" Líder carismático, maestro carismático "
por Leszek Kolakowski.

      

 

Texto autorizado de la conferencia que Leszek Kolakowski dictó el 9 de mayo del 2006, en el auditorio Máximum de la Universidad de Varsovia, para concluir con el ciclo “Ocho conferencias para el nuevo milenio”.

Tomado de la Gazeta Wyborcza. julio de 2008
Traducción de Aleksander Bugajski

En esta conferencia, ejemplarmente templada, Leszek Kolakowski va por partes: primero analiza el concepto de carisma; después advierte sobre el peligro que representan los líderes carismáticos; y al final, ya exorcizado el demonio del mesianismo político, apunta: bien empleado, el carisma es un don nada desdeñable.

Los carismas, nos enseña San Pablo, son dones sobrenaturales, distintamente repartidos entre los fieles y los que se habitúan a las tareas específicas de enseñar, sanar, predecir. Estos dones provienen del Espíritu Santo. Sin la ayuda del Espíritu Santo no podríamos cumplir con ninguna de estas tareas; ni siquiera podríamos decir “Jesús es el Señor”. El concepto laico de carisma –para distinguirlo del religioso– se lo debemos principalmente a Max Weber, aunque él no era el primero que se valía de esta idea. Este concepto ha hecho una carrera espectacular. Leemos prácticamente a diario en los periódicos que alguien es un personaje o un líder carismático. A menudo no sabemos con exactitud qué significa esto, fuera de que, por lo general, es una persona capaz de ejercer influencia sobre otros, seguramente buena, en la asamblea de los correligionarios a quienes infunde entusiasmo.

Weber ha recalcado que se trata de un concepto que no valoriza: cuando describimos a alguien como personaje carismático no emitimos juicios de sus atributos morales o intelectuales. Incluso cuando hablamos de carisma religioso, formulamos una descripción sociológica: no incluimos en ella nuestras propias creencias religiosas o nuestra indiferencia. Juan Pablo II era con seguridad un personaje carismático, lo es también el Dalái Lama, y la mayoría de nosotros lo sabe reconocer independientemente de sus creencias.

El concepto weberiano de carisma puede abarcar distintas capacidades y cualidades. El carisma se puede atribuir a algunas profesiones, e incluye la magia y el tabú. No pretendo, sin embargo, en esta breve reflexión, analizar todos los detalles de una posible definición. Quiero sólo hacer hincapié en el tema de los líderes carismáticos y formular una pregunta. En nuestros tiempos, en nuestra civilización, ¿necesitamos tales líderes? O, al contrario, ¿hay que evitarlos? Weber distingue tres tipos de autoridad que pueden sobreponerse una a la otra: la racional legal, la tradicional y la carismática. Estas distinciones describen diferentes fundamentos sobre los que se basa la autoridad, y diferentes maneras en que la autoridad, o la capacidad de gobernar a la gente y los acontecimientos, adquiere validez. A través de las estructuras democráticas, a través de la costumbre, o por la creencia de la gente en la autoridad moral de alguna persona.

Es importante, en esta cuestión, distinguir la autoridad laica, basada en las esferas racionales, respecto de la autoridad cuasi sacra, que el laicismo no necesita. El mecánico de automóviles es, para mí, una autoridad, porque tiene las facultades y los conocimientos de que yo carezco, y yo espero racionalmente que los use y que componga mi automóvil. El traductor de la lengua albanesa es para mí una autoridad por razones similares, pues yo no conozco el albanés. Lo mismo se puede decir del experto en los mosaicos romanos del periodo tardío, y de los poseedores de una infinita variedad de conocimientos de los que yo estoy privado. Un rasgo esencial de este tipo de autoridad consiste en que puedo imaginarme que yo mismo sería capaz de adquirir este tipo de conocimientos gracias a un trabajo intenso; sé cómo aprender un idioma extranjero e incluso cómo adquirir ciertas habilidades técnicas, aunque soy en esos asuntos poco hábil. Y si un mecánico de automóviles o el traductor del albanés no tienen tiempo para ayudarme, puedo encontrar a otro que tenga conocimientos similares. Sé que esa gente no es infalible, pero, si confío en ellos, se comportarán racionalmente.

