entrevista a Marguerite Duras
por Pierre Dumayet

      

 

Una entrevista que remite a otras dos, veinte años antes. Seguir los pasos de Lol V. Stein, del vicecónsul, de Anne-Marie Stretter, entre pausas, silencios que aquí resultan difíciles de atrapar, cómo la voz de Marguerite Duras, sus gestos. Habla de la miseria, de aquella niña, de aquella pordiosera, de las camas desechas, de la escritura,... Una de las mejores entrevistas que se han realizado nunca a un escritor... Además, incluimos un texto que forma parte de La vida material, El alcohol, conmovedor, un complemento de lujo

Desde su balcón de rocas negras Marguerite Duras puede ver el continuo juego del mar, de los cielos y los ademanes de los transeúntes que, con o sin perro, prefieren la arena al asfalto para dar sus paseos en otoño.

No había visto a Marguerite Duras desde hacía mucho tiempo, y sin embargo tenía la impresion de retomar una conversación, como si nos hubiesen interrumpido una larga llamada telefónica durante veinte años.

 

Pierre Dumayet: Como normalmente siempre se empieza hablando, si le parece bien, podríamos empezar callándonos unos segundos, lo justo para habituarnos. Estamos en Trouville y no lo parece. Es preciso ir al balcón. Si vamos al balcón nos damos cuenta de que estamos en Trouville. No hay nadie, el mar, casi nadie, el mar, una silueta, el perro.

Marguerite Duras: ¡Está el bosque!

P.D.: ¿Detrás?

M.D.: Sí. El bosque todavía está allí. No estará, pero ahora está allí. Todavía está allí. Uno se acostumbra frecuentemente a ver ese bosque ante el mar.

P.D.: Pero el mar, dice usted. Trouville, y punto. "Ahora es mi casa". Ha suplantado a Neauphie y a París.

M.D.: Pero eso no lo he escrito ahora.

P.D.: ¡No! Hace algún tiempo. En "La vida material".

M.D.: Sí, es más importante para mi. Incluso más que Neauphie. No se, al decirlo tengo la sensación de traicionar, pero me gusta esto, sí.

P.D.: Usted dice que Trouville es su casa ahora, sin embargo se trata de un piso no una casa y en Neauphie tiene una casa.

M.D.: Aquí es como si todo me perteneciese.

P.D.: ¿Incluso la casa de al lado?

M.D.: Incluso la casa de al lado.

P.D.: ¿Hasta el mar, la playa?

M.D.: El mar también, sí. Es una forma de apropiación, pero es normal. Creo que todo el mundo es así. Es una especie de posesión ilimitada. Como el mar.

P.D.: Me gustaría que hablásemos sobre si el pasado tiene algo del presente. Leo una frase: "El arrebato de Lol V. Stein constituye un libro aparte. Un libro único".

M.D.: ¿Yo he escrito eso?

P.D.: Sí, usted lo escribió.

M.D.: Muy bien dicho.

P.D.: ¿Cómo hay que entender un sólo libro?.

M.D.: Yo no lo entiendo. Si lo leo ya no lo entiendo.

P.D.: ¿Hace mucho tiempo que no lo lee?

M.D.: Bueno, como sabía que usted iba a venir lo he leído un poco por encima, el primer capítulo.

P.D.: ¿Le parece extraño?

M.D.: Único. Un libro siempre sobrepasa al anterior.

En 1.964, tras la aparición de Lola V. Stein, Paul Seban filmó una entrevista a la escritora. Marguerite Duras deseaba volver a ver esa entrevista. [Pierre Dumayet y Marguerite Duras, miran una televisión pequeña, en blanco y negro, en la que se reproduce la citada entrevista llevada a cabo en 1.964 por Paul Seban] .

Pierre Dumayet: ¿En qué estado se encontraba cuando empezó a escribir este libro?

Marguerite Duras: Había estado muy enferma y hacía mucho que no escribía.

P.D.: ¿Enferma de qué?

M.D.: Sobre todo, por no beber nada de alcohol. Mi enfermedad estaba relacionada con eso, y era la primera vez que escribía sin nada de alcohol.

P.D.: ¿Fue muy diferente?

M.D.: Sí, fue muy duro.

P.D.: ¿Muy duro?

M.D.: Muy duro.

P.D.: ¿Se sentía usted diferente?

M.D.: Bueno, siempre es duro escribir, pero entonces tenía más miedo. Mucho más miedo que de costumbre.

P.D.: ¿Tenía miedo de escribir mal?

M.D.: Tenía miedo de escribir cualquier cosa.

P.D.: ¿No tenía ningún otro temor?

M.D.: No.

P.D.: ¿Cuando se imaginó o se encontró por primera vez al personaje de Lol V. Stein?

M.D.: La vi en un baile. En un baile de Navidad. En un manicomio de los alrededores de París.

P.D.: ¿Un baile organizado por el mismo manicomio?

M.D.: Sí, en el manicomio. Después pedí permiso para verla y así lo hice una vez, durante mucho tiempo.

P.D.: ¿Como estuvo ella durante el baile?

M.D.: Como un autómata. Me llamó la atención porque era hermosa e intacta, físicamente. Normalmente los enfermos están muy marcados, pero ella no.

P.D.: ¿Qué edad tenía?

M.D.: Treinta años. Pero parecía muy joven.

P.D.: ¿Y ese baile le inspiró la historia?

