"EL COMPROMISO CIUDADANO DE MIGUEL DELIBES"
por Carlos Gallego.

      

 

texto para el homenaje a Miguel Delibes organizado por DDOOSS
el 13 de octubre de 2005 en su 85 cumpleaños.

Para entender debidamente esta aproximación al aspecto principal de la personalidad de Miguel Delibes ocupado por su compromiso individual con su entorno inmediato, es preciso detenerse en dos consideraciones previas:
En primer lugar, la del contexto sociopolítico en que emerge como autor y encarrila su trayectoria desde los balbuceos iniciales. Es en el del Valladolid de la segunda mitad de los cuarenta, una colectividad que aún tardaría mucho en recuperarse de las profundas heridas que produjo en su sustancia la experiencia de la guerra civil. La polarización que había causado en la sociedad local la fase final del periodo republicano se resolvió con el estallido de sangre que desde julio del 36 desbordó inconteniblemente el marco de convivencia. No se ha ahondado suficientemente sobre lo que supuso ese traumatismo desde la perspectiva del sujeto colectivo ni sobre su trascendental influencia en las sucesivas generaciones de los habitantes de esta ciudad.
Los inspiradores del alzamiento militar fueron conscientes de la necesidad de neutralizar los brotes de resistencia en sus retaguardias de manera que pudieran concentrar su esfuerzo en los frentes bélicos. Un mes antes de la sublevación, en junio de 1936, el general Mola, que entonces era su director, cursa instrucciones a sus delegados peninsulares entre las que se lee: «El Movimiento ha de ser de una gran violencia. Las vacilaciones no conducen más que al fracaso». La receta se aplica celosamente en Valladolid, al principio con el entusiasmo voluntarista de los partidas de la Falange fundamentalmente en el medio rural hasta que, ya a finales de agosto, el poder militar recupera la exclusiva de la represión a través de una actividad metódica que solo detendría su brutal intensidad en junio del año siguiente, en 1937. Los fusilamientos oficiales masivos empiezan en septiembre del 36, relanzados por las ejecuciones de los detenidos en la Casa del Pueblo de la calle Fray Luis de León, cuya sentencia condenatoria se había dictado el día 2 de ese mes. Las secas descargas de la fusilería procedentes de San Isidro pudieron ser escuchadas en toda la ciudad no solo por los más madrugadores sino también por tantos aquellos a quienes el miedo hacía de su sueño un frágil duermevela, fusilamientos de los que daban cuenta escuetas notas de prensa en el periódico local. De pronto se produce un efecto inesperado que desconcierta al poder público: San Isidro se convierte a esas prematuras horas del alba septembrino en algo que va adquiriendo las características de una animada romería a la que acuden en creciente número miembros de la burguesía vallisoletana que entretienen la espera del comienzo del espectáculo consumiendo anís y churros en los chiringuitos que allí se han dispuesto al reclamo de la selecta clientela. Los acontecimientos adquieren tan desbordante relevancia que la edición de El Norte de Castilla del viernes 25 de septiembre de 1936 publica un bando oficial de obligada lectura por su fuerza expresiva:

Por el Gabinete de Censura y Prensa del Gobierno civil, se hace pública la siguiente nota:

Uno de los fines principales que se propuso alcanzar el glorioso movimiento a que se ha lanzado el Ejército español, secundado con todo entusiasmo por el pueblo sano, es indudablemente el de la educación ciudadana en todos sus aspectos. Y uno de éstos es la nobleza de sentimientos y la generosidad para con el vencido.
En estos días en que la justicia militar cumple la triste misión al dar cumplimiento a sus fallos, de dar satisfacción a la vindicta pública, se ha podido observar una inusitada concurrencia de personas al lugar en que se verifican estos actos, viéndose entre aquéllas niños de corta edad, muchachas jóvenes y hasta algunas señoras. Son públicos, es verdad, tales actos, pero la enorme gravedad de los mismos, el respeto que se debe a los desgraciados, víctimas de sus yerros, en tan supremo trance, son razones más que suficientes para las personas que por sus ideas, de las que muchas hacen ostentación, deban abrigar en sus pechos la piedad, no asistiendo a tales actos, ni mucho menos llevando a sus esposas y a sus hijos. La presencia de estas personas allí dice muy poco en su favor; y el considerar como espectáculo el suplico de un semejante, por muy justificado que sea, da una pobre idea de la cultura de un pueblo.
Por esto precisamente, es de esperar de la nunca desmentida hidalga educación del pueblo de Valladolid, que se tendrán en cuenta estas observaciones.

