entrevista a María Zambrano
por Pilar Trenas

      

 

emitida en el programa "Muy personal" (1988) de Televisión Española

 

Pilar Trenas.: Hola, buenas noches, es una gran satisfacción para todos nosotros tener hoy en el programa a esta mujer, a María Zambrano. Malagueña, filósofa, pensadora y poeta. Octavio Paz ha dicho de ella que siempre ha vivido en la frontera entre la poesía y la filosofía, y que por eso los conceptos se le vuelven imágenes. Cioran, al que fascinó una tarde en un café en París, ha hablado del prodigio de esta mujer que nunca ha vendido su alma a la idea. Y, hoy, todos reconocen la razón poética que ilumina todas las páginas de María Zambrano.

P. T.: María, buenas noches.

Maria Zambrano : Pilar, encantada.

P.T.: Muchas gracias por recibirnos aquí en su casa.

M.Z.: Encantada de tenerte en mi casa.

P.T.: María, ahora que acaba de cumplir los 84 años ¿como se siente?

M.Z.: ¡Ay! pues no lo sé, porque yo siempre he tenido una edad indefinida. A veces me he sentido muy joven, a veces infinitamente. no, nada infinito conviene a la vida humana, a veces. ya, de más.

P.T.: No, de más nunca, María.

M.Z.: Sí.

P.T.: Se van a cumplir ya, dentro de poco, los cuatro años desde su regreso a España, después del largo exilio.

M.Z.: En efecto, del larguísimo exilio.

P.T.: María ¿ha sido difícil este proceso de readaptación a España de nuevo?

M.Z.: Pues yo diría que no, porque yo he llevado conmigo a España en el corazón, y además siempre he tenido relaciones con españoles, lo mismo con gentes ilustres, que con estudiantes, que con obreros, que con alguien. Yo no. en cierto modo, como creo que dije en el aeropuerto, no he salido de España, no solo por haberla llevado, sino porque venían a mi, lo mismo la muchacha que estaba despachando en un almacén en La Habana y se sentía sola, y me llamaba no se atrevía y venía a verme a mi casa. No he distinguido de clases, sí de personas.

P.T.: Ha elegido, pero solo por otras razones, no por las clases.

M.Z.: ¿Cómo dice?

P.T.: Que ha elegido por razón de amistad y otras razones, pero nunca.

M.Z.: Sí, por razones de amor, si se puede decir. Y a veces por razones de necesidad también. Pero esa necesidad yo la convertía en amor, porque sino, no lo podía hacer, no salía, no salía la función.

P.T.: Siempre ha salido bien la función, María. Durante muchos años su obra ha estado un poco alejada, desconocida, ha sido desconocida en España, ignorada. ¿María, usted cree que la única razón ha sido esa distancia física que tenía usted de España?

M.Z.: Bueno, yo no diría que no. Porque en ese mismo tiempo España estaba como estaba, y cuántos que vivían dentro de España se quedaban sin ser conocidos. A parte que los caminos del pensamiento son muy difíciles de trazar, usted lo sabe.

P.T.: María, usted ha dicho que, que ha sido víctima del antiorteguismo. ¿Cómo ha sentido usted este antiorteguismo?

M.Z.: Bueno, ese antiorteguismo, pues ya comenzaba en España. Por qué ese antiorteguismo. porque toda figura luminosa, toda figura preponderante engendra siempre a su contrario. Don José, en sus mejores tiempos, cuando yo coincidía, cuando yo le trataba, tan humildemente él me recibía a mí, y a algunos discípulos, temblaba por lo que decía de él el último periodista. Temblaba. Nunca se lo creyó.

P.T.: María, pero usted siempre se ha declarado también una fiel discípula, aunque no sea orteguiana, ¿no?

M.Z.: No, orteguiana no, porque si fuese orteguiana no sería discípula. También usted, ¿eso lo entiende muy bien ¿no? Sería una secuaz, que no discípula, lo contrario que ser discípulo.

P.T.: María ¿le parece que viajemos juntas un poco hasta su infancia? A Vélez Málaga. ¿Vamos a recordar esas primeras imágenes de su infancia?

M.Z.: Sí, son imágenes y son sensaciones. Una cosa tan evanescente y que parece destinada a consumirse en el instante, resulta que mientras uno tenga una vida aquí, y no sabemos si en otra parte, han quedado trabadas: el limonero del huerto.

P.T.: Ese olor que nunca ha podido olvidar ¿no?

M.Z.: Sí, y la aspereza. El perfume de la tarde. Mi primer viaje en brazos de mi padre cuando yo no sabía lo que era ser propiamente padre, no podía saberlo. El arrullo del mar, el caer de la tarde, el perfume, la estrella, el lirio. no, allí no había lirio, había macetas, que yo no sé qué flor tenían, porque yo no sabía el nombre de las flores, yo no sabía nombrarlas.