M.D.: El baile y el encuentro con ella. Intenté hacerle hablar durante mucho tiempo, casi todo un día. Nunca habló. Mejor dicho, habló como todo el mundo. Con una extraordinaria y notable banalidad. Ella pensó que yo era médico y habló para que creyese que era como todos los demás. Y si me lo permite, cuanto más lo hacía, más singular me parecía. Fue impresionante.

P.D.: ¿Y ese tema que empezaba por la locura, en aquel momento, en el que usted se veía privada del alcohol, no le originó otros miedos además del que ha comentado? Es decir, el de escribir mal o de otra manera.

M.D.: Un poco. Un poco.

P.D.: ¿Qué quiere decir?

M.D.: De hecho, sin el alcohol, la locura me era cada vez más familiar. Esa locura me era más familiar de lo que había sido antes.

P.D.: ¿No tuvo miedo de identificarse demasiado con ella?

M.D.: No.

P.D.: ¿No? La historia comienza así: "Lol conoció a Michael Richardson a los 19 años, durante unas vacaciones, una mañana, en el tenis. Él tenía 25 años. Era el único hijo de unos terratenientes de T. Beach". ¿Eso está en Francia?

M.D.: No, está en Inglaterra.

P.D.: "Él no hacía nada. Los padres aceptaron la boda. El noviazgo tendría que durar seis meses. La boda tendría que celebrarse en otoño. Lol acababa de dejar el colegio, estaba de vacaciones en T. Beach cuando se celebró el gran baile de la temporada en el Casino". ¿Qué es lo que pasó en ese baile? Me refiero al baile del libro, no al suyo.

M.D.: En ese baile, el prometido de Lol se enamoró de una mujer, la última en llegar.

P.D.: ¿Cómo ocurrió? ¿El baile estaba en pleno apogeo?

M.D.: Sí, era la una de la madrugada, el baile estaba a tope y llegaron las últimas. El flechazo entre Michael Richardson y esa mujer fue inmediato.

P.D.: ¿Anne-Marie Stretter?

M.D.: Anne-Marie Stretter.

P.D.: Anne-Marie Stretter era una mujer madura, ¿no?

M.D.: Sí. Lol fue testigo de ese amor naciente. Vio todo el asunto. Presenció el suceso hasta tal punto que se perdió de vista a ella misma. Se olvidó de que era a ella a la que ya no querían. Ella estaba a favor de ese nuevo amor. Eso pasó en el baile. Y fue tan maravillosa esa desposesión, esa destrucción de Lol. Es admirable poder ver como tu propio amor se enamora de otra. Se quedó tan maravillada que la marcó para toda la vida.

P.D.: Diez años más tarde ella dice que en ese momento dejó de amar a Michael Richardson.

M.D.: Sí. Y así lo entendió, en el fulgor, porque no hay otra palabra, que esa mujer iba a ser el amor de su prometido.

P.D.: Entonces, no sufrió por amor porque ya no le amaba, ¿por qué sufrió?

M.D.: Ella no sufrió por amor. Sufrió al separarse de ellos. Le habría gustado llevar una especie de vida de parásito.

P.D.: ¿Le habría gustado verlos?

M.D.: Le habría gustado.

P.D.: ¿Vivir, amarse?

M.D.: Sí, olvidándose absolutamente de si misma. Le habría gustado verlo todo. Hasta sus relaciones más íntimas.

P.D.: Y diez años después, ¿ocurre algo? Cuénteselo a los espectadores que no hayan leído su libro. Cuénteselo a Paul.

M.D.: Un día...

P.D.: Mire a Paul.

M.D.: Un día una pareja pasa por delante de su casa. Un hombre y una mujer. Reconoce a la mujer, mal, pero al final, su rostro le dice algo, es Tatiana Karl, la amiga del colegio que estaba con ella en el baile. Y un buen día, cuando iba paseando por una avenida de la ciudad, reconoce al hombre que había pasado por delante de su casa. Sale de un cine y ella le sigue.

Sabe que se va a reunir con esa mujer, con Tatiana Karl. Le sigue por toda la ciudad, le sigue hasta un hotel, donde él se reúne con esa mujer que ahora ve con toda claridad. La reconoce claramente, es Tatiana Karl. Se tumba en un campo de centeno, detrás del hotel, y espera ante la ventana iluminada de la habitación a que se marchen los amantes.

P.D.: ¿Qué es lo profundo, lo real, que hay en Lol? ¿La necesidad de ver? ¿La necesidad de ser una mirona?

M.D.: Es la búsqueda de la felicidad. Su felicidad está ahí, viendo a los demás.

P.D.: ¿No puede encontrar la felicidad sola?

M.D.: Realmente no puede vivir por su cuenta. Además, eso es lo que le provocará su última crisis. Al final del libro va a un hotel con Jacques Hold y se llama de muchas maneras. Ya no sabe quién es. Y la crisis es muy grave. Creo que, seguramente está enferma.

P.D.: ¿Una mujer que no está loca puede llegar a ser así?

M.D.: Un poco. Creo.

P.D.: ¿Cree que alguien que no está loco puede llegar a ser así?

M.D.: Puede lamentar ser así. Es decir, puede actuar por su cuenta y al mismo tiempo lamentarse.

P.D.: La forma de ser de Lol, ¿le parece envidiable?

M.D.: Sí.

P.D.: ¿Sí?

