"la pobreza que viene"
varios informes.

      

 

Los nuevos rostros de la pobreza

Por Luis Enrique Alonso Sociólogo. Universidad Autónoma de Madrid
Alicia García Ruiz Profesora de Filosofía. Universitat de Girona

“La penalización de la pobreza es, en definitiva, un abandono del proyecto de sociedad democrática”

Loïc Wacquant, Las dos caras de un gueto, 2010.

Cuando nos preocupamos desde un enfoque derivado de las ciencias sociales de la pobreza, siempre tratamos de ofrecer un cierto análisis de cómo se van creando las fronteras que marcan el adentro y el afuera de la normalidad y la legitimidad de los sujetos en la sociedad. Y esas mismas ciencias sociales nos han enseñado que la pobreza que nos rodea, lejos de ser producto de las reminiscencias del pasado, del atraso cultural de los grupos “no integrados” o de las peculiaridades conflictivas de etnias “minoritarias”, es un producto de un juego de poderes y relaciones sociales generales que se ha desplegado en el actual régimen de regulación (estructuralmente inestable) de la economía internacional.

Olvidar estas cosas nos vuelve a crear una categoría de pobreza como oscuridad total, realidad repulsiva idéntica en todas partes, y no es en absoluto así, porque ni los orígenes son los mismos, ni las políticas operantes son tampoco semejantes.

La mirada de la pobreza como un exotismo interior desenfoca por definición el conjunto de mecanismos institucionales que están presentes en los procesos específicos de marginación y en los acontecimientos y condiciones que conducen (y producen) la exclusión social.

Las políticas públicas en este sentido han resultado fundamentales, de tal manera que gran parte de las transformaciones del nuevo régimen de marginalidad urbana han estado ligadas a las diferentes formas en las que se ha abordado la crisis y reconversión del estado de bienestar y a las transformaciones de la relación salarial. De este modo, hemos conocido la notable remercantilización de las lógicas de intervención del estado (lejos ya del estado keynesiano fordista), con efectos de incremento de la desigualdad casi inmediatos, así como las lógicas asociadas de individualización, desestabilización y precarización de las trayectorias laborales y vitales, sin olvidar la permanente amenaza del desempleo estructural y recurrente, etc. Todo ello ha creado una lógica de acción posfordista donde la inseguridad y el riesgo (fabricados desde todos los mercados) se convierten tanto en el mecanismo asignador fundamental de los recursos, como en el conformador de las biografías productivas (o la ausencia de ellas), con lo que esto supone también para las políticas de disciplinamiento, control social y criminalización de la pobreza.

En esta nueva cuestión social urbana, son muchos los autores que han estudiado cómo las ciudades –desde aquellas integradas en el circuito mundial de las “ciudades globales” hasta las más relegadas en la jerarquía de la división espacial internacional– han cambiado, según hemos ido experimentando, la hegemonía de un modo de regulación industrial fordista, a otro posfordista ultratecnológico, financiero y de servicios.

Hemos visto que a la vez que resplandecen las concentraciones en las zonas urbanas cosmopolitas de la alta economía, de la innovación y los servicios, con sus nuevas clases medias altas de referencia, altamente cualificadas y financiarizadas, se multiplican las zonas vulnerables y relegadas, producto de las estrategias liberales de desarticulación selectiva del estado del bienestar. Tras el teórico desorden posmoderno, hay un modelo de ciudad (y de ciudades) a varias velocidades y con distintas lógicas; desde la ciudad dominante (financiera empresarial) a la ciudad residual y marginal (en la que se concentran todos los costes sociales del modelo). En el fenómeno de la pobreza se entremezclan trayectorias históricas muy diferenciadas según naciones, comunidades étnicas, estructuras sociales, lugar en la división internacional del trabajo, niveles de capital (económico, social, simbólico, cultural) e, incluso, según el tipo de incrustación de las ciudades en las redes internacionales. Es por ello por lo que anunciar una underclass homogénea, étnica, inmigrante exótica, desintegrada y unificada a nivel transnacional es sociológicamente taninexacto como políticamente peligroso.

Como ha señalado Robert Castel, con la experiencia de quien ha estudiado a fondo durante muchos años la construcción, desarrollo y crisis de la cuestión social, los actuales usos de la inseguridad social se encuentran históricamente ligados a un cambio de ciclo en los procesos de individualización y subjetivación de la gestión social de los riesgos, donde se tienden a romper las convenciones sobre responsabilidad pública, solidaridad, seguridad y derechos sociales exigibles que se fraguaron en el ciclo keynesiano-fordista; movilizando, a su vez, toda una nueva subjetividad del autocontrol y la gestión parcial y privada, de riesgos, con lo que el relato (autoculpabilizante, encaso de exclusión) del valor del individuo y del descrédito de la colectividad se refuerza, expande y afianza. Paralelamente se tiende a proyectar sobre los que reciben todas las discriminaciones negativas (económicas y simbólicas, mercantiles y raciales) el discurso tramposo e inexacto de la exclusión total comoestado, como parte maldita, externa, desocializada y no integrada, separada de lo social, sin grados, lógicas, responsabilidades ni conexiones con el resto de la sociedad. Eppur si muove, cabríadecir de la pobreza. Una multitud de nuevos rostros de la pobreza ha entrado en la escena urbana posterior a la crisis (jóvenes cualificados y descualificados, inmigrantes desempleados, pensionistas, familias monoparentales, sin olvidar que estas últimas acarrean además un riesgo creciente de pobreza infantil), un hecho que nos informa sobre el carácter pauperógeno del nuevo ciclo de regulación.

