TEORÍA DE VALLADOLID
Conferencia de Carlos Gallego. nov 2004

      

 

Conferencia de Carlos Gallego, escritor y abogado.
(Impartida el 11 de Noviembre de 2004, dentro del programa de actividades de DDOOSS)

INTRODUCCION

EL ORIGEN DE UNA REFLEXIÓN

Aunque no deje de resultar la expresión de una reflexión particular y, por tanto, como todo este trabajo, teñido de un intenso subjetivismo, quizá la exposición de su origen sirva para enmarcar su ámbito y el plano en que pretendo destacar su relevancia.
El primer elemento de esa reflexión apunta a un tema recurrente: el Valladolid de 1936, esa colectividad cuyos signos esenciales la hacen tan similar a esta nuestra contemporánea, que fue capaz de dejarse arrastrar en una espiral de barbarie en que se perdieron los elementos que estructuraban su civilidad y, aún más, su sensibilidad humanitaria. Profundicé la reflexión después de conocer recientemente una realidad próxima a aquella que me conmocionó: la del Valladolid de la segunda mitad de los años veinte, que tan lúcidamente mostró la exposición de la pintora Ángeles Santos en el Museo Patio Herreriano, hace por estas fechas un año. A mi juicio, la experiencia de Ángeles Santos expresaba metafóricamente, pero también con mucha precisión, las contradicciones íntimas de la sociedad vallisoleta-na que acabaría estallando unos años después, cuando el alzamiento militar propició el desbordamiento de casi todas las contenciones. La metáfora de Ángeles Santos remite a la destrucción del genio creador capaz de aportar una visión crítica de una circunstancia tan opresiva como la vallisoletana en vísperas de la Segunda República, escenario en que ambas percepciones opuestas entrarían en conflicto hasta que el triunfo de la reacción arrastró la aniquila-ción de toda disidencia. A su vez esa jovencísima pintora está también manifestando un sentimiento común a muchos cuando, contestando a Ramón Gómez de la Serna que se empeñaba en encarecerle Valladolid, le decía: "No, no... Yo me ahogo". Sus cuadros sirvieron para gritar su rebeldía frente a esa cargante atmósfera pequeño-burguesa, clerical y provinciana por la que discurría la vida de esta ciudad. La respuesta que recibió de su padre, quien en su ámbito personal tenía la responsabilidad de mantener el control de la ortodoxia, fue tan implacable que destruyó toda capacidad de expresar su visión crítica, aniquilando su genio creador, como antes dije, aunque no resolviese el tremendo conflicto íntimo de esa persona que desde entonces se vio obligada a errar el resto de sus días condenada a la pena de extrañamiento interno. La capacidad metafórica de esta historia se revela en que el esquema de ese conflicto personal y familiar se reprodujo en el plano de la sociedad civil vallisoletana, en la que la guerra sirvió para crear el marco dentro del cual la reacción pudo destruir impunemente y sin constricción alguna todo impulso renovador del viciado ambiente en que se encontraba encerrada la colectividad local, como tantas otras similares a ella. Y de ese modo resultó igualmente yugulado el proyecto cargado de futuro que venía impulsando el asombroso grupo que catalizó la presencia en nuestra ciudad de ese excepcional personaje que fue Cristopher Hall, con quien Valladolid mantiene una deuda de gratitud pendiente de liquidar.
El segundo elemento de reflexión que me llevó por estos derroteros remitió a la constatación de una realidad contempo-ránea: la de otras ciudades próximas cuyos presupuestos históricos eran similares a los de la nuestra, no obstante lo cual presentan actualmente las caracterís-ticas propias de colectividades ancladas en un pasado remoto que se expresa en su atonía moral entendida en términos sociales. He dedicado mucha reflexión a una de ellas, Palencia, después de tropezarme reiterada-mente con signos que evidenciaban machaconamente su patología. Desde luego, no cuento con los métodos ni con los instrumentos de la Sociología ni de la Historia, de modo que me limito a abordar esas realidades con la única herramienta del juicio crítico común, a través del cual no pretendo proclamar ninguna conclusión científicamente homologable, pero sí obtener datos suficientemente fiables para iluminar la realidad de mi ciudad, por medio del método comparativo y deduciendo a continuación qué elementos servían para definir su distinción, para a continuación poner el énfasis en esos aspectos distintivos. Posteriormente, en una segunda parte, me detendré en los síntomas que apuntan la deriva futura de la ciudad.

PLANTEAMIENTO DE LA CUESTIÓN

Valladolid no es como es por azar, ni por tanto será lo que sea tampoco por casualidad. Nuestra ciudad no tiene escrito su futuro, sino que alcanzará el que sepa ganarse, sujeta a la contingencia histórica común a la vida de todas las colectividades. Pretendo, pues, que adquiramos conciencia del protagonismo y de la responsabilidad que nos corresponde a los vallisoletanos contemporáneos para hacer una ciudad mejor, comprometida con el progreso de todos los ámbitos de relación que ella propicia y se impulsen las circunstancias que permitan que los ciudadanos sean mejores y vivan también mejor.