M.D.: Sí. Totalmente.

P.D.: ¿Incluso deseable?

M.D.: Casi.

P.D.: ¿De qué trata la novela? No es la novela de la locura. ¿Es la novela de la incertidumbre?

M.D.: De la "despersona", si me apura. De la personalidad. Quizás sea eso.

P.D.: ¿Le parece que es una enfermedad muy extendida o se trata de un caso particular?

M.D.: Eso no es una enfermedad. Es un estado que acarician muchas personas. Que aparece en raras ocasiones de una manera total. En el caso de Lol, se ha manifestado totalmente.

P.D.: Pero, por ejemplo, el que Lol dejara de amar a su prometido a partir del momento en el que vio a aquella mujer, ¿le parece normal, natural, o más bien es algo insólito, algo imaginario?

M.D.: Creo que en las penas del amor siempre estamos cegados por algo, por una especie de vanidad, un poco estúpida. Lo comprendió que se estaban desprendiendo de ella. Lo entendió perfectamente.

P.D.: Y a usted como escritora, como novelista, ¿qué es lo que más le interesa saber de este personaje? ¿No es el momento en el que los sentimientos dejan de existir?

M.D.: La abolición del sentimiento, sí, es lo que más me interesa.

P.D.: ¿Cree que se pueden frenar los sentimientos así?

M.D.: En un determinado estado de vacío, de vacuidad, sí. Creo que en las penas del amor entran en juego muchos recuerdos.

P.D.: ¿Que molestan?

M.D.: Que molestan. Creo que es muy fácil de entender.

P.D.: ¿Ha tenido alguna vez la impresión de escribir un libro más lúcido que éste?

M.D.: Rotundamente no, nunca he tenido esa impresión con otros libros. Y al mismo tiempo, este es un libro oscuro para mi, pero es una oscuridad limitada. Mientras que con los otros libros hacía algunas trampillas.

P.D.: ¿Tiene algo que añadir?

M.D.: No.

P.S.: Gracias.

[Termina la entrevista que Pierre Dumayet y Marguerite Duras estaban viendo en la pequeña televisión].

Pierre Dumayet: ¿Tiene algo que añadir hoy?

Marguerite Duras: No. Estoy muy conmovida. Me ha impresionado la sinceridad. ¿No pueden emitirlo por la televisión? Tendrían que hacerlo, porque a la gente le gustaría. Ya que en ningún artículo dicen lo que yo digo. Ha habido muchos libros sobre mi, pero no así, con tanta convicción. Veo que usted me sigue admirablemente. Es como si me vigilase.

[...]

Pierre Dumayet: En "La vida material" usted dice, mejor dicho, escribe lo siguiente sobre Lol V. Stein: "Podríamos decirlo de otra manera. Podríamos decir que ella comprende que su novio vaya hacia otra mujer. Comparte totalmente esa elección que han tomado en su contra y como consecuencia de ese suceso pierde la razón. Es un olvido. En las heladas sucede un fenómeno parecido. A los cero grados el agua se hiela, pero a veces, cuando hace frío hay tal inmovilidad del aire que el agua se olvida de helarse. Su temperatura puede descender hasta cinco grados antes de que se hiele". Bien. Este olvido, y perdone si soy un poco... He vuelto a leer "Lol V. Stein" y he hecho lo mismo con "El amante de la China del Norte" y la proximidad que hay en los dos libros hace que me haga preguntas que probablemente no debería hacerle. Pero, cuando la niña en "El amante de la China del Norte" se ofrece al joven chino, su amiga, ¿cómo se llama? Lagonelle, no, Helene Lagonelle, ¿no podríamos relacionar su conducta con la de Lol V. Stein?.

Marguerite Duras: Es la primera vez... Es la primera vez que me lo dicen. Es cierto. Ella se vuelve Lol V. Stein.

P.D.: ¿Qué significa este hecho?

M.D.: Pone de manifiesto una permanencia.

P.D.: Sí. ¿Qué significa esa permanencia?

M.D.: Llamemos a las cosas por su nombre. Permanencia del luto que he llevado toda mi vida por no ser Lol V. Stein. Por tener que concebir el tema y escribirlo, decirlo, sin haberlo vivido nunca.

P.D.: ¿Realmente siente dolor por no haberlo vivido?

M.D.: Me lamento, sí, pero Lol nunca habría escrito.

P.D.: ¿Se podría hablar de, y perdone si le parece chocante, de vocación?

M.D.: ¿De escribir?

P.D.: No, de ser... Es como una vocación cuando se siente nostalgia por no ser alguien. Quiero decir que...

M.D.: Casi sí. Pero a la vez... Al mismo tiempo me sentía apasionada por comprender. En el colegio, por ejemplo, era muy buena alumna. Muy constante. Muy clásica, banal. Pero fuerte. Es un poco contraproducente.

P.D.: ¿Por qué opone el hecho de ser buena estudiante con el deseo de ser Lol V. Stein?

M.D.: Porque el colegio pretende enseñárnoslo todo. Yo me tragué todo. Al escribir, me curé del colegio. Era buena alumna. Muy constante. Sin trabajar. Tenía facilidad para el estudio. Es contradictorio. No sé.

P.D.: Quizás no.

M.D.: Habría que intentar saber como ser cuando se intenta.

P.D.: Vuelvo a ese agua que se olvida de helarse.