P.T.: Pero las sentía.

M.Z.: Las sentía para siempre. Y el sabor de la caña de azúcar, con que criaban entonces a los niños, trocitos de caña de azúcar, se me quedó en el paladar, se me quedó para siempre, y el pan de higo, que después llegaba a Segovia enviado por unos discípulos de mi padre, ¡Ay, qué maravilla! Hasta vino bebí. Tenía 108 años aquel vino, ¡Ay qué maravilla! No se sabía lo que era. Y después, bueno, yo el vino no lo puedo beber.

P.T.: María, habla de su padre, su padre fue su primer maestro ¿verdad? ¿Qué le enseñó?

M.Z.: Claro, claro, me enseñó ¡ay, cómo decir lo que mi padre me enseñó! Una calidez, una justeza, una armonía, una belleza, una cierta rigidez, como puede ser la del árbol que tiene hundidas sus raíces en la tierra y la copa muy alta que llega al cielo.

P.T.: ¿Y de su madre, María, de su madre?

M.Z.: De mi madre, cómo no la voy a recordar, con su sonrisilla, con su sonrisilla acogedora, con su dulce ironía, y con aquel decir: regularcita, regularcita, cuando le alababan a su hija.

P.T.: No quería que fuera vanidosa.

M.Z.: No, no.

P.T.: María, pero pronto abandonó esa tierra, de la que tiene tan hermosos recuerdos, y su segunda tierra fue Segovia ¿no?

M.Z.: Pues pasando antes por Madrid, sí, por Madrid. En donde yo sufrí el que la casa en que mis padres vivían, pues no tenía terrado, no tenía azotea; y yo me iba por la escalera; y eso de tener una calle, de vivir en una calle y no en todo el pueblo, pues me dolió.

P.T.: María ¿y en Segovia fue dónde descubrió el agua? Ese elemento que ha sido siempre.

M.Z.: El agua. Bueno, el agua creo que ha estado siempre en todas partes, ha estado en mis sueños, pero en Segovia la descubrí en la Fuencisla , gota a gota.

P.T.: María en su, en esa especie de autobiografía que usted ha escrito dice que primero quiso ser una caja de música, que luego quiso ser un caballero templario, y finalmente, también más tarde un centinela. Usted.

M.Z.: Y una criada.

P.T.: Una criada también. De alguna manera, a lo largo de su vida, esos deseos se han cumplido o se han.

M.Z.: Yo creo que sí. Sobre todo lo de criada.

P.T.: ¿Por qué?

M.Z.: Porque yo estoy aquí para servir a lo que se me mande.

P.T.: ¿Sí?

M.Z.: Y lo del caballero, pues también. El caballero lleva una capa, una cruz en la capa, y está también para servir; y la cajita de música. pues eso no lo he podido ser, pero me las han regalado. He procurado, sin aprender canto, que mi voz, que mi decir tuviera algo de encanto musical.

P.T.: De música. ¿Y centinela? ¿De qué ha sido centinela?

M.Z.: ¡Ay, centinela! El centinela en la noche que oía yo en Madrid, que iba de un cuartel a otro: "¡Centinela alerta, alerta está!" Estar en la noche despierto, eso me ha quedado.

P.T.: Y luego el exilio, aunque se prohibió la nostalgia fueron años duros. Peregrinar desde La Habana a Puerto Rico, y desde México a Buenos Aires, de París a Roma y de Roma a Ginebra. La muerte de su madre en París, su separación matrimonial, las conferencias. La soledad. Y siempre unas cuantas ideas y unas cuantas palabras sagradas en las que María Zambrano ha profundizado intentando desentrañar su más íntimo significado: España, Cristianismo, Cultura, Alma, Filosofía, Moral, Dios, Pensamiento, Agua, Luz, Fuego, la Llama , la Aurora , los Claros del Bosque, el Sueño, el Amor, la Verdad. Y siempre con el mismo bisturí como herramienta, la razón poética que ha movido su vida. Por eso pudo decir, aquel veinte de Noviembre de 1984 cuando, como la última víctima del atroz naufragio español del 1939, regresaba a Madrid:

P.T.: María ¿usted pensaba que iba a volver a España después de cincuenta años?

M. Z.: ¿De cincuenta? ¡Ay! Yo creía que no había faltado nunca.

P.T.: María, y ¿cómo y cuándo descubrió el pensamiento y supo que dedicaría toda su vida a pensar?

