"sobre una metáfora de Kant"
por Juan Benet.

      

 

.Vuelta, mayo 1982


Según los conocedores y comentaristas de Kant la Crítica de la razón práctica no fue desarrollada por su autor como una aplicación a la ciencia moral de los principios y métodos sacados a luz con la Crítica de la razón pura, publicada siete años antes que aquélla, sino que ambas -con su complemento final la Crítica del juicio, que formara la terna- fueron concebidas como elementos integrantes e indispensables de todo el sistema de la crítica de la razón cuyo doble componente, teórico y práctico, es lo que le confiere su carácter trascendental. De hecho la segunda de sus "Críticas" difiere mucho de la primera y constituye, de todos los textos esenciales publicados por Kant en la década del 70 al 80, la lectura más asequible para un dilettante como yo, deseoso de entrar en el pensamiento del filósofo sin perder mucho tiempo en el estudio de sus páginas más enrevesadas. Para empezar debo confesar que no he leído en tu totalidad la Crítica de la razón pura, muchas de cuyas páginas demostrativas no he vacilado en saltarme, y en cuanto a la del juicio tan sólo me he aventurado, y con cierta desgana, en la Estética Trascendental.

Así pues que quede bien claro que no estoy capacitado para hablar "del pensamiento de Kant" con esa generalidad a menudo sin escrúpulos tan querida por los profesores, y que si en algún momento me permito hacer algunas incursiones en ese terreno tan peligroso será tan sólo para recabar un cierto apoyo geográfico a algunas consideraciones sobre su estilo. Por otro lado, se puede preguntar ¿qué valor pueden tener esas consideraciones deducidas, como no puede ser menos dado mi desconocimiento del alemán, de las lecturas de unas traducciones que poco o mucho desvirtuarán los caracteres estilísticos de un escritor tenido por sus contemporáneos y compatriotas como uno de los más agarrotados y al mismo tiempo más luminoso? Semejante objeción nace sin duda de la consideración del estilo como una entidad intraducible o poco menos, como un sutil y fantasmal acompañante con que el autor protege el texto anaestilístico y que la menor intervención -y la traducción será la mayor- hará desaparecer para presentar la frase o el párrafo sin carácter alguno. Yo no puedo estar más lejos de esa concepción del estilo y supongo que cualquiera es capaz de atravesar las barreras lingüísticas, tanto el bueno como el malo (si es que los hay), tanto el vulgar como el refinado, el lacónico y exacto como el ampuloso o el retórico. Pues es justamente el estilo, tal vez por ser lo más fino, y no el sentido lo que no queda nunca retenido entre las mallas de una mala traducción que tantas veces confundirá el "significado" de una sentencia pero que nunca será capaz de desvirtuar ese poder de conjunto que transmite la totalidad de un texto, poco menos que emanado de aquella "razón pura" que al no estar sometida al dato empírico distribuye su pensamiento en un idioma de alcance casi universal.

Para escribir la Crítica de la razón pura Kant silenció la palabra escrita durante diez años, al cabo de los cuales -y según sus conocedores y comentaristas- un estilo completamente nuevo emergió de su pluma. "No se encontrará -dice Cassirer, hombre poco exagerado- en la historia de la literatura y de la filosofía un cambio de estilo más profundo y sustancial que el que se observa en la trayectoria de Kant en la década que va de 1770 a 1780" . Para llevar a cabo una obra en el terreno que sea, todo hombre tarde o temprano piensa en el estilo con que la ha de ejecutar y si en un principio fuera de él es posible el esbozo de una expresión primeriza, pronto se convertirá en la modalidad de su pensamiento que no tomará forma sino bajo las directrices que se ha marcado. Así, como en el razonamiento matemático que partiendo de unos principios adopta unos símbolos que incluyen todo sistema de avance hacia el resultado final, el estilo llega a ser anterior al desarrollo del pensamiento y no es por consiguiente raro, sino lo más natural, que un texto con tan copioso y prolijo pensamiento como lo es cualquiera de las "Críticas" se despliege desde su primera hasta su última página con una unidad de estilo que si por una parte contrasta con la multiplicidad de resultados por otra los aglomera en la perfección y compacidad de una única doctrina.