La autoridad tradicional, según entiendo, es tal que surge de manera natural e irreflexiva como algo marcado por las costumbres: la autoridad de una generación mayor para los niños, la autoridad de un príncipe para los súbditos en tiempos pacíficos.

La autoridad que irradia una persona carismática es de otro tipo. Una persona así no puede ser sustituida por otra. Yo no puedo aprender, ni siquiera imitar eficazmente, sus facultades, por más que me esfuerce. Me someto a la autoridad del líder carismático, no por estar racionalmente convencido de que tiene razón, sino por un poder específico de su personalidad. En algún sentido, creo que el líder carismático es infalible, aunque no necesariamente exprese con tales palabras mi creencia. Antes de que diga algo, creo de antemano que es verdad lo que quiere dar a conocer o lo que va a manifestar. En ese sentido, la autoridad de la personalidad carismática es cuasi sacra, y no tiene un fundamento racional.

Los líderes políticos provistos del poder carismático, por lo regular, aunque tal vez no siempre, surgen en momentos de crisis o catástrofes sociales, cuando impera el sentido de la inseguridad o la desesperación entre la gente. Estos personajes reconstruyen la esperanza de que existe un medicamento para sus desgracias y de que, a pesar de todo, los problemas no son para desesperarse.

 

 Los líderes carismáticos surgen de la combinación de necesidades sociales, de esperas humanas y de su propia capacidad personal. Allí radica, también, la importancia de las condiciones sociales y políticas que crean la necesidad de un líder carismático: a veces no bastan para que aparezca, si no hay un candidato viable para este papel. Cuando la situación de un país resulta más o menos estable y previsible, tal como sucede hoy día en la mayoría de las democracias industriales, o postindustriales, no se da la necesidad de líderes políticos carismáticos –la gente que pudiera soñar con conquistar tal posición, aun si tiene, algo indispensable para esto, la personalidad peculiar, por lo regular no lleva a efecto sus ambiciones. En el siglo XX, el líder carismático par excellence fue Hitler. También Mussolini y Franco se pueden considerar líderes carismáticos, aunque no alcanzaron un grado tan alto de poder sobre las masas. Igualmente Lenin y Trotsky pertenecieron a esta categoría, de la misma manera que Mao Tse Tung y Fidel Castro. Seguramente figura entre estos líderes Nelson Mandela, y durante cierto tiempo el general De Gaulle. Gandhi era en su país, y asimismo en gran medida en el mundo entero, una figura carismática. Lo era también Jozef Pilsudski, y en una época remota tal vez Savonarola.

La posición de un líder carismático no está dada para siempre: se la puede perder. Lech Walesa era un líder carismático, uno de los muy escasos en la Polonia de la posguerra. Pero no logró mantener esta gloria. Su situación ha cambiado y, al igual que sus propios errores, esto se ha de atribuir a su falta de éxito. Desde luego ningún líder irradia carisma para todos: Hitler no pudo transformar todas las almas alemanas, De Gaulle era odiado por los comunistas, Pilsudski por los demócratas cristianos, etcétera. ¿Puede uno volverse líder carismático post mórtem? Fue el caso del Che Guevara. A veces, a los que se les puede llamar personalidades carismáticas, cuya vida y obras tuvieron importantes consecuencias políticas, no eran en sentido estricto líderes partidistas: por ejemplo Martín Luther King o el cardenal Wyszynski.

 

 Con seguridad, un líder carismático puede caer bien o mal. Los líderes carismáticos fascistas pueden sacar de sus partidarios todo lo peor en la naturaleza humana: la prontitud para la violencia y la crueldad, la irreflexión y la soberbia. Otros pueden aprovechar su autoridad para sembrar la paz y la vocación para el sacrificio. Un líder carismático puede ser un hombre culto o un ignorante. Como en todas las cuestiones humanas, aquí no existen definiciones precisas: en muchos casos no estamos seguros de si un líder merece el calificativo de carismático, el adjetivo se puede incluso aplicar a algunos partidos políticos. En tales casos, los hechos no tienen importancia para la veracidad de la calificación; a los ojos de la gente de fuera, los acontecimientos pueden contradecir desde luego la ideología o la propaganda del líder o el partido; para los fieles, sin embargo, eso no tiene importancia, dado que los hechos no existen como una fuente del saber: tienen que ser interpretados “correctamente”. Y con una buena interpretación irán a apoyar invariablemente “lo que importa”.

