"La corrupción de la lucha contra la corrupción"
por Joseph Stiglitz.

      

 

Project-Syndicate.org. 2006.
Joseph Stiglitz es premio Nóbel de Economía.
Su último libro es Making Globalization Work
("Para lograr que funcione la mundialización").
Copyright: Project Syndicate, 2006.
Traducido del inglés por Carlos Manzano.

 En su reciente reunión anual, funcionarios del Banco Mundial hablaron por extenso de la corrupción. Es una preocupación comprensible: el dinero que el Banco Mundial presta a países en desarrollo que acaba en cuentas bancarias secretas o financia la vida lujosa de algunos contratistas deja más endeudado un país, no más próspero.
James Wolfensohn, el anterior Presidente del Banco, y yo somos ampliamente conocidos por haber introducido el asunto de la corrupción en el programa del Banco, frente a los oponentes que consideraban la corrupción un asunto político, no económico, y, por tanto, ajeno al mandato del Banco. Nuestra investigación reveló relaciones sistemáticas entre la corrupción y el crecimiento económico, lo que nos permitió seguir abordando esa cuestión decisiva.
Pero el Banco Mundial haría bien en tener presentes cuatro cosas, al emprender la lucha.
En primer lugar, la corrupción adopta muchas formas, por lo que una guerra contra la corrupción debe reñirse en muchos frentes. No se puede luchar contra la desviación de pequeñas cantidades de dinero por países débiles y pobres, mientras se pasa por alto la desviación en gran escala de recursos públicos hacia manos privadas del tipo del que caracterizó, por ejemplo, la Rusia gobernada por Boris Yeltsin.
En algunos países, la corrupción a las claras reviste primordialmente la forma de contribuciones a las campañas electorales que obligan a los políticos a corresponder a los donantes más importantes con favores. La corrupción en pequeña escala es mala, pero la corrupción sistémica de los procesos políticos puede tener costos aún más graves. Las contribuciones a las campañas electorales y el cabildeo que propician las privatizaciones rápidas de empresas de servicios públicos –antes de que existan los marcos reglamentadores apropiados y de modo que haya pocos postores- puede obstaculizar el desarrollo, aun cuando no haya sobornos directos de funcionarios del Estado.
En la vida nada es nunca exclusivamente blanco o negro. Del mismo modo que no hay una política de desarrollo económico que valga para todos los países, tampoco la hay para luchar contra la corrupción. La reacción contra la corrupción debe ser tan compleja y variopinta como la propia corrupción.
En segundo lugar, está muy bien que el Banco Mundial pronuncie sermones anticorrupción, pero lo que importa son las políticas, los procedimientos y las instituciones. De hecho, los procedimientos del Banco en materia de adquisición están considerados en general un modelo digno de admiración en todo el mundo. En efecto, algunos países con grandes reservas de dólares –que no necesitaban precisamente créditos del Banco Mundial– solicitaron préstamos del Banco con tipos de interés superiores a los existentes en los Estados Unidos, porque consideraban que esos procedimientos contribuirían a la formulación y ejecución de proyectos de gran calidad y libres de corrupción y pasarían a ser modelos para otros sectores.
Pero el éxito en la lucha contra la corrupción entraña algo más que procedimientos idóneos de adquisición (evitar, por ejemplo, que haya un solo postor y, por tanto, sin competidores). Se pueden aplicar muchos otros procedimientos y políticas que reduzcan los incentivos para la corrupción. Por ejemplo, algunos sistemas fiscales son más resistentes a la corrupción que otros, porque reducen la autoridad discrecional de los funcionarios fiscales.
En tercer lugar, el cometido primordial del Banco Mundial es el de luchar contra la pobreza, lo que significa que, cuando aborda el caso de un país pobre y asolado por la corrupción, su imperativo es el de encontrar formas de velar por que su propio dinero no esté manchado, sirva para la ejecución de proyectos y llegue hasta las personas que lo necesitan. En algunos casos, puede ser necesario para ello encargar la ejecución a organizaciones no gubernamentales, pero raras veces será la mejor reacción la de limitarse a marcharse.
Por último, si bien los países en desarrollo deben cumplir con su deber de acabar con la corrupción, Occidente puede hacer mucho para contribuir a ello. Como mínimo, los gobiernos y las empresas occidentales no deben ser cómplices. Cada uno de los sobornos aceptados tiene un pagador y con demasiada frecuencia quien paga el soborno es una empresa de un país industrial avanzado o alguien que actúe en su nombre.
De hecho, una razón que explica la llamada "maldición de los recursos naturales" –el hecho de que los países ricos en recursos no tengan, por término medio, una ejecutoria tan buena como los países pobres en ellos– es la preponderancia de la corrupción, con demasiada frecuencia facilitada e instigada por empresas a las que les gustaría obtener los recursos que venden a precios de descuento. Los Estados Unidos, durante la presidencia de Jimmy Carter, hicieron una contribución importante al aprobar la Ley de Prácticas Corruptas, que ilegalizó el soborno por parte de empresas americanas en cualquier parte del mundo. La Convención de la OCDE sobre el Soborno fue otro paso en la dirección correcta. Otro avance sería el de lograr la transparencia de todos los pagos a los gobiernos y los gobiernos occidentales podrían fomentarla simplemente haciendo que las deducciones fiscales vayan acompañadas del cumplimiento de ese requisito.
Igualmente importante es abordar el secreto bancario, que facilita la corrupción al brindar a los dictadores corruptos un refugio seguro para sus fondos. En agosto de 2001, justo antes de los atentados contra los Estados Unidos, el gobierno de este país vetó una disposición de la OCDE encaminada a limitar las cuentas bancarias secretas. Si bien dicho gobierno ha dado marcha atrás en su posición sobre el secreto bancario en el caso de los terroristas, no lo ha hecho en el caso de los funcionarios corruptos. Una posición firme al respecto por parte del Banco Mundial aumentaría su crédito en la guerra contra la corrupción.
Quienes critican la posición del banco sobre la corrupción no lo hacen porque estén a favor de ésta. Algunos críticos están preocupados por la posibilidad de que haya corrupción en el propio programa contra la corrupción: que se utilice esa lucha para encubrir la interrupción de la ayuda a los países que desagraden al Gobierno de los Estados Unidos. Esas preocupaciones han cobrado resonancia con la aparente incongruencia de las firmes declaraciones del Banco sobre la corrupción y su simultáneo propósito de aumentar los préstamos al Iraq. No es probable que nadie certifique que el Iraq está libre de corrupción... ni siquiera que ocupe un puesto poco prominente internacionalmente en materia de corrupción.
Sin embargo, la crítica más estridente procede de aquellos a quienes preocupa que el Banco Mundial esté apartándose de su mandato. Naturalmente, el Banco debe hacer todo lo posible para velar por que se emplee bien su dinero, lo que significa luchar a un tiempo contra la corrupción y la incompetencia, pero el dinero por sí solo no resolverá todos los problemas y un planteamiento con poca amplitud de miras de la lucha contra la corrupción no contribuirá al desarrollo. Al contrario, podría desviar la atención simplemente de otras cuestiones no menos transcendentales para quienes se esfuerzan por salir de la pobreza.

 

 


 



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