" El parlamento de las cosas "
por Bruno Latour.

      

 

La Vanguardia, 8.02.2006
traducción : Juan Gabriel López Guix

La ecología nos obliga a repensar la ciencia y la política al mismo tiempo. Hemos expresado esta doble reestructuración con la expresión "el parlamento de las cosas" (B. Latour, Nunca hemos sido modernos. Ensayo de antropología simétrica).Se trata, según hemos propuesto, de convocar el parlamento de las cosas o, más bien, de proponer unas formas institucionales oficiales a un parlamento invisible pero ya operativo, cuyas líneas esenciales deben poder discernirse empíricamente. Nuestra ambición tiene dos momentos. El primero consiste en definir ese parlamento, distinguiéndolo de otras formas de relaciones de la política y de las ciencias que han podido existir en el pasado o que todavía existen. El segundo (aún por venir en gran medida) consiste en investigar en los enredos político-científicos actuales la prefiguración oficiosa de ese parlamento. En efecto, la tarea ya no es inventar mediante una utopía una política ideal reconciliada, como por ensalmo, con las ciencias, sino manifestar de forma oficial lo que ya existe de forma oficiosa. Las tareas conjuntas del sociólogo, el filósofo y el politólogo tienen como objetivo preparar con palabras, conceptos, terrenos, textos, el reconocimiento oficial de esas líneas esenciales que una institución se dedicaría luego a reforzar, cambiar o fundar. Ese paso de lo oficioso a lo oficial, de lo clandestino a lo formalizado, no es una simple revelación de lo ya existente, como si bastara ratificar las prácticas actuales sin modificarlas. Del mismo modo que la constitución moderna actuaba sobre el mundo haciendo proliferar los híbridos, también la constitución no moderna actuará mediante la transformación completa de las condiciones de las negociaciones de los híbridos. Instituir no es sólo expresar, es hacer, transformar. Y, sin embargo, ya no está de actualidad el antiguo modelo revolucionario por tabula rasa y subversión de lo que existe. El parlamento de las cosas no es una invención visionaria que deba imponerse a sangrey fuego contra el estado de cosas existente, se limita a tener a en cuenta lo que ya está entre nosotros.

Representación
¿En qué difiere ese parlamento de los precedentes, convocados desde hace mucho tiempo por la filosofía política y la historia social? Extiende a las cosas el privilegio de la representación, la discusión democrática y el derecho. En efecto, las cosas están representadas desde hace tiempo, pero según otro sentido de la palabra representación, otro régimen de representación, por las ciencias. En lugar del proceso político de delegación, las ciencias se han definido por la referencia, adequatio rei et intellectus, por retomar los antiguos términos de la filosofía. Ese doble sistema de representación ha caracterizado durante mucho tiempo la definición democrática del debate: en el interior del parlamento, los representantes de los intereses humanos debaten; en el exterior, los expertos, que saben lo que son las cosas en su verdad, aconsejan. En el interior del recinto parlamentario, los valores. En el exterior, los hechos. El vínculo entre esos dos órdenes de cosas se establecía con una institución mediadora, la burocracia o la tecnocracia, que derivaba la legitimidad de su saber, y la autoridad, de su designación por el poder político de los representantes elegidos.

Los inconvenientes de semejante definición de la democracia se plantearon mucho antes de la crisis ecológica, pero ha sido ella quien la ha convertido en caduca. Los expertos deben poseer la certeza y actuar en nombre de una legitimidad superior de naturaleza epistemológica que los aísla por completo de disputas, intereses y valores. Los políticos deben decidir en función de esos mismos valores y esos mismos intereses, pero sin poseer ninguna de las razones o los conocimientos que permiten a los expertos saber. Deciden sin saber, mientras que los otros saben sin poder decidir. Y los tecnócratas que participan en las dos legitimidades del saber y la elección pueden, en la práctica, acaparar todo el poder haciendo pasar por saber unas decisiones políticas o, a la inversa, haciendo pasar por un arbitraje político unos saberes que las ciencias por sí solas no habrían podido alcanzar. Ante semejante acaparamiento, el poder político se reduce como papel de lija. Los debates se vuelven demasiado técnicos para dejarlos a los representantes democráticos. Esta reducción de lo político comporta una desafección ante lo político o el auge de lo arbitrario. Contra tal desafección, aparecen como ridículos los esfuerzos por hacer, como se decía en la década de 1970, "participar al público en las elecciones técnicas".

La situación se vuelve muy diferente cuando nos damos cuenta de que los dos sentidos de la palabra representación no están tan alejados como se cree en los dos órdenes de lo político y lo científico. En ambos casos tenemos portavoces que difieren de sus mandantes. En ambos tenemos la sustitución del silencio de los mandantes por la palabra de los mandatarios. En ambos tenemos una disputa referente a la fidelidad de la transcripción y la legitimidad del mandato. En ambos, las controversias se solucionan provisionalmente por una serie de pruebas donde se escenifica la fidelidad de los mandatarios a lo que habrían podido decir los mandantes, la seguridad de sus autorizaciones para hablar, la legitimidad de los vínculos que mantienen con sus bases. Y en ambos el resultado provisional de las pruebas se ve estabilizado por un desplazamiento hacia otras formas de institución, emparejamientos o dispositivos. La disputa epistemológica entre realismo y relativismo constituye el homólogo exacto de la disputa politológica entre representación directa e indirecta.

