"Oriente Próximo: las verdaderas condiciones de la paz"
por Jean Daniel.

      

 

Director de Le Nouvel Observateur.
Artículo publicado en el número 2307 del semanario. enero –febrero 2009

El mundo entero contiene el aliento, esta semana, al asistir en el Nuevo Mundo a la entrada en una nueva Era. Desde el 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos no había dejado de preguntarse por qué era el país más odiado del mundo. Ahora se embriaga pensando que está rehabilitado y que debe esta nueva salud a un negro. Una “redención”, no ha dudado en decir un pastor de Illinois. Una “revolución”, como ha escrito Russell Banks, en la medida que los norteamericanos no se perciben como una nación de mayoría blanca con unas minorías negra, latina y asiática, sino como una sola nación igualitaria, multiétnica y multicultural.

Se dirá que la intensidad pasional del interés que suscita un nuevo presidente tan carismático y superdotado como Barack Obama puede generar unas esperanzas poco razonables y  o un “más dura será la caída”. En el curso de los últimos años, ya todo había cambiado. Al salir de los años negros del reinado de George Bush, se estaba de acuerdo en fijar las nuevas prioridades del presidente evocando Irak, Irán, Afganistán y las necesarias decisiones económicas relativas a la pobreza, la capacidad adquisitiva y el medio ambiente. No se hablaba de Oriente Próximo, y el caos de las guerras locales sólo afectaba, de veras, a sus víctimas directas. Ha sido en este momento cuando el huracán de la crisis financiera ha barrido todo a su paso y se ha impuesto como una primera obligación. Estados Unidos mismo ha sido golpeado en el corazón y, en el entorno de Barack Obama, ya se da a entender a los norteamericanos demasiado entusiastas que deberán esperar al menos dos años antes de ver mejorar los asuntos.

Hace tres semanas surgió una última y brutal obligación con la intervención israelí en Gaza. Para responder al acoso provocador de Hamas, los israelíes se han propuesto aplastar Gaza bajo las bombas sin perdonar a los civiles. Todas las televisiones del mundo han proyectado imágenes atroces de niños heridos o muertos, lo cual ha originado manifestaciones hostiles particularmente intensas en todos los países del mundo árabe y, por lo tanto, musulmán.

El lanzamiento de cohetes por Hamas, que llegaban cada vez más adentro del territorio israelí tenía como objetivo, se dice, impedir toda posible tentativa de los colaboradores de George Bush de entablar una negociación con el presidente de la Autoridad Palestina , Mahmud Abbas. Pero la decisión del Gobierno de Jerusalén de replicar de manera masiva, larga y a veces ciega tenía en cuenta a la vez la llegada de Obama a la Casa Blanca y las elecciones israelíes del 10 de febrero, en las que se enfrentan tres halcones: el ministro de Defensa, Ehud Barak; la ministra de Asuntos Exteriores, Tzipi Livni, y el jefe de la oposición, Benjamín Netanyahu. Para los dos primeros se trata de demostrar que son tan aptos librando una guerra para defender la seguridad de Israel como lo sería el tercero, favorito en las encuestas. Y era preciso que esta prueba fuera administrada antes de que el aliado incondicional de Israel, George Bush, dejara la Casa Blanca.

Sobre las formas adoptadas para la intervención en Gaza, se descubre ahora que había fuertes divisiones en el seno de las autoridades israelíes. Una parte del Estado Mayor del Tsahal y del Shin Beth –los servicios secretos interiores– estimaba que era absolutamente imposible erradicar todas las capacidades de Hamas para lanzar cohetes. Era preciso, pues, contentarse con dar una lección, dura pero corta. Por el contrario, los otros pensaban que debía irse hasta el final de la intervención, cualquiera que fuera su duración, de forma que se borrara el recuerdo de los errores y de las decepciones que habían desacreditado al Tsahal durante la última invasión del Líbano. La técnica, esta vez, estaba perfectamente a punto, al menos en el plano de la eficacia, como ha demostrado el saldo de las bajas: 13 israelíes han resultado muertos y 1.300 palestinos.