M.D.: Me gusta mucho. Me había olvidado de eso. Lo he recuperado.

P.D.: Volvamos a Lol V. Stein. A mi me daría un poco de miedo si de repente fuese Lol V. Stein, me daría un poco de miedo.

M.D.: Tendría miedo si fuese el amante. Ella no sabe que es así. Si usted fuese el amante, tendría algo que temer.

[Voz en off]: Protejámosnos nosotros. Volvamos a "El amante de la China del Norte". La joven de esta novela a la que Marguerite Duras llama "la niña" es un personaje autobiográfico. No obstante, sigue siendo un personaje. Por ello me ha llamado la atención esta frase sacada de "La vida material": "Lo que no he dicho es que todas las mujeres de mis libros, sea cual sea su edad, derivan de Lol V. Stein". De esta frase podría desprenderse que Lol V. Stein es más que un personaje. Es una tentación, por ejemplo. La pregunta ya ha sido realizada. Recuérdelo:

Marguerite Duras: Llamemos a las cosas por su nombre. Permanencia del luto que he llevado toda mi vida por no ser Lol V. Stein. Por tener que concebir el tema y escribirlo, decirlo, sin haberlo vivido nunca.

[...]

Marguerite Duras: Lo novedoso de Lol V. Stein es que penetra en algún rincón de una literatura que nunca había abordado. Que me es a la vez necesaria y desconocida. No estoy muy segura de mi en lo referente a Lol V. Stein.

Pierre Dumayet: La pregunta que trataba de hacerle es, y no me refería a la escritura sino por ejemplo al tema del libro, ¿cual es la vivencia que aparece en el libro?

M.D.: ¿De quién? ¿Del amante?

P.D.: ¿Había tenido esa vivencia?

M.D.: Sí, totalmente. Fue mi... Mi entorno, mi vivencia personal. No hay nada de autobiográfico en los otros libros.

P.D.: Sí, pero...

M.D.: En este, sí.

P.D.: ¿Hay algún momento en que la madre de Lol V. Stein, aunque aparezca pocas veces esté caracterizada de manera que nos recuerda a la madre de la niña en...

M.D.: ¿En "Dique contra el Pacífico"?

P.D.: Y en "El amante de la China del Norte".

M.D.: Me he olvidado de la madre. ¿Está en el baile?

P.D.: Es un poco alocada.

M.D.: ¿Está en el baile?

P.D.: Sí.

M.D.: También estaba ella en el baile.

P.D.: Sí.

M.D.: Cuando muere la pequeña. Ella grita, es indecente, sí. Los gritos de la madre son...

P.D.: Sí, al leerlo ya se ve.

M.D.: Es vulgar. Es el fango. El fango del sentimiento.

P.D.: Es decir que... Hay algún parecido entre las madres y las hijas, ¿no?

M.D.: Sí. Sí, ha tenido que decirlo usted.

P.D.: Pero, ¿me equivoco o no?

M.D.: No. No, pero yo no lo había visto. Para mi son libros herméticos. Me refiero a esos dos. Entre "El amante" y "El amante de la China del Norte" hay un parentesco deseado, buscado, y sin ningún esfuerzo, además.

[...]

Pierre Dumayet: Hay una frase que había perdido pero que acabo de encontrar, así que voy a leerla: "Cada libro supone para el autor su propio asesinato".

Marguerite Duras: Hay siempre una depresión... después.

P.D.: ¿La frase se refiere a algo físico?

M.D.: Sí, siempre se manifiesta a través de algo físico.

P.D.: Y escribir ¿sigue pareciéndole tan extraño?

M.D.: Sí, es muy... ¿Cómo lo diría yo? Me pregunto cómo puede ser posible... No hay nada y

de pronto hay una página escrita.

P.D.: ¿Cómo se lo explicaría a un niño de siete años?

M.D.: No puedo explicarlo.

P.D.: ¿Qué? ¿No?

M.D.: No, no puedo. ¿Cómo quiere saber eso?

P.D.: No lo sé, no tengo ningún interés personal.

M.D.: Creo que no hay ningún escritor que se libre de esta ignorancia.

P.D.: En "La vida material" hay una frase que quisiera leer porque está claro que este párrafo no tiene que ver con la historia pero si quizás con la escritura aunque inconscientemente. La frase es la siguiente: "Es un misterio. Las únicas fotos de Yann Andrea que me parecen hermosas son las de hace diez años, cuando no le conocía. En esas fotos está lo que ahora busco en él, la inocencia de no saber nada todavía, de no saber lo que nos pasaría en septiembre de 1.980. Ya fuese bueno o malo". Y yo me preguntaba si esta inocencia perdida a la fuerza ya que... Quiero decir que cuando se sabe lo que ha pasado o va a pasar ya no se es inocente de lo que se sabe, a sus espaldas y yo me preguntaba si la escritura no tendrá, si el perseguir la inocencia no será una dimensión de la escritura. Una dimensión de un personaje imaginario.

M.D.: ¿O de un escrito?

P.D.: O de un escrito, sí.

M.D.: Lo que ha precedido al escrito. Sí, es algo general. Y además se puede decir que se lamenten los primeros instantes en cada libro.

P.D.: Entonces se va subiendo.

M.D.: Cada página terminada, cada página escrita, es un luto.

P.D.: ¿Qué se ha perdido? ¿Esa inocencia?

