entrevista a Manuel de Oliveira
por Cristina Carrillo de Albornoz

      

 

XL Semanal. Número: 1024. Junio del 2007

No es sólo un maestro del cine. Es un sabio a punto de cumplir cien años, que ha vivido, leído y reflexionado, incansablemente, sobre temas capitales como el amor, la crueldad, la religión, el azar… Lo entrevistamos poco antes de estrenar su última película, Belle Toujours.

Parece guiado por una vitalidad sobrenatural. Lleva un bastón, pero, más que ayudarse, juega con él como lo hacía Charlie Chaplin, al que tanto admira. Y es que Oliveira, al que llaman el director-filósofo´, es el único que inició su carrera en el cine mudo y sigue en activo, dirigiendo una película cada año. Nos encontramos con él en los estudios Tobis, en Lisboa. Allí, nos habla de su último filme, de la necesidad de la ética en la vida y en la profesión. De Spinoza, su filósofo de cabecera, y de cómo el hombre es, ante todo, imagen y memoria.

PREGUNTA. ¿Cómo se le ocurrió la idea de Belle Toujours?
Manuel de Oliveira. De una forma inesperada; por supuesto, lo primero que tenía en mente era rendir homenaje a Luis Buñuel. Lo importante era el cómo. Decidí reunir a los dos protagonistas de Belle de Jour, la película de Buñuel, 40 años después, con el pretexto de que él tiene un secreto que ella estará ansiosa por descubrir. Una excusa para explorar los recuerdos, las fantasías y frustraciones de los dos personajes. Y del ser humano que, como animal, se deja llevar por los instintos.

PREGUNTA. ¿Conoció a Buñuel?
M.O. Conocí a sus hijos en México, son muy agradables. Pero a él, no. Una vez coincidí en una cena con una de sus amigas, que era corresponsal de un periódico en París. Al acabar, me dijo que se iba a ver a Buñuel y le expresé mi gran deseo de acompañarla y conocerlo. Me dijo que ni yo hablaba español ni él buen francés y que, además, estaba casi sordo. No hubo encuentro y creo que fue mejor así, porque seguramente me habría quedado petrificado sin saber qué decir.

PREGUNTA. ¿Qué le interesa tanto en Buñuel?
M.O. Para mí hay cuatro figuras cumbre en el cine: Carl Theodor Dreyer, Orson Welles, John Ford y Charlie Chaplin. La razón es que respetan la deontología que debe regir en el cine y que poseen visiones profundamente morales. Lo que sucede es que me siento más cerca de Buñuel porque, como yo, es ibérico, menos frío; Buñuel mostró como nadie el deseo, la perversión y la crueldad del hombre… Los instintos más bajos y los más elevados, pero no olvidaba la moral. Por eso sentía desprecio por la burguesía, porque es una clase que se saltaba la moral. He reflexionado mucho sobre Buñuel. Mostró la condición humana en todas sus caras de la forma más elegante, sutil e irónica que se pueda concebir. Afirmaba que no creía en Dios porque sentía horror ante la crueldad humana. No entendía que un buen dios pudiera permitir tanta crueldad, pero, aunque se declaraba ateo, sí que creía en el misterio de la vida, en el misterio del ser humano… quizá en el misterio de Dios. Y pienso que eso es lo esencial.

PREGUNTA. Imagino que el cine de hoy, lleno de obviedad, sexo y violencia gratuita, no es el suyo...
M.O. Hoy, todo está permitido, pero sin gracia. Creo que incluso el cine es cruel con los actores. Se ha olvidado que hay una ética, una elegancia, un sentido moral que diferencia al ser humano de otras criaturas. Pero el único límite que rige en el cine es la ley de la audiencia. Éste es un siglo ciego, donde sólo se sabe trabajar para ganar más dinero. El dinero está por encima de la vida humana. Vamos hacia una existencia donde parece que la superficialidad se ha adueñado de la vida, que, a su vez, se convierte en algo cada vez más artificial, menos humano. Nos hemos olvidado de que somos hijos de la naturaleza. No sé si tiene sentido todo lo que digo porque, en realidad, con el tiempo me he dado cuenta de que no sé nada. Simplemente soy un espectador de la vida, de los otros, de mí mismo. Estoy a punto de cumplir cien años y soy consciente de que como materia voy a desaparecer, a morir. No me preocupa.

PREGUNTA. ¿Tampoco le provoca ansiedad?
M.O. No, pero me invade una impaciencia enorme porque tengo la cabeza llena de ideas que me gustaría llevar a cabo. En este sentido, me siento como un joven osado lleno de imaginación.

PREGUNTA. Su cine es como un símbolo del arte versus el negocio, lo contrario del cine de Hollywood...
M.O. No quiero entrar en ese discurso. No estoy contra el cine comercial; al contrario, es el cine comercial el que está contra el cine de autor. El destino de los verdaderos artistas, como Caravaggio, es morirse de hambre en un rincón de un puerto. Desgraciadamente, la mayor parte de las veces es así.

