Entrevista a Laurie Anderson
por Itzíar de Francisco

      

 

EL CULTURAL 5 octubre de 2006.

La nanotecnología no es una palabra que abunde en el vocabulario de los artistas escénicos. Pero Laurie Anderson (Chicago, 1947) no es una artista al uso. Es de esos pocos creadores que han descubierto la alquimia que une ciencia y arte, como ha demostrado en sus montajes multimedia –United States I-V, Empty Places–. Compañera de Lou Reed, Anderson ha trabajado con los cineastas Win Wenders y Jonathan Demme, los coreógrafos Trisha Brown y Bill T. Jones y se ha labrado una sólida carrera discográfica que despegó en los 80 con O Superman. Ahora, se ha convertido en la primera artista que ha dejado su huella en la NASA.

–¿Cómo surgió su “residencia artística” en la NASA, y qué es lo que se supone que puede hacer un artista allí?

–Todo comenzó el día que recibí una llamada de la NASA en la que se me ofrecía la posibilidad de ser su “artista en residencia”. Al principio me sorprendió tanto que pensé que era una broma, pero como insistieron al final me lo creí. Así que lo primero que les pregunté fue exactamente eso, ¿qué hace un artista en residencia en la NASA? Me dijeron que no lo sabían, que yo lo tenía que definir. Empecé por ir a lugares relacionados con la NASA, como el centro de control de misiles en Houston o el laboratorio de propulsión en Pasadena; entré en contacto con científicos y me enseñaron mucho. Cuanto más conoces del mundo más parte de él te sientes.

–¿Y por qué cree que se lo ofrecieron?

–Creo que al principio pensaron que iba a hacer una especie de proyecto de tecno. Así que cuando les dije que iba a escribir un poema largo creo que al principio no les gustó la idea. Pero yo estaba cansada de toda la parafernalia tecnológica que invade muchos espectáculos y que rodea nuestra vida. ¿Qué sentido tiene hacer un espectáculo que demuestre lo rápido que pueden ir las grandes máquinas? Eso ya no le sorprende a nadie. Quería hacer una interpretación personal de todo eso y hablar de muchos temas: cómo nos relacionamos con la tecnología, qué significa para nosotros... Al principio había tanta música en The End Of The Moon que no se podía seguir la historia. Así que decidí hacerlo más simple. Convertí la música casi en una banda sonora, y lo que ahora manda en el montaje son las palabras. Lo que vemos en escena es algo íntimo, simple: pequeñas historias, un minúsculo teclado, unos pedales...

Apretando sólo una tecla

–Resulta paradójica esa sencillez después de su residencia en el templo de la tecnología...

–Aunque tecnológicamente parece el montaje más sencillo es el más complicado que he realizado, porque lo difícil es hacer invisible esa complejidad. Todo sale de mi portátil, que yo controlo desde la butaca. Es fantástico. Si hubiera hecho este montaje cinco o diez años atrás habría necesitado grandes estructuras y mucha gente alrededor. Pero ahora todo eso no son más que números en el teclado de mi portátil que yo puedo combinar con el tipo de sonido que quiera.

-Según la web de la NASA sus intereses son la nanotecnología y el sonido tridimensional.

-Sí, la nanotecnlogía es fascinante. Uno de los proyectos de la NASA es la construcción de una escalera al espacio sobre el Pacífico. Se han dado cuenta de la cantidad de combustible que se consume en la explosión del despegue de los cohetes, así que su idea es construir una “escalera” por la cual puedan llevar el equipamiento hacia el espacio. Otro proyecto, a 10.000 años vista, es hacer de Marte un planeta verde. Lo llaman “terraforming”, y consiste en hacerlo habitable para cuando lleguemos allí en el futuro, aunque uno acabe pensando si lo contaminaremos como hemos hecho con la Tierra. También hay otra posibilidad, apasionante, que es la de utilizar Marte sólo como un lugar de fabricación y producción. Si trasladamos allí las industrias podríamos hacer de la Tierra un lugar muy hermoso. Ése es mi sueño para este planeta: que sepamos hacer de él un paraíso.

