"La bella durmiente"
por J.M. Coetzee.

      

 

Aparecido en EL UNIVERSAL de Mexico, 25.02.06
Traducción: Katia Rheault.

La más reciente novela del Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes, atrajo en su momento la atención absoluta de la crítica en lengua española. Ahora, su lanzamiento en Estados Unidos por parte de la editorial Knopf, da pie al sudafricano J.M. Coetzee, Premio Nobel de Literatura 2003, para hacer una lúcida y penetrante revisión de la obra del colombiano y hallar los vasos comunicantes que la atraviesan. Presentamos esta primicia en español: el ensayo que un escritor magistral hace sobre uno de los grandes narradores de nuestro tiempo.

 

 En la última escena de El amor en los tiempos del cólera, la novela de Gabriel García Márquez, Florentino Ariza, reunido al fin con la mujer a quien ha amado de lejos y desde siempre, recorre de arriba a abajo el río Magdalena en un barco de vapor que ondea la bandera amarilla del cólera. Él tiene setenta y seis años y ella, setenta y dos.

Para poder dedicarse por entero a su amada Fermina, Florentino ha tenido que dar por terminada su actual aventura, un romance con una chica de catorce años de quien es tutor y a quien ha iniciado en los misterios del sexo citándola en su apartamento de soltero los domingos por la tarde (ella demuestra ser una rápida aprendiz). Van a una heladería y, mientras la niña disfruta de un helado de varios pisos, Florentino termina con ella. Confundida y desesperada, la jovencita se suicida de manera discreta, llevándose el secreto a la tumba. Florentino derrama una lágrima en privado y siente punzadas intermitentes de angustia al saberla muerta, pero eso es todo.

América Vicuña, la niña seducida y abandonada por un hombre mayor, es un personaje digno de Dostoievsky. El marco moral de El amor en los tiempos del cólera, una obra que tiene un amplio espectro emocional y no deja de ser una comedia, de una variedad otoñal, simplemente no basta para contener a América. En su determinación de tratarla como un personaje menor, como una más de las tantas amantes de Florentino, y de no explorar las consecuencias para éste de la ofensa que comete contra ella, García Márquez se adentra en un territorio moralmente perturbador. Hay efectivamente indicios de que el escritor no sabe cómo manejar la historia de América. Su estilo verbal suele ser enérgico, vivaz, inventivo y único y sin embargo, en las escenas dominicales entre Florentino y América, percibimos un eco pícaro de Lolita de Vladimir Nabokov. Florentino desviste a la chica “[...] pieza por pieza con engañifas de bebé: primero estos zapatitos para el osito [...], después estos calzoncitos de flores para el conejito, y ahora un besito en la cuquita rica de su papá”. Florentino es un soltero empedernido, un poeta aficionado que les redacta cartas de amor a quienes no tienen facilidad para expresarse verbalmente; es devoto de los conciertos, algo tacaño en sus hábitos y tímido con las mujeres. No obstante, a pesar de su timidez y de su falta de atractivo, ha efectuado 622 conquistas amorosas durante medio siglo de andanzas furtivas y conserva los prontuarios que ha escrito al respecto en una serie de cuadernos.

En todos estos aspectos, Florentino se parece al narrador anónimo de la nueva novela corta de García Márquez. Al igual que su predecesor, este hombre conserva una lista de sus conquistas para poder escribir un libro en el futuro. De hecho, ya tiene listo el título de la obra... Memoria de mis putas tristes. Cuando él decide dejar de contar, la lista llega al número 514. Luego, a una edad ya avanzada, encuentra el verdadero amor, no en una mujer de su propia generación, sino en una jovencita de catorce años.

Los paralelos que existen entre estas dos obras, publicadas con un intervalo de dos décadas, son demasiado claros como para que puedan pasarse por alto. Sugieren que Memoria de mis putas tristes puede ser un nuevo intento de García Márquez por abordar la historia, insatisfactoria en sentido artístico y moral, de Florentino y América en El amor en los tiempos del cólera.

El héroe, narrador y supuesto autor de Memoria de mis putas tristes, nace en la ciudad portuaria de Barranquilla, Colombia, hacia 1870. Sus padres pertenecen a la burguesía culta de la ciudad; casi un siglo después, él sigue viviendo en la deteriorada casa paterna. Solía ganarse la vida como periodista y maestro de español y latín; ahora se mantiene gracias a su pensión y a la columna semanal que escribe para un periódico.