"He optado -comenta Kant sobre su propia obra de 1871 en su diario- por el método de la escuela con preferencia al libre movimiento del espíritu y del ingenio, aunque sabía que, siendo mi propósito hacer que toda cabeza reflexiva participe de mi investigación, la sequedad de este método habría de arredrar a aquellos lectores que buscan ante todo el lado práctico. Y aunque hubiera estado en posesión de un gran ingenio y de los más cautivadores encantos como escritor, habría prescindido de ellos, pues es muy importante para mí que nadie pueda pensar que he tratado de sugestionar o de captar el espíritu del lector, y prefiero que no se deje convencer por mí si no ha de persuadirse pura y exclusivamente por la misma fuerza del razonamiento. También el método ha ido surgiendo como producto de una serie de intentos." Yo cambio en la última frase "método" por "estilo" y no tengo sino una confirmación de lo que antes adelanté.

Así pues su actitud no podía ser más clara: prescindirá de florituras y en ningún momento caerá en el recurso del encanto. Como propósito y programa estilísticos la declaración (a sí mismo) de Kant es inapreciable y contiene con la mayor economía posible una de las aspiraciones. No creo que sea posible la existencia de una única doctrina expuesta con pluralidad de estilos. del filósofo: la transformación de la doctrina en ciencia, la anulación de la opinión en aras a la emergencia del razonamiento, esto es, la razón pura. A partir de esas fechas, Kant no se convertirá en otra cosa que en el portavoz de esa razón pura, la boca por la que habla esa sublime deidad que le ha elegido con la misma simplicidad en la designación con que el Ser Supremo separa de su grey a su profeta y le dicta la revelación que ha de transmitir a aquélla. Ciertamente esa clase de dictado suele traer consigo un estilo -el elevado, tirante, admonitorio e intransigente estilo de los profetas- que en principio en nada se corresponde con el del hombre de ciencia, digamos el de un Newton (recientemente traducido al castellano) o un Bernard, pero es lo cierto -y es lo que me interesa abordar, desde un punto de vista exclusivamente literarioque pese a su sistemática y tajante decisión Kant, con su estilo, fue incapaz de ocultar que su intelecto y su teoría se alimentaron de una revelación, sobre la que levantó todo su edificio crítico, y al conjuro de la cual escribió como un iluminado. En cierto modo vino a hacer buena la terrible paradoja de Bachelard: "la ciencia parte de un sueño antes que de una experiencia y son precisas muchas experiencias para despejar las brumas de los sueños".

Al prescindir de los encantos sabía muy bien lo que quería decir. Nada menos que prescindir -en la medida de lo posible- de la sensibilidad, de todo aquello que se conoce por la experiencia y a través de los sentidos y que designará lo más frecuentemente con el término "lo empírico", sin entrar en su descripción que es patrimonio de la ciencia experimental. La sensibilidad marca al ser que la goza con el sello de su finitud y en la "Crítica de la razón práctica" (traducción de Miñana y García Morente, edición de Victoriano Suárez, Madrid MCMXIII) en la Primera Parte , Lib. 1, Cap. III, pág. 148 dice Kant en su tirada sobre el respeto:

...el respeto es un efecto sobre el sentimiento, por lo tanto sobre la sensibilidad de un ser racional, ese respeto presupone esa sensibilidad, y por lo tanto también el carácter finito de aquellos seres a quienes la ley moral impone respeto y que no puede atribuirse respeto hacia la ley a un ser supremo o también a un ser libre de toda sensibilidad.

Es evidente que ni Dios ni la razón pura gozan de sensibilidad no sólo porque no la necesitan sino porque su presencia sería indicio de una parcial constitución patológica (es decir, afectable por el sentimiento) de cualquiera de ellos, como dice pocas páginas más adelante: Si este sentimiento del respeto fuera patológico y, por tanto, un sentimiento de placer fundado en el sentido interior, sería inútil tratar de descubrir un enlace del mismo con cualquier idea a priori.