Al tradicional discurso de la caridad y del exotismo viene, así, a sumarse un nuevo discurso, cuya funcionalidad ideológica acaba siendo la de predicar la incapacidad y escasa voluntad para integrarse y normalizarse de aquellos que, precisamente, son las víctimas de las discriminaciones; y que coincide con el recrudecimiento de las afirmaciones sobre el retorno de la mayoría moral, de las tradiciones nacionales, de la supremacía de la civilización occidental (mercantil y capitalista).

Voces que no han dudado en reclamar, y llevar a cabo, el control punitivo y penal de los que son considerados “los otros”; o sea, los que para el actual sistema de legitimación del posfordismo tecnológico y financiero tienen escaso o nulo capital económico, simbólico, político y cultural, en cualquiera de sus combinaciones.

Para el estudio de la pobreza, en este número adoptamos un enfoque genético y metodológicamente plural, donde los tradicionales indicadores cuantitativos tratan de ser contextualizados y ampliados con enfoques etnográficos, históricos y cualitativos.

Los artículos que aquí se recogen dejan bien claro que la pobreza no es simplemente un estado de privación; es un complejo juego de atribuciones simbólicas, etiquetados y razones prácticas establecidas por sujetos sociales reales. Se trata aquí de evitar el estudio de la pobreza limitado a la descripción de actores sociales malditos que siempre se definen por lo que les falta –los “sin papeles”, los “sin ley”, los “parias urbanos”, etc.–, lo que tiende a reforzar el estigma y a seguir aumentando la profecía de su anormalidad. Hay aquí la voluntad expresa de estudiar la pobreza por la situación y la posición social de los grupos, organizaciones e instituciones que la enmarcan y definen; es todo un programa de investigación y, por ello, un programa de reflexión no sobre una “patología social” localizada, sino sobre la sociedad en su conjunto.


 

El retorno de la gran depresión

Texto Rafael Ibáñez Rojo Universidad Autónoma de Madrid

No es que el fantasma de un nuevo proletariado recorra ya las oficinas de las instituciones europeas, pero sin duda el lento –e incontenible– crecimiento de los empleos con sueldos de subsistencia se ha convertido en otro más de los objetos de análisis e intervención para la Unión Europea. Es una de las caras ocultas de la Europa del conocimiento y la innovación, que alberga en un extremo a los trabajadores estrella de las grandes corporaciones con sueldos millonarios y en el otro a los trabajadores pobres. Empleos cualificados, procesos de trabajo capaces de incorporar un alto valor añadido, innovación tecnológica, investigación y desarrollo, etc.: este es el eje central de la estrategia política soñada por las autoridades de la UE , el único camino posible para hacer compatible la mundialización de la oferta de trabajo y el modelo –o los restos del modelo– social europeo. Pero este esfuerzo de reubicación de la economía europea en las redes del capitalismo global se está llevando a cabo siguiendo las reglas de ajuste que impone el mercado. Y el mercado, dice la interpretación liberal de nuestro mundo, provoca algunos desajustes –especialmente desajustes sociales– mientras encuentra el equilibrio. Sin embargo, como la historia parece querer mostrarnos empecinadamente, el mercado no es que provoque desajustes temporales, sino que su dinamismo y crecimiento viven del desajuste permanente y estructural.

Los datos, como veremos, no muestran que esté teniendo lugar un brusco cambio de tendencia en la evolución de las retribuciones del trabajo. Este –en apariencia– nuevo objeto de estudio y objetivo de las políticas públicas, el trabajador pobre, es probablemente un resultado más de la ya larga onda de precarización de los mercados laborales que recorre las economías europeas tras la crisis de los años 70. A medida que crece y se extiende la retórica en torno a la Europa del conocimiento, crece y se extiende la realidad de una población que –por sus trayectorias de clase, por su “inadaptación” a los requisitos de empleabilidad– va situándose en los bordes cada vez más anchos del mercado de trabajo.

 

Valor de mercado y valor político del trabajo

En principio no habría nada nuevo bajo el sol: el capitalismo siempre ha jugado la misma partida, una partida en la que la reducción del coste global de la fuerza de trabajo es la pieza clave, y la competitividad y segmentación entre los trabajadores la principal jugada. Lo que ha cambiado en las últimas décadas, lo que parece estar detrás de este resurgir del trabajador pobre es una nueva ola de extensión del mercado de trabajo global. Considerando el peso de las exportaciones en las economías nacionales, el Fondo Monetario Internacional calcula que, entre 1980 y 2005, la oferta de mano de obra mundial se habría cuadruplicado –fundamentalmente por la apertura de la Europa del Este y las economías asiáticas 1.

Casi todo este nuevo crecimiento se concentra en la oferta de mano de obra de baja cualificación, y es lo que permite comprender el debilitamiento del poder político real experimentado por los trabajadores asalariados de escasa cualificación en las economías desarrolladas. El síntoma cuantitativo más general pero más significativo de la evolución de este poder lo representa la tendencia decreciente de la participación de la masa salarial en la riqueza nacional. El peso de la masa salarial en el PIB, pese a que ha habido años de relativo crecimiento, ha descendido de forma muy significativades de el momento de mayor peso político del trabajo asalariado (mediada la década de 1970): los datos de las series históricas mostrarían un descenso en torno al 10% para los países europeos entre 1975 y 2005, y es incluso superior para el Japón, pero bastante inferior –entre el 4 y el 5%– para los Estados Unidos 2.

Esta evolución de la oferta de trabajo mundial –resultado social de la reconstrucción de los márgenes de rentabilidad del capital a escala global– ha contribuido a contener los salarios, pero su efecto más profundo ha sido la erosión de la noción misma del trabajo asalariado como una institución reguladora del conjunto de la sociedad y del propio sistema económico.

