entrevista a Gitta Sereny
por Jacinto Antón

      

 

El Pais, 27/11/2005.

 

Esta austriaca de 82 años ha conocido a lo peor del género humano. Historiadora y periodista, Gitta Sereny se entrevistó con algunos de los más conocidos criminales nazis, como Franz Stangl, comandante del campo de Treblinka, o Albert Speer, arquitecto de Hitler. Aún tiene pesadillas.
A los 11 años, Gitta Sereny (Viena, 1923) asistió a un mitin de Hitler; lo encontró fascinante. Después entendió la diabólica voluntad que anidaba en aquella carismática figura. Durante la II Guerra Mundial cuidó niños en Francia –la infancia maltratada y el III Reich son sus grandes obsesiones: dos caras del mismo problema del mal, considera–, ayudó a esconder aviadores aliados y escapó por los pelos de la Gestapo. Tras la contienda, trabajó como oficial de una organización de las Naciones Unidas consagrada a la problemática de los niños refugiados –entre ellos, los liberados de Dachau– y asistió a varias sesiones del Juicio de Núremberg. La historiadora y periodista austriaca de origen húngaro, una gran voz moral de nuestro tiempo, ha tenido el peligroso privilegio de asomarse a la cenagosa conciencia de algunos de los personajes emblemáticos del régimen nazi. Entrevistó en la cárcel durante largas y terribles sesiones a Franz Stangl, capitán de las SS y comandante del campo de exterminio de Treblinka, donde fueron asesinadas alrededor de un millón de personas, y trabó una relación de 12 años con Albert Speer, el arquitecto, ministro de armamento y favorito de Hitler, para arrancarle en última instancia la verdad sobre su conocimiento del exterminio de los judíos. Sólo por esas inmersiones en las oscuras almas de Stangl y Speer –que originaron dos libros absolutamente indispensables, Into that darkness, an examination of conscience (1974) y la monumental biografía Albert Speer, su lucha con la verdad (Javier Vergara Editor, 1996), Sereny ya merece pasar a la historia de las mentalidades del siglo XX. Pero eso no es todo; en sus investigaciones –que incluyen un estudio estremecedor de la niña asesina Mary Bell, a la que dedicó la polémica Cries unheard (1998)– , Sereny ha entrevistado y conocido bien a millares de personajes relacionados con el fenómeno del nazismo –desde supervivientes de los campos hasta verdugos de las SS–; entre ellos Leni Riefensthal, Kurt Waldheim o Simon Wiesenthal; ha ganado un pulso al revisionista David Irving y ha contribuido a esclarecer la falsedad de los supuestos diarios de Hitler. De todo ello habla en su reciente libro El trauma alemán (Península), una apasionante mezcla caleidoscópica de autobiografía, reflexión, entrevistas y testimonios de alemanes involucrados de alguna manera en el nazismo y sus consecuencias.
La entrevista con Sereny es en su piso londinense en Kensington –donde vive con su marido, el fotógrafo Don Honeyman– un precioso día de otoño. Gitta Sereny, vestida de negro y con un collar por todo adorno, recibe con una gran cordialidad. Es extraordinariamente jovial y expresiva. Las profundas arrugas que la vida le ha dejado en el rostro se disuelven en unos vivaces e inteligentes ojos grises que, sin dejar de irradiar simpatía, escudriñan a fondo al visitante, como evaluando de qué pasta está hecho. Es entonces cuando uno cae en la cuenta de que esta mujer ha estado ante Stangl y Speer y que debe quedarle poco por conocer de la naturaleza humana, especialmente de su lado peor. Sereny, que ha preparado una mesita muy parecida a la que ella usaba para entrevistar en prisión al comandante de Treblinka, sonríe con complicidad mientras su interlocutor dispone con nerviosismo los útiles del oficio. La conversación, entre dos velas pequeñitas que la historiadora ha situado en la mesa, será un viaje a los territorios más sombríos del alma humana, un viaje que Sereny trazará con una voz de estremecedora fuerza dramática y punteará, para aliviar la tensión, con algunas risas inesperadas.

