Entrevista al escritor  Claudio Magris
Por Por Silvina Friera para Página 12.
Traducción de Dora Pentimalli (Instituto Italiano de Cultura)

      

 

El escritor italiano Claudio Magris explica, citando a Antonio Gramsci, que hay que ser pesimista con inteligencia y optimista por voluntad. El último Premio Príncipe de Asturias de las Letras, que se impuso a Milan Kundera y a Paul Auster, dice que escribir es lo mismo que jugar una partida de ajedrez con el tiempo. Catedrático de literatura germánica en la Universidad de Trieste, su ciudad natal, el autor, que se ha convertido en un experto en el arte del jaque mate con libros como El Danubio, Microcosmos y Utopía y desencanto, es considerado, junto con Umberto Eco, uno de los más brillantes analistas culturales de su país. La escritura de este insaciable pescador de palabras y de ideas, dos materias primas que a veces parecen hundirse en el naufragio vertiginoso del tiempo, se desplaza en dos andariveles: el ensayo, donde confiesa sentirse más cómodo, y la narrativa. “El humor nunca está de más, y no creo que haya que ponerse serios a la hora de escribir. Hay pocas expresiones de fraternidad más genuinas que cuando nos reímos con alguien. En la escuela aprendí a reírme y sobre todo me enseñaron una gran cosa: a reírme de aquello que respetaba y a respetar aquello de lo que me reía”, recuerda Magris en la entrevista con Página/12.
Víctor García de la Concha, director de la Real Academia Española y presidente del jurado del Premio Príncipe de Asturias 2004, dijo que Magris encarna en su escritura la mejor tradición humanista y representa la imagen plural de la literatura europea al comienzo del siglo XXI.
–¿De dónde proviene esa tradición humanista que encarna su escritura?
–Mi padre nunca pudo, por razones económicas, dedicarse a una profesión explícitamente cultural. Trabajaba, según la mejor tradición triestina, en una empresa de seguros generales, pero era un hombre de grandes lecturas, de gran cultura histórica y con un fuerte compromiso político democrático. Había sido militante del Partito d'Azione (Partido de Acción), que tuvo gran importancia durante el antifascismo y la resistencia. Después, hasta su muerte, militó en el Partido Republicano Italiano, de inspiración mazziniana, con un profundo sentimiento de amor hacia la patria, en este caso Italia, inscripto en un sentido más amplio de amor hacia los demás países de la patria europea, que a su vez se inscribía en otro, aún más universal, hacia la gran patria de la humanidad. La experiencia fundamental surgió con mis estudios en la Universidad de Turín, epicentro de los fermentos más vivos y más progresistas de la cultura italiana.
–¿En qué aspectos de su obra siente que se trasluce ese humanismo?
–Es más visible en mis ensayos, por ejemplo en Utopía y desencanto o en El mito Habsbúrgico en la literatura austríaca moderna. Este humanismo se encuentra también en mis libros de ficción, aunque de forma menos directa, porque la ficción no puede y no debe profesar explícitamente ciertos valores. A los personajes hay que dejarlos hablar con lealtad, y por lo tanto el autor debe decir a menudo cosas que no comparte, que salen de sus personajes más que de él, o cosas que pertenecen a esa escritura “nocturna” como la define Ernesto Sabato, de esas profundidades nuestras de las cuales surgen sentimientos, imágenes, inquietudes que a veces nos sorprenden, que tal vez preferiríamos censurar, que nos inquietan, que nuestra razón no admite, pero que constituyen algunas de nuestras verdades más ocultas, profundas, tenebrosas, que también debemos dejar hablar.
–¿A qué atribuye su ingreso tardío en la literatura?
–Un escritor, si es mínimamente auténtico, hace exactamente lo que puede; escribe un determinado texto cuando siente la necesidad de hacerlo, en el momento en que la vida le da la madurez para emprender esa escritura. En mi caso hubo distintas etapas de maduración: precoz en ciertos ámbitos, tardía en otros. Es probable que el trato cotidiano con la gran literatura a lo largo de mi escritura de ensayos y de textos críticos me haya inhibido en un principio; cuando uno piensa en las verdaderas grandes obras, se le pasan las ganas de escribir, por lo menos a mí. Lo que realmente cuenta, en la aventura de la existencia, no es cuántos talentos uno recibió sino, como en la parábola evangélica, la capacidad que tenemos de dar frutos con lo poco o mucho que tenemos. Seguramente no fue la escritura crítica la que me dio particulares certezas ni de ella provino la determinación para dedicarme a la escritura.
–¿Cuándo tuvo, entonces, la certeza de que iba a ser escritor?
–Escribo cosas desde niño, en una mezcla de atracción por la realidad y por la invención a la vez. Como decía Svevo: “La vida es original”, más original de lo que yo pueda inventar. Las personas que existieron realmente, las historias ocurridas, siempre me han fascinado y conmovido y me han impulsado a escribir. Es nuestro armado lo que transforma cada elemento sacado de la realidad en invención; es como tomar las piezas de un mosaico, cada una de las cuales corresponde exactamente a un trozo de realidad, y construir con ellas una imagen inventada. Escribir es siempre en alguna medida transcribir cosas que me trascienden.