El relato que él nos lega y que abarca un tormentoso año de su vida, el nonagésimo primero, pertenece al género de la confesión, una subespecie específica de la memoria. Siguiendo el ejemplo de las Confesiones de San Agustín, Memoria de mis putas tristes narra la historia de una vida desperdiciada que culmina en una crisis interna y en una experiencia de conversión, seguidas del renacimiento espiritual a una nueva y más rica existencia. Dentro de la tradición del cristianismo, la confesión tiene un propósito fuertemente didáctico. Mira mi ejemplo, nos dice: observa cómo, gracias a la misteriosa acción del Espíritu Santo, hasta un ser tan despreciable como yo puede salvarse.

No cabe duda de que nuestro héroe ha desperdiciado sus primeros noventa años de vida. No sólo ha dilapidado su herencia y su talento, sino que su vida emocional también ha sido notablemente árida. Nunca se casó (estuvo comprometido hace mucho, pero dejó plantada a su novia en el último momento). Nunca se ha acostado con una mujer sin pagarle; incluso cuando alguna no ha querido dinero él la ha obligado a aceptarlo, convirtiéndola en una más de sus putas. La única relación duradera que ha tenido ha sido con su sirvienta a quien monta ritualmente una vez al mes mientras ella lava la ropa, siempre “en sentido contrario”, de modo que la anciana puede afirmar que sigue siendo virgo intacta.

Para su nonagésimo cumpleaños, ha decidido agasajarse... tener relaciones sexuales con una joven virgen. Una alcahueta llamada Rosa, con quien ha tenido tratos desde hace varios años, lo introduce en un cuarto de su prostíbulo en donde yace una chica de catorce años, lista para él, desnuda y narcotizada.

Era morena y tibia. La habían sometido a un régimen de higiene y embellecimiento que no descuidó ni el vello incipiente del pubis. Le habían rizado el cabello y tenía en las uñas de las manos y los pies un esmalte natural, pero la piel del color de la melaza se veía áspera y maltratada. Los senos recién nacidos parecían todavía de niño varón pero se veían urgidos por una energía secreta a punto de reventar. Lo mejor de su cuerpo eran los pies grandes de pasos sigilosos con dedos largos y sensibles como de otras manos. Estaba ensopada en un sudor fosforescente a pesar del ventilador [...]. Era imposible imaginar cómo era la cara pintorreada a brocha gorda [...] pero ni los trapos ni los afeites alcanzaban a disimular su carácter: la nariz altiva, las cejas encontradas, los labios intensos. Pensé: Un tierno toro de lidia.

La primera reacción del experimentado libertino es inesperada... terror y confusión, urgencia por salir huyendo. Sin embargo, se acuesta a su lado en la cama y, sin muchas ganas, intenta explorar su entrepierna. Ella se aparta, dormida. Drenado de lujuria, él empieza a cantarle: “La cama de Delgadina de ángeles está rodeada”. Pronto se descubre rezando también por ella. Luego se queda dormido. A las cinco de la madrugada, cuando despierta, ve a la chica acostada con los brazos abiertos en forma de cruz, “dueña absoluta de su virginidad”. Que Dios te guarde, piensa él y se retira.

La celestina lo llama por teléfono para mofarse de su pusilanimidad y le ofrece una segunda oportunidad para demostrar su hombría. Él rechaza la invitación. “Esa vaina es agua pasada”, dice y siente un alivio inmediato, “libre al fin de un yugo” (la esclavitud al sexo, entendido de forma limitada) “que me había esclavizado desde los trece años”.

Pero Rosa insiste hasta que él cede y regresa al burdel. Una vez más, la chica está dormida, una vez más él no hace otra cosa que secarle el sudor del cuerpo y cantar: “Delgadina, Delgadina, tú serás mi prenda amada”. (La canción posee matices sombríos; según el cuento de hadas, Delgadina es una princesa que debe huir de los requerimientos amorosos de su padre.)

El protagonista vuelve a casa en medio de un fuerte aguacero. El gato, que hace poco le han regalado, parece haberse convertido en una presencia satánica en la casa. El agua se cuela por los huecos del tejado, una tubería se revienta, el viento rompe los cristales de las ventanas. Mientras él se afana en salvar sus amados libros, adquiere conciencia de que la figura fantasmal de Delgadina está a su lado, ayudándolo. En ese momento tiene la certeza de haber hallado el verdadero amor, “el primer amor de mi vida a los noventa años”.