M.D.: Bueno, se pierde aquello por lo que se escribe. Esa especie de encantamiento ante lo imaginario que por otra parte no se conoce. Lo tienes dentro de ti, pero... Siempre se escribe al dictado.

P.D.: Para animarnos un poco vamos con esas preguntas que... Una que es muy cómica. ¿Sigue usted algún ceremonial antes de ponerse a escribir?

M.D.: Pues sí. Tengo que estar aseada, llevar ropa limpia y estar bien peinada.

P.D.: Y que la cama esté hecha, ¿no?

M.D.: Sí, también.

P.D.: No sé donde he leído eso.

M.D.: Ya no hago mi cama.

P.D.: Resumiendo, la idea de la cama...

M.D.: No se puede escribir.

P.D.: ¿De verdad? ¿Siempre ha sido así?

M.D.: Todo el mundo es así, ¿no? Imagínese que solo tiene una habitación. No podría comer sin hacer la cama, a no ser que no le importe.

P.D.: ¿Una cama sin hacer denota suciedad?

M.D.: Significa otro tiempo. El tiempo del sueño.

P.D.: ¿Y no hay que mezclarlos?

M.D.: ¡No se puede! Peor aún, es contradictorio. Una cama hecha no se ve, ya no existe. Una cama sin hacer está chillando.

P.D.: Una cama hecha, ¿no grita porque ya no puede?

M.D.: No, ya no puede gritar.

P.D.: Tiene una mordaza en...

M.D.: Hay que golpearla. Abofetearla, tirarla por la ventana.

P.D.: ¿Esa cama está loca?

M.D.: Sí. Hay una relación de locura entre las camas y el escritor. Cuando se abandona la cama no se puede volver a ella tan fácilmente. Yo estuve un año en cama. En coma. Tenía pánico a la cama. No podía andar ni aunque me apoyase en los muebles. Estaba en un coma total. Pero he conservado el pánico a las camas sin hacer.

P.D.: Era una pregunta graciosa, pero está terminando...

M.D.: ¡No piense eso! ¡No lo piense!

P.D.: ¿Está mejor?

M.D.: Sí, mejor. Además ya he sobrevivido dos años.

P.D.: ¿Quiere que veamos "El vicecónsul"?

M.D.: Si. Pero no debe darle miedo hablar de eso.

P.D.: ¿Qué?

M.D.: No hay que tener miedo.

P.D.: No, no.

M.D.: Me interesa mucho...

P.D.: Espere un segundo.

M.D.: ...lo que hemos comentado.

P.D.: ¿Acerca de la escritura?

M.D.: Sí, el principio.

P.D.: ¿Qué?

M.D.: El principio, en la escritura. Aquello sobre lo que hemos hablado. No sabes nada y una hora después ya está escrito. Ahí está, ya podemos ver "El vicecónsul".

[En 1.965, con motivo de la publicación de "El vicecónsul", Pierre Dumayet vuelva a entrevistar a Marguerite Duras...]

Pierre Dumayet: "El vicecónsul". ¿Cómo escribió esta novela, Marguerite Duras? O sea, ¿por dónde empezó?

Marguerite Duras: Por la pordiosera.

P.D.: ¿Quién es esa pordiosera? ¿De dónde sale? ¿De dónde la saca usted?

M.D.: Es un personaje que me ha perseguido desde siempre, desde que tenía... Desde los diez años me ha perseguido este personaje.

P.D.: ¿Dónde lo conoció?

M.D.: En Indochina. En un lugar en el que mi madre trabajaba como profesora. Llegó un día, había oído que mi madre recogía a niños. Había hecho cientos de kilómetros para traer a una niña a la que ya no podía alimentar ni coger porque tenía una llaga enorme en el pie. Entonces mi madre le dio dinero. Ella quería que mi madre cuidase de la niña, entonces se escapó.

P.D.: Ella es la que...

M.D.: Sí.

P.D.: La seguimos durante, no se durante cuánto tiempo... al principio durante unos días, unos meses, al final durante algunos años.

M.D.: Hay un agujero de diez años. El tiempo que ella tarda en ir desde Savannakhet hasta Laos, por Siam y Birmania, para llegar a Calcuta.

P.D.: ¿A Calcuta, dónde nadie la entiende?

M.D.: Sí.

P.D.: ¿Sólo tiene una palabra?

M.D.: Sí.

P.D.: ¿Se ha vuelto loca?

M.D.: Totalmente, excepto para alimentarse, ella sabe vivir. Sabe comer. Busca en la basura, busca algo que comer. Ella no tiene la lepra.

P.D.: Y esa locura, ¿qué es para ella? ¿Una especie de expansión?

M.D.: Es un ser al que ya nada puede pasarle. Absolutamente nada. Nada.

P.D.: "El vicecónsul". Era vicecónsul en Lahore y ahora lo es en Calcuta. Donde además también está la pordiosera. ¿Porqué está el ahí? ¿Porqué le han cambiado de destino?

M.D.: Porque cuando estaba en Lahore, disparaba con su revólver desde el balcón.

P.D.: ¿A qué?

M.D.: A Lahore.

P.D.: Con más precisión, ¿al jardín?

M.D.: A los jardines de Shalmar, donde estaban los leprosos. Por las noches, disparaba a la desgracia de Lahore. En una palabra, al hecho de existir.

P.D.: ¿Lahore es algo parecido a Gomorra?

M.D.: Lahore es lo que usted quiera.