No otra cosa parece estar detrás de la persistencia y del crecimiento, en los últimos años, de los empleos con sueldos que difícilmente permiten escapar de la pobreza. Fue en 2005 cuando la UE estableció indicadores comunes para el estudio y la actuación sobre la figura del “trabajador pobre”. Los trabajadores pobres son definidos como los individuos con empleo cuya renta disponible en el hogar se sitúa por debajo del 60% del ingreso nacional medio equivalente. En el año 2006 se estima que había en la Europa de los 25 un 8% de trabajadores pobres, lo que representaba más de 15 millones de personas.

Es evidente que el trabajo es el mejor antídoto contra la pobreza y que las tasas de pobreza relativa son muy superiores para la población no activa (23%) y la población desempleada (41%). Sin embargo, pese a que las series históricas son todavía muy poco fiables, apuntan a un crecimiento lento pero estable del porcentaje de trabajadores pobres 3.

 

Salarios bajos y pobreza

La traducción de los sueldos bajos en pobreza es muy diversa según cada contexto nacional. Un modelo productivo donde la pobreza se concentra en la economía informal, lostrabajadores autónomos y el sector agrario, como ocurre en la República Checa y en Rumania, hace que la cifra oficial de trabajadores “asalariados” pobres para estos países sea del 4%. Mientras que Grecia, España o Italia tienen un 14, 11 y 10% respectivamente. Los países centrales de Europa tienen tasas intermedias (entre el 5 y el 7% de trabajadores pobres).

Por ello, a la hora de cuantificar y sacar conclusiones en torno a las consecuencias sociales y políticas del volumen de trabajadores pobres, conviene distinguir claramente dos tipos de aproximaciones al fenómeno.

a) El análisis de las tipologías de hogar y las políticas sociales que inciden en la relación entre sueldos bajos y pobreza. Son muy significativas las diferencias en los factores que inciden en el riesgo de pobreza entre los diferentes países, y por tanto en los perfiles de trabajador pobre. Por ejemplo, en los países del sur de Europa la incidencia entre los trabajadores jóvenes es menor, simplemente porque el grado de independencia económica también es menor, aunque predominan los trabajadores pobres en hogares donde hay hijos y personas dependientes (como efecto de ello, en España solo el 20% de los trabajadores con sueldo bajo viven en un hogar pobre; sin embargo, el 75% de los asalariados pobres no tienen un sueldo bajo). Ello se debe a las diferencias en los tipos de hogar, ya que las distintas estructuras de familia en cada país y los mecanismos de transferencia de rentas del estado inciden de forma clave en la relación entre sueldos bajos y pobreza.

b) Una segunda aproximación al fenómeno nos sitúa en el análisis del volumen de trabajadores pobres derivado de la estructura productiva y de la regulación del mercado de trabajo. Desde nuestro punto de vista, lo interesante de cara al análisis de la situación actual es precisamente el movimiento de esos márgenes del mercado de trabajo, con sueldos que obligan a contar con fuentes complementarias de ingresos para evitar la pobreza (con independencia del número y del tipo de situaciones en que se dé efectivamente la pobreza). Las economías anglosajonas han tenido tradicionalmente un volumen de bajos salarios cercano al 20%, pero la media de la UE se situaba ya en 2006 en el 17,2%, y son una vez más los países nórdicos los que se sitúan en los porcentajes más bajos (Finlandia con un 6% es el país mejor posicionado). Según los datos de la OCDE para el periodo comprendido entre 1998 y 2008, el porcentaje de trabajadores con sueldos bajos ha crecido muy significativamente en Alemania, entre el 16 y el 21,5%, lo que puede ser considerado un síntoma de los ajustes en el principal motor de la economía europea 4.

España se ha situado también en un modelo productivo que amplía el espacio para los empleos con salarios de subsistencia.

Incluso si dejamos al margen ese amplio espacio de precariedad que conforma la economía informal y el trabajo autónomo, los datos que recopila el Instituto Nacional de Estadística para España a través de las fuentes tributarias reflejan una evolución desoladora de la creación de empleo.

En los siete años de la serie 2002-2008, el número de asalariados que perciben un sueldo anual inferior a 1,5 veces el salario mínimo interprofesional (que en 2008 era de 8.400 euros anuales) creció en cerca de 1.350.000 (un 46,5% del total de los nuevos salarios) 5.

 

El futuro del trabajador pobre en Europa

Aunque los perceptores de un sueldo bajo sean analíticamente categorías diferentes según residan en un hogar pobre o no (y reciban diferente atención política), lo relevante es que sus efectos sobre la estructura social son idénticos.

En este sentido, como algunos estudios empíricos subrayan, lo determinante para comprender el volumen de trabajadores pobres es la conformación histórica y estructural del aparato productivo, el peso que los trabajos estandarizados y de escasa cualificación tengan en el sistema económico.

En definitiva, al margen de la regulación formal del mercado de trabajo y de la composición demográfica, el proceso estructural que determina a medio plazo la evolución de la figura del trabajador pobre es la lucha de poder que fija la remuneración del trabajo y la mayor o menor dispersión salarial, de modo que se incentivan estrategias de inversión y formas de la división social del trabajo. En esa lucha, la fuerza del capital está permitiendo el crecimiento de multitud de sectores y actividades cuya rentabilidad y capacidad de creación de empleo se asienta en la competitividad a través de los bajos salarios. La década de 1990 y los comienzos del siglo XXI han sido testigos del crecimiento del empleo a través de la creación de puestos de trabajo con salarios de subsistencia en sectores que van desde la hostelería y el sector turístico hasta la industria de la alimentación, los servicios personales, los call center, etc. 6

Ahora bien, la posibilidad de reducir estos sectores que reproducen los salarios bajos no está determinada únicamente por el comportamiento aleatorio de la competitividad internacional y los reajustes del mercado. Es también un efecto del grado de control no mercantil (desde el estado, desde los sindicatos y el poder empresarial, desde el conjunto de la sociedad organizada) sobre las decisiones de inversión y las estrategias económicas que trascienden la búsqueda de rentabilidad a corto plazo. Pese a la abundancia –casi ofensiva– que es capaz de generar nuestro aparato productivo, el mercado capitalista solo puede vivir de la extensión permanente del trabajo asalariado. Los problemas que sin duda atravesarán los trabajadores asalariados europeos a medio plazo –y de los que los sueldos bajos y el “trabajador pobre” son un síntoma evidente– responden a ese crecimiento de la oferta de mano de obra incorporada a los circuitos de valorización del capital.

