"poemas"
por Ángel Crespo.

      

 


BAJO UN CIELO SIN PÁJAROS...

Bajo un cielo sin pájaros
¿qué redención podemos
esperar -o qué canto
suspendernos sabría?

Va el sol cayendo, y su cadáver frío
no cruza un ala -y todas las auroras
gritan desde su ayer que no está rnuerta
la hoja postrera.
                             ¿Pero en qué paisaje
tiñe de verde, en qué país, al viento?
 

ÁRBOL GENEALÓGICO

Los campesinos de Kandahar,
que siembran en la roca viva;
los paisanos de Chantaburi,
que crecen en los arrozales;
y los felas de Iskandariya,
cuyos pies imitan al loto;
y los ligures viñadores,
que vendimian entre las nubes;
y los madereros del Júcar,
que sierran su aliento en la sierra;
son de la misma estirpe
que mi casa paterna;
pero son
los hidalgos de capa y olla,
con su silla en la sacristía;
los condotieros de Cremona,
cabalgando fríos dragones;
los absentistas de Luxor,
que acarician pubis implumes;
los mandarines de Laokai,
con su pincel y su pereza;
y los jinetes de Jodhpur,
que mueren de orgullo y de guerra,
quienes calentaron el atrio
y los jugos maternos.

Cual serpiente multicolor
se enrosca al árbol de la vida,
como cadena de eslabones
que pugnan por zafarse
-y me liberan y aprisionan­-
la larga y angustiada y sórdida,
brillante y fratricida estirpe,
para que yo arranque las hojas
-y las raíces- y los frutos
del árbol llameante y umbroso
que me levanta y me consume.

(Años 80, publicado por primera vez en libro en 1996, Poesía,1)

 

AFFRESCO

Florencia, yo me cuajo en tus paredes,
donde la cal y el yeso
blandos me acogen y compactos me asen,
pongo manos y boca, pies y manos
pongo manos y lengua y mis manos y piel
para vivir con Ugo y Bernardino
Vincenzo Beatrice Luca Antonio,
con Andrea y Giovanni,
mientras las horas suenan, suena el Duomo,
suena sonoro el Arno, pasa el río,
pasa la luz lamiéndo-
le a David. Yo me sumo
en cuerpo y alma y cuerpo,
afirmado en el muro,
para no ser aquel
che vive come pecora nel prato.

(de Docena florentina, 1966)

LUNA NUEVA

La noche ha vaciado sus ánforas
de rumorosa oscuridad
sobre las cenizas del día;
y en la invasión de sombras y murmullos,
que se va remansando como el agua
a la que imparte paz un lago,
se refleja, a manera de espejo
o como la luz en un muro
-imaginosa o despojada-,
la memoria de un cielo abolido.

No sé lo que me quiere este recuerdo
que se abraza a su propia sombra,
qué hacen aquí las noches claras
perfumadas de jara y romero.

La voz del múcaro, la fruta
que golpea, al caer, la tierra
húmeda, el fuego fatuo
de los cocuyos, los insectos
que sierran las fibras del aire
están reclamando un tributo
a mis manos casi vacías.

Mi única dracma lanzo al aire
de la noche extranjera,
y veo cómo brilla y cómo asciende
donde no había luna.

(de El ave en su aire, 1985)

SOBRE EL ALMA

Como un palacio, lo mismo
que un chamizo, que una tienda,
como la casa en que posan
y vuelan las estaciones,
se edifica un alma.
Su elo
tan sólo -roca o arena,
tierra seca o pantanosa
se nos da y (soplo lacustre
o alto, con campana y torre,
o alma leve al lomo de la
acémila, o la morada
junto al huerto) nuestro esfuerzo
la levanta con su espuma.

Delicado y fatigosa
impulso y ardua tarea,
será -después de partir
el desconocido artífice­-
refugio a cuantos un alma
pugnan por fundar; un íntimo
edículo, una mansión
pretexto al nido y la hiedra.

Después de partir, con polvo
en los pies, y con aroma
de cal y flor en las manos:
signo a los callados jueces
de que tuvimos un alma.

(de Donde no corre el aire, 1981)

 

ANTEO ERRANTE

He vivido en tantas ciudades
pero ninguna de ellas
es mi ciudad. ¿Debo morir
sin que mi muerte tenga la esperanza
de pasear las calles
donde no ancló mi vida?

Pido ahora a los dioses
tiempo para ganar una ciudad
en la que salga el sol
al ritmo de mis pasos
-y de los que a mi muerte
voy enseñando mientras va conmigo.

(de El ave en su aire, 1985)

JORGE GUILLÉN

1

Florencia, Cambridge (Massachussets),
California, Málaga (¿Pequín,
Tombuctú, la luna tal vez?),
¿son los puntos de ida y de vuelta
únicos de Jorge Guillén?

