En busca de una Fiesta Nacional
Pedro Carasa (catedrático de la Universidad de Valladolid).

      

 

La fiesta del Pilar del 12 de Octubre arrastra detrás de sí toda una larga cadena histórica de valores e instituciones muy arraigados en la cultura conservadora española. Los eslabones que componen esta compleja sucesión histórica conmemorativa han adoptado múltiples denominaciones y se refieren a hechos históricos muy concretos. El primero fue la supuesta llegada de Santiago Apóstol a España (hacia el año 38), muy pronto se creyó en la aparición de la Virgen del Pilar a Santiago (el 2 de enero del 40), desde el medievo se venía celebrando su fiesta litúrgica el doce de octubre, sucedió después el descubrimiento de América justamente en esa fecha (1492), así acabaron fundiéndose las dos celebraciones durante toda la edad moderna, aunque con una baja intensidad significativa.
Será en la etapa contemporánea cuando las culturas dominantes americana y española comiencen a elaborar los significados de la fiesta y a construir a su alrededor un imaginario nacional conservador. Coincidiendo con el cuarto centenario del descubrimiento, se proyectó como fiesta nacional el Día de Colón (propuesta de Cánovas del Castillo el 12 de octubre de 1892). Con motivo del primer centenario de la Constitución de Cádiz, se planteó en Iberoamérica -por una iniciativa de los conservadores argentinos, luego recogida por mexicanos y peruanos- la idea de la Raza (18 de marzo de 1912). Al año siguiente, se declara la Virgen del Pilar como Patrona de la Guardia Civil (Real Orden circular del día 8 de febrero de 1913). El 12 de octubre de 1914, en la Unión Ibero-Americana de Madrid, se traslada la idea de la raza acuñada en Argentina a España y, en efecto, Antonio Maura recoge la iniciativa iberoamericana y establece aquí la celebración de la Fiesta de la Raza (ley de 8 de mayo de 1918). Paradójicamente el mismo año en que la gripe pone de manifiesto dramáticamente la debilidad de la raza española. Asustados por la emergencia del movimiento fascista, la idea de la raza les parece algo agresiva y otra serie de intelectuales conservadores (el padre Zacarías de Vizcarra en 1926, Ramiro de Maeztu en 1926, Morente en 1938, Jiménez Caballero en 1943) la sustituyen por la de Hispanidad. Queda elaborado de este modo un nuevo significado para la fiesta, y el Día de la Raza se convierte en el Día de la Hispanidad.
Hasta aquí la celebración contemporánea se había ajustado a unos cánones meramente cívico-políticos, a base de hermandad de banderas, discursos, exposiciones, actos académicos y desfiles de señoritas ataviadas con los símbolos de las veinte repúblicas americanas hijas de España, pero sin ninguna connotación militar y con un discreto contenido religioso.

Los movimientos fascistas españoles acarician el nombre y la idea de la Hispanidad, Onésimo Redondo llama a sus Juntas Castellanas de Actuación Hispánica en 1931, Falange Española recogerá indirectamente el concepto en el tercer punto de su Norma programática de 1943. El Franquismo será quien consagre este movimiento conservador constituyendo en 1940 el Consejo de la Hispanidad (que en 1946 será sustituido por el Instituto de Cultura Hispánica). Con estos nuevos ingredientes franquistas, la fiesta se convertirá en un acto militarista y nacionalcatólico. Ya en 1939 el Caudillo celebró la fiesta de la Hispanidad con ostentosos desfiles militares y concentraciones religiosas masivas en la basílica de Zaragoza. Así continuó festejándose con desfiles militares en Madrid y en la mayoría de las ciudades españolas todos los años hasta que se proclamó oficialmente Fiesta Nacional (decreto de 9 de enero de 1958). El dictador trataba de visualizar así ante su pueblo que la esencia de la Nación Española que él estaba construyendo coincidía con el Ejército y la Iglesia, y que su propia persona representaba el valor de la raza y la hispanidad.