 

1- Fondo Monetario Internacional. Perspectivas de la economía mundial. Desbordamientos y ciclos de la economía mundial, 2007, p. 179 de la edición en castellano (en: www.imf.org/external/pubs/ft/weo/2007/01/esl/ sums.pdf).

2 - Las series históricas homogeneizadas, elaboradas por los técnicos de la Comisión Europea para las reuniones del Ecofin, se encuentran disponibles en: ec.europa.eu/economy_finance/ameco/.

3 - Para el conjunto de la UE el porcentaje de trabajadores pobres habría crecido un 1% en los tres años anteriores a la crisis, durante el periodo de creación de empleo. La mayor parte de los estudios sobre el trabajador pobre en la UE que han proliferado en los últimos años son más comparativos y sincrónicos que diacrónicos. El mejor ejemplo de estudio comparativo es el recientemente editado por H.J. Andreb y H. Lohmann, The Working Poor in Europe. Employment, Poverty and Globalization (Edward Elgar, Cheltenham, 2008).

4 - Además, según estos mismos datos, en prácticamente todos los países desarrollados de los que se tiene información ha tenido lugar durante la década 1998-2008 un aumento significativo de la desigualdad en la distribución de los ingresos salariales. Todos los datos se pueden consultar en el último informe sobre el empleo elaborado por la OCDE, Employment Outlook 2010. Moving beyond the jobs crisis.

5 - Según los datos elaborados por R. Muñoz del Bustillo y J. I. Antón (“El trabajo de bajos salarios en una economía de alto crecimiento del empleo: España, 1994- 2004”, Investigación económica, LXVI/261, 2007, pp. 119-145), durante los años en los que la economía española pasó de los 12 a los 19 millones de ocupados el coste laboral unitario llegó incluso a descender. Por lo que, en la época de crecimiento económico en España, los salarios reales se han mantenido prácticamente estancados.

6 - Para la evolución general, un análisis reciente y sistemático del crecimiento de los bajos salarios en las economías desarrolladas se puede consultar en Jérôme Gautié y John Schmitt (eds.), Low Wage Work in the Wealthy World, Russell Sage Foundation, Nueva York, 2010.


 

La modernización de la pobreza

Texto Luis Enrique Alonso Sociólogo. Universidad Autónoma de Madrid

“La pobreza no puede ser definida como un estado cuantitativo en sí mismo, sino solamente por su posición en una relación social que resulta de una situación específica”.

Georg Simmel 1

 

Como han puesto de manifiesto algunas conocidas aportaciones de la teoría antropológica –encabezadas por los interesantes trabajos de Marshall Sahlins 2– el moderno sistema industrial instituye la escasez de una manera totalmente nueva si se compara con cualquier gran etapa histórica precedente; la escasez ya no tiene su causa en una insuficiente producción, sino en el tipo de producción y en la naturaleza de los productos fabricados, que no hacen más que reflejar la organización social en que aparecen y evolucionan.

Por lo tanto, la escasez no es una propiedad de los medios técnicos, sino una relación entre medios y fines. La brecha entre ambos permanece abierta, e incluso puede ir en aumento si el conjunto de demandas inducidas por el aparato productivo crece hasta un punto que se puede considerar cercano al infinito –dada la velocidad de renovación de los productos y de aparición de otros nuevos–, pero a la vez los medios para satisfacer estas demandas sean limitados, y el acceso a ellos siga estando discriminado. Es lo que podríamos denominar la modernización de la pobreza, según la –sencilla, pero contundente y exacta– expresión de Ivan Illich 3.

El desarrollo económico en su evolución consigue, parcialmente, poner al alcance general un paquete estandarizado de bienes (entre los que se incluyen fundamentalmente los comúnmente llamados de “primera necesidad”). No obstante, ello no quiere decir que se reduzcan la escasez y la desigualdad, solo significa que se reproducen sobre nuevas bases: el mercado ofrece los productos, todas las cosas deseables al alcance del hombre, pero nunca enteramente al alcance de su mano. Lo que es peor: en este juego de libre elección del consumidor, cada adquisición es al mismo tiempo una privación, porque cada vez que se compra algo se deja al lado otra cosa, en general poco menos deseable, e incluso más deseable en otros aspectos.

Esta permanente situación de escasez social –inducida por mecanismos genuinamente económicos (el mercado y el sistema de precios), que no por determinantes de tipo físico, técnico o material– le sirve al mismo Sahlins para redefinir el concepto de pobreza cotejándolo incluso con el de las culturas neolíticas, y presentarlo en los siguientes términos: la población más primitiva del mundo tenía escasas posesiones, pero no era pobre.

La pobreza no es una determinada y pequeña cantidad de cosas, ni es solo una relación entre medios y fines; es, sobre todo, una relación entre personas. La pobreza es un estado social, y como tal es un invento de la civilización.

 

Crear la escasez

Se pueden encontrar varios mecanismos sociales para provocar la aparición de la escasez (dado un grado de producción y de existencia de recursos determinado), y no sería difícil asegurar que, en un principio, todos ellos se derivan de la estructura de poder (económico, político, institucional, etc.) que se presenta en cada formación economicosocial en un momento cualquiera de su evolución histórica.