En nuestros tiempos, se puede estar seguro de que el carisma oficial ha decaído. Los reyes lo han perdido casi totalmente. Algo queda en la dignidad del servicio papal. Si un líder carismático ha de resurgir otra vez, esto puede suceder sólo a consecuencia de impredecibles catástrofes sociales y económicas. En cambio, no hay nunca garantía de que tales catástrofes no vayan a ocurrir. ¿Pero qué podría lograr un líder de esos? Es cierto que, en circunstancias excepcionales, puede aliviar la crisis y evitar la desintegración de la sociedad; lo más sano, sin embargo, lo que conviene, es que ante tales contingencias se realicen cálculos sobrios, racionales, adecuados a la planeación de una estrategia común. El problema consiste en que esas operaciones sobrias y racionales no siempre son accesibles a todos, y requieren tiempo.

Por otro lado –y siempre hay “otro lado” cuando se habla de los asuntos humanos–, nos resulta más fácil volver de inmediato visibles y tangibles las condiciones que nuestro futuro necesita: que no sea un simple cálculo frío, sino precisamente el llamado de un profeta o pseudoprofeta: una figura carismática. Si nuestra suerte realmente depende de disponer a gran cantidad de personas para el esfuerzo sacrificado –conocemos muchos ejemplos de tales ocasiones en el pasado–, el exhorto de un líder carismático es considerablemente más eficaz y despierta más fuerza moral que cualquier otra cosa. Leemos a veces métodos apocalípticos en cuanto a las derrotas que la naturaleza nos depara en las próximas décadas: el calentamiento global, las guerras por el agua pluvial, el fin del petróleo, el crecimiento del nivel de los mares, Londres y Nueva York inundadas, etcétera. Cuando nos imaginamos esas catástrofes, y junto con ellas el pánico, las guerras y las revoluciones, nos viene a la cabeza que hará falta un mensajero de Dios para dar solución a desgracias en tan grande escala.

Pero la figura del carisma, aunque puede, en ciertas situaciones, traer a la gente dones oportunos, es siempre un fenómeno peligroso, porque invariablemente tiene la fuerza para convertirse en semilla del fanatismo. Lo más sano ante tales figuras es prescindir de ellas.

Si observamos que no existen, en la Polonia actual, líderes políticos carismáticos –y no creo que este señalamiento provoque propuestas numerosas–, no es esta una carencia que haya que lamentar ni considerar con atención. No necesitamos, en verdad, políticos carismáticos, sino políticos inteligentes y honestos, benévolos con la gente, libres de rabia, y que no lancen amenazas. Y estos son, sin embargo, descubrimientos raros.

La imagen de un líder político carismático la podemos asociar con la de un político populista. Estas dos cualidades pueden a veces coincidir, pero no son lo mismo. El político populista es no sólo el que repite la consigna “dame el poder y me encargaré de componer las cosas”, sino aquel cuyo verdadero interés consiste en escuchar los sueños más simplones del llamado pueblo, y los que menos se apoyan en la razón, y hacer ver que se identifica con estos sueños, sin pensar si resultan posibles o si corresponden al interés real de la sociedad o del Estado. Promete, por lo tanto, todo lo que, según cree, sueñan las masas más numerosas de la gente. Y puede, si tiene un poco de habilidad –aunque con una mezcla de insolencia–, lograr un considerable apoyo. Sin embargo, por lo regular alcanza pocas oportunidades para, gracias a eso, consumar conquistas en un sistema democrático, por mucho poder que tenga, ya que sus promesas están vacías. No se convierte, por virtud de estas promesas, en un líder carismático, dado que no tiene los conocimientos para promover una transformación espiritual de la gente con la cual pueda abrirse cierta visión del futuro, verdadera o falsa, pero inspirada por la fe, capaz de suscitar sacrificios. El populismo y la acción del carisma no son, pues, lo mismo.

