"desapariciones"
por Paul Auster.

      

 

Traducción de GABRIEL PINCIROLI y MARISA RIVERA
Nota de GABRIEL PINCIROLI
Título original: Desappearances.

Parpadear: un instante: respirar. El ojo se abre al mundo y luego se cierra sobre sí mismo. A cada lado del párpado se alza una ciudad indescifrable, el reflejo de un muro donde se refleja la imposibilidad. Apilamos las piedras de nuestro deseo mientras sentimos la nostalgia de ser: la inutilidad de todo gesto se repite hasta la muerte, hasta devolvernos al vacío, para aprender a decir yo, para enumerar el mundo desde la ausencia. En soledad intuimos la presencia de los otros en las piedras del muro que nos rodea: no hay dónde ir, todos estamos aquí, frente al muro. Parpadear: un instante que acaba y luego empieza de nuevo: respirar.

En Desapariciones, Paul Auster abre el presente para nombrarlo desde la dimensión de lo que somos: pasado, generaciones de constructores de muros. La experiencia del género nos devuelve a dónde somos: presente. En Desapariciones se desvanece el instante; su fragilidad es nuestra fragilidad. Sólo queda lo que nos excluye, lo que vive sin nosotros: el muro, un lazo genérico.


1.

A partir de la soledad, él empieza de nuevo
como si fuera la última vez
que respirase,
y por lo tanto es ahora
cuando respira por primera vez
más allá del control
de lo singular.
Él está vivo, y por lo tanto no es
sino no lo que se ahoga en el insondable hueco
de su ojo,
y lo que ve
es todo lo que él no es: una ciudad
de lo indescifrable,
y por lo tanto, un lenguaje de piedras,
pues sabe que en el total de la vida
una piedra
dará cabida a otra piedra
para hacer un muro
y que todas esas piedras
formarán la monstruosa suma
de pormenores.

2.

Es un muro. Y el muro es muerte.
Ilegible
garabato del descontento, en la imagen,
y en la imagen posterior, de la vida;
y los muchos están aquí
aunque nunca hayan nacido,
y también aquellos que hablarían
para darse a luz a sí mismos.
Él aprenderá el habla de este lugar.
Y aprenderá a morderse la lengua.
Pues ésta es su nostalgia: un hombre.

3.

Oír el silencio
que sigue a la palabra de uno mismo. Murmullo
de la mínima piedra
tallada a imagen
de la tierra, y que los que hablen
no sean
sino la voz que los habla
al aire.
Y él contará
de cada cosa que vea en este espacio,
y se lo contará al muro mismo
que crece ante él:
y para esto también habrá una voz,
aunque no será la suya.
A pesar de que él hable.
Y porque sea él el que hable.

4.

Están los muchos, y están aquí:
y por cada piedra que él cuenta entre ellos
se excluye a sí mismo,
como si también él empezara a respirar
por primera vez
en el espacio que lo separa
de sí mismo.
Pues el muro es una palabra. Y no hay palabra
que él no cuente
como una piedra en el muro.
Por lo tanto, él empieza de nuevo,
y a cada instante que empieza a respirar
siente que nunca hubo otro
tiempo, como si en el tiempo que ha vivido
se encontrara a sí mismo
en cada cosa que él no es.
Lo que respira, por lo tanto,
es tiempo, y él sabe ahora
que si vive
es sólo en lo que vive
y seguirá viviendo
sin él.

5.

En la faz del muro
él adivina la monstruosa
suma de pormenores.
No es nada.
Y es todo lo que él es.
Y si él no fuese nada, déjenlo entonces empezar
donde se encuentre a sí mismo, y que, como cualquier otro hombre,
aprenda el habla de este lugar.
Pues también él vive en el silencio
que viene antes de la palabra
de sí mismo.

6.

Y de cada cosa que él ha visto
hablará
-la cegadora
enumeración de piedras,
incluso hasta el momento de la muerte-,
aunque sólo sea
porque habla.
Por lo tanto, él dice yo
y se cuenta a sí mismo
en todo lo que excluye,
que es nada,
y porque él es nada
puede hablar, lo cual es decir
que no hay escapatoria
de la palabra nacida
en el ojo. Y fuera él o no
a decirlo,
no hay escapatoria.

7.

Está solo. Y desde el instante en que empieza a
respirar,
no está en ningún sitio. Muerte plural, nacida
en las mandíbulas de lo singular,
y la palabra que construiría un muro
a partir de la piedra más interna
de la vida.
Por cada cosa de la que habla
él no es,
y a pesar de sí mismo,
dice yo, como si también él empezara
a vivir en todos los otros
que no son. Pues la ciudad es monstruosa,
y su boca no experimenta
ninguna cuestión
que no devore la palabra
de uno mismo.
Por lo tanto, están los muchos,
y todas esas numerosas vidas
talladas en las piedras
de un muro,
y quien empiece a respirar
aprenderá que no hay dónde ir
excepto aquí.
Por lo tanto, él empieza de nuevo
como si fuera la última vez
que respirase.
Pues no hay más tiempo. Y es el final del tiempo
lo que empieza.

 


 



.
 

DOCUMENTOS

SOCIOS DDOOSS

OTROS ARTÍCULOS

ENTREVISTAS

CUENTOS

OTROS IDIOMAS

POESÍA

 

 

 .