Los mecanismos “tradicionales” de generar escasez fueron (y son, porque su funcionamiento no se ha visto en nada reducido por la sociedad industrial contemporánea) principalmente dos. En primer lugar, el acaparamiento, que no es más que la distribución desigual de un bien entre los miembros de una comunidad, de tal manera que un grupo, casta, estrato, clase, etc. (o conjunto de estos) es capaz de reservarse para su uso exclusivo una proporción del bien cuantitativamente mayor que la que le correspondería por su número. Este proceso (del que el ejemplo más remoto sería la apropiación privada de la tierra, y el más inmediato, la repartición de la renta nacional) es el principal motivo de la aparición de la escasez –o, si seguimos la terminología de Ivan Illich, de la pobreza–, pues hace que aparezcan como inaccesibles o escasos unos recursos que, o bien serían libres (tierras, bosques, recursos naturales en general), o bien, por ser producto del trabajo colectivo, estarían disponibles en cantidades distributivamente suficientes (sea el que sea su tamaño físico, que depende del estado de desarrollo tecnológico de cada economía). La escasez aparece cuando la organización social se apropia de ciertos bienes y decreta su uso como indispensable para la vida o el prestigio del grupo. A partir de entonces la rivalidad propaga la violencia, pues el deseo es aguijoneado por la mímesis de los deseos ajenos. Es, pues, necesario imaginar que no es la escasez la que se encuentra en el origen de la violencia y de los males sociales, sino que, al contrario, son la violencia, la mala organización social, la dominación y la explotación las que se encuentran en el origen de la escasez.

En segundo lugar hay un mecanismo que no es posible presentar como independiente del anterior, sino que más bien constituye una forma de establecer el principio del acaparamiento de una manera concreta. Consiste en institucionalizar el acceso reservado al consumo de un bien o recurso, de tal modo que se instituyen barreras para su libre uso, barreras que en su funcionamiento son objetivas, pero discriminatorias en sus efectos. Este es el sistema que adquiere su máxima vigencia con el advenimiento histórico del modo de producción capitalista, ya que en él se mercantiliza el acceso a cualquier bien económicamente valorado. Así, la institución del mercado y los precios reproducen la escasez en su doble sentido. Primero en un sentido absoluto, porque la institución del mercado como regulador total impone tanto el tipo como el volumen de producción que cumple con la restricción principal: ser compatible con la maximización del beneficio. Atacado este requisito de la rentabilidad, la cantidad producida se estabiliza o el artículo no se fabrica (aunque no esté cubierta la demanda social o tal artículo tenga una utilidad pública incuestionable), y el valor de cambio crea entonces una escasez artificial imprescindible para fundamentar la producción con beneficio. Pero, también, en un sentido relativo, pues la determinación que impone la producción para el mercado es eliminar la gratuidad en el acceso a los diferentes bienes. Si el consumo no se convierte en actividad mercantil no sirve como base del intercambio y la acumulación; por eso a nivel económico general se debe asegurar la escasez artificial, como condición imprescindible para que se instituya el intercambio mercantil.

El precio suprime, de esta forma, la libre disposición de los productos y, además, si está fijado por una dinámica exclusivamente económica que se guía por la lógica de la ganancia (no entremos ahora en el tema de los precios políticos o regulados estatalmente), la asignación de recursos que provoca no puede ser mercantilmente eficiente si no corresponde –como indirectamente propugnaban y propugnan los economistas liberales neoclásicos– con la estructura de la propiedad en que se genera.

Esto supone que, donde el mercado domina, se excluye toda posibilidad importante de que el acceso libre, la gratuidad, la donación o el intercambio personal no monetarizado se constituyan en bases del consumo social.

Sin embargo, y en tercer lugar, podemos referenciar un método específico que se generaliza en el capitalismo industrial de posguerra para reproducir permanentemente la escasez (relativa), y decimos que se generaliza porque se pueden encontrar ejemplos de implantación particular desde las culturas preindustriales más “primitivas” (ejemplos bien estudiados y contextualizados por la antropología económica contemporánea 4), aunque no sea hasta esta última gran etapa histórica cuando cumple una función estructuralmente imprescindible en el modelo de desarrollo económico y social.

Este método característico no es otro que la máxima expansión del consumo distintivo: cuando el aparato productivo de una sociedad, en su regulación interna, permite que la mayoría acceda a lo que hasta entonces –por responder a un marco de acumulación diferente– era privilegio de una minoría, ese privilegio se desvaloriza, el umbral de la pobreza se eleva, pero al mismo tiempo deben ser creados nuevos privilegios que, por un determinado período de tiempo como mínimo, tienen que quedar excluidos para la mayoría porque, recreando sin cesar la escasez (o lo que es lo mismo, recreando la desigualdad y la jerarquía), la sociedad engendra más necesidades insatisfechas de las que colma. Esta es la condición para mantener una demanda efectiva que pueda sostener el crecimiento exponencial que se deriva de la reproducción mercantil ampliada; el grado de frustración en el consumo tiene que ir por delante incluso del grado de crecimiento en la producción, para que todo el sistema se mantenga drenado y no aparezcan tendencias a la sobreacumulación.

 

Abundancia y escasez: un juego deslizante

En el desarrollo de la economía mercantil contemporánea, abundancia y escasez no son dos polos absolutos y contrapuestos que se anulan el uno al otro, de tal modo que el incremento del primero suprime el segundo definitivamente; ni el crecimiento es un proceso que pueda instaurar en el ámbito del consumo los principios del liberalismo democrático, dejando la escasez y la desigualdad relegadas a un lugar externo a su propio avance. Por el contrario, el crecimiento mismo se realiza en función de la desigualdad. Esta es, a la vez, su base de actuación y su resultado: la dinámica de la producción diversificada, la renovación permanente y la obsolescencia programada no responde a ningún modelo de igualación por el consumo, sino a un modelo de diferenciación y clasificación social que, con cierta autonomía limitada, reproduce el orden que arranca de la esfera de la producción.