–¿De qué forma trató de controlar que no se filtrara, excesivamente, su erudición en el ámbito de la ficción?
–El problema no sería tanto evitar que esté excesivamente presente sino lograr que, según las exigencias de la estructura y la naturaleza del texto, esté ausente, presente, dominante o en sordina. En El Danubio aparentemente hay mucha erudición, pero en realidad esta erudición es un delirio, es la manía de un pobre intelectual que viaja a lo largo del río, que no es por supuesto idéntico a mí, pero que tiene muchas cosas en común conmigo, y que tiene la cabeza y los bolsillos repletos de fichas y citas, con las que cree que puede construir barricadas contra la vida, barricadas que el viento de la vida se encarga de levantar por los aires.
–¿Qué significado fue adquiriendo la literatura en su vida?
–Tal vez la mayor parte de las veces mi escritura responda a un intento de combatir el olvido, de salvar y rescatar de la carrera del tiempo la mayor cantidad posible de lo existente, como si la escritura pudiera construir una frágil Arca de Noé de papel. Sabemos que nuestra pequeña Arca de Noé naufragará pronto en el río del tiempo, pero esto no le quita sentido al intento de construirla.
–Usted diagnosticó el eclipse de la ética de la responsabilidad en el gobierno de Berlusconi. ¿Se ha acentuado esta tendencia?
–Sí, parecería ser cada día más escasa, derivando en una absoluta irresponsabilidad. Incluso las personas bienintencionadas parecen sentirse satisfechas sólo por el mero hecho de hacer algo, sin sentir la responsabilidad de que ese algo alcance resultados concretos. Muchos amigos míos de izquierda se conforman con reunirse entre sí, no parece preocuparles que, si quieren realmente impedir una nueva victoria del nefasto gobierno de Berlusconi, hay que obrar con paciencia, con humildad y responsablemente para convencer a algunos de los que lo votaron de que cambien la dirección de sus votos hacia donde nosotros estamos.
–¿Qué balance hace de su incursión en la política como senador de la coalición de centroizquierda?
–Me sentí dividido entre un profundo sentido de responsabilidad ético-política, la convicción de que debemos participar en alguna u otra medida de la vida política; y mi naturaleza, que es absolutamente “apolítica” o, como decía Thomas Mann, “impolítica”. Siempre me atrajo más la contemplación del color del mar que una asamblea política, pero al mismo tiempo me doy cuenta de que, para poder disfrutar y gozar del color del mar, hay que participar activamente en la vida política, hay que pagar el propio tributo. Ocupé en el Parlamento italiano el cargo de senador por pedido de una amplísima coalición porque sentí que era mi deber, pero lo hice justamente en contra de cualquier principio de placer. Lo hice en nombre de esa terrible virtud kantiana que consiste en reprimir el instinto, el deseo. Además fui un caso único bastante cómico para la historia mundial de los partidos, ya que formalmente en el Parlamento yo representaba a un grupo constituido por una sola persona, un partido del cual yo era el único inscripto.
–¿Cómo se dio esta situación excepcional?
–Los cinco partidos políticos que me apoyaban eran muy dispares entre sí y no podían postularse formalmente, así que decidieron no presentarse, desaparecieron del colegio electoral de Trieste. En su lugar algunos amigos inventaron un movimiento político y me propusieron como candidato. De esta forma me votaron muchos electores que de lo contrario habrían votado por los Católicos Populares o por Refundación Comunista o por los Liberales. Pero la cuestión fue que se olvidaron de inscribirse en el nuevo partido, así que yo figuraba en el Senado como “Lista Magris-Magris”. En cada crisis de gobierno, el presidente de la República tenía que convocarme personalmente, porque nadie podía formalmente ir en mi lugar, aunque de hecho, como es lógico, trabajé con todos los partidos antiberlusconianos.
–¿Sintió decepción por las reglas de juego de la política?
–Mi malestar respecto de la política no se lo atribuyo a la política en sí, como muchos otros intelectuales que se presentan a elecciones y después se declaran “decepcionados” de la política, como si la política estuviera ahí para engañar a sus almas delicadas. El problema más difícil que pude constatar es la terrible diferencia que existe entre los tiempos de la política, que requiere debates, propuestas, discusiones, contrapropuestas, enmiendas y la velocidad de las transformaciones sociales, que plantean cada día distintos problemas que deberían ser controlados y resueltos políticamente y que cuando encuentran una solución política, en cierto aspecto ya quedaron atrás, porque fueron superados tecnológicamente. El desafío del sistema político actual es conseguir conciliar los tiempos de las transformaciones sociales con el control democrático.
* Traducción de Dora Pentimalli (Instituto Italiano de Cultura).

 

 
 
 

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