Ayer visité la exposición sobre el Holocausto en el Imperial War Museum a la luz de sus libros. Era como estar ‘am abgrund’, en el abismo, como dice usted. Aparte de la mesa de disección del psiquiátrico de Múnich donde se cometieron crímenes del programa de eutanasia nazi (T-4), una acción que usted considera que jugó un papel preparatorio esencial para la Solución Final –el exterminio de los judíos–, encontré un par de fotos de Stangl. Una estaba al final del recorrido. La habían colgado frente a un vídeo que repetía una y otra vez imágenes de las pilas de cadáveres de los campos, como si se hubiera condenado a Stangl a penar contemplándolas eternamente…

Mire, en realidad no creo que le hubiera importado, ¿sabe? No creo que le afectara. Era duro de corazón. Él estaba convencido de lo que hacía. Su trabajo en Treblinka le hacía feliz. Fue nombrado “mejor comandante de campo en Polonia” y se sentía orgulloso de ello. Y vio cosas peores al natural que todo lo que se pueda enseñar en el museo. La descripción que me hizo durante nuestras conversaciones en 1971 de Treblinka y de Sobibor: el olor, los miles de cuerpos pudriéndose, las parrillas donde se los hacía arder… En Sobibor, los pozos construidos para arrojar los cadáveres, me explicó, se habían desbordado; habían echado tantos que los líquidos de la putrefacción los impulsaban hacia arriba y rodaban fuera. Sinceramente, no, no creo que le molestara ver un vídeo.

¿Llegó Stangl a mostrar ante usted arrepentimiento o alguna señal de culpa?

De alguna manera, se sintió culpable al darse cuenta de que otras personas lo consideraban así. Pero creo que él mismo, interiormente, no cambió. Otros nazis con los que hablé sí lo hicieron, cambiaron realmente bajo la influencia del descubrimiento de lo que los demás, la humanidad, pensaba de ellos. Entendieron la maldad de lo que habían hecho. Hay un significativo episodio de Stangl cuando estaba en Brasil –Stangl escapó tras la guerra vía Roma, gracias no a la legendaria Odessa, como decía Wiesenthal, sino al obispo Aloïs Hudal, rector de Santa Maria del Anima; primero, a Siria, y luego, a Suramérica–. Conducía junto a una de sus hijas y el tráfico se atascó a causa de un coche que se había detenido. Stangl, al pasar ante el vehículo exclamó furioso: “¡Se olvidaron de ti en Treblinka!”. Imagínese. Y su hija pensó entonces: “Oh, Dios mío, es exactamente el mismo”. La corrupción moral es algo realmente muy extraño. No hay vuelta atrás. Una vez te has corrompido no puedes regresar a la inocencia y la bondad. No he visto a nadie regresar de esa corrupción, excepto, en alguna medida, a Speer. Pero, claro, hay una enorme distancia entre un hombre como Speer y Stangl. Speer nunca vio lo que vio Stangl. Para mí fue algo excepcional acceder a Stangl, alguien tan centralmente involucrado en el Exterminio, un kommandant de campo de la muerte, y del peor, Treblinka.

Dice usted que lo peor, contra lo que la gente en general cree, no fue Auschwitz.