PREGUNTA. Bueno, Caravaggio tuvo una existencia muy turbulenta. Ahora, los artistas están supervalorados y los museos son los nuevos templos.
M.O. Los museos existen para fijar la memoria. El hombre no es sino memoria e imágenes. El hombre sin memoria no es, por eso hay que bautizarse y tener un nombre. Si tenemos un nombre, somos alguien y, si somos alguien, somos dignos.

PREGUNTA. Buñuel hablaba del cine como un medio de indagar en las fuerzas oscuras. ¿De qué habla usted en el suyo?
M.O. Las fuerzas oscuras reposan en los instintos. Buñuel utilizaba el surrealismo para hablar de los instintos y criticaba la realidad de una sociedad que no le gustaba porque el surrealismo se prestaba a mostrar lo innombrable. Él consideraba que los instintos son perversos y que están impulsados, sobre todo, por la envidia. Creo que la envidia, junto con la venganza, es el peor y más bajo sentimiento del hombre. Y ¡el ansia de poder!, que nace del instinto de supervivencia y de la defensa. En mi cine, yo sólo hablo de lo que me emociona.

PREGUNTA. ¿Tiene usted algo de surrealista?
M.O. No, yo no soy nada surrealista. Soy un racionalista intuitivo. Tampoco soy un especialista de nada ni un historiador ni un filósofo. Hago cine por intuición y por pura necesidad vital.

PREGUNTA. Y sus fantasmas, lo que sueña, ¿lo traslada al cine?
M.O. No sólo utilizo lo que vivo… bueno, sólo una parte ínfima de la vida, porque la vida es inmensa, como la historia o la memoria; algo insondable. Los directores de cine, los artistas, no somos creadores, sino recreadores, porque tomamos de la vida las cosas que nos emocionan. Yo no tengo fantasmas. Como le digo, soy intuitivo y las cosas que me impresionan y se quedan dentro de mí tengo ganas de reproducirlas. Creo que el cine se remonta al teatro. Uno ve en la calle dos amigos que hablan de algo y si ese diálogo se mete en las entrañas, a uno le queda la necesidad urgente de contarlo a los demás. Cuando uno lo cuenta a los demás, se convierte en un artista.

PREGUNTA. ¿Tiene el cine un objetivo?
M.O. No entiendo el cine como vehículo de propaganda política ni social, incluso si se ambienta en un determinado momento histórico-social. La propaganda la hace el hombre, no el cine. Un fascista hará un filme fascista; un católico, uno de propaganda católica. Pero un verdadero artista se deja llevar por lo que Spinoza escribió: «El impulso que viene de fuera te llevará a realizar lo que sientes». El artista tiene una única obligación: ser sincero e independiente del momento político que le haya tocado vivir. Hay una expresión que utilizo con frecuencia: «No soy un cineasta político, aunque mis filmes puedan serlo. Soy un cineasta que expresa algo de las profundidades del alma humana». Para mí, el cine es sólo un vehículo para humanizar a los hombres, para recordarles lo que son y su condición.

PREGUNTA. ¿Por qué dice usted que el cine es la reunión de todas las artes?
M.O. Lo que sostengo es que la literatura y las bellas artes son las principales. El cine pertenece a las bellas artes, pero, aunque en su esencia reúne a todas, no es el más importante. Para mí, la literatura, que ha sido una gran inspiración de mi cine, es el primer arte, el más especial, porque a través de ella se puede hablar de todos los aspectos de la vida. Hay una historia muy fina e interesante sobre un profesor que va a ver a su alumno al colegio mayor porque se duerme en su clase. Al abrir la puerta, se encuentra todo su cuarto forrado de libros y le comenta: «Ahora sé por qué usted se duerme en mi clase». Y el alumno le responde: «Leyendo, jamás me encuentro solo». Para mí, un libro es el mejor compañero. Yo siempre llevo uno en el bolsillo. La literatura es el primer arte; el teatro, el segundo, y el cine, el tercero.

PREGUNTA. Pero usted escogió el cine…
M.O. Porque el cine, como el teatro, imita la vida. Hoy existe el cine, porque las condiciones técnicas han cambiado; pero la condición humana es la misma. La única diferencia entre cine y teatro es, como decía el filósofo Lyotard, que el teatro es material y el cine, inmaterial. En el teatro, los decorados son el papel o madera, la representación es viva. En el cine, la maquinaria es material, pero el resultado, es decir, las imágenes, son inmateriales.

PREGUNTA. El hombre, sostiene, es ante todo imagen. ¿Cómo lo explica?
M.O. Con la edad creo que lo único que he hecho es refinar mi pensamiento. Y he llegado a una conclusión que es cierta: el hombre no existe sin imágenes. Decía Descartes que lo que vemos no es menos verdadero que lo que olemos o lo que gustamos, pero lo curioso es que siglos atrás Aristóteles ya señalaba que el alma no puede pensar sin una imagen. Y el cine no es más que la ilusión de la imagen, porque la gente al ver imágenes está penetrando en el conocimiento y lo que ve en realidad son ideas.