I. ANTECEDENTES INMEDIATOS DEL VALLADOLID CONTEMPORÁNEO.

Siguiendo el método comparativo al que antes me referí, retroce-diendo en la historia de la ciudad me propuse encontrar la encrucijada en que Valladolid siguió un camino diferente al que linealmente vienen recorriendo esas otras ciudades próximas cuyo curso vital hasta entonces compartían todos.
La característica eminentemente diferenciadora de nuestra ciudad en relación con esas otras se encuentra en la actualidad, a mi juicio, en el plano en que están los poderes o élites locales. Grosso modo, es perceptible cómo en esas otras ciudades los grupos sociales que hegemonizan de hecho el poder local (ejerciendo una influencia que es notable en el plano económico, pero que se despliega en otros muchos, hasta constituir un verdadero poder fáctico) son esencial-mente los mismos de hace más de un siglo. Se encaramaron en la pirámide social cuando finalmente se consolidó el nuevo modelo impulsado por el liberalismo económico y se recolocaron los poderes sociales. Muchas de esas familias reforzaron su poder por efecto del enriquecimiento patrimonial que supusieron las operaciones desamortizadoras, permitiéndoles la adquisición de propiedades inmobiliarias cuya proximidad a la ciudad propició su excepcional revalorización con el paso del tiempo que afirmó su completo predominio, pues con el poder económico se apropiaron también del político en su ámbito local.
Ese esquema sigue completamente vigente en Palencia, por ejemplo, como un continuum que da sentido de permanencia a la realidad esencial de esa ciudad durante más de un siglo. Se entiende así la mejor definición que conozco de Palencia, como parque temático del siglo XIX, que escuché a un pintor sujeto paciente del medio en el que vive, y que no debe tomarse necesariamente a broma.
La vigencia del viejo modelo decimonónico en la contemporaneidad viene produciendo notables distorsiones que expresan la patología a que antes me referí, sobre cuyos síntomas no puedo ahora detenerme, aunque luego repare sobre alguno muy significativo. Pero lo que me sorprendió, llamando poderosamente la atención, fue que ese modelo no solamente no se encontraba vigente actualmente en Valladolid, sino que desde a donde alcanzaba mi experiencia personal (es decir, el último tercio del siglo) tampoco lo había estado.
Se trataba de conocer el momento en que se había separado la sociedad vallisoletana de ese modelo, puesto que inicialmente lo había compartido también, y qué circunstancias habían hecho posible el derrocamiento de las viejas élites y su sustitución en el poder local por otros grupos sociales desvinculados de aquellos.
La explicación que he encontrado tiene una cronología muy precisa y arranca del día 8 de diciembre de 1951, fecha en que aparece en Valladolid Jiménez Alfaro ofreciendo un proyecto que antes le ha sido rechazado, por ruinoso, en las principales ciudades de España. Jiménez Alfaro enlaza con Manuel Sánchez, hijo de Ciriaco Sánchez, en cuya empresa ha adquirido preeminencia Santiago López González, pero quien también ha extendido su prestigio como experto contable y conocedor de la por entonces primaria legislación fiscal, al punto que asesora en esas materias a numerosos empresas de la ciudad. La oferta de Jiménez Alfaro no sólo arrastra el estigma de su generalizado repudio anterior sino también se ve lastrada por las circunstancias que fuerzan su ejecución en muy breve tiempo: por un lado, la entrada en vigor, solo unos días después, el 1 de enero de 1952, de la nueva Ley de Sociedades Anónimas, que obligaba a que la sociedad que explotara la licencia tuviera que constituirse en menos de tres semanas, plazo dentro del cual había que encontrar inversores que suscribieran los sesenta millones (¡sesenta!) de capital social para que fuese viable; por otro lado, que un mes después, el 10 de enero de 1952, terminaba el plazo de la licencia de la Regie francesa y para entonces, además de estar constituida la sociedad, tenía que haberse obtenido la preceptiva autorización del Consejo de Ministros. Se trataba de un auténtico desafío, en cuyo curso -y debo estos detalles al propio Santiago López- se sucedieron incidencias de lo más pintorescas (como el que el último día hábil para la inscripción de la sociedad Santiago López fuese a buscar de madrugada a su casa fuera de Valladolid al Registrador Mercantil para que les inscribiese la constitución de la sociedad dentro de plazo) algunas de las cuales son muy expresivas del fenómeno con relevancia sociológica que está poniéndose en marcha.
