"dos poemas de Le pain la lumière"
por Maurice Blanchard.

      

 

 

Antares

Inmenso es el corazón del escorpión. Allí está en su prisión,
encadenado al dardo y al veneno. Allí está en esa arena inflamada,
junto a la sed del desierto, en su manto de sílex, para las caídas del abismo.

Allí está con sus troneras y buhardas, para la vida y para la muerte,
para la lluvia y el buen tiempo. ¡Qué inmenso era entonces el deseo!

Pero veamos, ¿dónde me encuentro exactamente? ¿En el deseo o en el desierto?
¿Estoy en la humareda de una noche de junio? ¿Estoy en una selva en marcha?
¿Estoy en la caldera del cielo que vierte sus serpientes entrelazadas en el abismo del horizonte?

El escorpión zozobró en el furor y creo que nadie, aquí, podría ordenar sus cordajes después de semejante tempestad, y además habría que saber si estaba el deseo en mi sangre o era mi sangre la que estaba en mi deseo.

 


Solsticios

Llega un día en que todo se aclara. Llega un día en que se grita ¡basta! al día que no quiere acabar. Llega una noche, una noche que no quiere acabar, una noche tan larga que el diamante estalla y se borra la lista de los agonizantes. Vuelve una aurora y sus ojos deslumbrados sobre la oleada de jóvenes espigas y corazones que sangran, vacilantes amapolas ebrias de vino y de sueño. Y el pasado vuelve a florecer en los sombreros de las muchachas.

« ¿Visteis a ese ciego siempre sentado sobre el puente de piedra? Toca el eterno vals del adiós y su acordeón se pliega y se despliega, y los arcos, los gruesos arcos de piedra se aproximan y separan, y siempre, en el mismo momento del año, el sol poniente y el río que reinician su amor, viran en redondo y remontan hacia la fuente.

¿Visteis a ese ciego?»

 


 



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