El concepto de enlace, fundamental para la investigación de la causalidad, es tan decisivo que determinará una frontera a partir de la cual queda aislado y acotado el terreno del conocimiento apriorístico, esto es, la razón pura.

Y como quiera que su primera "Crítica" tratará de (a) demostrar la existencia de ese conocimiento, (b) indagar el objeto (o finalidad) de ese conocimiento y (c) formular las reglas y métodos por los que se rige ese conocimiento, nada puede parecer más riguroso que la determinación programática de limitar en todo el texto sus enlaces con el conocimiento empírico a las referencias más estrictas.

Cuanto menor sea el número de esos enlaces, con más claridad sonará la voz de la razón pura y a ese respeto la llamada del propio Kant en el Prólogo de la primera edición de la Crítica de la razón pura (traducción de Pedro Ribas, Ediciones Alfaguara, S.A: Madrid, 1978, pág. 12) no deja el menor lugar a dudas:

Finalmente en lo que atañe a la "claridad" el lector tiene derecho a exigir, en primer lugar, la "claridad' discursiva" (lógica) "mediante conceptos", pero también, en segundo lugar una "claridad intuitiva" (estética) "mediante intuiciones", es decir, mediante ejemplos u otras ilustraciones concretas. La primera la he cuidado suficientemente. Ello afectaba a la esencia de mi propósito, pero ha sido también la causa fortuita de que no haya podido cumplir con la segunda exigencia, la cual, sin ser tan estricta, era también razonable.

Un lector medianamente familiarizado con la terminología kantiana sabe perfectamente a qué atenerse en esa distinción entre lógica y estética y tanto como dos clases de claridad lo que pone en juego es la clarificación de dos mundos diferentes: el de los a priori por un lado, el de los objetos sensibles por otro. Sin embargo, Kant no se reconoce en falta. Su advertencia es una manera de disimular el menosprecio que en su fuero interno debía sentir por la claridad intuitiva y el juego de palabras que se permite pocas líneas más adelante sobre la cita de Terrasson indica también a las claras a qué sañuda persecución sometió todos esos "ejemplos e ilustraciones" que más que "contribuir a la claridad tapan o hacen irreconocible la articulación o estructura del sistema". Será Cassirer -y quién mejor que él- el que juzgará el resultado de esa intención estilística: "Es cierto que quien sepa leer la Crítica de la razón pura como debe leerse encontrará en ella, al lado de la agudeza y profundidad de pensamiento, un vigor extraordinario en la concepción y una excepcional fuerza plástica en el lenguaje. Fue nada menos que Goethe quien dijo que cuando leía una página de Kant tenía la impresión de entrar en un aposento lleno de luz. Al lado del arte de analizar a fondo los más difíciles e intrincados complejos de pensamientos, resalta aquí el talento del autor para registrar magistralmente y condensar en un punto el resultado total de una larga y trabajosa deducción y de un fatigoso análisis de conceptos, por medio de imágenes elocuentes y de giros epigramáticos que dejan una huella indeleble en nuestro espíritu. Sin embargo hay que reconocer que en la mayoría de los lectores prevalece la impresión de que la forma de exposición elegida por Kant más sirve para poner trabas a su pensamiento que para darle adecuada y nítida expresión. Tal vez parece como si la forma natural de expresión de Kant, forma espiritual y personalmente viva, quedase agarrotada ante la preocupación de encontrar una terminología firme y precisa, de dar a sus conceptos y clasificaciones la mayor exactitud posible, de asegurar la coincidencia y el paralelismo de sus esquemas." Aquel desdén no podrá ser más revelador, a la larga, y la magnitud del empeño se pondrá de Una comparación muy de Goethe, digo yo. manifiesto tanto con el rigor para con la "claridad discursiva" como con esa desenfadada simplicidad que aplicó a todo lo empírico y que le llevó a describir, para emplear sus propios términos, con "oscuridad intuitiva" todo el complejo de la sensibilidad.