En su interior se lleva a cabo toda una revolución moral. Él se enfrenta a la mediocridad, mezquindad y obsesión de su vida pasada y la repudia. Se convierte en “otro hombre”, como dice. Empieza a darse cuenta de que el amor es lo que mueve al mundo... no tanto el amor consumado sino el amor en sus múltiples formas no correspondidas. La columna que escribe en el diario se convierte en un peán sobre el poder del amor y sus lectores reaccionan con adoración.

De día (aunque nosotros nunca lo presenciamos), Delgadina trabaja en una fábrica cosiendo botones, como la heroína de un verdadero cuento de hadas. De noche, regresa a su cuarto en el burdel, que ahora su amante ha adornado con cuadros y libros (él tiene la vaga ambición de mejorar su educación), para dormir castamente a su lado. Él le lee cuentos en voz alta; de cuando en cuando, ella balbucea palabras mientras duerme. Pero, en términos generales, a él no le agrada su voz que parece ser la de una intrusa hablando desde su interior. La prefiere inconsciente.

La noche del cumpleaños de la chica tiene lugar una consumación erótica entre ellos, sans penetration:

La besé por todo el cuerpo hasta quedarme sin aliento [...]. A medida que la besaba aumentaba el calor de su cuerpo y exhalaba una fragancia montuna. Ella me respondió con vibraciones nuevas en cada pulgada de su piel, y en cada una encontré un calor distinto, un sabor propio, un gemido nuevo, y toda ella resonó por dentro con un arpegio y sus pezones se abrieron en flor sin tocarlos.

Y luego ocurre una desgracia. Uno de los clientes del prostíbulo es acuchillado, la policía visita el lugar de los hechos, el escándalo amenaza con estallar y Rosa debe ocultar y llevarse lejos a Delgadina. Aunque su amante recorre toda la ciudad buscándola, no puede encontrarla. Cuando al fin ella reaparece en el burdel, parece tener varios años más y ha perdido su aire de inocencia. Celoso, él estalla en cólera y se marcha de allí.

Los meses pasan, su rabia mengua. Una vieja amiga le da un sabio consejo: “No te vayas a morir sin probar la maravilla de tirar con amor”. Llega el día de su nonagésimo primer cumpleaños y pasa. Él hace las paces con Rosa. Los dos acuerdan heredar de forma conjunta sus bienes materiales a la chica que, mientras tanto y según Rosa, se ha enamorado perdidamente de él. Con el corazón lleno de alegría, el enamorado encara con optimismo el futuro y ansía disfrutar “por fin la vida real”.

Es posible que las confesiones de esta alma que ha renacido se hayan escrito para aliviar su conciencia, como dice el personaje; pero el mensaje que predican no es en absoluto que debamos abjurar de los deseos carnales. El dios a quien él ha ignorado toda la vida es en efecto el dios por cuya gracia se salvan los malvados pero, al mismo tiempo, también es un dios del amor, que puede enviar a un viejo pecador en busca del “amor loco” con una virgen (“el deseo de aquel día fue tan apremiante que me pareció un recado de Dios”); y que luego puede insuflar espanto y terror en su corazón cuando él mira a su presa por primera vez. Gracias a ese dios, el anciano deja, en un santiamén, de frecuentar prostitutas para adorar vírgenes y venerar el cuerpo durmiente de la chica como un simple creyente podría venerar una estatua o un icono, cuidándolo, llevándole flores, rindiéndole tributo, cantándole, rezándole.

Las experiencias de conversión siempre tienen algo de espontáneo; su esencia estriba en que el pecador esté tan cegado por la lujuria, la codicia o la soberbia que sólo pueda entender la lógica psíquica que lo ha llevado al momento crítico de su vida, de manera retrospectiva, cuando él ya ha abierto los ojos. Así, existe cierto grado de incompatibilidad inherente entre la narrativa de la conversión y la novela moderna tal y como ésta fue perfeccionada durante el siglo dieciocho, con el énfasis puesto en el personaje, más que en el alma, y con su manera de mostrar, paso a paso y sin grandes saltos ni intervenciones sobrenaturales, cómo recorre su camino, de principio a fin, aquel que solía llamarse héroe o heroína y que ahora responde al nombre más acertado de personaje principal.