Efectivamente, entre las empresas vallisoletanas en que Santiago López trabajaba como asesor estaba el Banco Castellano, en cuyo Consejo de Administración se sentaban los representantes de las familias que concentraban el poder económico vallisoletano, y a ellos les presentó en primer lugar su proyecto. A pesar de que les merecía toda confianza y de que hizo una encendida defensa del proyecto Renault y de su viabilidad, los prohombres locales terminaron rechazando su propuesta oponiendo que estaba abocada a la ruina, sin duda más por emulación de lo que sabían que se había dicho anteriormente en otras ciudades que como conclusión de un estudio sereno y fundamentado. Pero lejos de desistir de su empeño, Santiago López lo sostuvo y se puso por su cuenta a buscar otros inversores que aportaran los cinco millones de pesetas que necesariamente habían de desembol-sarse a la constitución de la sociedad dentro de las dos semanas siguientes. Venciendo muchas reticencias y después de conseguir el concurso de un centenar de medianos y pequeños inversores, el 29 de diciembre de 1951 se constituyó la sociedad ante Notario con un capital de 60 millones, de los que por entonces solamente cinco se desembol-saron: los cincuenta y cinco millones restantes se desembolsarían un mes después, el 29 de enero de 1952.
En la fotografía nunca realizada de ese grupo de los cien encontraría-mos el puñado de vallisoletanos que, sin proponérselo, habían conseguido sentar las bases de un estado de cosas que propiciaría que Valladolid se desviara del viejo modelo decimonónico por el que han venido siguiendo, prácticamente de modo lineal, las demás ciudades de su entorno. Una anécdota apunta que los poderes históricos locales barruntaron que podían estar jugándose su suplantación en ese empeño: cuando Santiago López pidió autorización al Banco Castellano para reunir en su Salón de Actos a los inversores para celebrar con ellos esas primeras reuniones preparatorias, sus consejeros se negaron a cedérselo, resistencia que tuvo que ser vencida por una enérgica intervención de Vicente Moliner.
Se echaba encima el 12 de enero en que vencía el plazo de la licencia y como los sondeos con el Ministerio de Industria apuntaban a que el Consejo de Ministros no lo autorizaría, los promotores vallisoletanos hicieron una gestión con el prohombre local de la Falange que era José Antonio Girón, quien consiguió que se prorrogara por diez días y también gestionó un encuentro de Santiago López con Franco que se celebró el 13 de enero de 1952. A él había sido convocado Planelles, ministro de Industria, a quien Franco preguntó en ese mismo acto por qué no se había autorizado la empresa, respondiéndole el ministro lo que antes habían dicho los demás: que se trataba de una iniciativa temeraria que estaba abocada a la ruina. Franco le opuso que sin embargo antes habían autorizado a SEAT, cuyos iniciales resultados eran hasta entonces muy prometedores, y que no veía por qué no iban a poder tener igual suerte "los vallisole-tanos". El apoyo personal de Franco propició que el siguiente Consejo de Ministros, celebrado unos días después, aprobara definitivamente el establecimiento de la fábrica vallisoletana de Renault en España, pasándose a continuación a una etapa en que debieron acometerse los aspectos técnicos previos a la fase propiamente productiva, para lo que se trajeron a Valladolid desde Paris tres Renault 4/4 que durante los seis meses siguientes fueron desmontados y montados pieza a pieza una y otra vez por media docena de obreros que se familiarizaron así con el automóvil que seguidamente empezaría a fabricarse.
La implantación de la fábrica de FASA en Valladolid no sólo impulsó una dinámica que proyectaría efectos fundamentales en el plano económico (con la aparición de una creciente industria auxiliar que tuvo un efecto multiplicador en la industrialización de la ciudad), sino también -y es este el aspecto que más me interesa- en el nuevo modelo de colectividad en el que desde entonces se vio implicada Valladolid, reforzando el impulso que habían puesto en marcha también por aquellos años otras industrias que con el tiempo acabaron adquiriendo un gran peso. A su vez esa nueva realidad desplegó sus efectos en diversos ámbitos: por un lado la necesidad de mano de obra y la insuficiencia de la oferta local, propició un flujo migratorio desde el mundo rural próximo hacia la ciudad, ampliando extraordinariamente las dimensiones del hasta entonces reducido proletariado local fundamentalmente empleado en los talleres ferroviarios y asentado en el barrio de las Delicias, que se expandió por otros puntos de la periferia. En otro ámbito, esa nueva dinámica desbordó las contenciones que aseguraban la vigencia del viejo modelo y fue progresivamente minando sus bases hasta acabar con él, desde luego no solo por la importancia relativa que fue adquiriendo FASA, hasta empequeñecer el resto de la realidad económica local, sino por la movilidad social que se derivó de necesidad de acudir a métodos que sirvieran a principios pragmáti-cos y de eficacia en la selección de los cuadros profesionales que habían de nutrir la empresa, consolidándose criterios meritocráticos que permitieron el ascenso a la elite social de personas ya completamente ajenas a los viejos poderes locales, cuya influencia fue así progresivamente languideciendo hasta quedar reducida a sus estrictos ámbitos de origen. Pero, además, la brecha que se abrió también permitió la emergencia en otros sectores empresariales de nuevos empresarios que aceleraron y extendieron la dinámica económi-ca más allá de los límites que férreamente habrían seguido imponiendo las viejas élites locales de haber mantenido su poder, hasta ensanchar el horizonte socio-económico vallisoletano en términos completamente novedo-sos, cuya vigencia llega hasta el presente.