Cada uno de estos hitos históricos celebrados sucesivamente el 12 de Octubre se corresponden con otros tantos valores que han impregnado a lo largo de muchos siglos una concepción de España propia de la cultura tradicionalista y conservadora: España como nación elegida por Santiago, como tierra especialmente protegida por la Virgen María, como madre patria que trata de manera paternalista a sus hijas las repúblicas americanas, como escenario de guerras santas y cruzadas que funden lo militar y lo religioso, como cantera de descubridores y conquistadores de superior envergadura física y moral, como única protagonista de la gesta descubridora y esencia de la cultura iberoamericana, como sociedad militarista donde lo castrense es superior a lo civil, como nación con serias dificultades para incardinarse con normalidad en las relaciones internacionales americanas y europeas.
La Transición democrática, que debería haber resuelto este problema, sin embargo continúa con la celebración en el mismo sentido, declara el día 12 de Octubre como Fiesta Nacional y de la Hispanidad (decreto 3217/1981) y finalmente establece el día del Pilar como Fiesta Nacional de España, sin más aditamentos (ley 18/1987). En cualquier caso, se muestra incapaz de hacer evolucionar este proceso, no aporta ideas nuevas ni elabora un discurso democrático y cívico apropiado para la Fiesta Nacional. Sea por la amnesia de la guerra y el franquismo que impuso el consenso de la Transición, sea por la actitud vergonzante de no proclamar la identidad de la Nación española frente a los nacionalismos periféricos, sea por no molestar al ejército o a la Iglesia, el caso es que en el 2004 estamos donde estábamos en 1975.
Y resulta poco comprensible, porque estos tópicos religiosos, etnocentristas, militares, raciales y patrióticos sobre España que ha acuñado la fiesta del Pilar a lo largo de los siglos representan exactamente el reverso de la manera de definirnos que tenemos los españoles en la actualidad. España ha conseguido sacudirse por fin el clericalismo, el paternalismo americanista, el militarismo que subyuga a la sociedad civil, o el complejo de superioridad sobre Iberoamérica y todo Occidente. Hoy nos consideramos un país laico, civilista, pacifista, consciente de nuestras responsabilidades y obligaciones con Latinoamérica, compuesto por una ciudadanía libre, democrática y autónoma. Un país europeo con estas características tiene necesidad de encontrar unos símbolos nuevos con que festejar su identidad, ha de inventar unos iconos civiles diferentes que nos sirvan para celebrar nuestra convivencia ciudadana, debe hallar unas representaciones conmemorativas adaptadas a nuestras exigencias participativas, autonómicas y democráticas.
Es evidente que ninguno de los referentes con los que está cargado, mejor diríamos lastrado, el 12 de Octubre nos sirven para este nuevo propósito de una Fiesta Nacional laica, ciudadana, civilista, pacifista y solidaria entre las Autonomías. No es de recibo a estas alturas proponer una Fiesta Nacional organizada por el Ministerio de Defensa cuyo acto central sea un desfile militar, que mucha gente confunde con el Día de las Fuerzas Armadas. Es urgente superar esta rémora histórica militarista y belicista en las conmemoraciones oficiales (al margen de lo adecuado o improcedente que haya resultado hacer desfilar juntos a un fascista con un demócrata para escenificar una difícil armonización). Y ello sin perjuicio de que deban existir días específicos para las Fuerzas Armadas y El Pilar, que en ningún caso han de confundirse con lo nacional y lo cívico. Tampoco parece aconsejable en nuestra sociedad secularizada impregnar de sentido religioso y eclesiástico la Fiesta Nacional.
A la hora de celebrar a la Nación Española, hoy no nos motiva la raza, no nos impulsa la hispanidad, no nos mueve la exaltación religiosa, no nos impele un espíritu castrense, sólo habría de estimularnos un proyecto común de convivencia plural y tolerante, de solidaridad e igualdad entre todos los españoles. Convendría inventar fórmulas nuevas que visualicen ante la sociedad sin falsas vergüenzas que sigue existiendo una Nación española -aunque sea una nación de naciones- con una identidad rica y plural. Sería más procedente celebrar la Fiesta Nacional el día de la Constitución reuniendo a todos los parlamentos autonómicos en una sesión simbólica conjunta en la Cámara territorial del Senado, congregando en una recepción oficial a todos los presidentes de las Comunidades Autónomas en apoyo de la solidaridad del Estado español, dando cabida en actos públicos a instituciones cívicas, centros culturales, asociaciones vecinales, ONGs, representando a todas las comunidades autónomas solidarias en la celebración de la Fiesta Nacional de España. Si esto no es posible, es que la Transición Democrática no ha madurado aún.




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