entrevista a Jorge Luis Borges
por Noel Clark

      

 

En 1969, la Universidad de Oxford anunció su decisión de conferirle al escritor argentino Jorge Luis Borges el título de Doctor Honoris Causa. En esa ocasión, fue entrevistado por el periodista y traductor británico Noel Clark para el Servicio Latinoamericano de la BBC.

 

.¿Cuál fue su primera reacción cuando le anunciaron que Oxford había decidido otorgarle este título?

Mi primera reacción fue una reacción de estupor, estupor total, y recordé que yo había pensado una vez que una buena noticia, cuando llega, puede producir el mismo efecto que una mala noticia. Es decir, una noticia de estupor, ¿no?, y luego naturalmente una sensación, una impresión de gratitud porque creo que se trata de un generoso error de la universidad.

De ninguna manera. ¿Usted va a venir a Inglaterra, espero, a recibir el honor?

Sí y, además, ocurre un hecho, una coincidencia -salvo que la realidad está hecha de coincidencias- y es que yo iré el 7 de junio y el 7 de junio va a ser el cumpleaños, como decimos aquí, el santo de mi mujer, de modo que la Universidad de Oxford, sin saberlo, sin proponérselo, sin sospecharlo, nos ha hecho un espléndido regalo a Elsa [Astete Millán], mi mujer, y a mí para esa fecha.
Además, yo estuve una vez en Oxford, creo que pasé una noche allí, hará bastantes años, pero, de algún modo, puedo decir que siempre estuve en Oxford y, con más certidumbre, que siempre estuve en Inglaterra, no sólo por alguna sangre inglesa que tengo, sino porque casi todo lo que yo he leído, lo he leído en inglés.
Y, además, Inglaterra tiene algo que no tienen otros países, sobre todo la literatura inglesa tiene algo distinto.
Es que si usted piensa en otras literaturas, ciertamente admirables -la literatura italiana, la literatura francesa, la literatura alemana- usted piensa, en primer término, en libros, en una biblioteca.
En cambio, si usted piensa en la literatura inglesa, usted piensa en personas, es decir pensar en la literatura inglesa es pensar en De Quincey, esperando a su Ann en Oxford Street, antes de pensar en los 14 volúmenes de De Quincey.
Es como si Inglaterra fuera como las piezas de Shakespeare o como las novelas de Dickens, uno las ve llenas de personas muy reconocibles y esto, creo, ocurre desde el principio en Inglaterra.
En cambio, una gran literatura como la francesa es, me parece a mí, ante todo una literatura verbal, podríamos decir, una literatura de palabras, de libros, y la literatura inglesa es una literatura de personas y de personas muy distintas, tan distintas, por ejemplo, como Sam Weller [personaje de "Los papeles póstumos del club Pickwick" de Charles Dickens] y Quilp [personaje de "La tienda de antigüedades" de Dickens], digamos.

Alguna vez usted ha escrito poemas en inglés...

Sí, yo escribí algunos hace mucho tiempo pero actualmente siento -lo que también sentí entonces, pero yo era joven y atolondrado- siento demasiado respeto por el idioma inglés para intentar esa aventura.
Pero mis amigos me dicen que hay algo inglés, algo espontánea y no deliberadamente inglés, en mi manera de escribir en español.
Y si mis amigos tienen razón, yo tengo una razón más para sentir gratitud por Inglaterra. Inglaterra que hizo tanto para mí y que hizo tanto por el mundo, digámoslo así.

Con su conocimiento íntimo de la cultura inglesa y con sus contactos como profesor con la juventud argentina y latinoamericana, quisiera preguntarle cómo le parece la imagen británica en América Latina hoy en día. ¿Ha cambiado mucho en el curso de su vida?

