Entrevista a Rita Levi-Montalcini
por ENRIC GONZÁLEZ

      

 

NEURÓLOGA Y PREMIO NOBEL DE MEDICINA DE 1986
El PAIS, 15 de mayo de 2005

 

Rita Levi-Montalcini (Turín, 1909) es una de las grandes figuras del siglo XX. Su padre, un ingeniero apasionado por las matemáticas, se negó durante años a permitirle que estudiara porque en la época se consideraba que las mujeres no hacían esas cosas. A los 20 años se le consintió por fin acceder al bachillerato superior y después a la Facultad de Medicina. Era una joven investigadora cuando las leyes antijudías italianas de 1938 la obligaron a dejar la universidad y ocultarse para evitar la deportación. Durante la guerra trabajó como doctora para la Resistencia y las tropas aliadas. En 1947 fue invitada a trabajar como neuróloga en la Universidad Washington de San Luis (EE UU), donde descubrió la proteína NGF, estimuladora del crecimiento de las fibras nerviosas. El hallazgo le valió en 1986 el Premio Nobel de Medicina. Su hermana gemela Paola fue una gran pintora, y su hermano mayor, Gino, un célebre arquitecto. El pasado 20 de abril, dos días antes de cumplir 96 años, inauguró en Roma, donde vive, la sede del nuevo Instituto Europeo de Neurociencia. Es autora de numerosos libros, y los más recientes, como Tiempo de acción, que acaba de publicarse, se centran en la revolución digital y en la necesidad de cambiar la educación. Su vista es deficiente y necesita de su secretaria para utilizar Internet, una de sus herramientas favoritas, pero conserva la vitalidad, la ironía y la lucidez. Esta entrevista se desarrolla en su domicilio.

Pregunta. ¿Por qué los humanos hablamos, escribimos y nos interesamos por conceptos abstractos como la belleza?

Respuesta. Por un componente neocortical del cerebro que los subprimates también poseen, pero que el humano ha desarrollado. Ese componente es la base de nuestra capacidad cognitiva, muy superior a la del resto de los animales, y nos da acceso a los conocimientos, al bien y el mal, a la cultura; nos relaciona con el pasado, el presente y el futuro... Nos proyectamos hacia el pasado y hacia el futuro gracias a este formidable desarrollo de la miocorteza cognitiva del cerebro. El lóbulo límbico es un elemento de emotividad típico del hombre y de todos los vertebrados, empezando por los mamíferos, pero el hombre es el único que ha desarrollado el componente neocortical. La corteza cerebral del Homo sapiens abre inmensas posibilidades.

P. ¿Nos queda margen para seguir evolucionando?

R. No desde el punto de vista somático. Sí desde el punto de vista de la informática. La informática nos da acceso a otro mundo que para nuestros predecesores, hace sólo medio siglo, no existía. A falta de un nuevo desarrollo de la neocorteza, disponemos de los ordenadores.

P. En teoría, disponemos también de la manipulación genética.

R. Odio esa opción. La manipulación genética no debe ser utilizada. No tenemos derecho a hacer nacer bebés a la carta. No es aceptable fabricar niños con los cabellos rubios, los ojos verdes, tal característica o tal otra. Eso va más allá de los límites de la moral. Lo rechazo absolutamente.

P. Hablemos aún de la evolución en los otros animales. ¿Hay posibilidad de evolución en los insectos, por ejemplo?

R. No. El insecto de hoy es igual al de hace millones de años. El insecto no tiene ninguna posibilidad. Por lo que sabemos, está totalmente determinado, desde el punto de vista del presente y del futuro. No registra ninguna evolución. Los insectos pueden sobrevivir a la humanidad por su constitución, por su capacidad para hacer frente a las circunstancias, pero no pueden cambiar.

P. Nosotros hemos cambiado parcialmente. ¿Por qué somos más inteligentes que hace 50.000 años, pero no somos más buenos?

R. No somos más buenos por el componente límbico cerebral que sigue dominando nuestra actividad. Vivimos como en el pasado, como hace 50.000 años, dominados por las pasiones y por impulsos de bajo nivel. No estamos controlados por el componente cognitivo, sino por el componente emotivo, el agresivo en particular. Seguimos siendo animales guiados por la región límbica palocortical, sustancialmente igual en el hombre y en otros animales. Nuestras opciones de mejora moral pasan por las circunvoluciones neocorticales que afortunadamente tenemos.

P. Dice usted "afortunadamente". Esa peculiaridad en la corteza del cerebro, ¿es una suerte, una casualidad?

R. Quién sabe. No estamos dirigidos. Como todas las evoluciones, la nuestra ha sido casual, una reacción frente a la necesidad. Ésa es nuestra historia. No se ha tratado de un desarrollo dirigido por un ente divino. Nos hemos desarrollado como otros animales; algunos han adquirido ciertas capacidades, nosotros hemos conseguido la neocorteza, y eso nos ha llevado a dominar el planeta y a situarnos por encima de las leyes de causalidad que nos han conducido hasta aquí.

P. Este "aquí" significa, por ejemplo, el siglo XX, que dice poco en favor del humano. No es fácil mantener la fe en nosotros mismos.