Kant sin duda debió ser un escritor rápido. Basta echar una mirada a un manuscrito suyo para comprender que hacía correr la tinta (y que no se me diga que la rapidez de la mano nada tiene que ver con la del pensamiento) (y en un grafismo tan restringido de trazos como el gótico se permitía abundantes floreados -en correspondencia con su complejo juego de ideas-) y sólo así se explica su colosal producción en la década de los 70. Su estilo también lo es; un estilo rápido es tal vez el que más cuesta leer. Además de las indicaciones -bien precisas- del propio Kant sobre el estilo elegido para las "Críticas" me parece que no está demás señalar una serie de palmarios caracteres que tomados en su conjunto y combinados unos con otros servirán para una ajustada descriptiva. Por de pronto su estilo es rápido, como digo. Su glosario es muy extenso y la sentencia más simple no se captará si el lector no ajusta cada término al campo y alcance precisos que les confiere Kant quien si bien prescinde de neologismos ("forjar nuevas palabras es una pretensión de legislar en los idiomas, pretensión que raras veces tiene éxito" dice en alguna parte de la Crítica de la razón pura) utiliza toda la profusión de la jerga filosófica, en acepciones propias. Pero también es sumamente reiterativo (como todo profesor) y cuando a lo largo de su investigación ha alcanzado el atributo definitivo de un concepto, cada vez que menciona el concepto lo acompaña de su atributo y de otras, si las hay, connotaciones. Es muy amigo del inciso, e incluso de la cadena de incisos, por lo cual aun cuando sus sentencias son por lo general breves con frecuencia dan lugar a largos párrafos, con varias subordinadas, todas ellas salpicadas de términos filosóficos cuyo preciso significado, por alejado en el texto o simplemente no explicitado, puede estar ausente en el momento de la lectura. Es asimismo digresivo por lo que en cualquier momento de la exposición puede dar entrada -en la forma de inciso, subordinada o nota - a una ocurrencia, siempre precisa y correcta, a veces sorprendente, que en ocasiones por su particular brillantez puede llegar a oscurecer la sentencia donde está incrustada y que, para uno de esos psicólogos del estilo, pondrán de manifiesto la naturaleza apasionada, fértil y de difícil sujeción que por añadidura caracteriza a los iluminados. No es raro que sea deliberadamente oscuro y habiendo demostrado con tan abrumadoras páginas su obstinado rigor en el razonamiento también a veces pierde la paciencia y puede llegar, ante un problema menor sinceramente expuesto, a despacharlo de un plumazo gracias al crédito adquirido. Por último, como escritor Kant es terriblemente celoso de sí mismo y respecto a sus colegas sólo guarda un completo respeto hacia los filósofos y poetas de la antigüedad. En suma, que si me atengo a su estilo vendré a concluir que se trata de un escrito 1 muy diferente a la imagen de él -el hombre infinitamente escrupuloso y meticuloso, con un descomunal poder de creación y de pensamiento, y sin embargo exigente para con los menores detalles- que nos suministran los manuales.

Intentaré mostrar con ejemplos (todos ellos extraídos de la Crítica de la razón práctica, edición antes citada) algunos de los rasgos anteriormente reseñados. De la rapidez valga la siguiente muestra, pág. 149:

El "respeto" se aplica siempre sólo a personas, nunca a cosas.

Decía antes que el estilo rápido se puede definir como el que más tiempo cuesta al ser leído. Es decir, que la lectura de la sentencia es mucho más breve que su intelección para un lector normal. Si ese lector es cuidadoso al leer la anterior no podrá pasar a la siguiente sin detenerse a recapacitar ¿Cómo es eso de que el respeto nunca se diria las cosas.' ¿Acaso no son merecedoras de respeto osas" como el Imperio Romano, el Arte Cisterciense. porque entrevió las dificultades que podía acarrearle una en flagrante contradicción con la de la página 149? Dice así (y lo repetirá luego más de veinte veces): el Ejército Rojo o la misma Crítica de la ratón práctica?