Los dirigentes de Israel han debido inclinarse ante la fuerza de las presiones ejercidas por sus mejores amigos en Europa y en el mundo árabe, en particular Francia y Egipto. Es un hecho que Nicolas Sarkozy ha conseguido movilizar a los principales Estados europeos, mientras que Arabia Saudí, Jordania y Siria, como mínimo, daban luz verde a Egipto. Así, un ministro saudí, lo confió a José Luis Rodríguez Zapatero: “El miedo que suscita la fracción iraní y prochiita de Hamas es, a veces, superior al odio que suscita Israel”.

De todas formas, ha habido dos alto el fuego unilaterales, el primero de los israelíes y el segundo de Hamas, que han suspendido las masacres, lo cual es considerable, pero cuyas intenciones no pueden ser más frágiles, precarias y contradictorias, porque Hamas cree poder imponer un ultimátum a los israelíes: o bien estos últimos retiran sus fuerzas de Gaza o bien la tregua finalizará. Por su parte, los israelíes declaran que no exigen a Hamas otra cosa que el cese de los lanzamientos de cohetes, si sólo se trata de prolongar la tregua. En cambio, cuando se trata de abrir una negociación, como han pedido claramente los egipcios, en nombre de los árabes, y los franceses, en nombre de Europa, los israelíes reclaman que Hamas reconozca oficialmente al Estado soberano de Israel y reconozca también todos los acuerdos firmados por los palestinos con este país desde 1993. En cuanto a Hamas, exige la salida de todas las tropas israelíes y la apertura de todos los corredores y lugares de paso entre Gaza e Israel. Pero, en el mejor de los casos, no se trataría más que de un período de calma momentánea y no de una esperanza, ni siquiera vaga, de solución.

¿En qué disposición de espíritu se encuentra Obama? Nadie lo sabe. Sin duda, como Hillary Clinton; como haría cualquier otro presidente norteamericano; como el mismo Nicolas Sarkozy, ha tomado posición considerando a Israel un país aliado, amigo y fraternal. Pero se ve que esto no ha impedido al presidente francés explicar su verdad a sus amigos condenando formalmente la intervención israelí en Gaza. En la administración de Barack Obama, tres de los hombres que desempeñarán un mayor papel en la definición de la política en Oriente Próximo, en particular en el asunto israelo-palestino, son diplomáticos procedentes de la administración de Clinton. Los tres son judíos, pero dos de ellos, Martín Indyk y Dan Kurtzer, han sido embajadores en Israel en la década de 2000 y han mostrado más que impaciencia ante la falta de flexibilidad del Gobierno israelí, en especial sobre la cuestión de las colonias y del muro de separación.

 

Coaliciones artificiales

 

El retorno de todos estos personajes, ¿permitirá colocar de nuevo en el centro de la negociación los que, al día siguiente del fracaso de Camp David en julio de 2000, se llamaron los “parámetros Clinton”? Éstos eran los siguientes:

•  La línea de armisticio de 1967 (línea verde) constituiría, después de algunas modificaciones, la base de la separación entre Israel y el futuro Estado palestino, que dispondría de una continuidad territorial en Cisjordania y de una conexión permanente con Gaza.

•  Jerusalén sería repartida entre los dos Estados: los sectores que están habitados actualmente por israelíes estarían bajo soberanía israelí; los sectores (el Jerusalén Este), que ahora están habitados por palestinos, dependerían del Estado palestino.

•  Los refugiados palestinos que lo desearan podrían quedarse en el Estado de Palestina, pero no en el de Israel. Los demás podrían beneficiarse de una ayuda internacional, bien para instalarse definitivamente en el país en el que se hallan, bien para emigrar a un nuevo país de acogida.

 

Pero el elemento más decisivo es que Barack Obama es extremadamente sensible (como Colin Powell dijo que él también era) a la creciente e inquietante hostilidad, que suscita prácticamente en todo el mundo la política norteamericana, por su alianza con Israel, excesivamente privilegiada a los ojos del mundo.