Valladolid, 24 de Septiembre de 1936»

El redactor del bando es, sin duda, un espíritu sensible, pero también lo suficientemente despistado como para no percibir que aquello cuya repugnancia proclamaba era precisamente uno de los efectos indirectos pero inevitables de los objetivos deliberadamente perseguidos por los inspiradores de la rebelión militar.. Efectivamente, el predominio del terror que vimos antes reclamaba Mola buscaba la destrucción de las bases que sustentan la estructura moral individual de la ciudadanía, hasta demolerlas completamente para obtener la más completa sumisión que hiciese imposible toda capacidad no ya de respuesta sino incluso de simple resistencia. La violencia sistemática que se demostraba así tan implacable sobre el adversario político buscaba principalmente esa trascendencia pública para que proyectara sus efectos en términos tan intensos y perturbadores que hicieran imposible su digestión racional, conduciendo primero a un estado de conmoción que era a su vez precedente de una neutralización que allanaba el camino a las exigencias todas del instinto de supervivencia. Una de las barreras que saltaban por los aires era, desde luego, la que imponía el sentido de la alteridad hasta extinguirse la conciencia de la dignidad del otro, de alguien en quien concurrieran los signos distintivos de la persona humana, pues se le había demonizado hasta la cosificación de modo que, ya convertido en cosa, pudiera hacerse de él lo que se dispusiera, y hay experiencias terribles que lo demuestran muy elocuentemente en el ámbito rural cuyas lejanas resonancias aún hoy son capaces de sobrecogernos hasta el escalofrío físico, más allá de la frialdad administrativa y de la corrección técnica con la que aparecen resueltos por la maquinaria oficial desde sus trámites iniciales estos expedientes de los fusilamientos militares que nos permite examinar la documentación oficial ahora a nuestro alcance.
Sobre los efectos que deliberadamente operó ese temor en la masa ciudadana pacificando inapelablemente un ambiente que pocas semanas antes se encontraba tan efervescente, sobre esos efectos, digo, se produjo otro seguramente inesperado contra el que precisamente se alzaba ese bando que antes leí: el de la disolución de la moral individual, cuya acumulación se tradujo en una desmoralización colectiva de efectos devastadores que se prolongó durante generaciones haciendo posible entre muchas otras la anomalía de un orden convivencial en que la mera disensión ideológica se admitía con toda naturalidad como elemento justificativo de la más contundente represión. Ese desplome moral colectivo era el que caracterizó principalmente a la sociedad española en general, y a la vallisoletana en particular, en términos que iluminó con la lucidez que solo la poesía alcanza la pluma de Dámaso Alonso presentándonos al Madrid de entonces como una ciudad de un millón de muertos.
Y es en ese cuadro desolador y desolado en el que emerge públicamente en 1947 la figura del Delibes ganador del Premio Nadal, iniciando una trayectoria literaria en la que iría adquiriendo peso progresivo su compromiso con una colectividad huérfana de referentes morales, a cuya reconstrucción va aplicándose no solo a través de su obra, sino también en los espacios en que desempeña su ejercicio profesional, como luego veremos.
Es conveniente detallar los antecedentes de nuestro personaje para evitar la confusión: es cierto que a los diecisiete años Delibes se adelantó a enrolarse como marinero en el crucero Canarias, pero no fue un gesto de adhesión entusiasta al alzamiento sino un modo de eludir el llamamiento a filas en el arma de Infantería, donde el soldado se enfrenta a la violencia y a la sangre con una proximidad que no se da en la guerra naval al interponerse entre los contendientes la inmensidad del mar. De modo que Delibes atraviesa esa experiencia alejado de todo fervor ideológico y, por supuesto, sin ningún entusiasmo bélico.