Se podrá aducir que detrás de todas esas cosas está siempre el hombre y que será su acción la depositaria definitiva de ese sentimiento. Pero no es eso lo que quería decir Kant que se refería al hombre concreto, como criatura con cuerpo, identidad y nombre propios y no a la causalidad humana de cualquier cosa cultural; por añadidura los ejemplos que aduce para probar su afirmación están todos extraídos del mundo natural, sin intervención del hombre (animales, montañas, mares y volcanes) y si eludió cualquier referencia a una cosa cultural fue sin duda disquisición tan molesta. Por ahora no me meto a discutir la sentencia de Kant cuya solución a favor de su veracidad se puede lograr mediante uno de esos recursos anfibológicos con el cual se limita el concepto de respeto al sentimiento de veneración que puede despertar el hombre y sólo el hombre, ni siquiera la cosa humana. Pero si eso es así ¿acaso la capital sentencia de la página 152, conclusión en cierto modo de todo el argumento, no está "EI respeto hacia la ley moral es, pues, cl único y al mismo tiempo indudable motor moral, así como también este sentimiento no se dirige a ningún objeto más que solo por aquel fundamento".

¿Cómo puede haber respeto hacia la ley moral si esta indudablemente es una cosa, por alta que sea. Naturalmente Kant había ya derivado sutilmente hacia su leudo y en un parentesis de la misma página 132 introduce de contrabando cl cambio:

...Este respeto que nosotros mostramos a una persona semejante (propiamente a la ley que su ejemplo nos presenta).

que de haberlo tomado en serio y con anterioridad le debía haber conducido a suprimir la categórica sentencia primera. Si no lo hizo fue sin duda porque, dejando por una ocasión el rigor del pensador y comportandose de una manera artística, comprendio que su enorme efecto bastaba para cimentar sobre ella el argumento que le interesaba, aunque presentara algunas fisuras. Y eso es para mí el ejemplo de un estilo rápido. Me parece ocioso aportar testimonios de la profusión con que utiliza el glosario filosófico. Como sencilla muestra de la afición suya al inciso me permito destacar el siguiente párrafo de la Primera Parte , Lib. I, Cap. III, pág. 158:

"Como si pudiéramos alguna vez llevar esto hasta el punto de que, sin el respeto hacia la ley, el cual está enlazado con temor o por lo menos aprensión de infringirla, pudiéramos, cual la divinidad elevada por encima de toda dependencia, llegar alguna vez por nosotros mismos y, por decirlo así, mediante una coincidencia, tornada en naturaleza nuestra y jamás deshecha, entre la voluntad y la ley moral (la cual, por tanto, ya que no podríamos nunca estar tentados de serle infiel, podría al cabo cesar de ser mandato para nosotros) a entrar en posesión de una "Santidad" de la voluntad".

Desmenuzada es una frase vocativa muy simple y desprovista de los aditamentos se reduce a ¡Cómo si pudiéramos alcanzar la santidad sin respeto a la ley! Se verá que las atribuciones e incisos no son muy necesarios, más aún cuando se comprueba que todos -excepto la comparación con la divinidad independiente- han sido dichos más de una vez; a mayor abundamiento la repetición del verbo pudiéramos (que prevalece en tres versiones diferentes que he cotejado y por consiguiente no debe proceder de una mala construcción en la traducción) no colabora a la mejor comprensión de la sentencia que bien podría redactarse sin ese latiguillo inicial y sin tanta partícula reflexiva. Si se piensa en el peso que tienen esos incisos en el conjunto de una vocativa tan inocente, bien se puede comprender que la lectura de sus largos párrafos dialécticos se convierta en una poda y un desbroce, imprescindibles para contemplar limpio y exento el tronco del argumento. Pero no es ésa ni con mucho la mayor dificultad que reviste la lectura de las "Críticas"; ni lo es tampoco la necesidad de acudir a una suerte de diccionario, cada pocas páginas; ni la de tener que ir esquematizando el discurso, dejando de lado los excursi; ni la de volver atrás en busca de la prueba o la definición. No; ara mí la mayor dificultad consiste en pensar en su misma dirección.

Me permití antes afirmar que al tiempo que como pensador riguroso Kant trabajó y escribió como un iluminado.