M. Z.: Bueno, eso por una parte es dificilillo, y por otra parte no tanto. Porque yo tenía un cofrecito para mí, en mi cuarto, mi secreto que me guardé, y allí tenía guardado un libro que sustraje a mi padre de la biblioteca filosófica que publicaba Zozaya, yo se lo digo ahora, y ese libro yo lo tenía guardado para cuando pudiera leer y estudiar. Y ese libro, después decía Leibniz; y además yo oía decir a mi padre, que era un filósofo él, repetir el lema de la academia platónica: "Nadie entre aquí sin haber aprendido geometría"; y yo le preguntaba: papá, ¿cuándo me vas a enseñar geometría para que yo pueda pensar?

P.T.: María, ya a los veintidós años está usted en Madrid.

M.Z.: Pues sí.

P.T.: Y en Madrid ¿cómo fue el descubrimiento de Madrid? Ya que por él había pasado siendo pequeña, pero con su universidad.

M.Z.: Yo llegué a Madrid ya en el veintiséis, pero es que antes había ido muchas veces desde Segovia a examinarme por libre de arduas asignaturas, en las cuales me comenzaban diciendo: "no, por libre aquí no se puede"; "bueno entonces dígame lo que tengo que hacer", y luego podía. Menos en una, si quiere saber en cuál, se la digo.

P.T.: ¿En cuál? Sí.

M.Z.: En Historia de la Literatura. Ahí me quemé.

P.T.: Y cuando llegó a la universidad, aquí a Madrid, ¿cuál es la primera visión que recuerda usted de Ortega y sus clases? ¿Cómo eran sus clases?

M.Z.: ¡Ay, Dios mío! Yo a Ortega ya le conocía, claro, por lecturas, pero eso de entrar en su clase. Yo empecé a estudiar el año oficial del doctorado un año antes para ir acostumbrándome, y para no perder el tiempo. Y yo entraba despacito, lejos, y luego me iba acercando, acercando, y yo creía que tenía los ojos verdes, y que era algo imponente, pero cuando luego ya me tocó estar en primera fila para que me preguntara, pues yo me di cuenta de que no tenía los ojos verdes, pero que era lo mismo, que a mi me hacía temblar.

P.T.: Pero hubo un momento en que su vocación filosófica se tambaleó ¿verdad, María?

M.Z.: Pues sí, porqué toda vocación auténtica yo creo que se tambalea un poquito, porque yo me sentí incapaz de estudiar filosofía, me sentí negada. Porque entre el rigor de Zubiri, que llegaba de nuevo, y la claridad orteguiana, pues yo no podía, ni con la claridad ni con el rigor. No podía con nada; y decidí no estudiar filosofía; y así aquel verano que yo no tenía que estudiar filosofía, pues hice lo que me pareció, que fue leer la tercera Enéada de Plotino y la Ética de Esquilo.

P.T.: ¿Y eso le animó a seguir adelante?

M.Z.: Pues claro, si me encontré estudiando filosofía cuando tenía vacaciones, un día me di cuenta, me eché a reír y seguí.

P.T.: O sea que los maestros la habían asustado un poco.

M.Z.: Bueno, los maestros no, la maestría, la filosofía. Es que da mucho miedo. Como todo lo que se ama de verdad.

P.T.: María, usted cuando estuvo en la universidad, que por fin estudió filosofía y acabó, no era un hecho muy habitual que mujeres. pues que.

M.Z.: No, no.

P.T.: No era muy frecuente. ¿Y notaba usted que tanto los profesores como sus compañeros la trataban de otra forma por el hecho de ser mujer?

M.Z.: Buenos, a veces, pero yo no me dejaba.

P.T.: No se dejaba, se defendía de eso,

M:Z: Entonces, no fui feminista, fui femenina: no cedí. Entonces yo fui enseguida auxiliar de Historia de la Filosofía y allí fue ella, porque cómo fue, porque el profesor Zubiri estaba en Alemania, y el auxiliar estaba en no sé dónde, me tocó a mí, a falta de otra cosa mejor, y mi compañero . dimitió, no quiso. Pues aquí estoy yo.

P:T: ¿Y cómo la aceptaban los alumnos?

M:Z: Encantados, me llamaban como me han seguido llamando siempre los alumnos en todas partes: María.

P.T.: ¿Y a usted le gustaba eso de estar en contacto con esa gente joven?

M.Z.: Claro, claro. Yo era joven también entonces, más que algunos de ellos. Pero después por el mundo, cuando he sido profesora y me han llamado en unas partes doctora, porque era el tratamiento, en otras licenciada, en otras no sé qué, entonces yo me callaba, yo no me bajaba de la tarima, yo seguía hablando tranquila, segura que a los quince días me llamarían María.

P.T.: Y hablaba antes, de que sustituyó a Zubiri en las clases, pero también por aquella época conoció a Maravall, a García Morente a .

M.Z.: Pero Maravall era un compañero, y no de filosofía, sino de derecho, y García Morente era profesor de ética, que yo aprobé por libre, atreviéndome a ello.