Los comportamientos de los consumidores no son actos aislados de ciudadanos soberanos, sino prácticas con sentido que tienden a la reproducción y la condensación interna de las diferencias de posición social.

Así, la desigualdad en el acceso, que se asienta sobre fundamentos estrictamente económicos (desigualdad del poder adquisitivo), se encuentra sobredimensionada por un factor simbólico 5 que la recubre y explicita. Los productos no se actualizan y difunden para satisfacer las necesidades mayoritarias que se generan en los grupos menos favorecidos de la estructura de clases, sino que el mecanismo funciona de una forma justamente inversa: los productos “nuevos” son creados, en principio, para convertirse en bienes suntuosos de las clases más acomodadas, que son las únicas que podrán adquirirlos y que verán colmadas sus aspiraciones permanentes de demostración. Por este sistema se induce una dinámica desarraigada de la necesidad, dinámica desigual que desarrolla el consumo individual a través de la explotación intensiva de los deseos con fines de interés privado.

Esta situación ordena prioritariamente los objetivos del desarrollo industrial, marcando su línea principal de evolución a partir de la máxima jerarquización de los productos y de la dominación por parte de la cúspide social de los efectos ideológicos y económicos del crecimiento. No se pueden derivar igualdad y abundancia generalizada (como pretenden las tesis más o menos triunfalistas de la “sociedad opulenta” o de las “etapas del crecimiento”) de un tipo de crecimiento que, precisamente, funciona de la manera contraria, y del que proviene el mantenimiento tanto de la insatisfacción consumista permanente en los más amplios sectores sociales (escasez relativa), como los espacios de miseria y atraso (escasez absoluta) que aun los más desarrollados países occidentales mantienen invariables, por no entrar ahora en la pobreza endémica de los países del Tercer Mundo, cuya razón en el sistema mundial se hace sencillamente lacerante para cualquier sensibilidad intermedia.

 

¿Pobreza o despilfarro?

En suma, la relación estructural que introduce la desigualdad social en las prácticas de consumo está determinada por el propio modelo de crecimiento y no aparece como mero residuo exterior a él. La, por algunos denominada, “civilización de la abundancia”, no solo tiene otra cara o mantiene sus espacios oscuros por no haber sido tocados por su mágico impulso modernizador, sino porque es a la vez una civilización permanente de la escasez; porque el tipo de desarrollo económico en que se basa, y el modo de vida que crea, es un sistema que impone el deseo sobre la necesidad, lo superfluo sobre lo fundamental,la apariencia sobre la esencia, el parecer sobre el ser 6. Además, el impacto de toda la magnífica diversión y de la profusión de simulacros elitistas que ha traído consigo el neocapitalismo financiero individualista y posmoderno, triunfante desde finales de la década de los ochenta y principios de la siguiente, ha acabado por provocar una perversión misma del concepto de necesidad, y rompe cualquier pretensión de hallar un marco naturalista, objetivo y general, para definir absoluta y estáticamente la pobreza. La pobreza muestra solo nuestra incapacidad política para construir socialmente un modelo de convivencia medianamente equitativo.

 

  Notas

1 - Georges Simmel, Les pauvres, París, PUF, 1998, p. 97 (e.o. 1908).

2 - Marshall Sahlins, Economía de la Edad de Piedra, Madrid, Akal, 1977.

3 - Ivan Illich, La convivencialidad, Barcelona, Barral, 1978.

4 - Caroline Dufy y Florence Weber, L'ethnographie économique, París, La Découverte, 2007.

5 - Pierre Bourdieu, La distinción, Madrid, Taurus, 1988.

6 - Desde la economía política crítica este tema ha sido desarrollado por Karl Polanyi, El sustento del hombre, Barcelona, Mondadori, 1994; y desde la ecología política, por el gran André Gorz, Ecologica, París, Galilée, 2008.


 

  Invisibilidad y límites de la ciudadanía

Texto Alicia García Ruiz Profesora de Filosofía. Universitat de Girona

La realidad es (…) lo que, desde el siglo XVIII, hemos convenido en llamar la cuestión social, es decir, lo que de modo más llano y exacto podríamos llamar el hecho de la pobreza. La pobreza es algo más que carencia; es un estado de constante indigencia y miseria extrema cuya ignominia consiste en su poder deshumanizante; la pobreza es abyecta debido a que coloca a los hombres bajo el imperio absoluto de sus cuerpos, esto es, bajo el dictado absoluto de lanecesidad”. 1

Más de ochenta millones de personas viven en Europa bajo la línea de pobreza y el veinte por ciento de la población española no dispone, de una forma u otra, de recursos necesarios para afrontar mes a mes su existencia en las ciudades. No obstante, la pobreza no es una “condición humana”. Es, antes que nada, una situación social, lo que significa que no se puede definir de un modo estático, es decir, como un simple estado carencial.

No solo “se es pobre”, también “se deviene pobre” a lo largo de un proceso paulatino de vulnerabilidad y exclusión, cada una de cuyas fases y trayectorias vitales concretas nos informa de una dimensión estructural del sistema que genera la pobreza. La familia monoparental que queda sin recursos, el desempleado de larga duración, el inmigrante que se ha ido al paro o el joven descualificado que no cuenta con un colchón familiar (en sentido alegórico y literal), no son figuras abstractas candidatas a rellenar la casilla social, igualmente imprecisa, de “pobre”: son vidas rotas de diferentes maneras a lo largo de un proceso que les conduce hasta la calle.

Para muchas de las personas que hoy viven en la pobreza era impensable, solo cinco años atrás, encontrarse en esta situación. En sus vidas ha irrumpido la contingencia más despiadada, aquello que nunca se pensaba que pasaría pero que posee causas estructurales perfectamente identificables.