El protagonismo del nuevo grupo social ascendente se refuerza a principios de los años 60 a través de otro acontecimiento relevante para la ciudad. El prestigio de Santiago López había crecido tanto después de viabilizar ese proyecto que tantas ciudades aparentemente más capaces habían rechazado por imposible, que en 1961 el gobierno se acordó de él para que asumiera la alcaldía de la ciudad, cargo que por entonces era, efectivamente, de libre designación. El entonces ministro de Gobernación, Camilo Alonso Vega, convocó a Santiago López para transmitirle la designación, frente a la que él se mostró reticente, invocando la saturación de sus ocupaciones. Según refiere el propio Santiago López, la respuesta de Alonso Vega se ajustó a sus conocidos modos intransigentes, porque cortó sus objeciones (que incluían que la aceptación fuese, en su caso, para un solo mandato de cuatro años) diciéndole que sería alcalde de Valladolid le gustase o no, y que si no hacía bien las cosas le destituiría de inmediato pero que si las hacia bien permanecería en el cargo hasta que él le autorizase su marcha porque si abandonaba antes, le metería en la cárcel. Efectivamente, Santiago López fue alcalde de Valladolid hasta el año 1965, y temeroso de que Alonso Vega pudiera cumplir su advertencia, poco antes de que terminara su mandato gestionó un encuentro personal con Franco para que contuviera a su ministro de la Gobernación, ante su determinación a no continuar en la alcaldía, petición que Franco atendió eficazmente.
La alcaldía de Santiago López simbolizó la ocupación del poder político local por la nueva élite social y la definitiva desaparición de la élite histórica, ya definitivamente retirada a sus feudos. Es importante resaltar que los nexos que relacionan al nuevo poder con el sistema no recortan su autonomía porque su original conexión con El Pardo le permite saltarse al lobby falangista local, cuyos intereses estaban vinculados al viejo poder derrotado. Aunque Santiago López viste la camisa azul del Movimiento y por su condición de alcalde de Valladolid ocupa algún cargo en su organigrama, ideológicamente no está verdaderamente comprometido con él. Es, como mayoritariamente el grupo ascendente que se nuclea a su alrededor, franquista por sentido práctico pero no ideológico propiamente dicho. Al punto que los viejos nombres locales que capitalizaron la victoria en Valladolid contemplan con descon-fianza primero y con animadversión después el ascenso de la nueva clase, contra la que sin embargo nada pueden hacer no solo por el poderosísimo aval que supuestamente le respalda, sino también por la fuerza de su éxito.

La consagración del nuevo modelo pone en marcha un proceso dialéctico en el orden social y político de la ciudad que se expresaría intensamente del franquismo. La amplia base obrera de la estructura social local es terreno abonado para un sindicalismo en expansión cuyos efectos reivindicativos se extienden también a las asociaciones vecinales de unas barriadas que padecen una gravísima infradotación, en muchas de las cuales adquieren protagonismo sectores comprometidos de la Iglesia, que amparan, impulsan e incluso lideran el movimiento vecinal, propiciándose una sensibilidad que acabaría alcanzando más tarde al ámbito universitario, haciendo de toda la ciudad una caja de resonan-cia de la lucha contra la dictadura, hasta protagonizar la convulsa vida local durante el último lustro del franquismo.
No es el propósito de esta reflexión detenerme en esos acontecimien-tos, por otra parte suficientemente conocidos, sino reparar en la nueva ciudad que ese proceso de veinte años había alumbrado. Quizá, volviendo al método comparativo, una anécdota ocurrida por entonces expresa como nada el cambio que se había operado. A primeros de los años setenta, cumpliendo un encargo del Consejo de Administración de FASA-Renault que veía imprescindible la expansión de la empresa fuera de Valladolid, bien hacia Palencia o bien hacia Salamanca, Santiago López fue al Ayuntamiento palentino a sondear a su alcalde sobre la acogida que se la dispensaría en esa ciudad. Después de escuchar sus razones, el alcalde no vaciló en darle una respuesta sorprendente: Palencia era, dijo, una ciudad muy tranquila y la irrupción de FASA con su cohorte de obreros revoltosos acabaría con ese paisaje apacible de la Calle Mayor que tan certeramente había retratado Bardem veinte años antes en un estereotipo que se mantenía vigente, de modo que era mejor, concluyó, que FASA buscara otro emplazamiento. Y aunque la mediación posterior de un concejal del ayuntamiento palentino, Severino Hontoria, evitó que la gestión se reprodujera ante el Ayuntamiento salmantino para quedarse finalmente en Palencia, esa escena expresa muy gráficamente la subordinación del poder político local a los intereses de la élite histórica palentina, a cuyo servicio se ha mantenido siempre hasta la actualidad el curso vital de la vecina ciudad, con resultados al alcance de todos.