Quiero decir con eso que la concepción de la razón pura no la llevó a cabo por un procedimiento deductivo sino que a partir de unas primeras investigaciones -que los conocedores de su obra sitúan en la redacción de "De mundi sensibilis atque intelligibilis forma et principiis", de 1770- esa idea matriz de un ente racional puro y autónomo, desvinculado de la sensibilidad y la patologia, independiente aunque coincidente con determinadas leyes del conocimiento empírico, le llegó como una revelación que a diferencia de tantos otros pensadores no se limitó a dar por buena sino que, para convertirla en fundamento de su ciencia, se empeñó en consolidar con la demostración del principio de su existencia a partir del postulado de la misma. Es decir, su labor parece llevarse a cabo en dos tiempos, el primero a escondidas del público: por un lado la revelación de la razón pura, por otro la demostración desde la ciencia de la necesidad de su existencia hecha a la vista de todo lector. De esta suerte su labor tiene el aspecto de un ascenso desde la ciencia hacia la ontología de la razón pura cuando en realidad ese movimiento no es más que el trayecto complementario del descenso de la revelación directa del ser de esa razón pura -que en cuanto ser de ninguna otra manera puede ser aprehendido- hacia el conocimiento.

Sin querer entrar en discusiones acerca del valor de ese método por lo que tiene y deja de tener de científico me limito a apuntar que tal fenómeno tiene su mejor traducción en el estilo casi profético que distinguía a Kant cuando escribía acerca de la razón pura. Tenazmente disimulado y encubierto por doquier con la casi judicial rosa del razonamiento, aflora sin embargo en forma de admoniciones, acusaciones y asertos demasiado evidentes para la mente iluminada como para tomarse la molestia de reducirlos a la línea de la demostración. Y en alguna ocasión incluso se exalta, aunque acostumbrado a disfrazar toda concesión a la patología su poder evocativo queda limitado por las cortapisas que él mismo se impone, como en la pag. 167 de la edición citada:

¡Deber! Nombre sublime y grande, tú que no encierras nada amable que lleve consigo insinuante lisonja, sino que pides sumisión, sin amenazar, sin embargo, con nada que despierte aversión en el ánimo y lo asuste para mover la voluntad, tú que solo exiges una ley que halla por sí misma acceso en el animo, y que se conquista, sin embargo y aun contra nuestra voluntad, veneración por sí misma (aunque no siempre observancia); tú, ante quien todas las inclinaciones enmudecen, aun cuando en secreto obran contra ti, ¿cuál es el origen digno de ti? ¿Dónde se halla la raíz de tu noble ascendencia, que rechaza orgullosamente todo parentesco con las inclinaciones, esa raíz, de la cual es condición necesaria que proceda aquel valor que sólo los hombres pueden darse a sí mismos?

No creo que sea necesario insistir sobre el espíritu que anima a un hombre que concibe el deber no sólo independiente de la patología sino que "rechaza orgullosamente" todo parentesco con las inclinaciones. Nada define mejor al espíritu dogmático como su intransigencia para adulterar la pureza de su idea que tan a menudo se verá amenazada por la contaminación con las circundantes.

El deber tal como lo concibe Kant procede de "arriba" y de arriba procederán todas las derivaciones de la razón pura; de un arriba tan elevado que no acepta ningún enlace con el mundo de lo empírico y por consiguiente sólo puede ser conocido por un descenso, es decir, una revelación, una gnosis, que impondrá de manera indefectible la dirección en que se desarrollará el conocimiento.