2

¿Qué pico tiene la paloma
que transporta su ramo de paz?
¿Es de oro, como el de aquel santo,
o de paloma nada más?

3

Y sus alas de pluma tersa,
cargadas de cuanto se ve,
¿son las alas de una paloma
o son las de Jorge Guillén?

 

AFORISMOS

Cuando la corneja quiere volar a mi izquierda, me vuelvo de espaldas.

La poesía es un camino de ida pero no de vuelta. Los que vuelven, regresan de otra parte.

Sí , hay algo nuevo bajo el sol: cada poema verdadero.

Entre la mentira y la verdad se encuentra lo cierto.

Si pudiera tenerlo todo sólo me quedaría con algo: para seguir deseando.

La noche me invita a mirar las estrellas. El día me hace olvidar el sol.

Lo absurdo es lo que tiene explicación, pues la verdad es inexplicable.

Si sabes perfectamente lo que estás diciendo, no continúes tu poema: rómpelo.

El Olimpo está en todos los montes para los ojos que saben ver a los dioses.

Prefiero el atardecer: soy occidental.

  

CON LA SINIESTRA MANO

Concededme, dioses, que escriba
con la siniestra mano, pero no
le concedáis destreza. Que ella sola
se afane en enseñarme, que las líneas

que trace sean,
como las rimas, tortuosas;
que una letra pueda leerse,
indiferentemente,
como una alabanza, un vituperio
a vuestros gestos inmortales
de dioses o de diosas;
que los versos inhábil- se entrecrucen

como vuestras miradas y silencios;
y, así, tan lentamente

como vuestras auroras y ocasos,
vaya sumando mundo
esa torpe escritura:
recobrando azul para el cielo
(que no era luz),
y el temblor de las aguas
(del pozo de los pozos), y
en todo, y lo demás, la sed perdida
(en sus cauces nacientes);
y cuando ya mis líneas quiera
enderezarse -ya adiestrada
mi torpe adrede mano-,
volváis los ojos displicentes
para que yo quiera deciros
no sabré con qué mano.

  

CUANDO TE QUEDAS SOLO, ERES ESPEJO...

Cuando te quedas solo, eres espejo
de lo que fuiste:
una mañana
contemplada desde el balcón
entornado; unos pasos
armoniosos que no has seguido
para no derramar tu gozo;
unas cuantas palabras
que te cambiaron más que el tiempo;
una mirada que se ahogó
como luz en tus venas;
un viaje que nunca querías
terminar; tu alma ausente
de lo que te esperaba
al quedarte tan solo.

  

EL MURO

El peregrino llega junto al muro,
ya sin aliento, apoya el él las manos
y la frente, buscando refrigerio:

mas pronto las aparta, que unas manos
y una encendida frente
lo sostienen del otro lado.

 
  EL VIENTO SE HA QUEDADO QUIETO...

El viento se ha quedado quieto
cabe las ramas, y me acecha
con ojos encendidos.
¿Qué me recuerda -o me recuerdas-? No
sabría adivinarlo.
                              Y caen las hojas
que consume la hoguera.



EL PEDREGAL

¿Son alas deshojadas, huesos, tristes
restos de algún naufragio,
trances sin nombre,
tiempo derrumbado
-o no son más que piedras?
Detrás de ellas habrá un paisaje abierto
o soledad tan sólo;
habrá un vuelo, un tumulto acre de plumas,
un fragor de olas contra el casco vivo,
o una muralla, por la que pasean
centinelas y brumas
y el mediodía se alzará lo mismo
que una rama que crece.

O tal vez no.

Me paro junto a este
pedregal: no me atrevo
a dar un paso más
hacia lo que me engaña revelándose.


 

EL TEDIO

El tedio a veces es como el amor;
mana de las cavernas
del pecho, se dilata,
atraviesa la estancia y los cristales
y se difunde hasta perderse
de vista.
Y, barnizado
con su color distinto,
es más íntimo el mundo.

 

  EL TIEMPO SE HA POSADO COMO UN PÁJARO...

El tiempo se ha posado como un pájaro
peregrino y cansado
a la sombra que doy. Ave de alas
abiertas y caídas
ahora, la cabeza inclina, y abre
el curvo pico, ya ciega a la luz
que ahora no mueve rayos.
Igual que un agua que se remansara
cuando, al formar cascada, está cayendo,
o como llama que de arder dejase
al unirse a otra llama, o como aire
que cesa de moverse a medio viento,
así el tiempo, a mitad
de sí mismo, pretende que yo aprenda
a eternizarme -y que me pare un punto
a la sombra que da bajo mi sombra.

