"Un cuerpo otro"
por Catherine Park.

      

 

Publicado en el Mundo, El Día de Valladolid.
12 de febrero de 2006

 

Estos días podemos contemplar en la Sala Municipal de Exposiciones de San Benito, la exposición Colección de Fotografía Contemporánea de Telefónica, que nos muestra una amplia y extremadamente sugerente gama de lecturas, en ocasiones solapadas, relativas al cuerpo. Las imágenes responden a diferentes visiones del rostro o de la presencia humana captadas por una serie de artistas cuya visión resulta más que interesante por plural y compleja. Muchas de ellas han sido producidas en el contexto de la fotografía digital, que ofrece al autor la posibilidad de irrumpir en la imagen, manipulándola y modificándola para dotarla de una narratividad que va más allá de la de la tradicional imagen capturada por el objetivo (no por ello exentas de gran complejidad narrativa e intención autora). Como explica Jose Luis Brea en el catálogo, “el potencial de decir algo otro característico de la vanguardia se hace depender tradicionalmente de un proceso de fragmentación y montaje (el clásico procedimiento característico del collage) mediante el que, por yuxtaposición de elementos pertenecientes a lugares y tiempos distintos, se incrusta en la temporalidad singular de un aquí y ahora preciso (el del cuadro) tiempos y lugares otros”. Y además “también cuenta ahora el tiempo posterior, el tiempo de retoque y recombinación: él también es ahora un tiempo de acontecimiento, un tiempo expandido que noveliza la fotografía, la transforma en imagen-tiempo”.

Nadie puede huir de su cuerpo. La presencia del cuerpo es tan poderosa en nuestras vidas, en nuestro acto de vivir, que nadie puede escapar de una visión personal, formulada o no, sobre él. Un cuerpo sano y auto-aceptado es vehículo y herramienta a favor de su dueño, de sus intereses, de sus planes, deseos, aspiraciones, metas, bienestar, contento. Sin embargo, un cuerpo incómodo, molesto, incluso atormentado, física y psicológicamente, manchará o empañará, en mayor o menor medida, la visión del mundo del que lo arrastra. Basta que nos hagamos daño en un dedo para darnos cuenta; basta sentirnos inadecuados físicamente para recular hacia las sombras.

Es por esto que resulta relevante plantearse ciertas preguntas: ¿cómo es nuestra visión de nuestro propio cuerpo?; en nuestra visión del otro ¿cómo vemos los cuerpos de los demás?; y como sujeto/objeto de nuestra observación ¿cómo es tratado el cuerpo a través del arte? ¿a través de la fotografía? ¿a través de otras visiones complejas del cuerpo? Hechos partícipes postreros de la novelización a la que nos refería Brea, añadiendo nuestra propia visión ‘otra' de las imágenes que se nos presentan, resaltaremos algunos de los temas que la yuxtaposición de imágenes de esta exposición nos puede sugerir.

Así, en esta selección de obras de la Colección de Fotografía Contemporánea de Telefónica nos encontramos al cuerpo, o al rostro, funcionando como elemento estético formal, delineando sus formas un mundo que evoca la pura superficie de la imagen, o permitiendo adentrarnos en una visión psicológica, a veces muy huidiza, de la persona fotografiada. No sabemos nada de ella pero necesitamos otorgarle un trasfondo, una personalidad. A veces tenemos elementos que nos ayudan a situarla, otras veces no tenemos más que los rasgos mismos del rostro, las marcas del tiempo y el enganche o evasión de su mirada. Esto nos lleva a nuestro primer encuentro con el otro.

Como reflejo de un contexto social, cuyas secuelas son evidentes en la propia piel del sujeto fotografiado, o cuya presencia se hace comprensible en el movimiento cotidiano de figuras anónimas. Como algo que desaparece en su uso pero que aparece al ser congelado por una cámara. Nosotros yendo al trabajo o visitando una exposición, o cargando gasolina. Creando dibujos en nuestro entorno, en el que encajamos formalmente, creando belleza sin saberlo, en un instante, o desentonamos, como piezas de un puzzle práctico al azar. Vistos, o sintiéndonos observados por alguien dotado de una visión privilegiada y necesariamente externa.

Como superficie mensajera, política, religiosa, psicológica, a veces dolorosa –reflejo de cómo las circunstancias políticas y sociales marcan reiteradamente- o simbólica –aquellas botas Doc Martens que nos siguen ¿amenazantes? y nos atan, nos marcan nuestro ritmo. Nuestro cuerpo como mapa de nuestras propias señales.

Como disfraz, mostrándonos el carácter totalmente producido del ser sujeto. Nuestro maquillaje, nuestra decisión de ser un personaje en otra historia, en otra vida, en la nuestra. O por el contrario, como mundo oculto que se revela, mostrando una sensualidad que reside bajo los pliegues, bajo el cuerpo mismo, en la planta de un pie.

Vemos el cuerpo como algo fragmentario, cortado, desgajado de un todo que necesita para existir en el que la mirada ajena selecciona a discreción, desechando lo de menor interés. Nuestra mirada selectiva.

Dentro de un discurso histórico-artístico, como comentario a posteriori de algo que ya ha sido formalmente, pero que sigue teniendo vigencia en un contexto determinado del saber, en versión actualizada y cargada de contemporaneidad. Un discurso histórico-artístico del cual todas estas imágenes ya forman parte.

En definitiva como algo que observa y es observado, como algo mediático, como el espejo que jalona nuestra salida al mundo y que nos ayuda a anclarnos en nuestra imagen controlada por nosotros.

No podemos por lo tanto salir de nosotros mismos, de nuestra personal visión. Enriquecidos por todas estas lecturas nos sabemos dueños privilegiados de una imagen, una presencia que tiene mucho que decir. Un cuerpo otro. El nuestro mismo.



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