R. ¿Por qué lo dice?

P. Usted, que ha vivido casi todo el siglo XX, conoce sus errores mejor que yo.

R. Sí, hemos sufrido el horror de la shoah, el horror del nazismo, el horror del fascismo, todos los frutos del componente palocortical. He escrito bastante sobre eso. Mire, no sé hacia dónde vamos, pero estoy segura de que debemos librarnos de ese pasado nefasto. Porque si asumimos una visión catastrofista del ser humano, estamos acabados. La vida se hace inútil. Yo también me siento interiormente incapaz de ser optimista, pero hay que serlo, cueste lo que cueste. Hay que mantener la confianza en el futuro.

P. Seamos positivos. ¿Cuáles han sido las cosas más positivas del pasado siglo?

R. Desde el punto de vista científico, el desarrollo ha sido extraordinario, y no hace falta enumerar la exploración del átomo, del ADN... Desde el punto de vista ético hemos sido capaces de vencer a Hitler, a Mussolini, a Stalin, lo que no está nada mal. Mire, la conclusión que puede extraerse del siglo XX es que debemos cambiar los mecanismos de instrucción y la relación errónea entre los adultos y los niños. Hasta ahora nos hemos movido entre el autoritarismo de tipo victoriano, o sea, haz esto porque tú eres pequeño y yo soy mayor, y el permisivismo, o sea, haz lo que quieras. En mi libro Tiempo de acción hablo de la educación cognitiva, que hace del niño un "productor activo", y no un "consumidor pasivo" de formación. Las personas aprendemos no porque se nos transmita la información, sino porque construimos nuestra versión personal de la información. Si cambiamos la forma de educar a los niños, es decir, de enfrentarlos con la vida, quizá cambiaremos el mundo. Los métodos educativos tradicionales son absurdos. Nuestra única esperanza consiste en actuar desde el principio, porque el niño lo percibe todo ya en el primer año de vida. Debemos dar alas al genio que cada homo sapiens lleva dentro. Si no nos damos cuenta de que ese ser apenas nacido que tenemos ante nosotros percibe todos los mensajes, buenos y malos, estamos acabados. Cuando ese niño tenga 20 años puede pensar que es una buena idea matar a quien considere un ser inferior. A mí, por ejemplo, que soy judía.

P. Algunos aspectos de la educación han empezado a cambiar. Cuando usted era joven, las mujeres no solían acceder a una instrucción universitaria. Usted no pudo estudiar hasta...

R. Ese cambio que dice usted afecta a los países de alto nivel cultural, no al islam ni a la mayoría de los países del sur. Un pequeño porcentaje de mujeres, en el que me incluyo, tiene suerte y disfruta ahora de ciertos derechos.

P. Para usted no fue fácil.

R. Sí lo fue.

P. ¿Sí? Su padre no la dejó estudiar hasta los 20 años.

R. Tardé, pero incluso lo que estaba en contra mía, el retraso en los estudios, o la necesidad de ocultarme durante la guerra por mi condición de judía, fue una suerte. Monté un pequeño laboratorio en la habitación donde me escondía, y algunos de mis descubrimientos de aquella época acabaron llevándome a Estocolmo y al Premio Nobel.

P. Durante años trabajó en condiciones muy precarias. En uno de sus libros, Elogio de la imperfección, cuenta que una vez consiguió un feto para trabajar y tuvo que meterlo en su bolso, y mientras viajaba en el tranvía asomó una parte del feto y...

R. Cosas de aquella época. Todo el mundo tenía dificultades, no sólo yo.

P. ¿Qué piensa acerca del debate sobre la investigación con células madre?

R. Las células embrionarias deben utilizarse al máximo. No estoy de acuerdo en producir embriones con el único fin de analizar sus células, pero sin duda hay que utilizar para la investigación las células de los embriones que por una razón u otra no se desarrollan y están condenados a la destrucción.

P. La ley italiana prohíbe esa posibilidad, y en junio habrá un referéndum para decidir si se mantienen o no las restricciones.

R. Es que Italia es un país católico, en otros países no ocurren esas cosas.

P. En el país puntero en materia de biomedicina, Estados Unidos, el país donde usted desarrolló la mayor parte de su trabajo, también existen debate y restricciones.

R. Sí, lo sé, y es una pena. Las células madre de embriones ofrecen enormes posibilidades a los investigadores que buscan cura para las peores enfermedades. Hace 70 años yo ya trabajaba con cerebros embrionarios y percibía todo lo que podíamos aprender gracias a ellos. Luego abandoné esa línea de investigación para centrarme en otras.

P. Dentro del debate ético sobre la investigación científica, ¿cuáles son los límites? Las únicas posiciones claras, y obviamente restrictivas, parecen ser las cristianas.

R. Yo no soy católica, estoy fuera de cualquier religión. ¿Y usted?

P. Soy...

R. Católico, supongo. ¿Qué significa ser creyente? ¿En qué se diferencia usted de mí?

P. No, no soy creyente. Pero pienso que, aunque Dios no exista, debemos hacer como si existiera, porque da miedo pensar que el hombre es la medida de todo. Quizá soy demasiado pesimista.

R. Yo soy agnóstica. Laica y agnóstica. Lo demás no lo tengo en cuenta. Respeto todos los puntos de vista.

P. ¿Puedo definirla como spinozista?

R. Cierto. Absolutamente.

 

 
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