"La crisis y las Artes"
por Marianna Tziantzi.

      

 

Publicado en CULTURA/S de La Vanguardia el 19 de octubre de 2011
Traducción: Juan Gabriel López Guix

"El oso hambriento no baila", dice un viejo proverbio griego de la épo­ca en la que por las calles se veían osos encadenados bailando al son de las panderetas de sus amos. El caso es que, cuando tienen ham­bre, los osos no se muestran muy dispuestos al baile. Algo parecido sucede ahora mismo en Grecia en estos tiempos de crisis. Los artistas y otros profesionales de la escena cultural son incapaces de bailar porque tienen el estómago vacío. Además, no se vislumbra salida a la situación porque el público no sólo es incapaz de ofrecer unas po­cas monedas al final del espectácu­lo, sino que ni siquiera parece dis­puesto a seguir asistiendo a él.

La cultura ha sido una de las pri­meras víctimas de las políticas adoptadas por el gobierno griego tras las exigencias del Fondo Mo­netario Internacional, el Banco Central Europeo y la Unión Euro­pea. El desempleo entre los acto­res alcanzó el 95% en la primavera del 2011, el 97% entre los bailari­nes, el 80% entre los músicos y el 50% entre los cantantes profesio­nales según un estudio publicado por el periódico Avgi el pasado 31 de julio. La situación es aún peor si tenemos en cuenta que los profe­sionales de las artes que sí encuen­tran trabajo en el sector privado ga­nan menos de lo estipulado en los convenios colectivos.

Una palabra que se oye con fre­cuencia ahora en Grecia es cierre, la clausura de negocios, empresas e incluso de bibliotecas escolares y teatros de barrio. Otro término que se escucha con frecuencia es fusión, un eufemismo para el aban­dono de hospitales y escuelas. El curso escolar 2011-2012 se inicia en Grecia con mil escuelas menos (de un total de 16.000), una reduc­ción que se hace notar de modo es­pecial en los pueblos mal comuni­cados donde las escuelas funcio­nan como epicentros de cultura y vida social. Este verano, además del cierre de escuelas, hemos visto el cierre de cafés tradicionales, sobre todo en las zonas con poco tu­rismo. En muchos pueblos, sólo las campanas de la iglesia siguen sonando; por lo general, para anun­ciar funerales más que bodas y bau­tizos. Un buen número de escuelas ahora cerradas eran ejemplos de arquitectura tradicional o tenían un significado histórico especial.

La televisión y la navegación por internet se han convertido en las formas más accesibles y baratas de entretenimiento. Las señales de la crisis son del todo evidentes en la televisión ya que las produccio­nes griegas son sobre todo reality shows, programas de cocina, así co­mo culebrones turcos que han des­plazado a las telenovelas latinas. El acontecimiento más importante para la televisión ha sido la deci­sión gubernamental de cerrar ET1, un canal público que emitía sobre todo programación cultural. Se tra­ta de un duro golpe para las artes porque ET1 era el único canal que ofrecía programas originales sobre temas como poesía, prosa, artes vi­suales, arquitectura, cine, teatro, etcétera. Este cierre, junto con el de muchas emisoras de radio locales, se ve acompañado de paro masivo de otros trabajadores, algo que afecta negativamente a la calidad de los restantes programas.

 

Cantidad y calidad

Los recortes en la financiación han causado también estragos en nues­tras orquestas sinfónicas con el re­sultado de que cientos de músicos llevan meses sin cobrar. Se dice que muchos de ellos han tenido in­cluso que vender sus instrumen­tos, sus violines y guitarras, lo cual nos recuerda el Pinocho de Carlo Collodi, donde Gepetto se veía obli­gado a vender su abrigo para com­prarle los libros de texto a su hijo. Artistas con años de experiencia y talento productivo se consideran afortunados si encuentran trabajo como camareros, mientras los acto­res trabajan en producciones cine­matográficas o teatrales a cambio de una simple promesa de porcen­taje de los ingresos de taquilla.

La crisis en las artes no sólo afec­ta a la cantidad, sino también a la calidad. Menos no es siempre me­jor, y la situación no respalda la opi­nión de quienes ven la crisis econó­mica como una oportunidad para la mejora. Por ejemplo, cuando grandes editoriales con largas tra­diciones en la literatura griega cie­rran sus puertas, esa pérdida no se limita a los centenares de personas que se quedan sin trabajo. Lo que ocurre es un empobrecimiento del desarrollo cultural del país en su conjunto.

Son muchos los ejemplos que pueden citarse: la desfinanciación de museos, con el implícito de que la historia y las artes no son impor­tantes en estos tiempos de crisis; el desempleo entre los jóvenes; la des­trucción de la red de seguridad pa­ra aquellos que tienen necesidades especiales o sufren enfermedades mentales, para los pensionistas y para otros que se encuentran en una situación similar. La cuestión es si, en tiempos de crisis, pueden surgir formas alternativas de ex­presión social y cultural, como fue el caso de Argentina hace unos diez años. En Grecia, donde la iz­quierda tiene una fuerte tradición de lucha social, no hay una salida así a la vista. Si bien es cierto que muchos artistas han tomado parti­do contra las reducciones de pues­tos de trabajo y las medidas de aus­teridad por medio de peticiones, happenings, conciertos, etcétera, esas acciones se han desarrollado dentro del ámbito limitado de una pequeña vanguardia. No se han ex­tendido a sus colegas del sector de la cultura o al público en general.

La elección entre "pan y rosas" es falsa. En tiempos de dificultad, como la ocupación alemana y la dictadura militar, muchos actores, músicos, artistas visuales y escrito­res tomaron partido y no sólo de palabra, sino también en el contex­to de sus obras artísticas: cancio­nes, poemas, libros. Hoy necesita­mos nuevas voces y nuevos méto­dos. Necesitamos un nuevo lengua­je creativo que dé expresión a una época de resistencia impulsada por el movimiento de los indigna­dos.

Hay una cosa clara: la situación está cambiando con rapidez. Lo que parece inimaginable o incluso imposible hoy, puede ser normal mañana.

 

 

 

 


 



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