  

EN ESTA LLUVIA

Os palpé en esta lluvia,
no en el aire,
sino en la tierra, tras haber caído
-entre la hierba fría
y caliente, como una boca
grande y verde que no devora tiempos:
mis manos ahora huelen
a aceite de podrido
y lujuriante azahar (mis dedos,
ya planetas del árbol)
y también a una axila rosa
y al escozor de un vientre
no virgen, tras la lluvia.

Estabais allí tras el agua
-o sea, allí en la lluvia-
como jugando a ser espejos
más que su fibra ambigua,

pero era vuestro el aire.

  

IBAN MIRÁNDOME AL PASAR

En una cueva de un monte lejano
me refugié. Y era de día
y cantaba el agua en el agua
y el aire soñaba en el aire.

Me refugié para no huirme
y no encontrarme. Era de noche
y el monte aquel era de luz.

Nunca supe de procesiones
como aquéllas: vestían clámides
transparentes, sin fibras, iban
mirándome al pasar.

Lo que no tiene fin no se posee
ni nos posee: las miradas,
suyas y mías, eran formas
de otra forma de amor.

No hay dioses muertos si son dioses,
ni aquella cueva, ni aquel monte,
ni aquella luz, ni clámides
sin fimbrias, pues abrí
los ojos, y hasta el pecho
surgió el río del río.

 

IGNORANCIA DE OTOÑO

Para ignorar, hay que vivir.
Las manos ya se niegan
al testimonio de los días
y las noches paradas.

Maduras
pero todavía no asoman,
amargos, los gajos abiertos
que oculta tu temor.
Aún no ignoras bastante.
Temes el vuelo de ese pájaro
obstinado.
¿Transcurren, pues, las estaciones
o eres tú, tan absorto, el tiempo?

Sabes ya que la lluvia
no importa, que nada vale el plazo
de la espera.
                         Lo sabes
e ignorar es el alimento
del hombre -el de esta brisa
que no se sabe aire.

 

JARDÍN DE TURENA

La joven se sentó en la hierba,
se desnudó los pies
y amaneció más allá de la aurora.

 

LAS SOMBRAS VAN CAYENDO COMO UN REGALO DE LOS DIOSES...

Las sombras van cayendo como un regalo de los dioses,
el más generoso, pues son
de sus incorruptibles cuerpos y de sus almas
inmortales imagen; y no
nos piden nada a cambio de este espejo
en el que todo encuentra su unidad
de nuevo, es otra vez, y cada vez,
como un latido hecho de movimiento y de quietud,
el puro pensamiento que se esconde
de sí mismo, acosado por la luz.

 

  LOS ÁRBOLES CRECEN DEPRISA

Mientras iban creciendo
estos árboles, yo
daba vueltas al mapa
diario de mis sueños.-
Y cada rama era
el nombre de un país, y cada hoja
una ciudad con torres o mezquitas
y siempre con un alma
en pena.
                   Y en otoño
me querían llevar al otro mundo
las hojas amarillas
y una calle sin nombre y sin ventanas.

 

  LOS OJOS DE LA CORZA

Viajo desde los ojos de la corza
a su interior. Un mundo de cristales
ternísimos y velos ligerísimos
acoge al primer paso de mis ojos.
Avanzo sin temor; sobrecogido,
no obstante, por lo fácil del camino
que, de ojos adelante, ya discurre
por pasadizos y pasillos suaves
al tacto de los pies que me imagino,
y porque a su través se transparentan
leves arquitecturas sinuosas,
edificios de flor carnal y ramas
que, aunque no mueve el viento, se cimbrean
al borde de arroyuelos escarlatas,
y suaves y pulidas piedras puestas
en orden de descanso y sobresalto.
Lejos quedan los ojos de la corza
en tan corto trayecto transcendidos
y, cuando vuelvo hacia ellos la mirada
-ya huésped familiar de lo aludido-,
no encuentro su salida luminosa
y me pierdo en un prado de mil prados,
hechos de tiempos idos y presentes,
vigilados por vuelos agresivos
y por olfatos que el marfil afilan.
Sigo los vericuetos de la corza,
que se han hecho mi propio laberinto,
y hallo en su centro de lucientes ojos
los suyos y los míos junto a un pozo
del que desborda el agua suya y mía.

MADRIGAL A AFRODITA

Merced a ti la flor del aire es oro,
oro es la flor del trigo;
y la amapola roja,
rubia flor, pariente del oro.

Enloqueciendo al aire
y a lo escondido de la tierra,
haciendo caer lluvias amarillas
sobre las matrices del agua,
atas al monte con un nudo de oro.