Cada rostro de la pobreza es el producto de estas causas y a la vez posee su propia historia. No obstante, cada una de estas vidas singulares cae subsumida en un fondo indiferenciado en el que pocos poderes políticos se atreven a mirar.

Parece que temieran aquel terrible aforismo nietzscheano: “Cuando contemplas largamente un abismo, el abismo también mira dentro de ti”. El abismo de la pobreza está mirando el interior de nuestros sistemas políticos, señalando sus límites y exclusiones estructurales.

 

Un baile de máscaras: ¿antisistema?

Era 29 de septiembre de 2010, día de huelga general, cuando las calles de Barcelona tomaron el aspecto de un desolador fin de fiesta. No se respiraba alegría, ni optimismo. No se había producido celebración alguna, sino la afirmación colectiva de un malestar social, la manifestación de la cuestión social. El centro barcelonés saludó la noche repleto de contenedores volcados, de pintadas con consignas de insurrección, oficinas bancarias cubiertas de pintura y de cientos de pegatinas con mensajes políticos estampadas en las lunasde los grandes comercios.

La carga policial contra manifestantes que ocupaban una sucursal bancaria transformó las calles más céntricas de la ciudad en una batalla campal. La versión oficial declaró que estos manifestantes habían quemado varios contenedores horas antes, por lo cual se hizo necesaria la intervención policial.

Los antisistema, en la versión de representantes políticos y policiales, se retrataban como los elementos violentos perturbadores de lo que debía ser una jornada pacífica de huelga. Como semanas antes los sindicatos, la protesta social aparecía demonizada, esta vez como las hordas salvajesque tomaban las pacíficas calles de La millor botiga del món .

El día 3 de octubre, es decir, cuatro días después de estos hechos, en una entrevista radiofónica se preguntó a una representante gubernamental en materias sociales si pensaba que podía existir alguna relación entre pobreza y protestas antisistema. La respuesta fue tajante: ninguna. Los antisistema, afirmó, no tienen nada que ver con la pobreza, son simplemente violentos, a lo cual los representantes policiales añadieron más tarde en las noticias nacionales que eranel resultado de una “política permisiva”. Probablemente ha llegado la hora de preguntarnos qué se persigue con la construcción social de esta figura del “antisistema” y qué relación guarda con la ideología de la seguridad y con los procesos de exclusión social. “Antisistema” es una etiqueta tan sociológicamente banal como políticamente útil para invisibilizar problemáticas más profundas, enmascaradas bajo la vieja lógica identitaria de “ellos” contra “nosotros”, a fin de alambrar los confines del abismo al que no se debe mirar. Bajo esta lógica de control y de polarización social, cualquiera que no esté de acuerdo con el sistema, sea cual sea la forma de impugnación que practique, es ya un potencial antisistema.

Al mismo tiempo, “sistema” somos todos, tanto los que cuentan dentro de él como los estructuralmente excluidos del mismo, pues dentro / fuera ya no es una lógica que pueda dar cuenta de la complejidad de posiciones sociales que podemos ocupar a la vez o a lo largo de diferentes etapas de nuestra vida. Hoy se está “dentro”; mañana, tras un despido o un desahucio, se puede estar “fuera”. ¿Qué es, pues, lo que está obturando la construcción social de un nuevo personaje recién llegado a la escena política actual, el encapuchado antisistema? ¿En qué se está convirtiendo el escenario de la política sino en un baile de máscaras, donde la confrontación se libra en la ausencia de rostro, en los pasamontañas de los antisistema y de los antidisturbios?

Lo que no nos deja ver este escenario de máscaras es la cara real de la crisis a la que nos ha conducido un capitalismo desenfrenado y salvaje, que trata a los trabajadores como juguetes rotos. Nuevos rostros, cada vez más numerosos, despuntan en una crisis larga y dolorosa. Pagan una crisis sin rostro, de la que nadie parece querer hacerse cargo.

Estamos en el día después del festín de desenfreno financiero cuyos costes sociales recaen sobre las clases más vulnerables, convidados de piedra a una orgía que parecía no tener fin, a un capitalismo enloquecido que se presentaba a sí mismo con la seguridad metafísica de lo necesario, de lo que no puede ser de otro modo.

En el nuevo discurso sobre la seguridad, que se retroalimenta de la ficción de un sistema necesario, el cambio es siempre una amenaza desestabilizadora. La irrupción de nuevos elementos en el campo de aparición de la política se codifica automáticamente como riesgo potencial. En estas condiciones, la contingencia de lo político supone el cortafuegos de la deriva securitaria y totalitaria que está tomando la política. Aun así, la construcción social del nuevo personaje recién llegado a la escena política contemporánea, el antisistema, plantea más interrogantes que respuestas. Su signo es incierto. Su aparición, en todo caso, señala el origen humano y, en última instancia, imprevisible de la vida política, así como la operación simbólica de criminalizar la protesta.

La llamada a la “refundación del capitalismo” se ha acompañado, irónicamente, de la represión en diversos países del origen fundante de la vida política: de la indignación (y la reivindicación de dignidad y libertad) de hombres y mujeres singulares, excluidos y violentados por decisiones específicas de otros hombres y mujeres. El ciclo del capitalismo que ahora toca a su fin ha sido salvaje: por eso no podía sino provocar una ira salvaje. Y la ira, en la vida política, está casi indisolublemente unida a ideas como la revolución. Pero también hoy se aprovecha para nuevasfiestas, como las “tea party.

 

Fronteras interiores de la ciudadanía

Hannah Arendt es probablemente la pensadora que en el siglo XX ha abordado de modo más sugerente (aunque no siempre exento de problemas) la entrada en política de la ira 2, así como el difícil papel de la cuestión social en los movimientos revolucionarios y su relación con la violencia, fundamentalmente en su libro Sobre la revolución 3. Pero también nos ha legado una interesante reflexión (muy útil para pensar en la experiencia de la exclusión social) sobre la aparición en el espacio político de figuras como el apátrida o el paria, que desafían las identidades políticas tradicionalmente forjadas por el estado nación moderno.