Como dije al principio, hay un segundo plano en que es preciso detenerse para apreciar debidamente la aportación de nuestro autor. Me refiero a algo cuya patente obviedad es solo teórica pues la experiencia nos demuestra de qué forma lo orillamos en la construcción espontánea de nuestros juicios: es el carácter contingente de la historia en general y de la historia individual en particular. Vista la película y conocida su trama, es muy fácil apostar por el vencedor, pero es más complicado hacerlo antes, y eso que en el mundo cinematográfico sabemos que siempre gana "el bueno". Sin embargo, en la vida muchas veces no ocurre así, de manera que ese Delibes treintañero que se enfrenta a una realidad tan compleja como la que se abría ante él estaba muy lejos de obtener ninguna seguridad de que el proyecto personal cuya andadura estaba emprendiendo concluyera en el caudal de éxito con que al final acabó encontrándose. Bien al contrario, la única certeza con la que por entonces podía contar era la de la incertidumbre y a medida que intensificaba su compromiso y se complicaba en pulsos con el poder, ya en los años cincuenta y sesenta, su categórica respuesta, como luego veremos, era también otra certeza nada tranquilizadora.
Pero tampoco era ese Delibes inicial una figura que levitara en ninguno de esos limbos literarios en que frecuentemente nos representamos el escenario de la vida de los personajes legendarios. No. Era el jovencísimo cabeza de una familia cuyo creciente número le asediaba con requerimientos materiales que en aquella época de carencias no solo no era nada fácil atender, sino que su satisfacción se complicaba a medida que optaba por elegir los derroteros que suponían conflictos con el poder, añadiendo incertidumbre complementaria a la incertidumbre propia del cuadro contemporáneo.
Pues bien, sentadas ya con lo dicho esas consideraciones previas, puede apreciarse mejor en su justo valor la aportación que hizo Miguel Delibes a su ciudad. Por descontado que los miembros de esta también se beneficiaron como los de todas las demás, de España primero, y de tantos otros paises después, de su obra literaria, pero los vallisoletanos recibimos un beneficio añadido. Y no sólo porque Valladolid esté presente, bien en primer plano (El Hereje) bien como fondo (los Diarios, Cinco horas con Mario, etc) en buena parte de su obra, sino también, y es en este punto en el que quiero detenerme, por el papel que Delibes desempeñó como encarnación de referentes éticos.
Reitero aquí la extensa introducción que antes hice sobre los efectos destructivos de la guerra en la moral colectiva local, destruyendo también los elementos que habrían hecho posible tras la guerra la recuperación de la cohesión social permitiendo la incorporación a la convivencia de los ciudadanos que antes fueron expulsados de ella por la tormenta de odio y rencor que desencadenó el conflicto. Y no hablo solamente en términos generales, sino también recordando a tantos y tantos ciudadanos cuya normalidad externa no se correspondía con el exilio interior que padecían, condenados a vivir con el estigma íntimo de los perdedores. Y pienso, por ejemplo, en un ciudadano ejemplar como sabemos que fue don Emilio Alarcos, catedrático de Instituto, cuyas pasadas veleidades liberales, apenas siquiera republicanas y desde luego en absoluto izquierdistas, le hicieron deudor de un precio que quienes dominaban de hecho la vida local no le perdonaron nunca. Y, como él, a tantos que vivieron condenados a soportar una existencia impregnada de la conciencia permanente de que tanto su paz particular, como su libertad incluso, era una situación provisional, como constantemente se les hacía recordar cada vez que se ofrecía la ocasión a través de vejaciones cuya aparente insignificancia era en realidad una forma de mantener la intensidad del caudal de humillaciones que ensombrecía desoladoramente sus existencias y las de sus familias.
Esa afrenta constante se segregaba por unas masas degradadas cuya conciencia triunfadora impedía a sus miembros percatarse de su humanidad mutilada, sin sentido de la misericordia ni de la piedad (la misma por la que poco antes había clamado don Manuel Azaña en el desierto que era entonces España), celebrando la bendición de ese dios obsceno de la que se pensaban destinatarios, dios cuyos ministros en Valladolid no tuvieron la mínima decencia de maldecirlo empeñados como estaban en nutrir el ambiente local de los elementos que hicieron de él un escenario mitad cuartel, mitad sacristía, puesto que los triunfadores fueron mitad monjes mitad soldados.
