"Catarsis"
por Rafael Sánchez Ferlosio.

      

 

2002.

1. En una vieja cinta, no más mala que todas las demás, titulada «Cabaret», salía, sin embargo, una escena sumamente feliz: en un merendero al aire libre de una ciudad alemana, como a principios de los años 30, de pronto un adolescente de pantalón corto y camisa remangada, guapo y rubio como un ángel, se levantaba de entre sus compañeros y con voz angélica entonaba una canción que decía algo así como «El mañana es nuestro»; todas las personas, de diferente edad y condición, que abarrotaban las mesas circunstantes se iban callando una tras otra y se volvían hacia el joven, primero sorprendidas y en seguida admiradas, para oírle la canción, a la que poco a poco, poniéndose a su vez en pie, unían sus voces, hasta que todo el merendero se convertía en un coro emocionado de «El mañana es nuestro». Representar de aquella forma el enorme poder de sugestión que consiguió el nazismo, hasta llevarse a la nación entera en pos de sí, me pareció un hallazgo afortunado y especialmente verosímil: el angélico adolescente no cantaba otra cosa que la purificación. El anhelo de purificación nace de un sentimiento de impureza mucho más amplio e indefinido que el que remite estrictamente a una culpa moral; un pueblo puede sentirse impuro por un estado de insatisfacción, de hastío o de rencor hacia sí mismo, o una difusa paranoia de malevolencia ajena; puede sentir como una culpa propia, o más bien una mancha de la que tiene que lavarse, hasta una humillación sufrida a manos de otros, como una vieja herida que se encona; entonces está indefenso y totalmente a merced de la seducción del ángel que le canta la purificación. Esta forma de encantamiento, arrobo y enajenación se me antoja semejante a la del diablo, salvo una diferencia relevante: el diablo se apodera de individuos, el ángel se apodera de colectividades; con todo, he recogido la palabra que se usa para aquél, designando el fenómeno «posesión angélica».

La posesión angélica ya la había visto en el oficial justiciero de «La colonia penitenciaria» de Kafka, y «Cabaret» le dio un cuerpo más concreto; pero años más tarde encontré la misma palabra «posesión» referida también al nazismo en el psiquiatra Jung, en su artículo «Wotan», de 1936, o sea poco después de las fechas que fingía aquella cinta. Yo refería mi «posesión angélica» al mito cristiano del arcángel Miguel:Mika-El = «Espada de Dios», dado que el purificador actúa a veces como exterminador; pero, si bien no puedo quitar el rasgo de lo angélico, en razón del innegable anhelo de pureza y purificación -que no se contradice con el exterminio-, en lo demás el mito germánico de Wotan, al que Jung hace agente de su «posesión», es mucho más certero. Jung concibe estos mitos como personificación de «poderes anímicos»: Wotan lo sería del furor teutonicus, pero no explica la índole de esos «poderes». Por si acaso, diré que yo no pienso en cosa tan contradictoria y peregrina como un «inconsciente colectivo»; sólo una mentalidad mágica puede concebir un fluido o prana o miasma espiritual que comunique y contagie las almas entre sí; yo no puedo pensar más que en delirios o hipertrofias de un medio tan externo y tan sensible como lo que los hombres tienen en común, la más ubicua y más inalienablemente impersonal de las cosas visibles e invisibles: la palabra. Sólo ella es capaz de apoderarse de una colectividad y enajenarla en posesión angélica.

Tampoco despliega Jung el enorme alcance ilustrativo de su mito (su texto no era más que un artículo), pues Wotan es, en efecto, bajo su nombre escandinavo de Odín, el señor de los «berserk», los guerreros «sin coraza, salvajes como perros y lobos» («Inglinga-saga», citada por Dumézil), a los que se atribuía titularmente el «furor de berserk»: ¿furor teutonicus? Los berserk reúnen la embriaguez, la orgiástica, la ascética, el éxtasis sanguinario, la homosexualidad, la asociación en fratrías y las pruebas iniciáticas, unión de rasgos que permitiría llamar a las SS «los berserk del nazismo», pero aunque en 1954 aún pervivía la tradición del duelo iniciático en las fratrías universitarias alemanas, tampoco puede excluirse alguna parte de recuperación literaria de los mitos. Huelga decir que ni fueron las SS, en modo alguno, los únicos Posesos de Wotan, ni todo el resto de los alemanes, por supuesto, se sintió un berserk.

2. Churchill, iluminado por la Astucia de la Razón en persona, vio al instante que con la guerra ya desencadenada, Francia rendida, y en el trance más tenebroso y amenazador para la Patria, no podía incitar al pueblo a lanzarse con arrojo a la tempestad de hierro y fuego anunciando un dorado horizonte imaginario de gloria y de victoria; los númenes germánicos habían dado al enemigo todo su furor teutónico, pero él removió el rescoldo de la ideología cristiana, la única de las concepciones de este mundo que le ofrecía el instrumento de catarsis del que podía ya esperar la salvación: el amor del sufrimiento. «Sangre, sudor y lágrimas», tres líquidos, nótese bien, que hacían un agua lustral de incomparable poder de purificación: sacrificio expiatorio ante la diosa Albión y sacrificio apotropáico ante la diosa Niké. Con tres palabras hizo sentirse en estado de gracia a la nación entera, dispuesta a aceptarlo todo desde aquel sentimiento de pureza y de inocencia, desde aquella ilusión de ingravidez angélica; ningún conjuro podría haber sido más redomadamente artero y eficaz.

¿No se trataba de ganar la guerra? -preguntaría un positivista-, pero no es esa mi cuestión, sino la índole perversa de la guerra misma y en primer lugar precisamente el que hayaque ganarla y el que ganarla exija rebajarse a tal extremo de primitivismo, de indigencia mental y de superstición. El que no pueda hacerse otra cosa no trueca en bueno aquello único que es forzoso hacer. La catarsis es como un arrebato histriónico en que el actor se enajena ciegamente en el convencimiento de su propia ficción, cosa que sólo puede producirse en colectividad, porque su fuerza es la sinergia interanímica y su resorte el endoso y la subrogación de cada uno en todos los demás. Un antiguo cronista castellano describió esa sinergia de este modo: «Cuando los hombres son muchos ayuntados, ligeramente son de engañar», donde «engañar» abarca más que «hacer creer mentiras», vale también como sugestionar, seducir, enajenar; enajenarse justamente cada uno, por efecto de endoso, en la totalidad. De ahí que la guerra sea el estado de suprema plenitud de un pueblo en cuanto pueblo.

Pero donde más manifiesta su poder es en el éxtasis de la victoria, con su jánica faz de cumplimiento y de inauguración: cumplimiento, cual si no fuese el cesar del sufrimiento y la desgracia, sino el logro y culminación del más alto designio; inauguración, como si no se estuviese ante un campo de tumbas y de ruinas, sino ante un nuevo reino deslumbrante de vida y porvenir. Nada denuncia más el grado de embrutecimiento, perversión y necedad que aquella frase que suele aparecer tras la victoria y nadie llega a oír como un sarcasmo: «Hoy se abre ante nosotros una nueva Era». Un sentimiento de inocencia originaria, de primer día, de amanecer, que da el alcance de miseria extrema que la catarsis consigue producir.

 

 

 


 



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