"poemas"
de Djuna Barnes.

      

 


A UNA DE OTRO HUMOR

¿Oh amada querida, debería dejar
de mirarte, siempre con ojos húmedos,
y quejumbrosos besos de estos labios donde yace
más miel que en tus áloes? ¿Debería romper
aún más oscuras hierbas, y suspirando no perder de vista
con fingida lamentación y gritos temerosos,
rodeándote lentamente con blasfemias
porque estaría bailando? No, me falta
la necesaria torpe salmodia de la desesperación.
No resuena en mí tu sombrío humor,
ni está en mi corazón. Ni en ningún lugar
dentro de mi carne, la misma carne que enamoraste.
¿Entonces para qué aflojar mi trenzado pelo
ocultando mis ojos, y pretender que cavilo?

VERSO

Si alguien pregunta «¿cómo es enamorarse
De una que no puedes desechar, al ser ella más joven?»
Cómo debería ser, contestamos, quién puede probar que
La caída del diente de leche en la lengua,/
Es ya suficiente otoño en la boca.

(¿Los jóvenes?)

ELLA PASÓ POR AQUÍ

Aquí donde los árboles aún tiemblan por tu huida
Estoy yo y trenzo finos látigos para castigarte.
¿Cómo podremos encontrarte, a ti que te has ido
Toda vestiditos, ceceando por la ciudad?

Grandes hombres a caballo te cazan, y fuertes jóvenes
Usan sus flechas en el leve aire.
Pero a mí me escucharán silbando a donde voy
Trenzando largos mechones de hierba y de pelo semental.

Y en la noche cuando treinta halcones se eleven
En ritmo pendiente, y el borde del camino en ruidos;
Cuando ellos quemen campo y mata y seto,
Yo te robaré como un penique entre la multitud.

A UNA DE OTRO HUMOR

¿Oh amada querida, debería dejar
de mirarte, siempre con ojos húmedos,
y quejumbrosos besos de estos labios donde yace
más miel que en tus aloes? ¿Debería romper
aun más oscuras hierbas, y suspirando no perder
de vista
Con fingida lamentación y gritos temerosos,
Rodeándote lentamente con blasfemias
Porque estaría bailando? No, me falta
La necesaria torpe salmodia de la desesperación.
No resuena en mí tu sombrío humor,
Ni está en mi corazón: ni en ningún lugar
Dentro de mi carne, la misma carne que enamoraste.
¿Entonces para qué aflojar mi trenzado pelo
Ocultando mis ojos, y pretender que cavilo?

ANTIGÜEDAD

Una dama en una capucha de tela ligera
Con rectas lengüetas fijas y ojos mudos,
Y bellos labios finos y hábilmente dibujados
y extrañamente sabios.

Un camafeo, una gola de encaje,
Un cuello cuadrado con los ángulos bien puestos;
Una fina nariz griega y junto al rostro
una lustrada trenza.

Bajas, curvas hacia los lados, teñidas de ámbar
Las pálidas orejas atrapadas en su trampa.
Y un perfil como una daga yaciendo
entre el pelo.

QUISIERA QUE PENSASES EN MÍ

Como una que, recostada contra el muro,
una vez arrancó
Gruesas flores, y escuchó
el zumbido
De pesadas abejas lentas rondando la húmeda ciruela,
Y escuchó a través de los campos el paciente arrullo
De pájaros inquietos desconcertados con el rocío.

Como una cuyos pensamientos eran locos en el
doloroso mayo,
Con ojos melancólicos vueltos hacia su amada
Y hacia la inquieta tierra por la que
se extendió
El frío centeno y los nuevos espinos que echaban ramas–
Con un flaco sabueso andante, por sola compañía.

La soñadora

Cae la noche, en oscurecidas formas que parecen-
Tantear, con misteriosos dedos hacia la ventana -luego-
Descansan en el dormir, envolviéndome, como en un sueño
Fe mía -¡que yo pueda despertar!

Y gotea la lluvia con el mismo triste, insistente ritmo.
Temblando a través del vidrio, inclinándose lacrimosa,
Y suave golpetea, como pequeños pies temerosos.
Fe mía -¡qué tiempo este!

El plumoso fresno aletea; allí sobre el vidrio,-
El fuego moribundo lanza un parpadeante rayo fantasmal,-
Y luego se cierra en la noche y la lluvia cae suave.
Fe mía -¡qué oscuridad!

(Harper’s Weekly, 1911)

Ocaso de lo ilícito

Tú, con tus largas y vacías ubres
Y tu calma,
Tu ropa blanca manchada y tus
Fláccidos brazos.
Con dedos saciados arrastrándose
En tus palmas.

Tus rodillas muy separadas como
Pesadas esferas;
Con discos sobre tus ojos como
Cáscaras de lágrimas,
Y grandes lívidos aros de oro
Atrapados en tus orejas.