Sin embargo, la semejanza de los dos regímenes de representación no bastaría por sí misma para exigir su acercamiento. En efecto, unas poderosas razones, que hemos analizado bajo el término mundo moderno, han transformado desde hace tres siglos sus pequeñas diferencias en un foso gigantesco. La diferencia entre humanos y no humanos, por ejemplo, los primeros dotados de palabra y los segundos silenciosos, ha permitido durante mucho tiempo distinguir rotundamente entre los dos regímenes. Hacía falta un trastocamiento completo de las concepciones de la ciencia para que pudiéramos percibir de nuevo el aire de familia de esos dos regímenes. Dicho trastocamiento puede resumirse, como hemos dicho, en un paso de la ciencia a la investigación. En lugar de una epistemología de la ciencia, disponemos ahora de una sociología e incluso de una antropología de la investigación. Hemos visto más arriba esas diferencias, pero aquí sólo nos concernirán las tres más importantes: la ciencia reposa sobre la certidumbre, la investigación sobre la incertidumbre, lo desconocido, el riesgo, la apuesta; la ciencia reposa sobre ideas o microteorías , la investigación sobre prácticas; y la ciencia es autónoma, la investigación es conectable o está conectada. Entre las dos hay en última instancia pocas relaciones, salvo que la ciencia se compone de lo que antaño fue el frente de investigación.

Ciencia, investigación, política
Conectar la ciencia y la política ha resultado ser una empresa casi imposible a pesar del considerable número de intentos. En cambio, conectar la investigación con la política es mucho más fácil. Comparten la misma incertidumbre, la misma necesidad de riesgos y apuestas; están sometidas a las mismas limitaciones prácticas de definir unas pruebas y gestionar las consecuencias, por compromiso y negociación; se entrelazan por la necesidad de una política científica por un lado y de una ciencia política por otro, y la historia social de las ciencias se encarga de mostrar los innumerables vínculos entre ambas. Allí donde la epistemología ha fracasado obstinadamente desde hace un siglo, la sociología de la investigación y la historia social han conseguido en menos de quince años hacer conectable de mil formas la práctica científica con la historia general. La historia de las ciencias se incorpora ya a la historia a secas, hasta el punto de que ya ni siquiera es útil mencionar el genitivo.

Escalas
De todos modos, para permitir el acercamiento de la ciencia y la política y plantear así el problema del parlamento de las cosas, ha sido necesario mucho más que un simple trastocamiento de nuestras concepciones de las ciencias. Ha hecho falta que los objetos mismos de la política integren un contingente siempre mayor de problemas procedentes de las ciencias, y que los propios seres humanos sean lo bastante numerosos para convertirse con su masa en un conjunto de fenómenos que las ciencias físicas y biológicas deban tener en cuenta. El peso de los humanos empieza a contar en un número creciente de ciencias, de la misma manera que el peso de las ciencias cuenta cada día más en los problemas humanos. Aunque las representaciones científicas no desearan aproximarse, la doble deriva de los propios objetos a las cuales ambas se aplican las habría obligado a chocar.

Con todo, ese choque continuo, esa multiplicación de problemas límites, casos fronterizos, no habrían llevado a considerar del mismo modo la ciencia y la política y a anular esa diferencia constitucional que tres siglos de modernidad han contribuido a definir. Ha hecho falta una modificación profunda en las escalas espaciales y temporales de los fenómenos mixtos. Ante todo, la ecología ha modificado poco a poco las relaciones de lo exterior y lo interior royendo poco a poco el exterior de nuestras acciones. Como dice Michel Serres en una frase muy hermosa que invierte el estoicisimo milenario: "sólo depende de nosotros que todo no dependa de nosotros". A continuación, la ecología ha modificado las relaciones de duración de los fenómenos comprometiendo la acción política en temporalidades no sólo largas sino también heterogéneas, que pueden llevar a irreversibilidades, los milenios, las generaciones. Por último, ha subvertido por completo los problemas de escala comprometiendo a la vez a miles de millones de seres humanos y unas decisiones locales de acuerdo con cortocircuitos que ni los políticos ni los científicos estaban preparados para pensar. Las relaciones con el tiempo, el espacio, la magnitud, la jerarquía, lo humano, el saber, el derecho, la moral, se encuentran reabiertos a la vez en el ámbito de la antigua política y en el ámbito de la antigua ciencia.

Bruno Latour ( Beaun , 1947) es antropólogo. Las múltiples conexiones entre la sociología, la historia y la economía de las técnicas han marcado su carrera. Es profesor de la École des Mines en París y recientemente ha sido invitado a ocupar la cátedra Spinoza en la Universidad de Amsterdam.
http://www.ensmp.fr/~latour/s


TRADUCCIÓN: JUAN GABRIEL LÓPEZ GUIX

 

 

 


 



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