A pesar de que le han endilgado la etiqueta de “realismo mágico”, gran parte de la obra de García Márquez pertenece a la tradición del realismo psicológico cuya premisa es que el funcionamiento de la psique individual posee una lógica que puede ser rastreada. Él mismo ha comentado que su llamado realismo mágico consiste simplemente en contar historias difíciles de creer con absoluta seriedad, un truco que aprendió de su abuela en Cartagena; y además, que aquello que a los extranjeros les cuesta trabajo creer en sus relatos, muchas veces forma parte de la realidad cotidiana de América Latina. Ya sea que esta afirmación nos parezca cierta o no, el hecho es que la mezcla de lo fantástico y lo real (o, para ser más precisos, la elisión del y/o que mantiene separadas la “fantasía” y la “realidad”) que tanto revuelo causó en 1967, cuando apareció Cien años de soledad, se ha vuelto una característica común de la novela más allá de las fronteras de América Latina.

¿Es el gato de Memoria de mis putas tristes tan sólo un gato... o acaso se trata de un visitante del bajo mundo? ¿De verdad acude Delgadina al rescate de su amado, la noche de la tormenta, o acaso él, bajo el hechizo del amor, tan sólo imagina que lo visita? ¿Es esta bella durmiente tan sólo una chica de la clase obrera que se está ganando unos cuantos pesos adicionales... o acaso se trata de una criatura de otro mundo, uno en donde las princesas bailan toda la noche, las hadas madrinas llevan a cabo labores sobrehumanas y las hechiceras hacen dormir a las doncellas? Exigir una respuesta inequívoca a semejantes preguntas es malinterpretar la naturaleza del arte del narrador. A Roman Jakobson le gustaba recordarnos la frase que usaban los cuentistas tradicionales de Mallorca como preámbulo a sus relatos: “Érase que se era y no se era”.

Lo que a los lectores modernos de inclinaciones laicas les cuesta más trabajo aceptar, dado que al parecer carece de fundamento psicológico, es el hecho de que el mero espectáculo de una jovencita desnuda pueda provocar un cambio espiritual tan profundo en la actitud de un viejo depravado. Quizá el hecho de que el anciano esté listo para esa conversión sea más fácil de entender, en términos psicológicos, si consideramos que la existencia del personaje es anterior al momento en que da inicio a su memoria, que él nace en las obras de ficción anteriores de García Márquez y, para ser más específicos, en El amor en los tiempos del cólera.

Si se juzga de acuerdo con los criterios más elevados, Memoria de mis putas tristes no es un gran logro. Su pequeñez tampoco es consecuencia de su brevedad. Por ejemplo, aunque tiene una extensión más o menos parecida, Crónica de una muerte anunciada (1981) es una obra significativa que se suma al canon de García Márquez; es una narración cautivadora y densamente tejida y, al mismo tiempo, una asombrosa clase magistral sobre la manera en que pueden construirse múltiples historias (múltiples verdades) que abarquen los mismos acontecimientos.

Sin embargo, Memoria de mis putas tristes tiene un objetivo valiente: defender el deseo que sienten los hombres maduros por las niñas, esto es, defender la pedofilia o al menos mostrar que ésta no tiene por qué ser un callejón sin salida para el amante ni para la amada. La estrategia conceptual que García Márquez utiliza para este fin es derribar el muro que existe entre la pasión erótica y la pasión de la veneración, como se manifiesta sobre todo en los distintos cultos a la virgen que tanta fuerza tienen en el sur de Europa y en América Latina, con su sólida y arcaica base, precristiana en el primer caso, precolombina en el segundo. (Como lo aclara la descripción que su amante hace de ella, Delgadina posee en alguna medida la fiereza de una antigua diosa virginal: “la nariz altiva, las cejas encontradas, los labios intensos [...] un tierno toro de lidia”.)

Una vez que aceptamos que hay cierta continuidad entre la pasión del deseo sexual y la pasión de la veneración, entonces lo que se origina como un deseo “malo”, como el que Florentino Ariza satisface con su pupila, puede, sin mudar su esencia, transformarse en un deseo “bueno”, como el que siente el amante de Delgadina, y constituir así el germen de una nueva vida para él. En otras palabras, Memoria de mis putas tristes se entiende más como una especie de complemento para El amor en los tiempos del cólera, en donde el violador de la confianza de la niña virgen se convierte en su fiel adorador.