Así pues Kant concibió, pensó y reflexionó sobre la razón pura "desde arriba", como emanación de la razón divina, exenta de sensibilidad y no necesitada de la experiencia, mientras que los que hemos nacido unos cuantos años después de la publicación de "El origen de las especies" sólo sabemos pensar en esa razón "desde abajo". No se trata tan sólo de un diferente punto de perspectiva sino -me parece a mí- de dos direcciones del pensamiento completamente opuestas, que inevitablemente chocan en cada punto concreto. Se diría que esa es una calle donde no caben dos direcciones y por la que, si se encamina uno a contramano, todo son golpes, apretones y molestias. Resulta incluso difícil detenerse a contemplar un rincón, porque no hay calma y porque todo está puesto al revés, para que lo vean y lean sólo los que vienen de frente. La razón pura de Kant es regresiva, en tanto la posterior a Darwin es emersiva y será el movimiento lo que las separa. Viniendo de arriba Kant atravesará las capas de esa razón para llegar apenas a esa logosfera en contacto con la tierra, la experiencia y la sensibilidad, lo único que en verdad preocupa al pensador moderno. No es raro por consiguiente que en ese viaje sean tan escasas las ocasiones en que pone los pies sobre nuestro suelo y no será -ciertamente- para revelarnos algo que no se supiera ya ¿Y qué decir de la sordidez de sus metáforas? Ahí va una, situada en la pág. 186: y si la libertad de nuestra voluntad no fuera ninguna otra más que la última (la psicológica y comparativa y no al mismo tiempo la trascendental, es decir, absoluta) no sería en el fondo mejor que la libertad de un asador que, una vez que se le ha dado cuerda. lleva a cabo su movimiento por sí mismo.

Si la existencia del filósofo es imposible en nuestro mundo de hoy es porque el saber fundamental es imposible.

Ya no puede haber, tal vez afortunadamente, una madre de las ciencias, un saber del saber, un fundamento incuestionable de todo conocimiento. El que sabe de metafísica sabe de metafísica y basta, y no sabe de otras cosas ni tiene, por gracia de aquel saber, derecho de entrada en otros gabinetes a no ser que vaya de visita. Y Kant, a lo que se ve, sabía muy poco acerca de la sensibilidad y sin embargo se permitió, en la Crítica de la razón práctica, en su mismo arranque, en la Primera Parte, Lib. I, Cap. 1, § 3, página 48, esa brutal metáfora que al dejarme sin resuello (como al que ingiere una ostra podrida al empezar un banquete) dio lugar a las anteriores consideraciones:

Así como el que necesita oro para gastarlo, le es enteramente igual que la materia del mismo, el oro, haya sido extraída de la montaña o sacada de la arena lavada, con tal de que se lo tomen en todas partes por el mismo valor, del mismo modo ningún hombre, cuando lo que le interesa es sólo el agrado de la vida, pregunta si las representaciones son del entendimiento o de los sentidos, sino "sólo cuánto y cuán grande es el placer" que le proporcionan por el mayor tiempo.

Y bien eso es conocer al hombre, vaya que sí. Nada más fácil que reducir el apetito de placer del hombre al patrón-oro. Nada más fácil que no diferenciar, que no atravesar ese escabroso umbral, que reducir la infinitamente compleja, versátil, inconstante y múltiple disposición del hombre hacia el placer a la cantidad (como si el placer fuera mensurable), frecuencia (como si pudiera ocupar todo el tiempo) y facilidad (como si la lucha no estuviera indisolublemente unida a él) con que es adquirido.

En la penúltima llamarada del idealismo alemán se formuló la doctrina de que la filosofía es la marcha del espíritu a través del tiempo histórico, de que la filosofía es la historia de la filosofía, que todo ha servido, que todo ha colaborado y que el summum se produce por una constante agregación. Muchas veces me ha fascinado la ilusión de pensar qué es lo que no habría escrito un hombre de haber leído a otro ¿Cuántas páginas no se habrían ahorrado los idealistas alemanes si solamente. El origen de las especies se hubiera anticipado en unas cuantas décadas? Quizá me equivoque, quizá eso hubiera servido para que escribieran más y más rizadamente (y las despachaderas con que Kant ventila la crítica de la causalidad hecha por Hume permiten pensarlo) pero quiero creer que llevados de su honestidad no habrían tenido más remedio que echar al cesto tantas páginas sobre la razón y la libertad escritas en la dirección de arriba abajo.

Si Kant hubiera leído a Proust ¿habría escrito sobre la sensibilidad y el apetito de placer con tal desparpajo? Sin embargo, la delicadeza para escribir sobre la sensibilidad no la inventó Proust ni mucho menos ¿Entonces?

 

 

 


 



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