P.T.: Y todo ese grupo de gente que conocía en aquella época ¿cómo eran? ¿Con quiénes se identificaba usted más?

M.Z.: Pues es difícil decirlo, porque no era un grupo, era un poco como, como es Grecia , un archipiélago ¿sabes? La vida no era tan simple, tan cuadriculada como esquemáticamente se la ve cuando pasan muchos años.

P.T.: María, enseguida ya publica usted su primer libro.

M.Z.: Librito.

P.T.: "Nuevo Liberalismo".

M.Z.: Sí, sí, Horizonte del Liberalismo, Morata editor. Y eso fue estando enferma, al final de mi enfermedad.

P.T.: ¿Cómo llevó la enfermedad, María, esa.?

M.Z.: Tuberculosis. Bueno, pues como entonces se llevaba, estándose muy quieta, comiendo mucho, y sin hacer nada. El tiempo. Me encontré a solas con el tiempo inmenso; y entonces lo primero que tenía que hacer era nadar en el tiempo.

P.T.: Eso también a veces es un privilegio, ser dueño de su propio tiempo ¿verdad?

M.Z.: Bueno, pero es terrible. Yo no era dueña, era el tiempo dueño de mí.

P.T.: María, y mientras le ocurre todo esto, usted da clases, publica.

M.Z.: No, me refiero, perdón, al tiempo, a los dos años de tratamiento de reposo, que hice en mi casa en lugar de ir a una clínica, porque en mi casa daba el sol, había aire, estaba mi madre, mi padre, mi hermana Araceli, que siendo mucho más joven y más vital que yo, también estuvo un poco tuberculosa, y el prometido de ella, con el cual se casó, médico.

P.T.: María, ¿qué recuerda usted de aquellas misiones pedagógicas que llevaron adelante durante la época de la segunda la República?

M.Z.: ¡Qué maravilla!

P.T.: ¿Cómo era aquello?

M.Z.: Estuve en unas cuantas. Se nos daba únicamente para, para las sandalias. Si queríamos ir por nuestra cuenta a algún otro pueblo, nos lo pagábamos, y a veces nos encontrábamos con espectáculos, bueno no era espectáculo. Realidades maravillosas, de una España. tengo que hacer un esfuerzo para no llorar. de una España que despertaba a la vida, de una España en que se unía la antigua cortesía en todo un kilómetro, que nos esperaba de gentes, vestidos con capa, con el traje tradicional y con el presidente que llevaba la bandera de la República. Nos hicieron pasar por el medio como si fuéramos santa Teresa, con el mismo respeto. Y aquellos hombres de pueblo que entraban, por ejemplo, para ver a don Fernando de los Ríos, que era una gran figura del partido socialista y de España, en Yuste. Y llevándose la mano al, como si fuera un chambergo decían, "compañero don Fernando, Dios le guarde". ¡Qué maravilla!

M.Z.: María, se emociona. ¿Fue en aquella época, viviendo eso, esos momentos tan importantes y trascendentes también de la historia de España, cuando se fue conformando su pensamiento?

M.Z.: Yo no sé si se fue conformando, yo no sé. Porque yo no pensaba en mí, como sucede cuando se da uno de verdad; y yo sí que sentía que tenía que aprovechar esos momentos porque serían breves, porque durarían poco.

P.T.: María, en el año treinta y seis usted se casa, se casa con el historiador Alfonso Rodríguez Aldave, y se van a Chile donde él es nombrado secretario de la embajada española.

M.Z.: Sí, nos fuimos porque fue nombrado segundo secretario de la embajada.

P.T.: Y ¿cómo fue ese primer contacto con América, ese encuentro, la primera vez que se encontraba con América?

M.Z.: Bueno, maravillosa. Y sobre todo porque tuvimos que hacer un larguísimo viaje, ya que España estaba mal considerada en algunos sitios. Tuvimos que pasar primero por La Habana , donde también me habían invitado a mí, pero yo calladita. Entonces me pidieron una conferencia en el Lyceum Club, lo más elegante que había, y pedí permiso al embajador y me dijo que sería muy bueno que yo la diera, y la di, sobre don José Ortega y Gasset, y estaba todo así. creo que estuve muy bien, digo. Y luego enseguida tuvimos que ir por Panamá, pasamos el canal de Panamá a pie, por así decirlo, es decir por las esclusas. ¡Qué maravilla! Y llegar a Balboa en el momento en que el sol se ponía en el Pacífico, en el Nuevo Mundo; y luego pasar por. el Perú, por ciudades como Antofagasta, hasta dar la vuelta..., a dónde fue, Dios mío.

P.T.: Para llegar hasta Chile.

M.Z.: Hasta Chile.

P.T.: Usted ha dicho muchas veces que el pensamiento español carece de sistema filosófico. Explíquenos un poquito más esto, en qué lo fundamenta.