Cuando Rosa se entera de que su empleada de catorce años ha sido bautizada como Delgadina (que remite a delgadez, delicadeza, proporción de formas), se sorprende mucho y trata de revelarle al cliente cuál es el verdadero y ordinario nombre de la chica. Pero él no quiere oírlo, así como prefiere que la chica no hable. Cuando, después de haberse ausentado largamente del burdel, Delgadina reaparece ataviada con un maquillaje y unas joyas desconocidas, él se escandaliza; la joven no sólo lo ha traicionado a él sino a su propia naturaleza. En ambos incidentes, vemos como él le impone una identidad invariable... la de una princesa virginal.

La inflexibilidad del viejo, su insistencia en que su amada se apegue a la forma en que la ha idealizado, tiene un vago precedente en la literatura hispánica. Acatando la regla de que todo caballero andante debe tener una dama a quien dedicarle sus hazañas bélicas, el anciano que se hace llamar Don Quijote se declara servidor de su señora, Dulcinea del Toboso. La señora Dulcinea guarda una tenue relación con una campesina del pueblo de Toboso, en quien Don Quijote puso los ojos alguna vez pero, en esencia, es un personaje fantástico que él ha inventado, tal como se ha inventado a sí mismo.

El libro de Cervantes empieza siendo una condena del romance caballeresco, pero se convierte en algo mucho más interesante... una exploración del misterioso poder que posee lo ideal para resistir los decepcionantes enfrentamientos con lo real. Al final del libro, el regreso de Don Quijote a la lucidez, su abandono del mundo ideal, que con tanta valentía ha intentado habitar, a favor del mundo real de sus detractores, llena de consternación a todos los que lo rodean, incluyendo al lector. ¿Es esto lo que realmente queremos... renunciar al mundo de la imaginación y establecernos una vez más en el tedio de la vida, en un apartado rincón de la Castilla rural?

El lector del Quijote nunca sabe a ciencia cierta si el héroe de Cervantes es un loco que padece el hechizo de una ilusión; si, por el contrario, desempeña su papel de forma consciente (al vivir su vida como una ficción); o bien si su mente fluctúa de forma impredecible entre estados de ilusión y conciencia de sí. Ciertamente hay momentos en los que Don Quijote parece afirmar que el hecho de dedicarse a una vida de servicio puede hacer de uno mismo una mejor persona, sin importar que se esté al servicio de una ilusión. “Desde que me convertí en un caballero andante —dice él— he sido valiente, educado, liberal, cortés, generoso, audaz, gentil, paciente [y] sufrido”. Aunque uno pueda pensar que no siempre ha sido tan valiente, educado, etc., como él afirma y tener ciertas reservas al respecto, no puede ignorar la declaración bastante elaborada que hace el personaje acerca del poder que puede tener un sueño para anclar nuestra vida moral ni negar que, desde el día en que Alonso Quijano asumió su identidad como caballero, el mundo se ha vuelto un lugar mejor; o, si no mejor, entonces al menos más interesante, más animado.

A primera vista, Don Quijote parece ser un tipo bizarro, pero la mayor parte de quienes entran en contacto con él acaban por convertirse un poco a su forma de pensar y, por ende, ellos mismos acaban siendo medio quijotescos. Si acaso exista una enseñanza que este personaje pueda darnos es que, en el interés de un mundo mejor y más animado, tal vez no sea una mala idea cultivar en uno mismo cierta capacidad para la disociación, no necesariamente controlada de forma consciente, aunque esto pueda llevar a los demás a concluir que uno padece ilusiones intermitentes.

En la segunda mitad de la novela de Cervantes, los diálogos entre Don Quijote y los duques exploran a fondo lo que significa dedicarse a vivir un ideal y, por ende, a llevar quizá una vida irreal (fantástica, ficticia). La duquesa hace la pregunta clave de manera cortés pero firme: ¿Acaso no es verdad que Dulcinea “no existe en el mundo sino que es una dama imaginaria, que su gracia [a saber, Don Quijote] la engendró y la parió en su mente?”.

“Sólo Dios sabe si Dulcinea existe en el mundo o no —contesta Don Quijote— o si ella es imaginaria o no; éstas no son cosas que puedan comprobarse hasta el final. [Pero] yo ni engendré ni parí a mi señora...”.