II. RIESGOS DE SU FUTUR0

A mi juicio, la ciudad presenta actualmente signos que apuntan a un futuro preocupante, a un futuro de retroceso, en que se disuelven progresivamente las señas de su identidad anterior para dejar paso libre a otras que recuerden más a esas ciudades pasivas e inerciales que la rodean. Como una ironía del destino, a Valladolid le ha sentado mal la democracia en la medida en que está regresando a posiciones que hace más de treinta años parecía haber abandonado para siempre.
Efectivamente, es perceptible una tendencia hacia las posiciones que caracterizaron esa época anterior por el repliegue de la ciudad al neoconservadurismo expresado en la entrega del gobierno municipal a la derecha política; el frecuente abandono por el poder político local del principio de legalidad como elemento constitutivo de la convivencia; la reaparición de modos emparentados con el viejo caciquismo; la especulación urbanística como elemento principal de la economía local; el refugio en el intervencionismo, la subvención y la protección oficial; la atonía colectiva y la perplejidad del poder político ante una coyuntura crítica que pone en cuestión el curso futuro de la ciudad; etc
Sólo desde ese punto de vista de ciudadano común desde el que contemplo la perspectiva -ajeno, por tanto, a todo rigor técnico- me propongo describir algunos de esos síntomas que expresan la deriva por la que la ciudad discurre. A ellos voy a referirme separadamente.

1. Gobierno municipal y política ciudadana:

Quizá uno de los signos más característicos del discurso político general de los centros de poder (que por la configuración del Estado son, en cuanto atañe a este ámbito, regionales) se encuentra en la ausencia de contenido efectivo, desde luego en términos absolutos, pero clamorosamente atendiendo la excepcional encrucijada histórica en la que nos encontramos, sin duda sin antecedente desde la caída del Antiguo Régimen hace dos siglos. Esa incapacidad para enunciar un proyecto articulado es común a toda la clase política regional y si se percibe claramente en el paupérrimo discurso del partido en el poder, no puede adquirirse la impresión siquiera de que la oposición ofrezca una alternativa con la sustancia de que aquél adolece, precisamente en un momento en que las transformaciones económicas están subvirtiendo las bases sobre las que se han desenvuelto los pobladores de estas tierras desde que guardamos memoria, pues, por un ejemplo limitado pero muy expresivo, la progresiva liquidación de la actividad agraria en la mayoría del ámbito rural próximo no parece encontrar paliativo serio más allá de la política de las subvenciones.
Esa completa falta de proyecto se advierte también en los municipios y, en particular, en el nuestro. Desde hace tiempo la ciudad evoluciona sin saberse muy bien hacia dónde. La política municipal expresa su fortuna o su desgracia en el campo de la gestión diaria, pero no existe un programa conforme al cual se vaya talonando su trayecto. Igual que la implantación de El Corte Inglés en los aledaños del viejo campo de fútbol -a fin de cuentas efecto de una decisión empresarial- provocó un desplazamiento del centro urbano hacia el sur, es el mercado del suelo, y no el interés de los ciudadanos, el que está dictando la política urbanística sin que a cambio madure siquiera el fruto esperado de la bajada de los precios.
No hay ni rastro de una política cultural que centre coordinadamente todo el ámbito de la ciudad, que se ve suplantada por simples decisiones emulativas en la carrera en que estamos empeñados con las otras ciudades grandes de la región, como Burgos y León, carrera caracterizada por su irracionalidad. Y así, se crean museos para no quedar rezagados frente a las otras ciudades que ya los tienen o van a tenerlos, y luego no se sabe qué hacer de ellos porque el público no los visita. O se derrocha un dineral en la rehabilitación del Teatro Calderón para, con más de un siglo de ventaja tecnológica sobre sus creadores, alcanzar un resultado que empeora notablemente sus prestaciones originales, para entregarlo luego a una programación absurda similar a las que igualmente padecen las ciudades próximas menores. Se abandona el impulso público a manifestaciones culturales de riesgo, apostándose por las fórmulas más populares y por lo tanto más seguras, aunque incurran muchas veces en el más rancio casticismo. En conclusión: el poder local se ha desentendido, más allá de las tendencias inerciales, del impulso necesario para el progreso de una colectividad ilustrada y cosmopolita con vocación de confluir al punto en que se encuentran las grandes ciudades del continente pero también aquellas otras medianas como la nuestra que se lo propusieron y lucharon por conseguirlo.
Aunque se salga del ámbito urbano al que pretende ceñirse principalmente esta intervención, no puede dejar de aludirse a esa marea pseudocultural que caracteriza la iniciativa pública de pueblos y ciudades próximas: la proliferación de parques temáticos, centros de interpretación, mercados medievales y demás manifestaciones más o menos originales, enmascara la completa ausencia de políticas culturales que ofrezcan la oportunidad de rescatar a las gentes de su estado mayoritariamente atónico, tan favorecido en el imperio absoluto de la televisión que tiene completamente prendida la atención de las masas con efectos cuyos demoledoras y embrutecedoras consecuencias parece que no inquietan a nadie, como si no fuera una manifestación de la constante histórica de la preterición a que se ha visto condenada esta tierra.
Pero lo que más me preocupa, seguramente por mi condición de jurista, es el estado de anomia, o de no-norma, en que se ha instalado desde hace años el Gobierno municipal tanto el anteriormente administrado por el partido socialista como el que actualmente dirige el partido popular. El que decisiones esenciales para la vida de la ciudad sean sistemáticamente anuladas por la justicia y que ello no sólo no provoque la vergüenza de los responsables del fiasco sino que se revuelvan contra la jurisdicción, expresa más allá de su incultura democrática su completa ignorancia de las bases que articulan de verdad la convivencia. Pero aún hay que obtener una deducción más intranquilizadora si constatamos que esa labor de fiscalización y control de la actividad municipal está protagonizada en su mayoría por asociaciones vecinales, ecologistas o de otra índole privada que suplen la pasividad en que está instalada el partido mayoritario de la oposición suplantándolo también en su responsabilidad de que no progresen iniciativas municipales contrarias a la ley, atacándolas incluso en el plano jurisdiccional cuando el político y administrativo se vea desbordado. De manera que sin llegar a la escandalosa administración pública de municipios aledaños, cuyos métodos y formas llegan a recordar a las ciudades de la Italia insular (y citaré un ejemplo clamoroso: el de Arroyo de la Encomienda), Valladolid está cada vez más alejada del principio de legalidad ante un conformismo generalizado más propio de los tiempos del caciquismo que de la colectividad democrática respetuosa del derecho que debiera ser.