 Existe, sin embargo, gente dotada de autoridad carismática que en verdad necesitamos. No me refiero a líderes políticos sino, para decirlo de alguna manera, a defensores, gente que guíe o gente que ayude. Pueden ser maestros, pero maestros de un género particular: maestros más bien que profesores, en el sentido común del término. No nos proporcionan simplemente la información que necesitamos o que queremos, sino, de alguna manera, se inscriben ellos mismos como personas en el contenido de su enseñanza, sobre todo –pero no únicamente así– si se trata de una enseñanza moral o religiosa. La persona de un profesor no es importante en la enseñanza si esta consiste simplemente en informarnos, por ejemplo, de hechos históricos o en transmitirnos ciertos conocimientos, sean de matemáticas o de lingüística; dicha persona es entonces neutral. Sin embargo, la persona de un maestro puede ser algo esencial en lo que nos enseña si, a través de esta enseñanza, nos quiere, por ejemplo, inculcar que debemos respaldar a nuestros semejantes en la necesidad, si quiere sembrar amistad y amor en nosotros, y que podamos renunciar a la envidia y al odio. Llegamos a tener confianza en tales maestros si de verdad son capaces de enseñarnos y enriquecernos espiritualmente.

La enseñanza es estéril si la persona del maestro no está inscrita en el contenido de lo que enseña. Necesitamos tales maestros porque hay en nuestro espíritu algo que, por siempre, quedará en una condición infantil e inmadura: querríamos librarnos de la responsabilidad, tener al lado a alguien que tome por nosotros las decisiones y, por lo menos, que nos enseñe lo que debemos hacer. Añoramos, por lo tanto, al maestro, y si este no existe nos sentimos asustados e impotentes.

Un maestro carismático, para realizar su labor eficazmente, no tiene para nada que ser un hombre conocido, famoso –al contrario de un político carismático–: basta con que tenga un pequeño grupo de alumnos o aprendices espirituales, a quienes sepa conferir sus dones. Estos regalos pueden empezar siendo la enseñanza de diferentes disciplinas, prácticamente todas sirven para esto. Por ejemplo, las matemáticas: el maestro carismático sabe transmitirlas de tal manera que no sólo vuelva capaces a los alumnos de resolver ciertas ecuaciones, sino para despertar en ellos el entusiasmo de un insólito logro espiritual humano, para que puedan amar la magnificencia de las matemáticas, su construcción arrebatadora. Para alcanzar este fin, el maestro tiene que vivir él mismo la admiración por la ciencia, y también los aspectos magníficos de la historia humana, al igual que la aterradora amenaza y la crueldad que contiene. Los alumnos se vuelven entonces capaces de convivir con esa historia, de vivir en la admiración o la repulsión de las vicisitudes, luminosas o sombrías, de la historia, del arte y de la física teórica.

¿También de la teología? De eso no estoy seguro, cuando se trata de la teología como una ocupación académica, y no de la enseñanza de la fe, en la que el carisma del maestro inspira una seguridad con una certeza decisiva. ¿Pero una teología sistemática? No estoy siquiera seguro de qué pueda ser eso. Recuerdo que, en cierta ocasión, encontré en la calle, en Chicago –donde durante muchos años impartí clases–, a un conocido de la Facultad de Teología. “¿Adónde vas?” –pregunté. “A un seminario” –respondió. “¿Y de qué es ese seminario?” “De Dios” –me dijo. “¿De Dios? ¿En la Facultad de Teología? ¿En la estadounidense, y con la revolución social, de Dios? Es una extravagancia.” Estuvo de acuerdo conmigo: “Sí, es realmente una extravagancia.”

 

 Una esperanza vana de encontrar al maestro es el tema de la gran obra de Beckett Esperando a Godot. No sabemos quién es ese Godot. ¿Quién podría ser?: ¿un mensajero divino?, ¿el mismo Dios?, ¿un profeta?, ¿alguien que nos inicie en los secretos de nuestra predestinación? El público en el teatro está persuadido de que Godot es simplemente producto de una desesperada imaginación de Vladimir y Estragón, principales personajes de la obra: creemos que Godot simplemente no existe, y no tomamos en serio al muchacho que se hace pasar por su mensajero. Llegamos a la conclusión de que el mensaje de la obra es: “No se puede hacer nada.” Por un momento, los personajes de Beckett piensan en ahorcarse, pero al final se quedan, siguen esperando y siguen viviendo en la esperanza.