La cautela ejemplar de la respuesta de Don Quijote revela un conocimiento bastante profundo del largo debate sobre la naturaleza del ser, desde los presocráticos hasta Tomás de Aquino. Aun concediendo la posibilidad de que sea una ironía por parte del autor, Don Quijote sí parece sugerir que, si aceptamos la superioridad ética de un mundo en donde la gente actúa en nombre de los ideales con respecto a un mundo en donde la gente actúa en nombre de los intereses, entonces las incómodas preguntas ontológicas, como la de la duquesa, pueden posponerse o incluso barrerse bajo el tapete.

El espíritu de Cervantes tiene una profunda influencia en la literatura española.

En la transformación de la joven obrera anónima en la virgen Delgadina es fácil identificar el mismo proceso de idealización por el cual la campesina del Toboso se convierte en la señora Dulcinea; tampoco es difícil ver que, en el hecho de que el héroe de García Márquez prefiera que el objeto de su amor permanezca inconsciente y mudo, existe la misma aversión por el mundo real, con toda su obstinada complejidad, que mantiene a Don Quijote a una distancia segura de su amada. Así como Don Quijote puede afirmar que se ha convertido en una mejor persona al servir a una mujer que ignora su existencia, así también el anciano de Memoria de mis putas tristes puede aseverar que ha llegado al umbral de “por fin la vida real” al aprender a amar a una joven a quien no conoce en ningún sentido real y que tampoco lo conoce a él. (La escena más cervantesca del libro es cuando el narrador tiene la oportunidad de ver la bicicleta que su amada usa —o que dicen que usa— para irse a trabajar y, en la realidad de una bicicleta de verdad, encuentra “la prueba tangible” de que la chica del nombre de cuento de hadas —cuyo lecho ha compartido noche tras noche— “existía en la vida real”.)

En su autobiografía Vivir para contarla, García Márquez nos cuenta cómo escribió La hojarasca (1955), su primera novela corta. Cuando dio por terminado (como creyó entonces) el manuscrito, se lo mostró a su amigo Gustavo Ibarra y, para consternación suya, éste le señaló que la situación dramática (la lucha por enterrar a un hombre en contra de las autoridades, cívicas y clericales) había sido tomada de Antígona de Sófocles. García Márquez releyó dicha obra “con una extraña mezcla de orgullo por haber coincidido, de buena fe, con un escritor de ese calibre y de pena ante la vergüenza pública del plagio”. Antes de publicarlo, volvió a revisar todo el manuscrito y agregó un epígrafe de Sófocles para mostrar que estaba en deuda con él.

Sófocles no es el único escritor que ha dejado huella en García Márquez. Sus primeras obras de ficción muestran la impronta de William Faulkner, a tal grado que puede considerársele, con justo título, el discípulo más devoto del autor estadounidense.

En el caso de Memoria de mis putas tristes puede verse claramente la influencia de Yasunari Kawabata, quien obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1968. En 1982, García Márquez escribió un cuento, “El avión de la bella durmiente”, en donde hace una alusión específica a Kawabata. Al estar sentado en la cabina de primera clase de un avión que cruza el Atlántico, junto a una joven de extraordinaria belleza que duerme durante todo el vuelo, el narrador de García Márquez recuerda una novela de Kawabata acerca de ciertos hombres de edad madura que pagan por pasar la noche con chicas drogadas y dormidas. Como obra de ficción, el cuento de “El avión de la bella durmiente” está poco desarrollado, no es más que un borrador. Quizá por ello García Márquez se siente con la libertad de retomar esa situación (el admirador que ya no es joven junto a la joven durmiente) en Memoria de mis putas tristes.

En La casa de las bellas durmientes (1961) de Kawabata, un hombre llamado Yoshio Eguchi, que está en el umbral de la vejez, recurre a una alcahueta que les proporciona chicas narcotizadas a hombres de gustos especializados. Durante un tiempo, él pasa la noche con varias de estas chicas. El reglamento del establecimiento que prohíbe la penetración sexual resulta, en gran medida, superfluo dado que casi todos los clientes son viejos e impotentes. Pero Eguchi no es ni lo uno ni lo otro (como él mismo no deja de repetirse). Coquetea con la idea de romper las reglas y violar a una de las chicas, preñarla, incluso asfixiarla, como una forma de probar su hombría y desafiar a un mundo que trata a los viejos como niños. Al mismo tiempo, se siente atraído por la idea de ingerir una sobredosis y morir en los brazos de una virgen.