M.Z.: Sí, bueno, verá usted, leyendo La ciencia española de Menéndez Pelayo, que yo respetaba y respeto porque, aunque sea reaccionario, era un hombre de fe y de verdad. Resulta que en España ha habido precursores, ha habido sobre todo eso, pero lo que no ha habido es continuidad y vigencia, que son las notas de una tradición filosófica. Lo cual va de acuerdo con lo que después se ha observado, que en España hay que estar comenzando siempre.

P.T.: Es verdad.

M.Z.: Siempre, todos los días hay que comenzar.

P.T.: María, y estando en Chile el año treinta y siete, a pesar de que la guerra se perdía, ustedes regresan a España.

M.Z.: Bueno, pero no es a pesar, sino por eso. Nos decían: si la guerra está perdida. pues por eso regresamos a España. Si estuviera ganada, nos quedaríamos aquí.

P.T.: Y ustedes participaron en todos los avatares de la República, apoyaron, ayudaron, hicieron todo lo que estaba en su mano. María, en Valencia usted hizo la aventura de la Hora de España, conoce a Emilio Prados. ¿Qué recuerda de aquella.?

M.Z.: Bueno, pero yo conocí a Emilio un poquito antes. Y además me mandaron a Chile Hora de España. Sí, en Valencia. Entonces, no sé bien, mi entonces marido. no he tenido ningún otro; al cabo de mil años no estoy divorciada, porque, no sé, no porque no quiera.

P.T.: No está divorciada porque no sabe.

M.Z.: No, no hay manera.

P.T.: No hay manera.

M.Z.: Entonces, pero no he tenido ningún otro marido. Entonces, ¿qué ha pasado en Valencia? Pues que estamos un tiempo porque el gobierno está allí. Cuando se traslada a Barcelona, pues seguimos a Barcelona. En Barcelona. estaban ya mis padres. En Barcelona, y en Valencia también, yo colaboro con las., no me acuerdo. ¿Cómo se llama? Con el Patronato de la infancia evacuada. Soy del Patronato Nacional, nada menos. Y tenía que visitar los lugares donde estaban alojados los niños que venían corriendo de otras partes de España bombardeadas. Y yo iba a visitarlos. No era fácil. Había muchos problemas. Cuestiones muy delicadas, porque entonces, fascistas, comunistas, republicanos, todos andaban mezclados. No se sabía. Yo me atenía a lo que debía. Había a veces un batallón ruso, uno de muestra, porque la acción de Rusia en España fue más.

P.T.: De boquilla.

M.Z.: Y entonces yo iba en nombre de la República y me rendían honores, y yo tenía que echar un discurso, que tenía que improvisar con el estómago vacío, habiendo ido en un taxis dando tumbos. Pero no lo recuerdo con amargura, lo recuerdo con alegría. Si se puede saber.

P.T.: A finales del año treinta y ocho su padre muere.

M.Z.: Muere en Barcelona.

P.T.: Y un poquito después, el año treinta y nueve a principios, usted se marcha camino del largo exilio. Son dos golpes juntos muy fuertes.

M.Z.: Sí, perdí a mi padre, perdí la patria, pero me quedó la madre, la matria, la hermana, los hermanos. Me quedó todo, y hasta mi padre, que sentí que iba con nosotros. Pero ¡qué alegría padre, que tú no tengas que sufrir los avatares del exilio!

P.T.: Cuando usted pasó la frontera ¿se prohibió las nostalgias? ¿Se prohibió tener nostalgias?

M.Z.: Sí claro, tenía que dar la cara a la nueva situación, y no hacer como he visto después a ciertos refugiados, que no deshacían las maletas, esperando, esperando, esperando. Yo, en primer lugar, maletas no tenía, porque siempre he sido bastante pobre a Dios gracias, pero vivía al día: ahora es esto, el presente lo más posible.

P.T.: Y vivirlo lo más intensamente.

M.Z.: Lo más, claro.

P.T.: María, en ese largo exilio, la primera estación, la primera etapa es La Habana ¿no? En La Habana había conocido a otro de los que serían, uno de sus grandes amigos ¿no? A Lezama Lima . ¿Qué recuerda usted de él? Usted siempre ha hablado de su trasparencia, ¿no? De la trasparencia en su obra. ¿Cómo la recuerda?

M.Z.: Yo lo he tenido, me he escrito con él hasta que he podido. Ha sido una amistad que siempre ha renacido; he sido colaboradora de su revista. Y yo recuerdo aquel joven callado que estaba sentado a mi lado sin decir palabra. Y que faltando, él y yo, a la buena educación, nos embebimos en una conversación el uno en el otro. Y entonces, sin darnos cuenta, se acabó la cena.

P.T.: En toda esa andadura por el mundo que es su largo exilio de muchos años, siempre a su lado, a partir de un momento, estuvo su hermana Araceli.