Originalmente estas figuras se referían al desplazamiento forzado de personas más allá de sus países de origen, poniendo en cuestión las fronteras nacionales y las identidades asociadas a ellas. Hoy, bajo niveles crecientes de pobreza metropolitana, estas figuras proliferan no sólo en relación con las fronteras exteriores sino también con las fronteras interiores de los sistemas políticos. Por decirlo en pocas palabras: son los nuevos apátridas de las fronteras de la ciudadanía, tanto hacia fuera como hacia dentro. La creciente visibilidad de los pobres, en permanente tránsito, sin hogar o habiéndolo perdido hace poco a manos de un banco, desposeídos en la práctica, aunque no en el plano formal, de sus derechos civiles y políticos, fuerza a una reflexión sobre los límites y condiciones de la ciudadanía y, en última instancia, sobre la difícil fundamentación de la democracia en esta situación.

El discurso caritativo fue durante mucho tiempo el sustituto de la responsabilidad política. Ahora, el peso se ha trasladado a los propios actores sociales. La compasión, esa pasión que tan poca estima política le inspiraba a Arendt y a la que contraponía la dignidad, es precisamente la bandera del rostro humanizado del capitalismo: el llamado capitalismo compasivo. No es casual que el subtítulo del famoso libro de Rich DeVos, Compassionate Capitalism, sea “people helping people to help themselves4. Que tengamos que ayudarnos a nosotros mismos es otra manera de decir que bajo este sistema, ya sea salvaje o compasivo, todos los que están arriba parecen lavarse las manos. Y vendarse los ojos.

 

Lo visible y lo invisible

Como ya hemos dicho, la consideración política de la pobreza depende, y mucho, de procesos de visibilidad e invisibilidad, de aparición y desaparición, tanto en el espacio público como en el espacio político, espacios que de este modo llegan a entrecruzarse, aunque nunca se solapan, pues el primero determina el régimen de visibilidad del segundo.

A escala macrosocial, la pobreza invisibiliza a las personas que la padecen privándolas de su condición de actores sociales,forzadas a un anonimato pasivo que engrosa las cifras oficiales de indigentes. A escala cotidiana, la pobreza los somete a un juego perverso de visualización / invisibilidad en cada microescenario local: se los ve, pero no se los mira, no sea que, como el abismo de Nietzsche, nos devuelvan la mirada. Su presencia es fácilmente localizable a la hora de expulsarlos de los establecimientos o de detenerles por la calle, pero a la vez se los hace invisibles cada vez que se ignora activamente su presencia.

Quienes padecen esta situación, los nuevos parias de la ciudad, son personas en constante tránsito, que se desplazan a través de rutas marcadas por la necesidad, recorriendo el espacio urbano a lo largo de itinerarios, auténticas geografías de la pobreza, en los que efectúan paradas estratégicas para conseguir recursos que permitan atravesar el día: el comedor donde se puede conseguir un bocadillo, el albergue donde ducharse, el contenedor del supermercado donde muchos “reciclan”.

En suma, personas invisibles , transparentes, a través de las cuales se ve la ciudad, porque las miradas las atraviesan como si se tratase de seres de vidrio. En el espacio público de las ciudades, incluyendo los no-lugares como los aeropuertos, donde cada vez “viven” más pobres, coexiste así la proximidad física con el abismo social entre personas, de manera que el régimen de la mirada y de la visibilidad, empezando por su expresión más inmediata, por el cruce de miradas, se manifiesta como lo que realmente es: un régimen político. Y las consecuencias políticas de este malestar social, a largo plazo, son imprevisibles.

Si el paria del que hablaba Hannah Arendt se caracterizaba por su pérdida del mundo, por la acosmia , el nuevo paria social, que se afana en sobrevivir en las fronteras interiores e instersticios de la ciudadanía, en los no-lugares de la ciudad, sufre también una progresiva pérdida del mundo, una lenta (o súbita) muerte social.

Tal vez la metáfora más poderosa de la política hoy día sea el contenedor. La vida urbana se organiza en buena parte en torno a los contenedores, de diversas y contrapuestas maneras. Se evalúa la imagen pública de los ayuntamientos por la cantidad, naturaleza y variedad de contenedores que colocan en las calles. A la vez, en diversas webs hechas por indigentes para otros indigentes, como una especie de manual de supervivencia urbana , se explica en qué supermercados y a partir de qué horas es posible recoger los desechos en buen estado para alimentarse. Pero ha de hacerse cuando el establecimiento cierra, pues los clientes no desean ver cómo los pobres rebuscan en el mismo lugar donde ellos compran. En los contenedores, en los que unos desechan y otros aprovechan, se produce una invisible operación política, una caja negra de la vida social. Tal vez sea por eso por lo que hoy se destruyen los contenedores en cada manifestación, igual que los revolucionarios que Benjamin describió, en sus Tesis sobre filosofía de la historia, dispararon a los relojes: los contenedores hoy son extraños símbolos de poder y de injusticia.

 

Notas

1 - Arendt, H.; Sobre la revolución, Madrid, Alianza, 2004, pág. 79.

2 - Junto a Judith Shklar, quien realiza, no obstante, una valoración muy diferente a la de Arendt. Shklar, Judith, Rostros de la injusticia, Barcelona, Herder, 2010, donde la autora sostiene que la indignación y la ira como emociones políticas tienen un papel difícil pero crucial en el curso de la vida de democracias reales y no simplemente formales.

3 - Arendt, Hannah, Sobre la revolución, Madrid, Alianza, 2004.

4 - De Vos, Richard, Compassionate Capitalism, Nueva York, Penguin Books, 1993.

 

 


 



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