La novela corta de Kawabata es un estudio, intenso y consciente, de las actividades de Eros en la mente de un sensualista que posee una aguda (quizá morbosa) sensibilidad a los olores, las fragancias y los matices del tacto, que queda absorto ante la unicidad física de las mujeres con las que intima, que es propenso a cavilar sobre las imágenes de su pasado sexual y a quien no amedrenta el enfrentarse a la posibilidad de que su atracción por las mujeres jóvenes pueda encubrir el deseo que siente por sus propias hijas, ni que su obsesión por los pechos femeninos pueda originarse en recuerdos de infancia.

El cuarto aislado que sólo contiene una cama y un cuerpo vivo que puede ser acariciado o manoseado, dentro de ciertos límites, como a él le plazca, sin testigos y por consiguiente sin riesgo de sufrir una humillación, constituye ante todo un teatro en donde Eguchi puede enfrentarse a sí mismo como realmente es... viejo, feo y próximo a morir. Sus noches con las chicas anónimas están llenas de melancolía más que de alegría, de lamentos y angustia más que de placer físico:

La vieja senilidad de los hombres tristes que acudían a esa casa no estaba a muchos años de distancia para el propio Eguchi. La inmensa extensión del sexo, su insondable profundidad... ¿qué parte de eso había conocido Eguchi en sus sesenta y siete años? Y alrededor de los viejos siempre nacía carne joven, carne hermosa. ¿Acaso no se ocultaban, en el secreto de esa casa, la añoranza de los hombres viejos y tristes por el sueño inacabado, el pesar por los días que perdieron sin poseerlos nunca?

Lo que García Márquez hace no es imitar a Kawabata, sino responderle. Su héroe tiene un temperamento muy distinto al de Eguchi; es menos complejo en su sensualismo, menos introspectivo, menos explorador, también menos poeta. Pero la verdadera distancia que hay entre García Márquez y Kawabata debe medirse con base en lo que sucede en la cama, en las respectivas casas secretas. En la cama con Delgadina, el anciano de García Márquez encuentra una nueva alegría que lo hace ascender. Por el contrario, para Eguchi nunca deja de ser un irritante misterio el hecho de que unos cuerpos femeninos inconscientes, cuyo uso puede comprarse por hora y de cuyos miembros flojos puede disponer el cliente como desee, puedan tener tanto poder sobre él, al grado de hacerlo volver una y otra vez a esa casa.

Naturalmente, la pregunta obligada en relación con las bellezas durmientes es ésta: ¿qué pasará cuando despierten? En el libro de Kawabata no existe un despertar, hablando en sentido simbólico; la sexta y última de las chicas de Eguchi muere a su lado, envenenada por la droga que la hizo dormir. Por otro lado, en García Márquez, Delgadina parece haber absorbido a través de la piel todas las atenciones de que ha sido objeto y estar a punto de despertar, lista para amar a su vez a su enamorado.

Así, la versión de García Márquez sobre el cuento de la bella durmiente es mucho más optimista que la de Kawabata. En efecto, al finalizar de manera tan abrupta, Memoria de mis putas tristes parece cerrar deliberadamente los ojos ante la cuestión del futuro que podrá tener cualquier anciano, enamorado de una mujer joven, cuando a la amada se le permita bajar de su pedestal de diosa. Cervantes hace que su héroe vaya al pueblo de Toboso y se presente de rodillas ante una chica que ha sido elegida casi al azar como la encarnación de Dulcinea. Su esfuerzo se ve recompensado por una retahíla de mordaces y zafios insultos, aderezados con cebolla cruda, y él abandona el escenario sintiéndose confundido y desconcertado.

Creo que la pequeña fábula que García Márquez ha escrito sobre la redención no sería lo bastante sólida como para aguantar una conclusión de este tipo. Quizá sería bueno que García Márquez le echara un vistazo a “El cuento del mercader”, la sarcástica historia de un matrimonio que forma parte de los Cuentos de Canterbury de Chaucer, y, sobre todo, que se fijara en la imagen de la pareja, sorprendida bajo la clara luz del amanecer, después de los vigorosos esfuerzos de la noche de bodas... el viejo marido, sentado en la cama, con el gorro de dormir puesto y la temblorosa papada, y la joven esposa, acostada a su lado, consumida por la irritación y el asco.

Coetzee. Su libro más reciente es Hombre lento (Mondadori, 2006).

 

 

 


 



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