M.Z.: Hasta que pudo. Porque llegó un momento en que ella se quedó en Francia con mi madre y yo me tuve que ir. Sí.

P.T.: ¿Qué ha significado Araceli? ¿Qué ha significado Araceli para su vida, María?

M.Z.: ¿Qué hacía Araceli?

P.T.: ¿Qué ha sido Araceli para su vida?

M.Z.: ¡Ahh! Es mi hermana. Mi hermana única. Al escribir la Antígona , yo fui al término griego "auto adelfos " porque adelfa significa hermana. Y curiosamente en los jardines de Segovia, se plantaban siempre dos, una roja y otra blanca. Mi hermana, mi hermana única. ¡Cómo la esperé! Porque nació cuando yo tenía siete años. Qué alegría tener una hermana; con ella descubrí lo que es más importante en mi vida, la hermandad, la hermandad, más que la libertad, la hermandad.

P.T.: En todos estos años, usted a pesar de que viaja, publica libros, escribe artículos, ensayos, da conferencias, usted siempre ha dicho que el trabajo unas veces ha sido su mayor felicidad y otras veces un tormento.

M.Z.: Claro. Como tiene que decir, como tiene que ser el de alguien que se ve forzado a crear. A veces, qué agonía, a veces, qué parto imposible, a veces qué felicidad.

P.T.: Y durante todos estos años van surgiendo sus libros más importantes. María, se ha dicho que la originalidad de su pensamiento, está en que, partiendo de Ortega, vuelve a los orígenes de la filosofía.

M.Z.: Sí claro.

P.T.: Para intentar aprehender la realidad, pero ya de otra forma, de otra manera.

M.Z.: Sí, claro.

P.T.: ¿Usted está de acuerdo, en que es esa, en que es la originalidad de su pensamiento?

M.Z.: La originalidad viene de origen. La filosofía tenía que nacer dentro de mí. No solamente de las palabras tan ricas de Ortega y anteriormente de las de mi padre.

P.T.: Se ha dicho que usted ha logrado reconciliar a dos enemigos tradicionales, la filosofía y la poesía. ¿Cómo lo ha conseguido? ¿Cómo lo ha hecho posible?

M.Z.: Lo he hecho posible sin darme cuenta. La expresión "razón poética" figura en uno de mis primeros ensayos, publicados, fíjese, en Hora de España, a propósito de la "guerra", la guerra entre comillas, un libro de Antonio Machado que él me dijo que eran unos articulejos, unos articulillos sin unidad. Empleo ahí la razón poética; pero antes también, pero yo la reconozco, no, no veo que eso sea la razón poética, se me va imponiendo.

P.T.: ¿Y cuándo se da cuenta de que ya está la razón poética?

M.Z.: Cuando me la hacen dar cuenta. Abellán, en un libro, La filosofía española fuera de España, pone: María Zambrano, la razón poética.

P.T.: ¿Y cúal es la importancia del sueño y el poder del sueño?

M.Z.: Ah, eso sí es mío. Porque descubrí la atemporalidad del sueño; y luego, en una escala, los sueños de la persona, los sueños donde se aparece en un instante, una profecía, un destino único. Y entonces yo escribo Los sueños y el tiempo muy deprisa porque habían anunciado en la revista Diógenes de la UNESCO, que se iba a dar un premio a un artista, a un pensamiento, capaz de renovar las ciencias humanas. Y yo se lo mandé a sobre abierto, porque era así, a Roger Callois, que me contestó una carta llena de entusiasmo. Y tanto se había entusiasmado él que al mismo tiempo estaba escribiendo, y luego tardó en darse un año, y lo mío salió con una mención entre diez. Pero de ahí viene, después, el congreso en Rogemont sobre los sueños y las sociedades humanas.

P.T.: María, y cuando usted quiso escribir un libro sobre filosofía y cristianismo, surgió El Hombre y lo divino. ¿Cómo concibe la relación de la divinidad con el hombre?

M.Z.: Bueno pues yo, eso de Dios dicho así, como si a una le tiraran una piedra a la cara, no. Ni que me digan Dios es Dios. Sino lo divino en el hombre: Emmanuel, Dios en el hombre, de una manera o de otra, Él sabrá.

P.T.: Usted entiende la filosofía como la transformación de lo sagrado en lo divino.

M.Z.: Sí, es una de las definiciones que me han salido de la filosofía: la transformación de lo sagrado en lo divino. Porque lo sagrado está adscrito a un lugar; unas piedras pueden ser sagradas, un lugar, un dedal, un objeto, pero no divino. Y entonces el pensamiento es el que hace la transformación, pensando verdaderamente.

P.T.: ¿Pero cómo se puede descubrir lo sagrado, María, dónde se descubre?