2. La concentración del poder mediático al servicio de intereses particulares.

Si bien los medios de comunicación son mayoritariamente de propiedad privada, como corresponde a una economía de mercado, está produciéndose en la región en general y en Valladolid en particular un fenómeno cuya generalizada y acrítica aceptación revela un retroceso de la conciencia civil democrática.
Efectivamente, con la excepción de Radio Nacional, todos los demás medios de comunicación vallisoletanos son de capital privado. Pero la mayoría de ellos dependen de un interés plural y difuso en cuyos órganos decisorios se encuentran sensibilidades dispares que se limitan entre sí impidiendo la deriva hacia posiciones particularistas. Esto no ocurre en el caso de dos importantes grupos de medios cuya progresión y silenciosa consolidación constituye una amenaza real para la integridad democrática de la colectividad. Me refiero a los grupos multimedia que tienen como insignia dos emisoras de televisión: los denominados Canal 29 y Canal 4, ambos pertenecientes a empresarios de la construcción, pero voy a centrarme en este último por ser donde más patentemente se expresa esta anomalía. El dueño de Canal 4 es el constructor burgalés Méndez Pozo, que fue condenado por una extensa conducta pluridelictiva. Todos recordamos que cuando se dictó su condena explicó que se había producido por carecer de medios de comunicación suficientemente poderosos para contrarrestar la influencia que sobre la opinión pública ejercieron la mayoría de los que informaron con una objetividad que avalaron las resoluciones de los tribunales. Pues bien, pocos años después de haber cumplido su pena privativa de libertad y haber regresado a la normalidad empresarial, Méndez Pozo ha tejido una tupida red de periódicos con cabeceras en todas las capitales de la región (en Valladolid al principio asombrosamente coparticipada por PRISA) y ha realizado otra importantísima inversión -verdaderamente multimillonaria- en una estación de televisión cuya señal se recibe en casi todo el ámbito regional. La organización y administración de ese gran complejo mediático es tan simple que puede decirse que en realidad no existe: su control está confiado a la decisión particular de parientes próximos o simples testaferros de su dueño sin que exista órgano colegiado alguno que pueda realizar la labor de contrapeso a que antes me referí.
Es bien cierto que hasta la fecha no se ha detectado maniobra en ese grupo encaminada a prestar servicio a su dueño, más allá de las naturales propensiones hacia donde apuntan sus simpatías ideológicas y conveniencias materiales. Pero desde luego tampoco se encuentra explicación en la lógica empresarial al derroche que exige el funcionamiento de esa maquinaria devoradora de recursos puesto que directamente se admite que no solo no es rentable sino que tampoco va a serlo en un horizonte próximo y datos extraoficiales apuntan pérdidas multimillonarias. Sin embargo esa explicación existe y se encuentra fácilmente no en una lógica empresarial que en absoluto inspiró la iniciativa de su dueño sino en su interés personalísimo por mantener disponible ese potencial -que debidamente desplegado puede llegar a ser inmenso- para cuando la ocasión lo requiera, y puede esta surgir en cualquier momento. Mientras los logotipos de esos canales televisivos sigan ganando la confianza de las pantallas domésticas de esta región irá progresando también la amenaza del interés público porque si bien no puede augurarse de antemano que lo enfrenten al particular de sus dueños aún puede negarse menos lo contrario, porque precisamente lo contrario -es decir, que se persiga obtener algún beneficio particular de un desembolso tan descomunal- no solamente es lo lógico sino que es también lo expresamente anunciado por su promotora.
A mi juicio, la realidad constatable en el mundo de los medios de comunicación ha puesto en crisis la concepción constitucional de las libertades de expresión y de información no solamente como derechos fundamentales sino también como garantía de la opinión pública libre y del pluralismo político en un Estado democrático. Las enormes inversiones que exigen y la inevitable irrupción de los grandes poderes económicos, ha propiciado efectos devastadores incluso en las naciones más avanzadas, que ha llevado a la adopción de posiciones defensivas en medios tan importantes como Le Monde, ante la sucesiva digestión de diarios incluso económicamente más fuertes que él. Por su parte, la prensa norteamericana y buena parte de la inglesa están en manos de las grandes corporaciones o de polos mediáticos poderosísimos como el que pertenece a un personaje tan siniestro como Rupert Murdoch, cuyo inmenso poder se extiende por todo el mundo. En esta nueva realidad, el papel tradicional de los medios de comunicación como formadores de opinión pública debe ser revisado porque no puede admitirse pasivamente que esta se subordine al dictado de los intereses de los poderes económicos a quienes pertenecen los medios, produciendo resultados tan desoladores como los que acaban de proyectar las elecciones de hace unos días en los Estados Unidos, cuyos trascendentes efectos, más allá del plano político, se perciben en otro sobre el que a mi juicio no se está reparándose no obstante ponernos ante el horizonte propio de una nueva era: el de la disolución de la conciencia individual y su apropiación hasta el cumplimiento del más antiguo y perverso sueño al que todos los poderes han sucumbido desde que el hombre es hombre, en los más pesimistas términos orwellianos.
Mal estaba que como contemporáneos de esa realidad no pudiéramos sustraernos a ese desolador panorama universal, pero tenemos la responsabilidad de defendernos de estos brujos locales que se proponen emular en nuestra colectividad ese pérfido juego en que el ciudadano es un títere cuya suerte se decide tan eficaz, incontestable e impunemente como acabamos de ver en una sociedad tan aparentemente inexpugnable como la norteamericana.