P.D.: ¿Es algo que hay que destruir?

M.D.: También es la vida.

P.D.: ¿Es algo que hay que destruir?

M.D.: Sí. Es lo absurdo, lo imposible.

P.D.: Ahora el está en Calcuta.

M.D.: Más o menos está, ha sido despedido.

P.D.: Trasladado, de momento sólo eso. Está en Calcuta esperando que le den otro destino.

M.D.: Sí, eso es.

P.D.: Y el embajador de Francia en Calcuta, concretamente la embajadora, le invita a una velada, lo que es muy atrevido por su parte, ¿no?

M.D.: Sí.

P.D.: ¿El vicecónsul no es precisamente alguien de quien se hable, de quien se pueda hablar?

M.D.: Es escandaloso, sí.

P.D.: Es escandaloso. ¿Cómo es la embajadora, Anne-Marie Stretter? ¿Cómo es ella?

M.D.: Es el viejo mundo. Ella no mata, no dispara el revolver, ella llora. Es una especie de llorona.

P.D.: ¿Es guapa?

M.D.: Usted ya la conoce.

P.D.: La he visto en...

M.D.: Aparece en "Lol V. Stein".

P.D.: Pero para concretar, es alguien a quien el vicecónsul trata de ver desde su llegada, sus paseos cotidianos le conducen hacia los campos de tenis.

M.D.: Los campos desiertos a los que va.

P.D.: ¿A los que ella va o en los que ella dejó una vez una bicicleta?

M.D.: Sí.

P.D.: ¿Qué ocurre en el transcurso de los diálogos entre Anne-Marie Stretter y el vicecónsul, entre la embajadora y el vicecónsul? ¿Descubre algo sobre si mismo que no sabía?

M.D.: Que es capaz de amar.

P.D.: De amar, sí.

M.D.: Sí. El amor que siente por ella.

P.D.: ¿Se lo confiesa?

M.D.: ¿Que nunca lo ha vivido? No.

P.D.: Sí. ¿Hacen una especie de pacto entre ellos?

M.D.: Sí.

P.D.: En dos o tres réplicas.

M.D.: Sí.

P.D.: ¿Cómo acaba esta velada para el vicecónsul?

M.D.: El grita.

P.D.: ¿Por qué?

M.D.: Hacen como si se amasen. Imitan con gestos el amor. Ella le dice: "Haz como si quisieras quedarte conmigo, te expulsarán". Y en esta especie de mimodrama, encuentran la expresión de su amor.

P.D.: Muy pronto ya no queda nada para el vicecónsul. Ya sólo puede hablar con la única persona que acepta hablar con él, el director del círculo. Y juntos acaban mezclando los recuerdos de la infancia. Esa infancia sobre la que se harán tantas preguntas en el informe del vicecónsul.

M.D.: Esa es la costumbre que tiene la gente. Les gusta indagar.

P.D.: "Es la primera vez que pongo a un hombre en escena", dice usted.

M.D.: Sí.

P.D.: ¿Es cierto?

M.D.: Pero es virgen.

P.D.: Se ha dicho que ésta era probablemente la última novela colonial, ¿quiere esto decir que es el fin de una forma de tratar el exotismo? ¿Qué ha necesitado para hacernos creer que estamos en la India ?

M.D.: Debe saber que las llamadas novelas exóticas me dan pánico. Y he tratado de hacerlo mediante elementos simples. Lo he hecho como si se tratase de colores. Para mostrar la India.

P.D.: ¿Cómo cuales?

M.D.: El hambre.

P.D.: El hambre, sí.

M.D.: La piedra, la lepra, las palmeras y el Ganges.

P.D.: ¿Qué estrecha relación hay entre la pordiosera y el vicecónsul?

M.D.: La pordiosera es aquello sobre lo que dispara el vicecónsul. He tratado de describir la conducta y la desgracia de la pordiosera. He tratado de preparar la llegada del vicecónsul para que se comprenda que si ese tipo de cosas existen, puede que alguien no las soporte y dispare sobre ellas, se puede matar la desgracia. Se puede disparar a la muerte. Pero muchos críticos se han equivocado en este tema. He recibido cartas, la gente quiere que lo explique. No puedo explicarlo mejor que en mi libro.

P.D.: ¿Explicar el qué?

M.D.: Los crímenes del vicecónsul en Lahore. Muchos críticos se preguntan por qué dispara y a qué. No dispara a los transeúntes ni a las palomas. Dispara al hambre.

P.D.: A la desgracia.

M.D.: Dispara al millón de niños que van a morir de hambre en los próximos cuatro meses.

P.D.: ¿También dispara a la locura?

M.D.: No creo que dispare a la locura. Dispara al dolor.

P.D.: Muchas gracias.

[Fin de la entrevista de 1.965]

Pierre Dumayet: Me gusta mucho la manera en que aparece Anne-Marie Stretter.

Marguerite Duras: Es el libro con el que he pasado más tiempo. ¡Emplee dos años para la pordiosera! Me costó dos años encontrar su sitio en la novela.

P.D.: ¿Ella sigue existiendo hoy en día, me refiero para usted?

M.D.: Es una novela que me impresiona mucho. Es una novela política. Una de las mejores del siglo.

P.D.: Usted dice...

M.D.: La gente no quiere entenderla. O más bien no puede.

P.D.: En relación con la pordiosera, usted dice que es un personaje, mejor dicho, una persona, una persona que le persigue desde que tenía diez años.