Sobre este último punto, hay al menos dos tesis. Una de ellas consiste en considerar sospechosa, antisionista e incluso antisemita cualquier información según la cual numerosos problemas en el mundo nunca podran resolverse mientras no se haya impuesto la paz entre los palestinos y los israelíes. En tal sentido, George Bush ha sido la cabeza visible de esta tesis. Desde su punto de vista, el único problema del siglo XXI es el de la lucha contra el terrorismo de los Estados indeseables y, en esta lucha, Israel es un aliado indispensable.

Y después hay los que -nosotros estamos entre ellos- desde hace mucho tiempo estiman que los conflictos en torno a la tierra tres veces santa de Palestina han originado, por razones extremadamente simbólicas, unas coaliciones artificiales, pero peligrosas, en el mundo más dividido que existe en el mundo: a saber, el mundo árabe. La conclusión de una paz duradera arrebataría a los islamistas de toda opinión la coartada de la guerra santa para justificar su racismo. Se ha visto con qué inteligencia estratégica los iraníes, en especial el presidente, Mahmud Ahmadineyad, han explotado las pasiones antiisraelíes. Han sabido acusar al mundo árabe, incapaz de liberar la Tierra Santa de los infieles, dando a entender que Irán había sido designado por Dios para sustituir a los árabes claudicantes.

El argumento empleado con frecuencia contra los partidarios de la segunda tesis consiste en decir que cuando haya paz en Oriente Próximo no habrá un islamista menos en el mundo árabe, pero eso impedirá, quizá, que haya diez islamistas más. En todo caso, la alianza entre Estados Unidos e Israel, mientras los primeros ocupen Irak y los segundos ocupen los territorios palestinos, decuplicará esta hostilidad sobre la que Barack Obama intentará triunfar.

Las cosas no son simples porque, como ha escrito el historiador israelí Elie Barnavi, se trata de “dos versiones furiosamente divergentes de la misma historia, en la que ni la religión, ni la cultura, ni la mitología están ausentes”. Pero hay progresos que pueden realizarse y que, además, ya se han llevado a cabo, especialmente durante la reunión en Ginebra el 1 de diciembre de 2003. Como escribió Robert Malley en un estudio colectivo (Guerres d'aujourd'hui, bajo la dirección de Sara Daniel, Editions Delavilla): “Quince años de un proceso de paz tumultuoso han contribuido ampliamente a clarificar las posturas y a allanar las discrepancias. Las fracasadas negociaciones de Camp David en 2000 y de Taba en 2001 han permitido entrever una solución tan equilibrada como posible para los dos antagonistas. Sobre los cuatro grandes asuntos -las fronteras, la suerte de los millones de refugiados palestinos, el estatuto de Jerusalén y la seguridad- el punto de equilibrio es ya bastante conocido. Toda solución futura se referirá ineluctablemente a ello”.

 

Reforzar a Mahmud Abbas

 

Para la negociación, Barack Obama debe ahora tratar de persuadir a unos interlocutores que no se reconocen mutuamente. Desde el principio tiene a su alcance una solución, por otra parte sugerida varias veces por un hombre como Zbigniew Brzezinski (L'Amérique face au monde, Editions Pearson). Se trata de reforzar legal y vigorosamente, y de forma casi autoritaria, los poderes del presidente de la Autoridad Palestina , bien se trate de Mahmud Abbas o de su sucesor. Puede decirse que, en cierto modo, Hamas es el fruto de la impericia de las autoridades cisjordanas. Pero la responsabilidad de los europeos y, sobre todo, de Estados Unidos es aplastante. No se ha dado nunca a los cisjordanos la ocasión de comprobar que se puede vivir más decentemente y más dignamente bajo la autoridad de los amigos de Occidente que bajo la de Hamas y de su protector iraní.

Barack Obama tiene ante sí un espléndido acto fundacional que realizar. Por ahí, sí, por ahí, debería comenzar, reanudando por su cuenta la preciosa iniciativa del príncipe saudí Abdullah, el cual, en 2002, propuso en nombre de todos los países árabes, excepto Libia, un reconocimiento de Israel a cambio de la retirada de todas las fuerzas israelíes de los territorios ocupados. Es el ahora o nunca; es la gran ocasión que tiene Barack Obama de pasar de una brillante conquista del poder a su ejercicio magistral.

 

 

 


 



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