" El mundo que apenas vemos "
Javier Gutiérrez Hurtado.

      

 

El norte de castilla, 3-julio 2005.

Llega el mes de julio, empiezan las vacaciones de mucha gente y los debates ciudadanos languidecen. Con excesiva frecuencia, enfrascados en nuestras cosas de la ciudad, olvidamos las que pasan por el mundo, aunque sean crueles para los que viven en otros lugares. De ellos, de la humanidad que sufre, solo nos acordamos cuando ocurren catástrofes, pero olvidamos las peores, las que padecen a diario millones de personas.

Ahora que nuestros debates se remansan es un buen momento para levantar la vista y contemplar, aunque sea en la distancia y sin tener que viajar, cómo vive, a comienzos del siglo XXI, buena parte de la humanidad. El dicho popular nos recuerda que «todas las comparaciones son odiosas» pero, en ocasiones, el método comparativo, tan denostado intelectualmente como fuente de conocimiento, sirve para poner en una dimensión más adecuada nuestros problemas de cada día.

La ONU, que es el organismo con la visión más completa del mundo, aprobó con el cambio de siglo, la Declaración del Milenio del 2000. Su diagnóstico es fiel, aunque, desde Occidente, muchas veces no queramos ver la realidad. Todavía hoy «más de mil millones de personas viven en la pobreza extrema, 11 millones de niños mueren al año por enfermedades que se pueden prevenir, 500.000 mujeres fallecen en el parto, cerca de 1.000 millones de personas malviven en chabolas y 115 millones de niños no tienen escuela». Ante esta situación, las Naciones Unidas vuelven a la carga y, con la vista puesta en el año 2015, señalan los grandes objetivos de la humanidad. Llama la atención que, en medio de un desarrollo tecnológico tan importante como el que conocemos los occidentales, las metas sean tan sencillas, tan relacionadas con los aspectos básicos de la vida.

Se trata de ocho grandes objetivos. Todos ellos tienen como meta el año 2015. Un uso racional de los recursos naturales y una mayor protección de los ecosistemas para evitar el grave deterioro que ya experimenta nuestro medio ambiente, con especial atención al acceso de todos al agua potable y al saneamiento básico. La generalización de un principio, el de la igualdad de género, que en muchas zonas del mundo todavía no ha empezado a desarrollarse. La plena escolarización de niños y niñas y la eliminación del analfabetismo. El cumplimiento de los objetivos de Ayuda Oficial al Desarrollo (el famoso 0,7%), fijados hace casi cincuenta años y que, a finales del siglo pasado, conocieron una disminución importante. La reducción, en dos terceras partes, de la tasa de mortalidad de los niños menores de cinco años. El freno del ritmo de propagación del Sida para entrar, posteriormente, en la disminución del número de personas afectadas. La rebaja, en tres cuartas partes, del número de mujeres que mueren durante el parto. Y, finalmente, el «logro» de que las personas que sufren hambre y malnutrición sean, dentro de una década, la mitad que a comienzos de siglo.

«Lentitud casi dolosa»

Con estos objetivos han comenzado a moverse los líderes mundiales. Declaraciones grandilocuentes y nuevas «cumbres» en lugares de precios imposibles. Más ruido que nueces, lentitud exasperante, casi dolosa. Uno, Chirac , dice que hay que recaudar fondos para estos fines con un impuesto al queroseno que consumen nuestro aviones comerciales; otros, entre ellos nuestro presidente, dicen que esa medida perjudicaría los intereses turísticos. Uno, Tony Blair , dice que hay que condonar la deuda de los más pobres; otros se esfuerzan en que la letra pequeña reduzca sustancialmente el alcance del acuerdo.

Para analizar intenciones y voluntades siempre es bueno acudir a un asunto concreto, sencillo, de fácil manejo. El Informe del 2005 elaborado por la Organización Mundial de la Salud sobre el Paludismo en el Mundo nos puede servir. El paludismo es una amenaza real para más de tres mil millones de personas, la mitad de la humanidad, y provoca, cada año, la muerte de más de un millón de personas, principalmente niños. Los países afectados, 107 en la última estimación, pertenecen a todos los continentes, aunque la mayor concentración se produce en África.

Factores sociales

En los años setenta del siglo pasado se había avanzado en su erradicación, pero en los ochenta y primeros de los noventa se produjo un agravamiento de la enfermedad. Factores sociales -guerras, inestabilidad económica y emergencias-, factores técnicos -resistencia de los parásitos a los principales antipalúdicos y resistencia de los mosquitos a los insecticidas-, y, sobre todo, la falta de voluntad y de fondos, están detrás de esta situación.

El balance de este año indica que las cosas van un poco mejor, pero queda mucho por hacer. Para saber de qué hablamos, de cual puede ser el alcance de nuestra ayuda, tanto individual como colectiva, no está de más reproducir las palabras de Jeffrey Sachs , asesor especial de Naciones Unidas para este tema: «Controlar completamente el paludismo es el objetivo mundial más fácil de alcanzar. Solo hay que invertir 3 dólares por persona en los países ricos para financiar efectivamente la lucha contra el paludismo en África, garantizando a todos la disponibilidad de mosquiteros que pueden salvar una vida, medicamentos eficaces y otras medidas de control. En los próximos años podemos salvar millones de vidas y conseguir con ello grandes beneficios económicos. Es un reto histórico único que no podemos dejar de afrontar».

Un simple mosquitero con propiedades insecticidas integradas en su tejido puede salvar muchas vidas. Organizar esta solidaridad en una sociedad que se llama a sí misma «globalizada», es decir, con relaciones mutuas e intereses comunes, es una tarea inaplazable.

Con estos datos y estas realidades se hace difícil encontrar sentido a buena parte de los debates, muchos relacionados con excesos que tenemos en nuestra ciudad. Viene bien, de vez en cuando, difuminar nuestra realidad y acercarse a la de otros.


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