Esperar y alimentar la esperanza. Si Beckett hubiera asimilado la imagen del mundo que sugiere su obra, debería incitarnos al suicidio, de ser este motivado sólo por la falta de una razón para vivir –porque esto no basta como móvil del suicidio: al fin y al cabo mucha gente vive sin pensar absolutamente en las razones de vivir. Pero ni siquiera tiene móviles de vida: ¿para qué seguir viviendo? Quizá, sin embargo, nos es permitido suponer que, en el fondo de su alma, hubo algún rayo de esperanza: aunque tenue, un rayo de esperanza.

Notemos que Ionesco, en una plática con la publicación italiana Avvenire , dijo que era un absurdo llamar sus obras “Teatro del Absurdo”, ya que este precisamente es el teatro de la búsqueda de Dios. Atribuía él la misma intención a Beckett: con justa razón, es difícil llegar al fin de la propia vida. Pero el que mira las obras de Ionesco en el teatro no tiene tampoco muchas oportunidades para advertir este sentido que el autor atribuye a su obra, no se le descubre. Debemos, sin embargo, tomar en serio la autointerpretación de Ionesco, aun si tampoco nosotros mismos podemos encontrarla.

¿De qué esperanza se trata? No sabemos decirlo. Sin embargo, existe la creencia de que nuestra vida y el mundo, a pesar de tanta indiferencia, tienen un destino, un sentido que es real, aunque no sabemos deducirlo en nuestra experiencia diaria. Esta creencia, esta vivencia, es mayor y más extensa que una fe religiosa, por más precisa y dogmáticamente formulada que esté. La fe en el posible sentido trae algo que es el don más preciado de los dioses: la confianza en la vida. Hablamos de la confianza, no en el sentido de las esperas de algo que se puede fundamentar racionalmente, sino más bien en el sentido de la fe, precisamente de la que habla el apóstol San Pablo en sus epístolas. La fe es una confianza que no necesariamente se refiere a alguna persona u objeto, sino que es algo general y acrónico, que abarca el mundo entero y todo un campo de relaciones humanas, es decir, todo lo que nos trae tanto la alegría como el sufrimiento. La confianza en la vida no nos protege contra el sufrimiento, la desgracia y las contrariedades de la vida, sino que es fuente de la vida espiritual, que nos permite encarar el mal sin desesperación. ¿Tal confianza obra en condiciones libres? Esto no lo sabemos, pero su intensidad, en casos aislados, parece sugerir que puede ser bastante fuerte para actuar en todas las circunstancias.

No sabemos probar, en la perspectiva científica de la palabra, que el Universo tiene algún sentido. Puede darnos, cuando mucho, las difícilmente alcanzables señales de ello, como aquel muchacho en la obra de Beckett, que aparece ahí en dos ocasiones, pero en la segunda ocasión daría igual que se presentara en cualquier momento, en ese lugar, y que encontrara a aquellos personajes, aunque el público lo reconoce como al mismo chico. No conocemos el sentido de ese misterioso personaje, pero su presencia sugiere que, cuando afirma que es un mensajero de Godot, esta pretensión puede que no sea totalmente falsa. De otra manera, ¿de dónde podría venir?, ¿quién lo envió?

Aunque esta sensación de un sentido que lo abarca todo en el Universo no se puede transformar en una teoría o en una doctrina que sirva para una aceptación intelectual, no es intelectualmente infructuosa: es algo más que una emoción casual e insignificante, que la mente racional deba rechazar. Independientemente de que este sentimiento se reconozca conscientemente en ella, es la raíz de la afirmación de nuestra existencia, nuestro “sí” dirigido hacia la vida en contra de todas sus atrocidades.

Esta sensación no se puede enseñar como se enseñan en la escuela las materias comunes. Es necesario, por lo regular, un maestro carismático para inculcarlo en nuestra mentalidad, y aunque sabemos que las capacidades carismáticas pueden ser a veces un don del diablo, nosotros mismos tenemos que discernir la diferencia entre el bien y el mal, para no rendirnos a su fuerza seductora. Los dones carismáticos y las personalidades carismáticas son no sólo válidas sino partes abiertamente necesarias de ese camino en el que bregamos con nuestro destino.

 

 


 



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