Auschwitz, pese a su nombre emblemático, no fue primordialmente un campo de exterminio; era en gran parte campo de concentración y en realidad hubo muchos supervivientes. Treblinka, como los otros campos de la operación que se dio en llamar Aktion Reinhard –en honor de Heydrich–, Sobibor, Belsec y Chelmno, eran espacios dedicados única y exclusivamente al exterminio sistemático: todos los que llegaban eran inmediatamente asesinados. Stangl decía que en Treblinka se procesaban, es decir se mataban, 5.000 personas en tres horas. No había necesidad, pues, de disponer vivienda ni alimentos. Él gestionaba muy eficientemente aquello, y aunque luego trató de culpar al sistema, obviamente disfrutaba. Quiso desesperadamente estar ahí, aunque sabía que lo que se estaba haciendo era malvado. Recibía los transportes en el andén del campo, que se había camuflado como una falsa estación romántica de tren con sus ventanillas, sus flores, sus letreros y hasta su reloj –que no funcionaba–, vestido con un traje de equitación blanco, y con una fusta en la mano. Veía descender a los pasajeros, esa multitud, sabiendo que todos, absolutamente todos estarían muertos en tres horas.

Los veía pasar hacia la muerte.

¿Cómo podía mirar a la gente que iba a morir? ¿Cómo podía a lo mejor tocar tiernamente la cabeza de un niño sabiendo que en unos minutos moriría inexorablemente? Eso es la total corrupción. Es fascinante ver cómo alguien se transforma en malvado.

Viéndolos como una masa informe de cuerpos y no como individuos dejó de considerarlos humanos.

Para él eran carga que se conducía a latigazos, y los muertos, carne podrida. Me explicó que años después en Brasil vio un vagón con ganado, observó las miradas de las reses y tuvo la misma sensación que en Treblinka. Y dejó de comer carne.

Entre aquel horror hay un caso que usted dice que ilustra perfectamente la catadura moral de Stangl. Una historia tan dolorosa…

Stangl me citó como un ejemplo de su calidad humana la relación que sostuvo con un ayudante judío, un kapo, Blau, con el que solía conversar. Un día, éste le dijo que su padre anciano había llegado en uno de los transportes. “Un hombre de 80 años, Blau, es imposible…”, empezó displicentemente Stangl. Pero lo que Blau, muy consciente de dónde estaba, quería es que se le diera una muerte más digna y rápida a su padre que en las abarrotadas cámaras de gas, y que le permitieran que lo llevara antes a la cocina y le diese algo de comer. Stangl se lo concedió. Mataron al anciano de un tiro en la nuca, en el Lazarett, el falso hospital. Blau fue luego a agradecer al comandante su autorización, y éste le dijo: “Bueno, Blau, no hace falta, pero, por supuesto, si quieres agradecérmelo, puedes”. Blau, claro, aunque Stangl no me lo concretó, fue eliminado más adelante, como todos. Estuve a punto de hacer callar a Stangl mientras me explicaba esa historia, que me parece representativa del grado de corrupción moral a que había llegado. Él no comprendía la monstruosidad de lo que contaba. Después de oírlo tuve que escapar y sentarme dos horas en un bar sintiendo un malestar como no había experimentado nunca. Luego, regresé.

Tener ante usted a un hombre como Stangl explicándole historias así, y haciéndole confidencias, durante 70 horas… Es como en ‘El silencio de los corderos’. Uno sufre por usted. Por su cordura y, si me permite la figura, su alma.

Bueno, seguramente deber recordar aquel momento en que aquel hombre…

El obispo.

Sí, aquel gentil obispo que en una visita al Vaticano mientras escribía sobre Stangl me advirtió: “Si uno se expone a sí mismo al mal, éste puede invadirle; vaya con cuidado, hija mía”. Y me trazó el signo de la cruz en la frente. Verá, no soy conscientemente cuidadosa con eso, aunque quizá si de una manera inconsciente. Si pretendiera protegerme totalmente no tendría esos encuentros. No obstante, en mis conversaciones con Stangl y otros como él supongo que desarrollaba una especie de desapego; tienes que no involucrarte de manera absoluta, tratar de tener una mirada objetiva. Pero debes andar con cuidado de, y éste es un punto peligroso, no identificarte con lo que ellos sienten. Verá, yo tenía miedo, temía esa vecindad dramática con Stangl porque, como yo, también él era vienés, habíamos sido educados igual.

Cara a cara con el monstruo.

