FERNANDO COLINA
"Odiarse" marzo 2005

      

 

FERNANDO COLINA/ EL NORTE DE CASTILLA 19 DE MARZO DE 2005

Muchas de nuestras definiciones del hombre tienden a ser muy sencillas. Gustan además de establecer paralelismos cabales con la naturaleza. Baste recordar aquellas tan felices que hablaban del hombre como bípedo implume, junco pensante o riente bestia.
Una muy actual consiste en definir al hombre como el único animal capaz de odiarse. Para ello tiene que contravenir las concepciones más antiguas, pues en tiempos pasados no era imaginable la existencia de ningún animal que pudiera odiarse y menos el hombre. Sin embargo, la modernidad ha cambiado mucho las cosas y en algunas materias ha invertido la perspectiva. No deja de ser curioso que ahora juzguemos también a alguien por la intrínseca enemistad con que se tutea. De muchos decimos que no se aguantan, y del más renegado y agrio de entre ellos nos atrevemos a decir que se odia, incluso llegamos sospechar que lo hace con saña. Todo parece indicar que nuestra valoración del hombre ha caído en picado, como si no pudiéramos ya respetarnos y querernos con el sentimiento que parecía más seguro y genuino del alma.
Un pagano antiguo escrutaba al hombre para juzgar sobre todo los excesos de vanidad, de orgullo o de engreimiento. Las condenas morales se dirigían antes que nada a la inmodestia, la altanería o la arrogancia. La inclinación a amarse a sí mismo era un postulado sobre la lógica humana que nadie discutía. Tan solo se dudaba de la poca resistencia que ofrecemos, que nos hace caer fácilmente en la presunción, la fatuidad o la pedantería. Cualquiera podía resultar desgraciado por infortunio o por falta de afecto de los demás, pero nunca porque su aversión y aborrecimiento apuntaran al propio corazón. Y del mismo axioma parte luego el cristiano, pues a la hora de reducir los mandamientos a dos, uno de ellos dicta que debemos amar al prójimo igual que nos amamos por dentro, dando por seguro que no hay inclinación más indomable y natural que esta que nos procuramos, a veces hasta quedarnos boquiabiertos. El alma podía sentirse sucia, culpable o despreciada, pero era difícil encontrar en su interior signos de odio o de autorresentimiento. Si el suicidio en ciertas condiciones estaba bien visto no era tanto por justificarse con una vida o una muerte dignas, como ahora se propugna, sino para no dejar de tratarse con cariño hasta el último momento.
Los modernos, en cambio, hemos descubierto que nos odiamos con una facilidad que no entraba en nuestros cálculos. Nos destruimos no por error o desesperación, sino por odio íntimo y expreso. No es tanto que nos deshagamos porque una conjura de tribulaciones nos vaya haciendo pedazos, sino porque nosotros mismos nos aplicamos con frecuente fruición un saqueo sombrío y cruel que nos arrasa. Una herida irrestañable, la del odio, sangra en cuanto nos descuidamos, y por encima de envanecernos y obligarnos a atacar a los demás, como hasta hace poco se creía, declara la guerra antes que nada al otro interior con quien compartimos casa. Y no hablo con esto de masoquismo o cosas parecidas, que no dejan de ser manifestaciones más o menos habilidosas del erotismo. Me refiero mejor y por encima de todo a los propios arbitrajes del espíritu, cuya primera decisión parece consistir en atacarse en su fuero interno.
El odio a sí mismo es anterior a todo. Representa como ninguna otra experiencia el fracaso humano, el mal, la imposibilidad. El amor, en este sentido, ni siquiera es la cura del odio, que no admite esa reparación emocional. A lo sumo es su prolongación culta. El amor es solo un descuento de odio, una tregua de placer que nos regalamos en momentos de altura de miras y generosidad.

 

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