M.Z.: Se impone. Lo sagrado se impone.

P.T.: Estando ya en el Jura francés, en La Pièce, en esa casa cercana al lago Léman , que es el escenario de uno de sus libros fundamentales...

M.Z.: Bueno, es algo más. Es uno de los lugares maravillosos que me ha tocado vivir en la vida. Cerca de Ginebra, en el Jura francés, en una aldea que tenía tres casas. ¡Qué maravilla, aquel bosque, aquel camino! Mi hermana se quedó allí, porque allí murió; y después yo, ya sola, pero siempre acompañada por alguien de mi familia, porque siempre he tenido alguien de mi familia a mi lado, que me abriga.

P.T.: María, allí es donde surge Claros del Bosque.

M.Z.: Sí, yo lo estaba escribiendo cuando murió mi hermana.

P.T.: ¿Esa ha sido una de las etapas mejores de su vida? ¿En aquel lugar?

M.Z.: Sí, del que no puedo hablar sin llorar.

P.T.: Sin emocionarse, ¿verdad? María, y la Aurora, la aurora es otro de los elementos que siempre aparecen. ¿Cómo se le reveló la Aurora?

M.Z.: Se me reveló de muchas maneras, como sucede con toda revelación. Primero, al final de la guerra de España, en que vi una aurora de sangre, con una imagen terrible, y después "la del alba sería" de nuestro señor Don Quijote, según el libro ejemplar de Cervantes. Después, el alba: yo me escapaba de la noche, de las primeras horas de la mañana para, tendida en el suelo, en La Habana, sorprender el alba. He caminado siempre hacia el alba, no hacia el ocaso; pero he sufrido por tanta alba arrojada al ocaso que en España, y sin duda en el mundo, se ha dado. Un alba, eso fue la República: un alba arrojada al ocaso. Pero luego retoña y vuelve la luz del día.

P.T.: Como siempre, se vuelve a empezar.

M.Z.: Vuelve a empezar.

P.T.: María, hacia esos años, los años sesenta, cuando ya está usted en el Jura, en España empieza ya a conocerse su obra, empieza ya a difundirse.

M.Z.: Sí, o antes. A mí me llegaban peticiones de colaboración. Amigos, sí...

P.T.: ¿Y usted cree que ha dejado huella en los jóvenes pensadores españoles?

M.Z.: Pues eso tendrían que decirlo ellos.

P.T.: Pero una también lo nota, lo siente; son muchos los jóvenes, imagino, que se acercan a usted, que hacen trabajos sobre su pensamiento, que...

M.Z.: Sí, pero hace tiempo ya.

P.T.: Hace ya tiempo.

M.Z.: Aunque estoy presente, no he dejado de estar ausente de buena manera.

P.T.: María, de todas formas, usted parece que siempre se ha llevado mejor con los poetas que con los filósofos ¿no? Que siempre ...

M.Z.: Bueno, a veces sí, entre otras cosas porque filósofos hay pocos y...

P.T.: Hay más poetas.

M.Z.: Sí. Pero también me he entendido muy bien con los pintores.

P.T.: La pintura también ha sido un punto de referencia.

M.Z.: ¡Oh, de qué manera! En Italia y en España, cuando volví de Italia y descubrí a Zurbarán, en Luis Fernández, que llevaban tanto tiempo y él no conocía porque había venido a París en los años veinte. Y le di la revelación, El misterio de la pintura española en Luís Fernández.

P.T.: Estábamos hablando un poco de los poetas, de la forma de escribir de los poetas, que usted piensa que de alguna manera los poetas deben escribir sin saber muy bien de lo que escriben.

M.Z.: Claro, porque corren el riesgo de hacerse retóricos, de escucharse a sí mismos y los filósofos, cuando se dan tanta importancia, corren el riesgo de volverse tontos.

P.T.: O sea que también su método de indagación en el pensamiento, también es un poco semejante al de los poetas.

M.Z.: Claro.

P.T.: María ¿Cómo se puede percibir lo invisible?

M.Z.: ¡Ay, qué cosas me preguntáis, señora! Lo invisible, si se percibe, es porque ello nos visita y no lo sabemos clasificar. Sí. Me hace usted unas preguntas muy bien hechas: demasiado buenas.

P.T.: ¿Qué cosas son las que más le han hecho sufrir?

M.Z.: ¿Más? Pues me ha hecho sufrir mucho lo que pasaba en España cuando yo no estaba en ella, lo que pasaba en Europa cuando yo no estaba en ella. Me ha hecho sufrir mucho la ausencia. No digo, no me comparo con los que en España pasaban hambre, miseria y persecución, pero les digo una vez más, cómo me habéis dolido, en el fondo de mi alma, cómo he tenido ante mí manjares exquisitos que no he podido comer porque yo tenía qué comer y ustedes, hijos míos, hermanos míos, no teníais ni un pedazo de pan que llevaros a la boca. Eso es lo que más me ha hecho sufrir, creo.

