"poemas"
por Philippe Jaccottet.

      

 


Dos poemas

Día apenas más amarillo sobre la piedra y más extenso,
¿no me podrás restablecer?
Sol al fin menos tímido, sol creciente,
restáñame este corazón.

Luz que te curvas para alzar la sombra
y sacudir el frío de tus hombros,
siempre he intentado comprenderte y obedecerte.

Es ahora, en febrero, cuando te yergues
muy lentamente como un luchador lanzado a tierra
que va a vencer
—levántame sobre tus hombros,
lávame de nuevo los ojos, haz que al fin me despierte,
arráncame ya de la tierra, que no la siga masticando
antes de tiempo como el cobarde que soy.

Ya sólo puedo hablar a través de estos fragmentos parecidos
a piedras que hay que levantar con su parte de sombra
y contra las que tropezamos,
más dispersos que ellas. -

Versiones de Rafael-José Díaz

Un poema

Ascendemos ahora por estas sendas de montaña,
entre prados que son como literas
donde el ganado de las nubes acaba de levantarse
bajo el báculo de los vientos.
Se diría que grandes formas van caminando por el cielo.

La luz se fortifica, crece el espacio,
las montañas parecen cada vez menos murallas,
e irradian, también ellas crecen,
los grandes guardianes circulan por encima de nosotros
—y la palabra que el milano traza lentamente, muy alto,
si el aire la borra, ¿no es la misma que pensábamos
no poder ya oír?

¿Qué hemos cruzado ahí?
¿Una visión, semejante a una tierra azul sembrada?

¿Conservaremos en el hombro, más de un instante,
la huella de esta mano?-

 

La preocupación

I

Con pequeñas palabras
se dice una vida pequeña.

II

Quisiera que esas voces se callaran
y que todo fuera algo menos deprisa,
sin fuerza ni demoras:

puedo guardar entre mis palabras,
con bastante paciencia,
si no a la durmiente misma
o a la tierra en sus caminos,
al menos un poco de luz
que hicieron subir para mí,
porque la luz es más fiel
a las palabras que a los bosques.

III

Todo se aleja y a tanta distancia,
¿o es que soy yo el que os abandono
sin que parezca dar un paso?
Cerca sólo están los enemigos,
cada vez más cerca a medida
que las cosas pierden su peso.

IV

A quienes vivís en este sitio,
vestidos de colores,
de palabras, deseos,
vuelvo a veros bajo tierra
sentados como estatuas
que erosiona un viento atroz.

V

¿Y la mujer, los amigos,
el vino que brilla a la luz de las velas,
el dulce sol de invierno,
esta piedra, recuerdo
de los acantilados de la Mancha?

Así brillan los pájaros en torno
a las campanas, y luego
la sombra entierra hasta sus gritos.

 

La voz

¿Quién canta allí cuando todos callan? ¿Quién canta
con pura y apagada voz ese canto tan hermoso?
¿Será en las afueras de la ciudad, en Robinson,
en un jardín cubierto de nieve? ¿O aquí cerca
alguien que no esperaba que pudiéramos escucharlo?
No nos impacientemos
ya que el día no viene precedido, ni mucho menos,
por el pájaro invisible. Pero permanezcamos
en silencio. Una voz sube, y como el viento de marzo
le otorga fuerza a la envejecida madera, nos llega
sin lágrimas, más bien sonriendo ante la muerte.
¿Quién cantaba allí cuando se apagó nuestra lámpara?
Nadie lo sabe. Sólo al corazón que no busca
ni la posesión ni la victoria le será dado oírlo.

El ignorante

A medida que envejezco, crezco en ignorancia;
a medida que más vivo, menos poseo y menos reino.
Un espacio a veces de nieve o a veces brillante,
mas nunca habitado, es todo lo que tengo.
¿Dónde se halla el que lo legó, el guía, el guardián?
Permanezco en mi habitación y al principio callo
[silencio doméstico, instalador de un poco de orden]
escuchando las mentiras que se alejan una a una:
¿qué queda de todo eso?¿qué le impide al moribundo
dejarse llevar por la buena muerte? ¿Qué fuerza
le hace hablar aún entre sus cuatro paredes?
Yo el ignorante, el inquieto, ¿llegaré a saberlo?
Pero ya sé realmente quién es el que habla,
y su palabra penetra con el día, aunque algo vaga:
“Como el fuego, el amor sólo establece su claridad
sobre el error y la belleza de los leños en ceniza…”