Tu pelo teñido cardado a mano
Alrededor de tu cabeza.
Labios, mucho tiempo alargados por sabias palabras
Nunca dichas.
Y en tu vivir todas las muecas
De los muertos.

Te vemos sentada al sol
Dormida;
Con los más dulces dones que tenías
Y no has conservado,
Nos afligimos de que los altares de
Tu vicio reposen profundos.

Tú, el polvo del ocaso de
Un amanecer húmedo de fuego;
Tú la gran madre de
La cría ilícita;
Mientras las otras se encogen en virtud
Tú has dado a luz.

Te veremos mirando al sol
Unos cuantos años más;
Con discos sobre tus ojos como
Cáscaras de lágrimas;
Y grandes lívidos aros de oro
Atrapados en tus orejas.

(De El libro de las mujeres repulsivas, 1915)

 

El lamento de las mujeres

¡Ay, Dios mío!

¡Ay, Dios mío, qué es lo que amamos!
¿Esta carne puesta en nosotros como un guante arrugado?
Huesos tomados deprisa de alguna lujuriosa cama,
Y por ímpetu, el empujón del diablo.

Qué es lo que besamos con prisa,
Esta boca que busca la nuestra, o aún más ese
Pequeño ojo lastimoso en la engañada cabeza,
Como si lamentara aquello que a nosotros nos falta.

Este pálido, este más que anhelante oído atento
Que oye de la lastimosa boca el suave lamento,
Para marcar la silenciosa y la angustiada caída
De aún otra caliente y deformada lágrima.

Brazos cortos y magullados pies muy separados
Para caminar eternamente con nosotros desde la salida.
¿Ay Dios, es esta la razón que amamos
-No son tales cosas golpes mortales al corazón?

(The Little Review, 1918)

A una de otro humor

¿Oh amada querida, debería dejar
De mirarte, siempre con ojos húmedos,
Y quejumbrosos besos de estos labios donde yace
Más miel que en tus áloes? ¿Debería romper
Aún más oscuras hierbas, y suspirando no perder de vista
Con fingida lamentación y gritos temerosos,
Rodeándote lentamente con blasfemias
Porque estaría bailando? No, me falta
La necesaria torpe salmodia de la desesperación.
No resuena en mí tu sombrío humor,
No está en mi corazón. Ni en ningún lugar
Dentro de mi carne, la misma carne que enamoraste.
¿Entonces para qué aflojar mi trenzado pelo
Ocultando mis ojos, y pretender que cavilo?

(Vanity Fair, 1923)

Transfiguración

El profeta cava con manos de hierro
En las inestables arenas del desierto.

El insecto vuelve a su larva;
Retorna a semilla la rosa trepadora.

Como humo hasta la vacía garganta de Moisés,
Irrumpen todas las palabras que dijo.

El cuchillo de Caín retira la estocada;
Abel se levanta del polvo.

Pilatos no puede encontrar su lengua;
Desnudo está el árbol del que Judas colgó.

Lucifer clama desde la tierra;
Cristo cae a su muerte.

A Adán vuelve la fastidiosa costilla;
Una criatura solloza en su flanco.

La extensión del Edén es espesa y verde;
El bosque se agita, no se ve una bestia.

Desencadenado, el sol, con rabiosa sed,
Alimenta al último día con el primero.


Djuna Barnes nació en Nueva York en 1882. Fue educada por su padre y su abuela hasta que empezó a estudiar Arte, en Nueva York, adonde se trasladó con su madre y hermanos. A partir de 1913, trabajó como ilustradora y periodista; en 1915 publicó The Book of Repulsive Women y en 1920 Harper’s Magazine la envió a París para escribir sobre los expatriados y vanguardistas, pero allí se transformó en uno de ellos. En 1922 publica la famosa entrevista con Joyce en Vanity Fair y al años siguiente una miscelánea a la que tituló: A Book. De 1928 es Ladies Almanack, aguda sátira sobre el lesbianismo parisino, auspiciado por Natalie Clifford Barney –Dame Musset en la ficción-, así como la novela Ryder, y de 1929 una nueva versión de A Book con algunos cambios y un título nuevo: A night among the horses. Con ela poyo de Peggy Guggenheim deja el periodismo y comienza a trabajar en su obra maestra El Bosque de la Noche (Nightwood), que publica en Londres y Nueva York en 1936, con prólogo de su amigo T.S.Eliot. En 1940 regresa a Nueva York, y alquila un pequeño apartamento en Patchin Place (Greenwich Village); en 1958 publica el drama The Antiphon, y en 1962 una edición corregida de los 10 relatos de 1929 con el título de Spillway. Ese mismo año editoriales de Londres y Nueva York publican sus Selected Works, que incluyen Nightwood, Spillway y The Antiphon. Hasta su muerte en 1982, escribe exclusivamente poesía. A fines de los 80 dos editoriales norteamericanas editan la mayor parte de su obra en prosa.

 


 



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