P.T.: ¿Y qué ha aprendido del dolor, María?

M.Z.: ¡Ah! Dicen que el dolor es un gran maestro; pero mi padre, que era un gran educador y por tanto muy irónico, decía: tanto maestro no sirve.

P.T.: Usted ha hablado también de lo que se ha llamado el estoicismo español. ¿De dónde sale esa actitud?

M.Z.: Bueno, sale esta actitud. de que es la que persiste más en la filosofía antigua, la que más trasciende, la que más se ha quedado hasta llegar, por ejemplo, a lugares como La Habana, cuando decía un negro: yo soy "etronco". ¿Y qué significa ser...? Pues que me pisan el pie y yo no lo doy a entender.

P.T.: María, y la muerte, ¿qué es para usted la muerte?

M.Z.: Para mí no, yo soy para ella. Pero tampoco: la muerte, Dios la sabe, yo no. Pero sí me ha sucedido que, por ejemplo, en La Habana, una muchacha de sociedad quería dar clase particular conmigo, cosa que a mí nunca me ha gustado, dar clases particulares, aunque me aportasen algo de lo que yo necesito tanto, no lo nombro. Entonces le pregunté ¿y usted, porqué quiere estudiar filosofía? Dice: porque yo quiero -era joven, era bella, era poderosa, más que rica, tenía un futuro, tenía de todo- dice: porque yo he sentido, la única vez que la he oído hablar, que usted me podría enseñar a ir muriendo, a morir.

P.T.: ¿La muerte es el paso a la verdadera vida, María?

M.Z.: Yo creo que sí, si no lo creyera...

P.T.: No habría otra esperanza.

M.Z.: Sí; qué preguntitas me haces, Pilar.

P.T.: Pero yo se las hago porque sé que las ha pensado, que las siente...

M.Z.: Sí, lo sé, lo sé, lo sé; no te justifiques conmigo.

P.T.: María, ¿Y cómo se consigue la serenidad? ¿Esa serenidad que usted siempre tiene, o por lo menos parece?

M.Z.: ¡Ay Dios mío! A costa de sufrir. Yo he sido muy tímida, muy tímida; mi hermana no. Y cuando ya nos juntamos y yo tenía que dar alguna conferencia, ella detrás de mí me empujaba, porque yo no me atrevía a entrar; y lo mismo era ir tímida ante un solo alumno que hubiera en la clase, que, en París, delante de lo más brillante de la intelectualidad. Era no sé, tener que descubrirme.

P.T.: ¿Le daba cierto pudor eso?

M.Z.: Un poco de pudor sí; pero también temblor y temor.

P.T.: María, y ahora que usted siente que en España se la trata con cariño, se la quiere, su obra se difunde, se estudia, la hacen hija adoptiva de su tierra natal, la hacen...

M.Z.: Directora del instituto, hija predilecta, escuelas de niñas que llevan mi nombre...

P.T.: Una fundación también.

M.Z.: La Fundación.

P.T.: ¿Cómo ve todo esto ahora?

M.Z.: Pues lo veo como una gracia, como algo que yo no me merezco y que aspiro a poder cumplir, mínimamente aunque sea, con todo ello.

P.T.: Y hoy ¿cuál es su esperanza?

M.Z.: Mi esperanza, pues creo que la acabo de anunciar: cumplir, cumplir como Dios manda.

P.T.: María, y ¿cuál ha sido su gran libertad?

M.Z.: La obediencia.

P.T.: Parece mentira ¿verdad? Parece una paradoja.

M.Z.: Es que la vida se nutre de paradojas. Y yo creo más en las paradojas de la vida que en las antinomias del pensamiento.

P.T.: En ese texto suyo, Dos Fragmentos sobre el Amor, dice que el amor es un fuego sin fin que alienta toda vida, la esperanza de toda vida, el secreto de toda vida. ¿Ese ha sido su secreto, el amor?

M.Z.: Bueno, creo que es el gran secreto. Allí donde aliente.

P.T.: María, terminamos ya. Ya la dejamos descansar; solo nos queda agradecerle que nos haya recibido, que nos haya ayudado a desentrañar su vida, su obra, una obra que siempre nos deja pensativos; pero quizás ese es el propósito ¿no?

M.Z.: Bueno, y yo les quiero agradecer a usted, Pilar, y a todos los que han promovido y a todos los que escuchan esta emisión, mi grande emoción porque sea precisamente en España, porque se me quiera, sobre todo eso, porque se me quiera. Yo doy gracias al tiempo y al amor.

P.T.: Muchas gracias, María.

M.Z.: Las gracias a ustedes



 

 

 

 
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