Necesitaba tenerlo muy cerca. Tenía que verle perfectamente la cara mientras hablábamos. Porque las caras expresan mucho; de hecho te lo ofrecen todo, ves las reacciones de la persona. Por eso seguramente nunca debería haberle dejado a usted sentarse así, de espaldas a la ventana, porque su cara queda en la oscuridad y yo necesito ver las caras.

Ha dicho que Stangl y Speer eran muy diferentes.

Oh, sí, pero tenían esto en común: los dos querían que yo supiera lo que habían hecho. Stangl, de una manera primitiva; Speer, de una manera extraordinariamente sofisticada. Eran orgullosos ambos. En algunas preguntas pasaban por encima muy deprisa, ansiosos de ir al centro de todo aquello. “Siga, siga”, me decía Speer.

¡Vaya un mentiroso compulsivo, Speer!

¿Speer? No lo creo. Su caso iba mucho más allá. Pudo desarrollar un gran horror hacia su culpa. En el III Reich hubo, moralmente, muchos Stangl, pero el caso de Speer, ese hombre de gran talento e inteligencia, fue único.

¿Amaba Speer a Hitler?

Sí, lo amaba. Pero no es que estuviera enamorado. No era nada sexual, aunque sí con un componente erótico. Hitler era un ideal. Y ¿sabe? Hitler también amaba a Speer.

Le sedujo malvadamente, ¿no?

Eran dos personas que se necesitaban mutuamente, y por razones muy humanas. Speer sufrió mucho la relación con su padre y proyectó en Hitler un padre ideal. Y Hitler, por supuesto, nunca tuvo hijos, así que Speer fue algo similar a tener uno.

¿Fue algo bueno, en Hitler, la relación con Speer?

¿En Hitler? ¿Bromea? Hitler lo corrompía todo. Pero disfrutaban riendo y bromeando juntos, ¿puede imaginarlo? A veces Hitler decía en broma en respuesta al “Heil, mein Führer” de Speer, “Heil, Speer”, algo que nunca hizo con nadie.

En su libro sobre Speer, y de nuevo en ‘El trauma alemán’, explica la anécdota de la chaqueta.

Sí, una historia muy interesante. En una ocasión, cuando Speer era sólo un joven arquitecto del equipo que trabajaba para Hitler, éste, de visita en las obras de la Cancillería, lo invitó a comer. Como Speer se había manchado la chaqueta, Hitler le llevó a su habitación y le prestó una de las suyas. A la hora de comer todos los jerarcas nazis comentaron con asombro y envidia el que ese joven don nadie luciera las insignias personales de Hitler y se sentara a su diestra. Speer, con 27 años, cayó rendido ante ese gesto.

Luego, al final de la guerra, se rompió el encantamiento.
Hay ese momento de ruptura en el que Speer se hace consciente, dice, de la fealdad de Hitler, como si lo viera por primera vez. Lo que es curioso porque Hitler, ¿sabe?, no era en realidad feo. Es algo simbólico que alude a una fealdad moral.

¿Era culpable Speer?

Lo condenaron a 20 años en Núremberg. Si a lo que se refiere es a si sabía lo del programa de exterminio, ese fue el tema central de nuestro encuentro. Nunca sabremos exactamente cuánto sabía de eso. Él no tuvo un contacto directo con los asesinatos como Stangl.

Bueno, vio la inhumana explotación de los trabajadores esclavos en las infernales instalaciones subterráneas Dora de cohetes V-2, de las que era responsable como ministro de armamento.