3. La emergencia de poderes culturales postizos

Uno de los efectos que ha propiciado esa ausencia de política cultural a que antes me referí se encuentra en la aparición de instituciones culturales cuya influencia sobre el conjunto de la colectividad es completamente desproporcionada a su legitimación. Se trata de iniciativas personalistas e individuales en que ese carácter esencialmente particularista se enmascara tras estructuras organizativas y formas jurídicas que las dotan de una apariencia detrás de la que tampoco hay nada más que el interés personal de su promotor.
En realidad nada habría que reprochar a quien, no solo haciendo uso legítimo de su libertad sino incluso comprometiendo recursos económicos a veces cuantiosos, se empeña en una iniciativa de esta naturaleza al servicio de la cultura. Pero si escarbamos un poco más bajo su apariencia, las cosas adquieren mayor complejidad.
Efectivamente, el mecanismo que impulsa la marcha -y también la fortuna- de estas iniciativas se debe al ardid consistente en otorgar credenciales de público reconocimiento a personalidades que cuentan con un prestigio fuera de toda duda; o bien en comprometer en sus publicaciones a firmas cuyo crédito está también completamente consolidado, a pretexto de su enaltecimiento cuando en realidad el resultado que se busca -y logra- es justamente el inverso. Voy a referirme a un caso concreto: cuando en el mes de julio pasado el diario El País publicó en su edición nacional una información encabezada por un titular que decía que la Fundación Cristóbal Gabarrón concedía uno de sus premios a Francisco Ayala, si nos ponemos en la piel de un lector de Sevilla, pongamos por caso, y examinamos cuál sería su reacción natural frente a la información, siendo don Francisco Ayala un personaje estelar de la cultura española cuyo prestigio se extiende a toda la nación, pero no sabiéndose nada allí en Andalucía sobre esa desconocida Fundación, puesto que su galardón ha merecido que se le dedique información tan relevante -evidentemente en función de que el reconocimiento que supone para el galardonado habría de merecer la más favorable acogida por parte de los poderosos medios afines-, no hay razón para que crezca aún más el reconocimiento del premiado después de haber recibido los premios más importantes del ámbito nacional al lado de los cuales este es una insignificancia, pero sin embargo su notoriedad y su prestigio se proyectan a la fundación premiante que así vampiriza en beneficio propio la reputación y el crédito ajenos. Dicho de otra forma: se trata de premios que la Fundación se da a sí misma por la persona interpuesta de quien se toma prestada su reconocida imagen pública.
Hay otros métodos similares. Un escritor contó que esa Fundación le había solicitado una colaboración para un libro colectivo sobre un tema banal que no guardaba ninguna relación con aquello que había caracterizado públicamente su carrera literaria. La solicitud iba acompañada de la oferta de unos honorarios muy sustanciosos que sin embargo no bastaron para vencer su resistencia. Pero cuando este expresó su negativa se encontró con la sorpresa que la oferta de la remuneración se incrementó tan desproporcionadamente a la entidad y a la naturaleza del trabajo que se le reclamaba que confirmó que lo que en realidad se perseguía era comprar su firma para atraparle en esa publicación, abstracción hecha de la calidad y del interés del texto que autorizara.
Sabemos que esas truculencias forman parte del panorama habitual del mundo de la cultura, que está sujeto a la lógica del mercado y de los negocios y tiene también su picaresca. Y nada tendría que decir por tanto de ello si no fuera por cuanto cabe deducir del protagonismo que estos sucesos están ganándose en la vida de la ciudad. Porque que instituciones como esta consigan que el poder permita su promoción tanto como expresaba hace solo unas semanas el Teatro Calderón plagado de autoridades políticas en la entrega de sus premios revela el reconocimiento oficial de iniciativas individuales carentes de toda legitimación más allá de la dudosa entidad de su promotor. Esa cesión del espacio público casa muy bien con esas posiciones expansivas de la iniciativa privada que refuerzan y acreditan a lo que no son nada más que autoridades postizas, vinculadas al vaivén de su interés particular en el que hoy cabe lo que cabe pero en lo que mañana puede caber cualquier otra cosa y de la que, sea esta la que sea, será muy difícil desmarcarse si en definitiva la inspiración que la impulsa ha acabado adquiriendo la legitimación que le otorga, al menos formalmente, ese reconocimiento oficial, tantas veces reiterado que sería muy difícil disolver.
Que las cosas sean así no es en absoluto casual sino que parte de la ausencia de una política cultural congruente como consecuencia de esa inhibición frente a la iniciativa privada si el relumbrón que esta ofrece permite a cambio de muy poco, o de nada, la obtención de alguna rentabilidad. Esa política cultural congruente exige que los gobernantes de la ciudad tomen la iniciativa y ocupen por sí mismos el espacio que les corresponde, precisamente en el sentido contrario al que vienen siguiendo, primando las expresiones culturales menos fáciles, menos acreedoras al reconocimiento popular y por lo tanto menos rentables pero más comprometidas con su tiempo, si es que en alguna medida se quiere que en este ámbito la ciudad tampoco pierda los signos del cosmopolitismo y del compromiso con su contemporaneidad.

