"Stalin vive"
de ROY A. MEDVEDEV

      

 

La Vanguardia, 27/04/2005

 

El legado de los dictadores muertos de los regímenes totalitarios vencidos ya no debe ser ambivalente. Sólo los lunáticos marginales de Alemania se atreven a conmemorar a Hitler. Ni siquiera los restos patéticos de los jemeres rojos celebran el recuerdo de Pol Pot. Pero a medida que se aproxima el 60.° aniversario de la victoria de Rusia sobre la Alemania nazi, recordar a Stalin en ese triunfo está resultando demasiado incómodo.

Moscú se halla enfrascado en debates sobre si se debía construir una estatua del dictador muerto o no. En las librerías de Rusia muchas historias y biografías se ocupan de Stalin y su era. Algunas de ellas, basadas en materiales de archivo recientemente abiertos, son críticas. Pero la mayoría describe a Stalin de modo positivo. Cuando se pide a los rusos que ennumeren las personas más importantes del siglo XX, Stalin sigue empatado en primer lugar con Lenin.

Algunos ven detrás la mano de lo que queda del Partido Comunista... que se ha alejado de sus viejos ideales leninistas y busca apoyo mediante una mezcla de nacionalismo ruso, cristianismo hiperortodoxo y estalinismo de Estado. Por supuesto, ya no hay pueblos ni ciudades que lleven el nombre de Stalin. A finales de la década de 1950 se demolieron muchos monumentos suyos, pero muchos símbolos del gobierno de Stalin se han conservado, incluido el himno nacional, que él aprobó personalmente en 1944. Hay siete rascacielos en Moscú a los que los rusos siguen llamando los Vysotsky de Stalin. Junto a la tumba de Lenin están la tumba y el monumento de Stalin, donde siempre se amontonan flores frescas en los aniversarios de su nacimiento, muerte y de la victoria sobre Hitler.

Sin duda, la revelación por parte de Jruschov de los crímenes y el culto a la personalidad de Stalin en 1956 causaron una fuerte impresión tanto en la Unión Soviética como en el extranjero. Pero muchos miembros de la élite política y de los círculos militares se enfurecieron por las revelaciones de Jruschov. Eso provocó varios intentos de rehabilitar a Stalin, sobre todo durante los veinte años del gobierno de Brezhnev, al que ahora llamamos el periodo de estancamiento. Mijail Gorbachov siguió revelando los crímenes del estalinismo, arrojando luz sobre páginas oscuras que Jruschov no se atrevió a abrir al público. Durante la presidencia de Boris Yeltsin estas críticas se hicieron aún más fuertes.

Pero demoler las estructuras del pasado no basta para renovar la sociedad. Yeltsin entendía eso. Hace ocho años los restos de la familia Romanov fueron enterrados en el castillo de Pedro y Pablo de San Petersburgo. Nicolás II alcanzó la condición de santo mártir. Pero el entierro de los Romanov no conmovió las emociones del público por mucho tiempo. Más del 50% de la población ha visto caer su calidad de vida desde el colapso del comunismo. No es de sorprender entonces que estén nostálgicos por el pasado, incluído Stalin.

Las personas de las viejas generaciones recuerdan por supuesto las penurias de las décadas de 1930 y 1940. Pero la mayoría de los rusos no considera todo el periodo soviético como una especie de agujero negro. Junto a las privaciones, aprecian grandes logros. Hoy los rusos escuchan las viejas canciones soviéticas y ven las películas de esa época. El primero de mayo (día del Trabajo) y el 7 de noviembre (aniversario de la revolución bolchevique) siguen siendo mucho más significativos que los nuevos festivos poscomunistas, como el 12 de junio (día de la Independencia). Para muchos rusos la declaración de la independencia del país en 1990 representa un mal momento en su historia, un año de anarquía y desorden.

¿De qué se pueden enorgullecer los rusos en los quince años de poscomunismo? ¿De una terapia de choque que arruinó la economía y puso la riqueza del país en manos privadas pero rara vez limpias? La mayoría de los rusos no ve la democracia ni los mercados como valores absolutos, porque no han traído ni prosperidad ni seguridad. ¿Qué victorias ha obtenido el ejército ruso en estos años? Ni siquiera pudo dominar Chechenia. La Federación Rusa sigue siendo un conjunto de estados multinacionales que necesitan una idea de Estado y nacionalidad. La idea más sencilla y comprensible para los rusos es el patriotismo.

Sólo hay dos acontecimientos susceptibles de movilizar este sentido patriótico: la revolución de octubre del año 1917 y la gran guerra patriótica de 1941-1945, que convirtió a la URSS y a Rusia en una gran potencia mundial. La victoria sobre el fascismo sigue viva porque muchos de sus participantes siguen activos. El día de la Victoria de este año probablemente sea el último aniversario redondo de 1945 que Rusia pueda celebrar con miles de veteranos vivos y capaces de participar. Por ello, el Kremlin se está preparando para conmemorar el acontecimiento a una escala nunca vista en Rusia. Sobra decir que el nombre de Stalin se mencionará en incontables ocasiones durante las celebraciones. Pero sería un error ver este reconocimiento a Stalin como un verdadero anhelo por cada aspecto del sistema que creó. Más bien reconocer a Stalin es, para los rusos, una forma de recordar un tiempo de grandes hazañas y de sacrificios aún mayores. En todas partes el patriotismo se basa en esas ideas.

 

ROY A. MEDVEDEV, historiador disidente de la era soviética, autor del estudio clásico sobre el estalinismo Qué juzgue la historia © Project Syndicate, 2005. Traducción: Kena Nequiz

 



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