M.D.: Yo no he dicho semejante cosa. Lo digo en el libro. Porque dejó a su hija pequeña.

P.D.: Sí que lo ha dicho.

M.D.: Mi madre me entregó a la niña.

P.D.: ¿Su madre?

M.D.: Me dio a la niña. Me dijo: "Tu te ocuparás de ella". Yo no tenía tiempo. Alimenté a la niña. Adoré a la niña. Y un día la encontramos muerta. Todavía no puedo... Yo era muy pequeña. Mi madre debía estar loca para hacerme ese tipo de regalo.

P.D.: ¿Qué edad tenía usted?

M.D.: Debía tener doce años, diez o doce años.

P.D.: ¿Doce años?

M.D.: Creo que fue el año de mi diploma de estudios primarios. Todavía le guardo rencor a mi madre. Me quería morir. Quería matarme. Puede entenderlo, ¿no?

P.D.: Sí. Todo el mundo puede entenderlo.

M.D.: Sí. Al final la niña fue feliz. Tenía dos años, todavía no andaba. Era como un pequeño esqueleto, pero tenía una sonrisa. Estaba tan llena de versos que los vomitaba. Pero no pudimos hacer nada. Eso es lo que pasó, es un detalle, pero... Se preguntará por qué estoy llorando ahora. Pero está tan ligada a este libro, que creo que nunca lo he releído.

[...]

Pierre Dumayet: [Leyendo] "Me he dicho muchas veces que se escribía sobre el cuerpo muerto del mundo y de igual manera sobre el cuerpo muerto del amor. Que lo escrito se nutría en los estados de ausencia, no para reemplazar algo de lo vivido o de lo supuestamente vivido, sino para depositar en éste el vacío por él dejado". ¿Define esto lo que es la escritura?

Marguerite Duras. Para mi sí. ¡Al pie de la letra! Cuando un suceso... Un suceso no puede ocurrir dos veces, una vez en la realidad y una vez en un libro, pero tiene que haber ocurrido para que el libro pueda narrarlo. Y el mismo suceso se destruye, si me lo permite, en el libro, porque nunca es el que ha tenido lugar. Sí, el libro realiza este milagro. Lo que se ha escrito se ha vivido, y rápidamente. Lo que se ha escrito sustituye a lo que se ha vivido.

Trouville, 1.992

[Leer y escribir, una emisión de Pierre Dumayet para La sept y F comme Fiction. Primera emisión en Arte, el 29 de enero de 1.993.

Transcripción a partir de los subtítulos de la emisión en La noche temática de Televisión Española de 5 de junio de 1.996, decicada a Marguerite Duras]

EL ALCOHOL

De Marguerite Duras

 

He vivido sola con el alcohol durante veranos enteros, en Neauphle. La gente venía los fines de semana. Durante la semana estaba sola en la gran casa, y allí el alcohol adquirió todo su sentido. El alcohol hace resonar la soledad y termina por hacer que se lo prefiera antes que cualquier otra cosa. Beber no es obligatoriamente querer morir, no. Pero uno no puede beber sin pensar que se mata. Vivir con el alcohol es vivir con la muerte al alcance de la mano. Lo que impide que uno se mate cuando está loco de la embriaguez alcohólica, es la idea de que, una vez muerto, no beberá más. Empecé a beber en las fiestas, en las reuniones políticas, primero vino y luego whisky. Y luego, a los cuarenta y un años, encontré a alguien que le gustaba de verdad el alcohol y que bebía cada día, pero razonablemente. Lo superé en seguida.

Esto duró diez años. Hasta la cirrosis y los vómitos de sangre. Me paré durante diez años. Era la primera vez. Volví a empezar, y volví a parar, ya no sé por qué. Luego, dejé de fumar, y sólo pude hacerlo bebiendo de nuevo. Es la tercera vez que paro. Nunca, nunca he fumado opio ni haschis. Me he «drogado» con aspirina todos los días durante quince años. Nunca me he drogado de verdad. Al principio bebí whisky y calvados, lo que llamo alcoholes insípidos, cerveza y verbena de Welay, lo peor, según se dice, para el hígado. Por último, empecé a beber vino y ya no lo he dejado.

Desde que empecé a beber, me convertí en una alcohólica. En seguida me puse a beber como una alcohólica. Dejé a todo el mundo detrás mío. Empecé a beber a los atardeceres, luego bebí los mediodías, luego por las mañanas, y después empecé a beber por las noches. Una vez por noche, y luego cada dos horas. Nunca me he drogado con otra cosa. Siempre he sabido que si me metía con la heroína, la escalada sería rápida. Siempre he bebido con hombres. El alcohol permanece asociado al recuerdo de la violencia sexual, la hace resplandecer, es inseparable de ella. Pero en espíritu. El alcohol sustituye el acontecimiento del goce, pero no ocupa su lugar.

En general, los obsesos sexuales no son alcohólicos. Los alcohólicos, incluso «a nivel de vertedero», son unos intelectuales. El proletariado, que ahora es una clase más intelectual que la clase burguesa, de muy lejos, tiene una propensión al alcohol, en el mundo entero. El trabajo manual es sin duda de todas las ocupaciones del hombre la que le lleva más directamente hacia la reflexión, es decir hacia la bebida. Ved la historia de las ideas. El alcohol hace hablar. Es la espiritualidad hasta la demencia de la lógica, es la razón que intenta comprender hasta la locura por qué esta sociedad, por qué este Reino de la Injusticia... y que siempre concluye con una misma desesperación. Un borracho es a veces grosero, pero raramente obsceno. Algunas veces se encoleriza y mata. Cuando se ha bebido demasiado, se vuelve al principio del ciclo infernal de la vida. Se habla de felicidad, se dice que es imposible, pero se sabe lo que quiere decir la palabra.