Sí. Speer sabía cosas, indudablemente. Supo del programa de eutanasia nazi. Sabía que los trenes iban al Este, que se hacía trabajar a la gente hasta morir, que pasaban cosas terribles con los judíos. De haber confesado que sabía todo eso en Núremberg lo habrían ahorcado. Pero nunca estuve segura, en cambio, de que supiera de la existencia de los campos de exterminio. Sea como fuere, era culpable de conocimiento. También lo era Kurt Waldheim. El problema con un conocimiento como ese es qué haces con él, cuál es el siguiente paso. Y el hecho es que muy poca gente asume que ese paso es la acción. Porque la acción, en un caso como el que nos ocupa, en el III Reich, es increíblemente peligrosa, significa jugarse la vida, no sólo la de uno mismo sino la de toda su familia. Pese a su amistad, Hitler no hubiera dudado en eliminar a Speer; Hitler era unidireccional en su pensamiento. Hablando con esa gente que supo lo que sucedía en Alemania siempre me he preguntado qué hubiera hecho yo en esas circunstancias, y en la mayor parte de las ocasiones he de confesar que creo que no hubiera hecho nada.

¡Pero si usted es una mujer muy valiente, capaz de meterse en una habitación con un monstruo y de ayudar a huir a un paracaidista inglés disfrazándolo de monja!

En absoluto, no soy ninguna heroína, tengo un miedo enorme al dolor físico.

Usted vio a Hitler.

Sí. De hecho, dos veces. La primera en 1934, cuando era muy pequeña. El tren en que viajaba a Londres, donde estaba interna en un colegio, desde mi casa en Viena, se averió en Núremberg y me llevaron a ver con otros niños el gran congreso del partido nazi. Me impresionó mucho. Esos millares de personas, todos actuando al unísono, amando juntos a ese hombre en la altura, esa pequeña figura lejana… No decía nada repulsivo. Hablaba de amor a la patria. Sólo después fui consciente de lo que significaba Hitler, y entonces me avergoncé de aquella emoción. Verá, yo ni siquiera sabía qué era el antisemitismo, aunque Viena estaba llena de judíos. La segunda vez que vi a Hitler fue tras el Anschluss, la invasión de Austria, en el balcón del hotel Imperial.
Al día siguiente se enfrentó a un grupo de SA que obligaban a un puñado de judíos a limpiar la calle con cepillos de dientes. ¡Y luego dice que no es valiente!

Uno de esos judíos era nuestro médico y me había salvado la vida de niña. Me indignó que lo trataran así. Debí avergonzar a los camisas pardas y a la gente que reía el espectáculo, porque todos se marcharon. El médico fue gaseado en 1943 en Sobibor.

¿Qué recuerda del proceso de Núremberg?

Un amigo que era traductor me dio un pase de visitante y asistí a un par de sesiones.

La atmósfera debía ser muy especial, pocas veces se habrá visto en la historia tal acumulación de maldad en el mismo espacio.

Sí, pero era muy extraño. Era difícil ver como malvados a esos hombres sentados y bien vestidos, arreglados, con trajes limpios. Los procesados disponían de ropa limpia cada mañana del juicio, lo que era un raro privilegio en aquella época, algo muy exótico para nosotros. Uno de ellos era Speer, claro, entonces yo no estaba particularmente interesada en él. Pero me pareció excepcionalmente atractivo y con una actitud muy diferente a la de los demás, muchos de los cuales se concentraban en sus papeles y no miraban a los otros, ni a los testigos. Speer estaba completamente atento a lo que sucedía. En general eran un grupo bastante ordinario, en el sentido de que parecían gente corriente. Incluso Goering o los otros grandes del régimen no parecían criminales, no parecían culpables. Y lo eran todos, en una medida u otra. Luego he visto muchos juicios, no sólo de criminales de guerra. Me interesa mucho la ley, el lado humano de los tribunales de justicia. Me parece tremendamente interesante.

Usted deplora el escaso conocimiento del nazismo que tiene en general la gente.

La mayoría sabe muy poco o tiene un conocimiento muy distorsionado. Por ejemplo, se suele considerar el único crimen de los nazis el asesinato de los judíos. Fue el crimen peor, sin duda, pero los nazis cometieron otros, y no hablar de ellos impide que mucha gente se sienta aludida directamente, personalmente, por el horror del III Reich. Recuerdo, por ejemplo, una charla que les di a unos adolescentes en Hamburgo. Quedaron anonadados al saber que en su propia ciudad los nazis mataron, gaseándolos, a cerca de 30.000 niños alemanes minusválidos en su programa de eutanasia.

