"Desigualdad y descontento"
por Ralf Dahrendorf.

      

 

La Vanguardia, 12.02.2006

 
Ralf Dahrendorf es miembro de la Cámara de los Lores, ex comisario europeo de Alemania y ex rector de la London School of Economics

SI BIEN UNA SOCIEDAD libre reconoce límites a la desigualdad, también la acepta, pues es una de las características de los países innovadores.

En los dos últimos decenios, el mundo en conjunto se ha hecho más rico, pero, mientras algunas economías nacionales han avanzado enormemente, otras han quedado muy rezagadas. El aumento de la riqueza total no ha propiciado la abolición - ni la reducción siquiera- de la pobreza. Lo mismo se puede decir en gran medida de lo sucedido dentro de los países. En casi todas partes, la mundialización ha producido a un tiempo una nueva clase de multimillonarios y una clase marginada compuesta de personas que no sólo son pobres en el sentido estadístico de ganar menos de la mitad de la media nacional, sino que, además, están excluidos de las oportunidades que en teoría están al alcance de todos. El dinamismo de la mundialización ha beneficiado a muchos, pero también ha aumentado la desigualdad. ¿Es eso necesariamente malo? Muchos piensan que sí. En realidad, países enteros tienen una predisposición igualitaria intrínseca. Les desagradan los dirigentes
empresariales que se llevan a casa sumas enormes incluso cuando fracasan y detestan ver entre ellos a pobres y excluidos. Pero, si bien es cómodo vivir en el mundo socialdemócrata de Escandinavia, Alemania y otros países europeos, muchos de ellos han adquirido su igualdad a crédito con cargo a generaciones futuras. Además, una atmósfera igualitaria no fomenta la innovación y la sensación de desarrollo dinámico. Las personas creativas suelen abandonar las sociedades en las que existe una intensa presión para no ser diferente. La desigualdad no sólo es compatible con la libertad, sino que a menudo es consecuencia de ella y la estimula. Entonces, ¿debemos elegir entre libertad e igualdad? Las cosas no son tan simples. Una sociedad libre reconoce dos límites a la desigualdad económica y general. Los dos plantean cuestiones prácticas difíciles, aunque son claras en principio. La desigualdad es incompatible con la libertad si limita las posibilidades de participación de las personas en la comunidad política, en el mercado y en la sociedad civil. En el extremo más bajo de la escala social, se plantea la antigua y enojosa cuestión de la igualdad de oportunidades. Lo que está claro es que todo el mundo debe tener acceso a las elecciones y a los partidos políticos, a la educación y al mercado laboral y a las asociaciones de
la sociedad civil. En una palabra, la ciudadanía, en el sentido pleno de la palabra, requiere derechos básicos y la capacidad para hacer cumplirlos. También requiere un situación económica básica, incluida una garantía de ingresos, que se puede facilitar de diversas formas.
Una cuestión difícil es la de dónde exactamente trazar la línea que determina la situación básica a la que todos los ciudadanos tienen derecho. En la mayoría de los países, debería estar probablemente. más alta que ahora. Otra cuestión difícil es la de cómo se debe garantizar la situación básica. El debate sobre los complementos de ingresos particulares frente a los servicios públicos generales se ha intensificado en todas partes. Puede resolverse perfectamente con diferentes medidas ajustadas a las tradiciones de los diferentes países, si bien las bonificaciones fiscales y complementos similares de los ingresos de las personas son más compatibles con las sociedades libres. En el extremo superior de la escala económica y social, se plantea una cuestión diferente. Muchas personas se oponen a que los directivos empresariales reciban en sueldos, primas y opciones sobre acciones millones de dólares de sus empresas. De hecho, es legítimo preguntarse si el comportamiento de los capitalistas actuales fomenta la aceptación general del capitalismo, pero la riqueza individual sólo resulta ser un problema si se puede utilizar - y cuando así sea- para limitar las posibilidades de participación de los demás. Cuando la riqueza se vuelve un poder ilimitado, hay que hacer algo para limitarla. Lo que ha llegado a llamarse blanqueo de dinero, es decir, el intento de convertir beneficios ilícitos en riquezas legítimas, constituye un ejemplo de la necesidad de adopción de medidas. Hay otros, incluida la cuestión de los impuestos de sucesiones, que están considerados desde hace mucho componentes necesarios de una sociedad libre. No obstante, si bien una sociedad libre reconoce límites a la desigualdad, también acepta la existencia de desigualdad, pues infunde esperanzas a muchos al mostrar lo que se puede alcanzar con capacidad y suerte... o incluso tal vez sólo con suerte. La desigualdad aporta colorido y variedad a las sociedades; es una de las características de los países innovadores, flexibles y llenos de vitalidad. Así pues, no es mala en sí, si bien se deben limitar sus excesos en nombre de la ciudadanía para todos. La exclusión social y el poder personalizado mediante la riqueza son siempre inaceptables, pero, si queremos libertad, las desigualdades económicas y sociales son un precio legítimo y necesario que debemos pagar.


R. DAHRENDORF, miembro de la Cámara de los Lores, ex comisario europeo de Alemania y ex rector de la London School of Economics

© Project Syndicate/Institute for Human Sciences www
Traducción: C. Manzano

 

 


 



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