Carecemos de un dios. Este vacío que se descubre un día en la adolescencia nada puede hacer que jamás haya tenido lugar. El alcohol ha sido hecho para soportar el vacío del Universo, el mecimiento de los planetas, su rotación imperturbable en el espacio, su silenciosa indiferencia en el lugar de vuestro dolor. El hombre que bebe es un hombre interplanetario. Se mueve en un espacio interplanetario. Es allí donde permanece al acecho. El alcohol nos consuela, no amuebla los espacios psicológicos del individuo, sólo sustituye la carencia de Dios. No consuela al hombre. Produce lo contrario, el alcohol conforta al hombre en su locura, lo transporta a las regiones soberanas donde es dueño de su destino. Ningún ser humano, ninguna mujer, ningún poema, ninguna música, ninguna literatura ni ninguna pintura puede sustituir esta función del alcohol en el hombre, la ilusión de la creación capital. Está ahí para remplazarla. Y lo hace en toda una parte del mundo que habría debido creer en Dios y que ya no cree en él. El alcohol es estéril. Las palabras del hombre dichas en la noche de la borrachera se desvanecen con ella tan pronto como llega el día. La borrachera no crea nada, no va con las palabras, ofusca la inteligencia, la sosiega. He hablado bajo los efectos del alcohol. La ilusión es total: lo que uno dice, nadie lo ha dicho aún. Pero el alcohol no crea nada que permanezca. Es el viento. Como las palabras. He escrito bajo los efectos del alcohol, tenía una facultad para dominar la borrachera, que me venía sin duda del horror por la borrachera. Jamás bebía para estar borracha. Jamás bebía deprisa. Bebía todo el tiempo y nunca estaba borracha. Estaba retirada del mundo, inalcanzable, pero no borracha.

Una mujer que bebe es como un animal que bebiera, un niño. El alcoholismo llega al escándalo con la mujer que bebe: una mujer alcohólica es rara, es grave. Lo que se ataca es la naturaleza divina. He reconocido este escándalo a mi alrededor. En mis tiempos, para tener la fuerza de afrontarlo en público, entrar sola en un bar, de noche, por ejemplo, era preciso haber bebido ya.

Siempre se dice demasiado tarde a la gente que bebe demasiado. «Bebes demasiado.» Es escandaloso decirlo en todos los casos. Uno mismo jamás sabe que es alcohólico. En un cien por cien de los casos la noticia se recibe como una injuria, y uno dice: «Si me dice esto, es que me odia.» En cuanto a mí, el mal ya estaba muy avanzado cuando me lo dijeron. Estamos en un espacio de principios anquilosados. Hasta cierto punto se deja morir a la gente. Creo que en la droga este escándalo no existe. La droga separa completamente al individuo drogado del resto de la Humanidad. Ésta no arroja al individuo a los cuatro vientos, por las calles, no hace de él un vagabundo. El alcohol es la calle, el asilo, los otros alcohólicos. La droga es muy corta, la muerte viene muy deprisa, la afasia, la oscuridad, los postigos cerrados y la inmovilidad. Nada consuela de dejar de beber. Desde que ya no bebo, tengo simpatía por la alcohólica que era.

Verdaderamente he bebido mucho. Luego, acudieron en mi auxilio, pero entonces cuento mi historia y no hablo del alcohol. Es increíblemente simple, los verdaderos alcohólicos, sin duda, son lo que hay de más simple. Estamos ahí donde el sufrimiento no puede hacer sufrir. Los vagabundos no son desgraciados. Es una tontería decir eso, están borrachos de la mañana a la noche, las veinticuatro horas seguidas. Lo que viven no podrían vivirlo en ninguna otra parte que no sea en la calle. Durante el invierno de 1986-1987, antes de verse desprendidos de su litro de vino a su llegada, al asilo de noche, prefirieron arriesgar la muerte y el frío. Todo el mundo intentó saber por qué no querían ir al asilo, y era por eso.

Lo más duro no son las horas de la noche. Pero, evidentemente, si uno tiene un insomnio tenaz es cuando resulta más peligroso. Es preciso no tener ni una gota de alcohol en casa. Yo formo parte de estos alcohólicos que empiezan a beber de nuevo a partir de un solo vaso de vino. No sé qué nombre nos da la medicina.

Un cuerpo alcohólico funciona como una central, como un conjunto de compartimentos diferentes vinculados entre sí por la persona entera. El primer afectado es el cerebro. Es el pensamiento. La felicidad por el pensamiento primero y luego el cuerpo. Es ganado, empapado poco a poco, y transportado-, es la palabra: transportado. A partir de cierto tiempo se tiene la elección. Beber hasta la insensibilidad y la pérdida de la identidad, o permanecer en las primicias de la felicidad. Morir de algún modo cada día, o bien seguir huyendo.

 

[La vida material, traducción de Menene Gras Balaguer para Plaza & Janés]

 

 

 

 

 
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