4. Síntomas de la crisis de la urbanidad: la expansión del modelo "peñista".

La ausencia de un proyecto de ciudad no se percibe en ocasiones tanto por las carencias que así se propician como por la ocupación de esos espacios vacíos por manifestaciones cuyo progreso no encuentra resistencia. A mi juicio, la más significativa de ellas se encuentra en el modelo peñista que aunque cuantitativamente tiene una extensión reducida constituye sin embargo expresión inequívoca de la fractura del consenso comunitario sobre los elementos que articulan la convivencia en la ciudad. A ellos responde un concepto desacreditado por su banalización en los planes de estudio de nuestros años escolares pero de urgente recuperación, cual es el de la urbanidad, integrado por los signos distintivos de una forma de convivencia que supone un estado avanzado en la evolución de las sociedades.
Las notas que caracterizan el fenómeno peñista se encuentran también en las modalidades de diversión cada vez más extendidas entre los jóvenes en los alrededores de los fines de semana, destacando entre aquellos algunos que solo adquieren sentido por su objeto simbólico destructor de convenciones asentadas en todas las ciudades: la estampa de las calles de Valladolid convertidas en urinarios públicos, por ejemplo, es algo más que una anécdota merecedora de contemplarse con el espíritu condescendiente con el que normalmente se aceptan los comportamientos de nuestros jóvenes a riesgo de soportar en otro caso el estigma de la intolerancia sin que nadie se represente las consecuencias que esas mismas conductas arrastrarían si se vieran en calles tan poco sospechosas como las de Londres, por poner un ejemplo ilustre.
Esas anomalías derivan de la actitud populista, cuando no coleguista, del poder frente a esos rentables sectores del electorado, que llevan al disparate de entender que se tienen responsabilidades públicas en el aseguramiento del ocio de la juventud, y además no de un ocio cualquiera sino de emociones intensas que además se extiendan hasta el alba. Y como cuando el electorado barrunta que el político es en alguna medida su rehén, incrementa la intensidad de su demanda y el relajamiento de las contenciones que le limitan, y, también por gráfico ejemplo, reclama con todo énfasis que el Ayuntamiento le ponga vaquillas, después de que ya le dio verbenas, de modo que nadie pueda en este momento asegurar que los novillos no correrán entre talanqueras por la calle Platerías hasta mochar contra el portalón de la Vera Cruz, que es el punto intermedio entre Guadamacileros y Rúa Oscura, y excusadme la ironía.
El poder municipal ha acabado finalmente advirtiendo cómo se desbordaban los efectos de algunas de esas anomalías y entonces ha decidido aplicar el remedio represivo, del mismo modo que funcionan los malos tratamiento médicos: dejando que la enfermedad progrese hasta que su resolución solo admite medidas traumáticas. Así solo no se gana nada sino que se refuerzan las resistencias, comprometiéndose los resultados.


.
 

OTROS ARTÍCULOS

ENTREVISTAS

CUENTOS

OTROS IDIOMAS

SOCIOS DDOOSS

 

 

 .