Se enfrentó a David Irving, que sostenía la tesis de que Hitler no estaba al corriente de la Solución Final, al menos hasta 1943.

No se puede permitir la menor falsificación de la historia del nazismo.

¿Qué opinión tiene de cómo están las cosas en Alemania?

Respecto a la época nazi, la juventud tiene ahora una actitud más intelectual que emocional. Se ha librado en buena parte de la ira, el dolor y la culpa de sus mayores. Creo que, en general, los jóvenes alemanes son menos racistas que los de los otros países de Europa.

En sus entrevistas suele empezar por la infancia de los personajes, buscando en ella algo que explique su carácter. ¿Hay algo en su propia infancia que haya propiciado su interés por el mal?

Me preguntan sobre eso una y otra vez. No, la verdad es que no sé cómo empezó ese interés. Tuve una infancia muy tranquila y muy feliz. Adoro mi infancia en Viena, fue absolutamente ideal. No puedo recordar que hubiera nada maligno en ella. Lo que me interesa, en todo caso, no es el mal en sí mismo, sino investigar lo que hace que los seres humanos nos hundamos tan a menudo en la violencia y la amoralidad. Todos; usted, yo, todos absolutamente, tenemos una fuerza moral en nuestro interior, algo que nos marca claramente la línea divisoria entre el bien y el mal y nos da la capacidad de tomar las decisiones adecuadas. Ésa es la esencia de la persona. Y es vulnerable. Por qué el instinto de bondad se pervierte, de qué forma la gente se corrompe, cómo se pueden producir grietas morales tan catastróficas como la de Stangl, ese es mi principal interés. Quiero saber por qué las cosas malas ocurren. Ese interés nunca ha cesado. La gente me decía: “Cuando tengas hijos, cuando seas vieja, cambiarás, ya sólo te interesará tu familia, tu vida”. Pero no, mi vida está, no dedicada pero sí especialmente orientada a conocer más de las circunstancias, las acciones y las emociones humanas, de la elusiva naturaleza del mal, y no puedo parar en esa búsqueda de conocimiento.

El tema de los niños, de la infancia herida, es muy importante en su vida. En ‘El trauma alemán’ dedica un capítulo a los niños robados, esos niños que los nazis arrebataron a sus padres y entregaron a familias alemanas para arianizarlos.

Esa es una de las cosas que no puedo olvidar. En su mayoría eran de familias polacas, familias humildes y no muy educadas. Los nazis los seleccionaban por su aspecto y se los llevaban para germanizarlos. Parte de mi trabajo en la Administración de Naciones Unidas para la Ayuda y la Reconstrucción tras la guerra consistió en localizarlos y devolverlos a sus casas. Y eso era un trauma para ellos: les sacábamos de aquellos confortables hogares alemanes, donde sin duda eran muy queridos, para enviarlos a un lugar que no recordaban, con unos padres biológicos a los que no reconocían…

La música les sirvió de ayuda.

Las canciones de infancia polacas eran a veces el único medio para ayudarles a recobrar su pasado y su identidad.

Esa misión suya con los niños me ha hecho pensar en ‘El rey de los alisos’, de Michel Tournier. Aunque el protagonista de la novela hacía al revés: se llevaba a los niños de sus hogares para conducirlos a una Napola, una escuela de élite de las SS.

Extraña historia.

A usted, uno de los niños que rescató, uno que tenía una hermana gemela, trató de pegarle por lo que había hecho.

Sí, estaba furioso conmigo, fue una situación imposible. ¿Cómo podía aquel niño saber dónde estaba la ley y la justicia? Sólo sabía que por mi culpa se lo arrebataban todo para arrojarlo en un destino desconocido.

