifras: los rusos son 260 millones de habitantes y los estadounidenses 230, un total de 490 millones. Si se unieran todos los europeos, no sólo los de Europa Occidental sino también los de Europa del Este, sin incluir a los rusos, ¿sabe usted cuántos serían? Más que los rusos y los estadounidenses juntos, es decir, 535 millones. Entonces que no venga alguien a decirme que Europa está aplastada entre los dos grandes. Se siente aplastada porque no está unida. Así pues, lo primero que debe hacerse es una unión europea, una unión con base en las regiones, para salvaguardar la paz, para asegurar la paz e impedir la guerra.

Pero, ¿no cree usted que es utópico pensar que los países del Este pueden unirse a Europa?

  Es lo que piden. Me doy cuenta de eso casi todos los días: tengo buenos amigos allá, me escriben con frecuencia, me telefonean, traducen mis libros. Sé que son más europeos que muchos de nosotros en Europa Occidental. A través de la cultura podremos acercarlos y liberarlos del dominio de la dictadura soviética. Confío en ello. Usted me preguntará si tengo la convicción de que se logre la federación europea. La tengo por varios motivos. No quiero decir que soy optimista. Titulé uno de mis primeros artículos políticos: "Principios de una política del pesimismo activo". Sigo siendo pesimista activo, pero quizás hago más hincapié en la palabra "activo" que en la palabra "pesimista".

Todos tenemos dentro de nosotros cierto deseo de libertad y cierto deseo de autoridad, hay que reconocerlo. Acabo de resumir esta idea en mi último libro, creo que en la penúltima página, en una sola frase: hay dos grandes fines que comparte la humanidad y que se dan en todos los hombres, por un lado la autoridad y, por otro, la libertad. En los dos casos, se trata de un poder. La autoridad, fíjese bien, porque todo mi pensamiento se resume en eso: la autoridad es el poder que uno quiere ejercer sobre otro, y la libertad es el poder que uno quiere ejercer sobre sí mismo. Creo que no tengo nada más que agregar sobre el tema. Ya formulé las grandes metas que las personas y la sociedad deben plantearse al mismo tiempo, simultáneamente. Tenemos que elegir: ¿deseamos a cualquier precio tener autoridad sobre los demás, autoridad que sólo puede conducir a la muerte y a la catástrofe? o, ¿deseamos la libertad y sus riesgos?.


 

 

 

 
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