PREGUNTA. Su amor al cine comenzó con su padre, y su primera película fue muda. ¿Cree que la fascinación de entonces se ha perdido?
M.O. Recuerdo la enorme alegría que sentía yendo con mi padre al cine; era como un ritual porque era un gran aficionado a Charlie Chaplin y Max Linder. Mi atracción por el cine es instintiva, la llevaba dentro. Del mismo modo que hemos nacido con el deseo y el hambre, todos nacemos con una obsesión o una imposición genética y la mía, mi necesidad vital, era y es el cine. En realidad, el cine nació en nuestros sueños mucho antes de 1895. El cine mudo era lo más parecido a los sueños, un universo sin voz, pero con imágenes. Sus comienzos tenían mucho de onírico; sin embargo, para verlo, debemos abrir los ojos. Con el sonido y el color, el cine abandona la esfera del sueño para encontrar la realidad, para aproximarse a la vida.

PREGUNTA. Usted ha trabajado con todos los grandes, desde Mastroianni hasta Irene Papas. ¿El buen actor es el que lo da todo?
M.O. Nadie da todo, sino que da lo que puede. El actor, efectivamente, aporta su cuerpo, su voz, sus gestos, sus actitudes al personaje. Pero lo más importante es su carga psicológica. Para mí es muy importante un actor con la capacidad de improvisar, de sentirse cómodo con el personaje que representa. Sin duda, el mejor actor de todos los tiempos fue Marlon Brando.

PREGUNTA. La religión es un tema que está muy presente en su cine. ¿Cree usted, como hablábamos antes, en el misterio de Dios?
M.O. A una edad ya avanzada como la mía, todo cambia. He reflexionado mucho sobre ese tema últimamente… No creo que haya contradicción entre judíos o cristianos… Los árabes, los musulmanes, decidieron no aceptar a Cristo porque, si los judíos tenían una religión propia, ellos también necesitaban otra. Pero todos, incluido Mahoma, aceptan a Cristo como profeta; toda esta lucha de religiones es absurda. Personalmente creo que nadie después de Cristo ha superado la profundidad de su palabra y de su pensamiento humano. Incluso Marx se inspiró en Cristo: «Los pobres son la sal de la tierra». Es la única verdad a la que he llegado a mis 99 años. Pero soy bastante escéptico –no sé si es la edad–, porque me parece que en términos religiosos es lo mismo creer que no creer. Al final, uno cae siempre en lo inexplicable o, como lo llamaba Buñuel, en el misterio.

PREGUNTA. Y en el siglo XXI, en el que ya estamos embarcados, ¿qué es lo que más le sorprende?
M.O. No deja de sorprenderme la confusión en la que vivimos. La enfermedad tan terrible de hacer el mal a los otros y cómo el mal se puede imbricar de una forma tremenda con el bien. Todo eso me hace poner siempre en duda mis creencias, mi fe. La religión nace para dar sentido, porque nadie nace por voluntad propia. Somos criaturas y, por lo tanto, debe existir un Creador; somos parte del cosmos. Lo que me sorprende del siglo XXI es la pérdida de un código ético, la falta de moral. ¿Qué es el hombre sin ética? Un ser guiado por los instintos…

PREGUNTA. … y la razón.
M.O. Efectivamente, somos animales racionales, pero vuelvo a Spinoza: «Suponemos que somos libres porque ignoramos las fuerzas oscuras que nos guían».

PREGUNTA. Entre tanto mal, ¿tiene esperanza en la naturaleza humana?
M.O. Sí y no. Hay hombres extraordinarios, verdaderos santos.

PREGUNTA. En su cine, como en el de Buñuel, hay una obsesión por el amor frustrado. ¿Está el amor condenado al fracaso?
M.O. El amor puede triunfar o no; el amor no responde a la ética ni a una lógica. Es un sentimiento que proviene de lo irracional. Uno ama, pero no sabe por qué. Y la pasión puede llevar a extremos insólitos, incluso al asesinato del otro. Todo es fantásticamente posible en el amor y por ello es fascinante hablar sobre él.

PREGUNTA. Acaba de terminar una película sobre Cristóbal Colón. ¿Qué es lo que le interesa de él?
M.O. Su enigma. Por eso se llama Cristóbal Colón: el enigma. Enigma porque en Italia lo creen italiano; en España, español, y yo ahora en esta película sostengo que es portugués. La historia se cuenta a través de un explorador que llega a donde Colón vivió en Porto Santo. Pero, además de por sus sombras, me interesa el personaje por la oportunidad que me ofrece de ahondar en la civilización actualmente dominante, la occidental.

 

 

 

 
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