–El espectáculo comienza preguntándose acerca de la belleza. ¿Tiene ya una respuesta?

–No. Muchas de las conversaciones que tuve con nanocientíficos fueron interesantes porque me di cuenta de que arte y ciencia tienen mucho en común: ambos no saben qué están buscando. Einstein había rechazado algunas de sus teorías más maduras simplemente porque le parecían “hermosas”. Eso me llevó a preguntarme “¿qué está buscando entonces?” “¿Qué tiene eso que ver con la ciencia?” Me di cuenta de que la belleza puede ser decepcionante porque es una idea cultural que no tiene reglas, afortunadamente. En el arte no hay normas, por eso soy artista: para sentirme libre. Y eso es fantástico porque ahora hay tantas convenciones en el mundo sobre lo que se supone que tienes que hacer que es claustrofóbico. La libertad hace que la gente despierte y crezca, y eso es una parte importante del arte.

–A usted, ¿la tecnología le hace más libre?

–En parte. Para mí el mayor descubrimiento es la miniaturización. No estoy interesada en las cosas grandes y rápidas, sino en las pequeñas, que es en las que yo puedo aportar algo. La miniaturización permite la movilidad de la electrónica y eso facilita que la gente rompa las ataduras a un mismo sitio. Antes la tecnología se convertía en pesadilla porque te ataba físicamente a la mesa de trabajo. Ahora no. Nos hace más libre.

–¿Esta era digital es la era del fin de los sueños?

–No, creo que es una era más práctica y apasionante. En el pasado la gente tenía nociones románticas de la Luna o, como en nuestra generación, la competición por llegar allí estaba impregnada de romanticismo. Siempre ha habido una carrera por colonizar el espacio en la que rusos, chinos y estadounidenses se peleaban por llegar antes. Pones tu bandera y ya dices que te pertenece. Y eso es lo que está pasando ahora en Marte, pero deberíamos trabajar juntos porque algún día dejaremos este planeta y necesitaremos tener un buen plan. Y esos son los proyectos que encontré tan interesantes en la NASA.

Estados Unidos y el miedo

–¿Qué hay al final de The End Of The Moon?

–Una interrogación sobre la belleza, el tiempo, qué tiene que ver la tecnología con la guerra, con el arte, con nosotros. Desconozco las respuestas pero si las supiera no se las diría a los espectadores. En escena me gusta crear imágenes y ver qué ocurre.

–¿Esta experiencia marcará sus trabajos futuros?

–Sí, de forma invisible. Me va a llevar tiempo entender bien todo lo que he aprendido ahí.

–La obra es la segunda parte de una trilogía que comenzó con Happiness. ¿Cómo será la tercera?

–No sé si va a haber una tercera parte. Antes quiero componer más música.

–Definió “Nueva York” para la Enciclopedia Británica. ¿Cómo definiría ahora “Norteamérica”?

–En esta obra me acerco a las cosas desde un punto de vista tecnológico no político, aunque ambos aspectos están conectados. Pero ahora hay esta preocupación con la seguridad hasta tal punto que hay un buen número de americanos que están dispuestos a cambiar su libertad por su seguridad. Y eso me parece bastante trágico.

–Y si tuviera que componer una música que la definiera, ¿cómo sería?

–Intentaría mostrar que hay más cosas aparte del miedo. Es fácil decir lo que sea sobre los líderes –y los líderes de este país y en este momento son catastróficamente terribles–, pero no ayuda insultarlos de esa manera. Sería interesante ver por qué existe este estado de guerra, qué tiene que ver eso con el dinero, con la tecnología... porque si miras a tu alrededor, todo trata de eso.

-Ahora que Plutón ya no es un planeta, ¿esta obra se podría haber titulado The End of Pluto?

-¡Ese título es mucho mejor! Debería cambiarle el nombre. Me gusta la sugerencia...

 

 

 

 
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