Sube el polen los escalones
arriesgados del aire
con alas músicas, con trinos
más libres que de pájaros,
como el oro le trina al oro.

Y la cabellera te sueltas,
rubia y casta, diosa desnuda,
que acaricia al caer tu sexo:
y un espasmo corre en la espalda
bajo las olas locas de oro.

Una bandada de palomas,
grajas o ciervos, amarillos,
he visto en sueños: sus pupilas,
que me miraban fijamente,
despedían chispas de oro.

 

NO TE ASOMES

No te asomes a ese jardín
ni quieras descubrir sus rosas.
Mueren tras ese idéntico
perfume, igual color,
y la sed llena el vaso.

No te acerques a ese jardín
si quieres que aún existas
y que tu amor de siglos no se apague,
y si amas la esperanza.

Déjalas bajo el sol: búscate dentro
esa otra cosa que renace y muere,
esa flor que sospechas que hay en ti,
esa rosa que fue, pasó, nunca hubo rosas.

 

OFRENDAS

En cada mano, el mundo deja
aquello que no tiene su medida:
lo que pesa demás, lo que es ardiente
en exceso -pues nadie
que tenga un alma puede
impasible aguardar como la estrella.

No es que no tenga luz, pero sus rayos
deben llegar a donde no ilumina
el fuego general -al subterráneo
de cada vida, al breve paraíso
que brota de su sed como un relámpago.


  PALOMA DE HELSINKI

Por miedo de que ardiese una paloma
que eclipsaba al sol con sus plumas
volando hacia las llamas
que apagaba el crepúsculo,
ya no pude escribir aquel poema
que temblando empecé
por miedo de que ardiese una paloma.

 

PASEATA DEL DESTRONADO

¿En qué jardín sembrar una rosa
de Francia? ¿A que follajes
confiar una estatua de Ceres la rubia,
un bronce del Verrocchio, una matita de verbena?

¿Puede ascender sobre estos pastos
un quinteto de oboes,
o bien una gentil perdiz
que podríamos llevar al lienzo?

¡Ah! ¿Dónde crece el laurel oloroso,
dónde canta al oído el agua,
dónde unas columnas caídas
que sonrían sin una mueca?

La distancia se me convierte
en un reino redondo y cristalino,
a través del cual una mano
ofrece a mi cansancio sus sortijas.

 

  ROMPER QUIERO TU BULTO...

Romper quiero tu bulto
para que al menos vengas
enojada, y la injuria
me haga escuchar tu voz
antes de aniquilarme.

Hecho añicos, deshecho
su volumen, que mide
en mí toda la distancia
y todo tiempo, en piedras
que insinúan el giro

delicado de un pie,
de un lóbulo la flor
turbadora, de un seno
la frutilla salvaje,
clamará por ti, odiosa.

Y tú vendrás, si vienes,
no con ramas de olivo,
sí con ojos, que dicen
verdes, en que quizás,
antes de que me ciegues

y enmudezcas, yo mire
la ardiente luz oscura
que me sigues negando
cuando pongo una flor
entre esos pechos duros.

  

SIN QUERER

Sin querer,
sin encontrar una niebla de olvido
que me haga extraviarme en mi presente,
que no recuerdo
porque la luz es excesiva;

sin querer,
sin desaprender esa música
lejana -y conseguir,
en el día brumoso,
escuchar al silencio lleno de alas.

Sin querer
-nunca queréis, no quiero-,
vamos impulsados por remos
de una leña que no consume
el fuego que nos arde.

Sin querer,
caminamos hacia un final
que nos aguarda indiferente
-no es cazador- con su sima de olas
sin sal y sin espumas.

Sin querer,
ignoro si es posible
recobrar el aquí que ignoro,
o, ciego y en silencio,
sumergirme en el río
que me niegue a vosotros,
sin querer.

 

ULA

Aquella noche te llamabas Ula
y huías ululando por la nieve.
Aquella noche escandinava
en que las alas de la nieve
entraban por debajo de la puerta
y, ateridas, se desplumaban
-yo te veía figurarte en Ula,
estremecida por el fuego,
e internarte en el bosque
en connivencia con lo oscuro.

Es verdad que no traspasaste
la puerta de la casa
-pero ésa eras la otra-
mientras, melena al viento,
Ula, con pies alados,
asustaba a la noche.

¿Cómo lograste, cómo hubiste
que aquélla fueras, que la nieve
te cambiase aquel nombre
-y que tus pies dejaran
huellas legibles: y dejases
a tu conmigo amando
de mentidor testigo?

Y entonces me mirabas: cuando ibas
alzándote ululante
-delicada Eloísa de la nieve-
mientras yo el albedrío te entregaba
de mano de mi lengua.

 


 



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