Entrevista a Hans Haacke
por Jesús Carrilo

      

 

REVISTA del MACBA núm. 2 Invierno 2006

 

Hans Haacke (Colonia, 1936) articula su obra en torno a la crítica social y la crítica de las condiciones de la producción artística. Jesús Carrillo, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, le ha entrevistado. La capacidad de que el arte articule nuevos públicos, o el futuro de la espectacularización de los museos, han sido algunas de las cuestiones abordadas en esta entrevista.

Jesús Carrillo : Especialmente tras la Segunda guerra mundial, las prácticas artísticas de vanguardia apenas pueden concebirse fuera de la institución. ¿Se puede, al borde del 2006, superar las contradicciones que implica el trabajar dentro de ella?

Hans Haacke: Yo creo que, a lo largo de toda la historia, y no solamente en el así llamado mundo occidental, la producción de estos artefactos a los que denominamos “arte” ha tenido lugar, en mayor o menor medida, en conexión con las instituciones de su tiempo. De hecho, muchos de estos objetos fueron encargados por instituciones o disfrutaron, cuanto menos, de un apoyo tácito por parte de las mismas. En aquellas épocas en que las sociedades no son monolíticas surgen desacuerdos o desafíos directos a las normas, que adoptan formas muy diversas. El arte “divergente” es una de ellas.

Este modelo se continuó durante el siglo XX y persiste hasta hoy en día. Perviven aún muchas formas de disuasión institucional y de censura ejercidas por los organismos gubernamentales, las instituciones museísticas, las entidades financiadoras, las facultades de bellas artes y los departamentos de historia del arte. Pero en los periodos no dictatoriales aparecen individuos e instituciones que se muestran relativamente abiertos a la divergencia respecto al consenso general, o incluso la estimulan, y lo hacen a pesar de entrar en conflicto o en “contradicción” con las instituciones que dirigen o con las que están afiliados. Después de todo, no debe extrañarnos el que las instituciones del arte sean permeables a los conflictos del ámbito social del que forman parte. Cada institución, y la constelación específica de individuos y fuerzas sociales que la enmarcan en un momento dado, ha de ser valorada por sí misma a la hora de decidir si trabajar o no dentro de ella. Ninguna institución, contradicciones incluidas, es igual a ninguna otra.

Mi trabajo ha sido censurado tanto en Europa como en los Estados Unidos. Conozco de primera mano la auto-censura institucional, aquella que sólo se admite en privado, y aquella que está tan internalizada que se produce de un modo casi inconsciente. Pero también he experimentado un apoyo generoso, valiente y fiel a sus principios, sin el cual mi obra no hubiera sobrevivido durante tantos años y sería desconocida hoy en día. La respuesta a la pregunta seria, por lo tanto, un matizado “sí”.

JC: La apropiación neoliberal de lo público y el miedo al terrorismo, unidos a la crisis del ideal de una ciudadanía igualitaria y de un espacio común - tal como se ha puesto de manifiesto en las recientes revueltas ocurridas en Francia - dificultan hoy imaginar una noción estable de lo público. ¿Puede operar el arte sin tal horizonte de referencia? ¿Tiene el arte competencia para articular nuevos públicos?

HH : Siempre ha existido un control sobre el espacio público, sobre las calles y lugares en que la gente se reúne o va de compras. Esto no es nuevo. Sí lo es la privatización de espacios que habían sido tradicionalmente públicos y el actual nivel de vigilancia y control, tanto de lo público como de lo privado, provocado por el miedo a un ataque terrorista o a los disturbios callejeros. Sin embargo, lo que ocurre hoy en París no es nada si lo comparamos con el sitio al que se vio sometida la ciudad en los momentos álgidos de la guerra de Argelia y la amenaza de golpe de estado por los militares de ultraderecha.

Égalité y fraternité o “lo común” (para utilizar el término en género neutro) son principios que defender. Ni en Francia, donde se formularon por vez primera durante la Revolución y aún adornan todos los edificios públicos, ni en muchos otros países que suscriben estos principios básicos, funcionan como líneas directrices que enmarquen o impulsen las políticas públicas, por no hablar de los intercambios privados en la vida cotidiana. La película La haine [El Odio] de mediados de los noventa puede interpretarse como una premonición de las consecuencias de esta flagrante dejación. La implementación de una igualdad genuina y la adopción de una actitud verdaderamente comunal requeriría cambios tales que nos llevarían, de hecho, al borde de la revolución. Deberían recortarse los privilegios disfrutados sin cuestionamiento alguno durante generaciones por ciertos segmentos de la población e iniciarse una redistribución masiva de los recursos sociales.

Tengo la convicción que el subtexto tras la vehemente oposición de muchos miembros del parlamento alemán a mi instalación Der Bevölkering [A la población] en el edificio del Reichstag de Berlín fue un rechazo encubierto al principio de igualdad, tal como lo reconoce la constitución alemana. Concebí esta obra con la esperanza de que pudiera contribuir a dar forma a un consenso social más democrático. Por muy modesto que sea el impacto de las obras de arte en la configuración del Zeitgeist, independientemente de lo persuasivas que estas lleguen a ser, su papel no debe ser menospreciado pues están dotadas de un considerable capital simbólico. El no utilizar tal capital significaría entregar sin resistencia a merced del enemigo aquella plaza pública en que se intercambian las ideas.

JC: Siguiendo la actual ley capitalista de “proliferar o morir”, muchos museos y centros de arte contemporáneos están modificando sus estructuras con el fin de sobrevivir en el competitivo mercado del ocio, de “la cultura” y del turismo. ¿Deberían evitar las instituciones artísticas participar en tal competición? ¿Existen espacios de interacción social para el arte más allá de este modelo?

HH : A pesar de que me repugna el modo en que las instituciones culturales han entrado a formar parte de la industria del entretenimiento, aún no estoy en disposición de desacreditarlas del todo. Recuerdo que durante los sesenta y los setenta nos quejábamos de que los museos eran demasiado elitistas, de que las entradas eran demasiado caras y de que no eran accesibles a la gente “corriente”. Yo mismo he sido turista en multitud de ocasiones y entre aquellos que estaban a mí alrededor siempre ha habido quienes, por su comportamiento, me hacían pensar que estaban verdaderamente interesados en aquello que contemplaban y que realmente significaba algo para ellos. Tengo la certeza de que entre los organizadores de la Documenta hubo algunos que entendieron la naturaleza de este espacio como “campo de batalla”, y es justo reconocer que tuvo un impacto nada despreciable tanto en los alemanes “corrientes” como en los visitantes extranjeros. “Arts & Leasure” (Arte y Ocio), título de la sección de cultura del New York Times no es solamente muzak. Sus páginas siguen siendo un foro que no deberíamos abandonar.

 

 

 

 

 
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