En ese agujero negro en que, como tantas otras, se disolvió esta ciudad, dejando de ser un ámbito de convivencia de personas comprometidas en el respeto recíproco de su dignidad, constituía el objetivo principal la tarea de su reconstrucción moral. Todo, sin embargo, impedía su progreso: estaban cegadas a sangre y fuego las fuentes culturales que hubieran proporcionado el necesario impulso; y la institución eclesiástica no estaba dispuesta a que cualquier gesto comprometiera su alianza con la caudillaje militar. De modo y manera que en ese cuadro toda aportación moral, por mínima que fuese, tendría una decisiva capacidad germinal al servicio de un orden nuevo que superara tanta desolación.
Que la obra de Delibes ofrecía esos nutrientes se puso enseguida de manifiesto porque ya su segunda novela, "Aún es de día", publicada en octubre de 1949, sufrió numerosos recortes por la censura, y otra obra menor también de ese año, "Síntesis de la Historia de España" que publicó como libro de texto para sus clases de la Escuela de Comercio, fue inmediatamente retirada de la circulación por el poder político por incurrir en el pecado de no contar adecuadamente los acontecimientos de la reciente historia española y, en particular, el triunfo del levantamiento militar franquista, como dijo la censura. Muy poco después, en 1952, Delibes asume la subdirección de El Norte de Castilla y desde los primeros momentos comienzan sus enfrentamientos con las autoridades de prensa, que se intensificaron cuando en 1958 accedió a la dirección del periódico. En 1961 promovió su suplemento "El caballo de Troya" cuyo título expresaba de modo muy certero el papel de palestra ideológica que desempeñó frente a la censura franquista. Esos constantes lances agotan en 1963 la paciencia del ministro Fraga Iribarne, que le desalojó de la dirección de El Norte en episodio suficientemente conocido, aunque siguiera dirigiéndolo desde la sombra hasta 1966. Antes, en 1965, creó dentro del periódico su Aula de Cultura, que fue una ventana abierta en la hermética fachada de la ciudad por la que entraron vientos frescos que renovaron su ambiente.
En 1966, en el prólogo del tomo II de su Obra Completa, Delibes reconocía cuatro constantes en su obra literaria: muerte, infancia, naturaleza y prójimo, constante esta última que reforzaba el prólogo del tomo III, en 1968, a la que se refería como "sentimiento del prójimo". Y otro año después, en 1969, dedicaba su "Parábola del náufrago" "a todos los oprimidos, a los del Este y a los del Oeste", y registraba en español y en ruso el nombre del protagonista de la novela, Jacinto Sanjosé Manrique, que así fue también Giacint Sviatoi Iósif.
La patente contrariedad que esa trayectoria producía en los ámbitos en que se encerraba la más rancia ortodoxia local, se expresaba en comentarios nada tranquilizadores, aunque ahora los contemplemos indulgentemente porque, como dije, ya hemos visto la película y sabemos que ganó el bueno. Nada que ver desde luego con las incertidumbres que la circunstancia de ese tiempo imponía.
Delibes no se fue de Valladolid, como pudo haber hecho, obteniendo el refugio de la gran ciudad como Madrid o Barcelona (donde tenía sus relaciones editoriales), en cuyas magnitudes no solo se diluiría su actividad sino donde también encontraría el amparo de otros que, como él, ejercían una notoriedad intelectual similarmente incómoda. Y no solamente no se fue sino que hizo de Valladolid en general y de su periódico en particular un polo de atracción al que acudieron de diversos lugares otros candidatos más jóvenes que él a desempeñar ese papel de perturbadores de un impostado orden social en cuyo envés podía encontrarse una legión de ciudadanos perdedores condenados por su disidencia, actual o pasada.
El que los ciudadanos pudiéramos ver paseando por las calles de Valladolid la superioridad moral que Delibes encarnaba era un refuerzo para la autoestima colectiva y para la tensión resistente, reparando esa orfandad ética a que tantas veces me he referido antes. El que inspirara durante tantos años, aún después de abandonar su dirección formal, a El Norte de Castilla en esa época de múltiples derivas, sirvió para que el periódico cumpliera el papel de ventana a través de la cual la ciudad se ventilara con renovados aires. Y gracias a todo ello Valladolid se encontró en mejores condiciones para enfilar la salida del túnel en cuyas oscuridades los ciudadanos de esta ciudad perdieron la capacidad de percibir el rostro de tantos y tantos semejantes cuyos rasgos habían desdibujado durante tantos años el horror, el rencor y el odio.


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