Bueno, creo que a pesar de las invasiones inglesas, aquí nunca se ha sentido hostilidad por Inglaterra.
Ahora, hay un cambio importante -y recuerde que está hablando con un hombre ya entrado en años, con un hombre que cumplirá 70 años, Deo volente, en agosto- y es esto: cuando yo era chico, nuestra cultura, if any, era predominantemente francesa, no en el sentido de que todos los argentinos, o mejor dicho todos los porteños, pudiéramos hablar francés.
Pero sí en el sentido más importante de que todos podíamos gozar de la literatura francesa, de que en el diálogo no era una pedantería intercalar un verso de Racine, de Corneille, de Hugo, o de Verlaine o de quien fuera.
Y supongo, a través de mis lecturas de la literatura rusa, en las versiones de Mrs. Constance Garnett, supongo, a través de esas lecturas de Tolstoi, que lo mismo ocurría en Rusia.
En cambio, actualmente, creo que la influencia francesa está declinando, como Francia está declinando políticamente -es un país menos importante que antes- y sé que hay muchos jóvenes que se han dedicado al inglés.
Desde luego, han sido llevados al inglés en primer término por los films. Han llegado a Inglaterra pasando por Hollywood y algunos, desgraciadamente, se han quedado en Hollywood y no han ido más allá. No han llegado a New England y tampoco a England, tampoco a Inglaterra.
Pero, desde luego, creo que hay una influencia del inglés aquí indiscutible, en la literatura argentina actual y creo que si ahora, a diferencia de otras naciones latinoamericanas, escribimos libros que no son meramente documentales o polémicos, sino fantásticos, eso se debe al influjo de la literatura o de las literaturas de lengua inglesa.

Profesor, sus poemas y sus cuentos son muy bien conocidos en el extranjero, pero creo que usted no ha escrito ninguna novela. Si es así, quisiera preguntarle si hay alguna razón específica.

Yo creo que hay dos razones específicas: una, mi incorregible holgazanería, y la otra, el hecho de que como no me tengo mucha confianza, me gusta vigilar lo que escribo y, desde luego, es más fácil vigilar un cuento, en razón de su brevedad, que vigilar una novela.
Es decir, la novela uno la escribe sucesivamente, luego esas sucesiones se organizan en la mente del lector o en la mente del autor, en cambio uno puede vigilar un cuento casi con la misma precisión con que uno puede vigilar un soneto: uno puede verlo como un todo.
En cambio, la novela se ve como un todo cuando uno ha olvidado muchos detalles, cuando eso ha ido organizándose por obra de la memoria o del olvido, también.
Además, creo que hay escritores -y aquí pienso en dos nombres, inevitables desde luego, pienso en Rudyard Kipling y pienso en Henry James- que pudieron cargar un cuento con todo lo que una novela puede contener.
Es decir, creo que los últimos cuentos que Kipling escribió están tan cargados como muchas novelas y aunque yo he leído y releído y seguiré releyendo "Kim", creo que algunos de los últimos cuentos de Kipling, por ejemplo "Dayspring Mishandled", o quizás "Unprofessional" o "The gardener", están tan cargados de humanidad, de complejidades humanas, como un libro como "Kim" y como muchas novelas.
De modo que no creo que escribiré una novela. Ya sé que esta época parece exigir novelas de los escritores.
Continuamente me preguntan que cuándo voy a escribir una novela, pero me consuelo pensando que alguna vez le preguntaban a los escritores: "¿Y usted, cuándo va a escribir una epopeya?" o "¿Cuándo va a escribir un drama de cinco actos?", y actualmente esa pregunta no se usa.
Creo, además, que el cuento es un género más antiguo que la novela y quizás pueda outlive, quizás pueda vivir más allá de la novela.
Pero aquí me doy cuenta de que estoy repitiendo lo que ha dicho otro autor favorito mío, Wells, y tratándose de Wells, yo diría de él lo que pueda decirse de Henry James: creo que sus cuentos son muy superiores a sus novelas y no son menos ricos.

Usted se ha llamado, profesor, con modestia, "un poeta de pocos temas". Me pregunto cuáles son, a su juicio, los temas principales de su poesía.

Creo que podemos reducirlos a uno solo, que para mí es el problema esencial de la filosofía, de la metafísica: creo que si pudiéramos resolver ese problema -pero, desde luego, no hay razón alguna para que seamos capaces de esa hazaña, no hay razón alguna para que el misterio del universo sea comprensible- ese tema es el tiempo.
El tiempo sobre todo relacionado al problema de la identidad personal, con lo cual volvemos a la antigua perplejidad del griego sobre el río, aquella famosa sentencia de Heráclito: "Nadie baja dos veces al mismo río".
Al principio pensamos que Heráclito habla del río, "nadie baja dos veces al mismo río porque las aguas cambian", y luego, con un principio de terror, sentimos que nadie baja dos veces al mismo río porque nosotros también somos el río, es decir, hay algo perdurable en nosotros y también hay algo cambiante.
Y ése es, me parece, el misterio del tiempo y creo que todo lo que yo he escrito se refiere, de algún modo, a esas dos perplejidades que son quizás la misma, la del tiempo y la de la identidad personal, la de la realidad del yo




 

 

 

 
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