No habrá tenido usted una infancia infeliz, pero ha conocido muchas.

Sí, pero, verá, también me siento afortunada por lo que he conocido de las consecuencias de la guerra, las experiencias que he tenido.

El cineasta Hans-Jürgen Syberberg preguntó a Winifred Wagner qué habría hecho si Hitler hubiera sobrevivido y llamara a su puerta. Ella dijo que le abriría los brazos. Speer dijo, en cambio, que él llamaría a la policía. ¿Y usted?

Le haría pasar, sin duda, para hablar con él. Nada me fascinaría más que hacer con Hitler lo que hice con Stangl o Speer.

¿Qué cree que es lo más intrigante de Hitler?

No sabemos qué tenía contra los judíos, el porqué de esa obsesión que le llevó al exterminio. Mucha gente ha intentado buscar la respuesta a esa cuestión, rastreando incluso algún trauma personal. Se ha dicho que su madre murió tras ser tratada por un médico judío, por ejemplo. Pero la verdad es que no sabemos la razón del odio de Hitler. Si hubo algo concreto, no lo hemos encontrado; Hitler no lo confió a nadie que sepamos, ni a un diario. Creo que será muy difícil encontrarlo.

Dice usted que estamos al final de la caza de nazis.

Se ha acabado. No por la edad de los criminales, sino por la de los testigos. No se les puede llevar ya a un tribunal, la memoria les falla, sufren espantosamente y su esfuerzo, además de doloroso, resulta inútil. Desgraciadamente ya no son fiables.

Y ahora que Simon Wiesenthal ha muerto…

Wiesenthal no me gustaba. Era un hombre muy arrogante. Autosatisfecho, pagado de sí mismo. Pero como alguien me dijo una vez, si no hubiera existido habríamos tenido que inventarlo. Se hizo muy popular y eso le procuró mucha información que condujo a la captura de muchos nazis.

¿Todavía quedan muchos peces gordos libres?

Algunos.

¿Martin Borman? Usted parece sugerirlo en algún momento en sus libros.

Probablemente ha muerto, y de la manera descrita oficialmente.

Desde su pulso con Irving, los revisionistas y neonazis la han tomado con usted. La atacan en Internet. Se le ha criticado no haber grabado las conversaciones con Stangl y Speer. Sólo de pensar que ahora podríamos estar oyendo aquellas voces…

Alguno de los que entrevisté no hubieran hablado ante una grabadora, y otros lo hubieran hecho de otra manera. La verdad es que no me importa que me critiquen por eso. No tengo nada que esconder. En cambio, la conversación con Mary Bell sí que la grabé.

Usted fue estudiante de arte dramático, y en la escuela de Max Reinhardt nada menos. Tengo la sensación de que eso le ha ayudado en su trabajo. Hay algo teatral, en el mejor de los sentidos, en sus libros. Su biografía de Speer fue la base de una pieza de David Edgar que dirigió Trevor Nunn en 2000. Y Harold Pinter dice que sus obras le han inspirado, la biografía de Speer, notablemente, para escribir ‘Ashes to ashes’.

Es cierto que el teatro me ha ayudado. La escritura y la interpretación están a menudo muy relacionados. Cuando escribo pienso muchas veces en términos visuales. El propósito del arte dramático, por otro lado, es enseñarte a que te abras a los sentimientos, y eso es útil en las entrevistas.

Pero de nuevo peligroso.

Es cierto.

¿Tiene pesadillas con Stangl?

Las tuve. Extrañas pesadillas. Aparecían en ellas mis hijas. Cesaron al acabar todo (Stangl murió el 28 de junio de 1971, a causa de un ataque cardiaco, 19 horas después de la última entrevista con Sereny).




 

 

 

 
.
 

DOCUMENTOS

SOCIOS DDOOSS

OTROS ARTÍCULOS

RELATOS

OTROS IDIOMAS

POESÍA

ENTREVISTAS