Caminata al final del verano

Avanzamos sobre peñascos cubiertos de conchas,
placas hechas de libélulas y arena,
caminantes enamorados, sorprendidos de su propio viaje,
cuerpos provisorios, reencuentros sin fortuna.
Una hora de descanso en las terrazas bajas del litoral.
Palabras sin demasiado eco. Destellos de hiedra.
Caminamos rodeados por los últimos pájaros del otoño
y bordonea la flama invisible de los años en el madero
de nuestros cuerpos. Agradecimientos sin embargo
al viento que entre las encinas no sabe callar.
Abajo se amontona la bastedad de los muertos antiguos,
la precipitación del polvo que antaño fuera claro,
la petrificación de las mariposas y los enjambres,
y en la parte baja del cementerio semilla y piedra,
las bases de nuestro amor, de nuestras miradas y quejas,
lecho profundo del que se aleja de noche cualquier temor.
Arriba tiembla lo que aún se resiste a la derrota,
arriba brillan las hojas y los ecos de alguna fiesta;
antes de hundirse a su vez en los cimientos
los vencejos fulguran encima de nuestras casas.
Luego llega por fin lo que podría vencer nuestro infortunio,
el aire más ligero que el aire y en las cimas la luz,
tal vez las palabras de un hombre evocando su juventud,
oídos cuando la noche se acerca y que un vano ruido de guerra
por décima vez viene a molestar la exhalación de los campos.

 

El poeta tardío

El poeta tardío escribe:
“Mi espíritu se deshilacha poco a poco.
Incluso la malva rosa y el pinzón me parecen lejanos
y lejanos cada vez con menor seguridad.
Llegaré incluso a solicitar
que me descarguen de este saco de luz:
¡gloria extravagante!”
¿Quién entre estas bellezas responderá?
¿No habrá alguien entre ustedes,
incluso sin decir nada, para venir en pos de él?
Vaya, como se dispersa, la manada de fuentes
que creímos haber conducido alguna vez por estas praderas…
He aquí que a partir de entonces
cualquier música de antaño se le sube a los ojos
convertida en gruesas lágrimas:
“Vuelven los alhelíes y las peonías,
la hierba y el mirlo también,
pero la que esperamos ¿dónde? ¿dónde las esperadas?
¿Acaso nunca más volveremos a tener sed?
¿Ya no habrá más cascadas
para que aprieten en sus manos la fresca cintura?
Cualquier música te aflige desde entonces
con el peso de las lágrimas”.
El hombre sigue hablando,
y su rumor avanza como un arroyo de enero
con ese temblor de hojas cada vez que un pájaro
asustado huye gritando hacia allí donde la lluvia escampa.

 

Tú estás aquí

Tú estás aquí, el ave de viento gira
Dulzura mía, herida mía, amor mío.
Viejas torres de luz se desvanecen
Y la ternura entreabre los caminos.

La tierra es ahora nuestra patria.
Entre la hierba y las aguas avanzamos,
Del lavandero donde brillan nuestros besos
Al espacio que fulminará la guadaña.

“¿dónde estamos?” Perdidos en el corazón
de la paz. Aquí, bajo nuestra piel,
bajo la corteza y el barro, sólo habla.

Con su violencia de toro, la sangre
Fugitiva que nos confunde y nos conmueve
Como esas maduras campanas sobre el campo

 

Ahora sé

Ahora sé que no poseo nada, ni siquiera
Ese oro hermoso hecho de hojas marchitas,
Ni esos días que vuelan del ayer al mañana
Con grandes aletazos hacia una feliz patria.

La emigrante mustia, la belleza liviana, huyó
Con ellos, con sus falaces secretos,
Envuelta en brumas. Sin duda la conducirán
A otro lugar,; a través de estos bosques lluviosos.

Como antaño, me hallo en el umbral de un invierno
Irreal, donde canta el pardillo, obstinado, única llamada
Que no cesa, como yedra . Mas ¿quién puede decir

Cuál es su sentido? Veo mi salud disminuir,
Semejante a ese leve fuego de más allá de la niebla
Que un frío viento aviva, apaga... Ya es tarde.

 

Interior

HACE mucho tiempo que intento vivir aquí,
En esta habitación que aparentemente amo,
Con la mesa, los objetos indiferentes, la ventana
Que se abre al final de cada noche a otro ramaje,
El corazón del mirlo late e la hiedra sombría,
En resplandor consume en todas partes la antigua oscuridad.

Yo también acepto creer que todo es aquí dulce,
Que estoy en mi casa, que el día será hermoso.
Pero justo al pie de la cama está esa araña
(A causa del jardín) que no he pisoteado
Bastante, y se diría que aún fabrica
La trampa que espera a mi frágil fantasma

 

Herida vista de lejos

¡Ah! El mundo es demasiado hermoso para esta sangre mal
envuelta
que busca siempre en el hombre el momento de huir
Al que sufre, su mirada lo quema y él dice no,
no está ya enamorado de los movimientos de la luz,
se pega contra la tierra, no sabe ya su nombre,
su boca que dice no se clava terrible en la tierra.
En mí se han unido los caminos de la transparencia,
recordaremos mucho tiempo las ocultas tertulias
pero también sucede que sea sospechosa la balanza
y cuando me inclino, vislumbro el suelo de sangre manchado
Hay demasiado oro, demasiado aire en ese brillante avispero
para el que se inclina vestido de papel malo.

Aquí estás, gira el pájaro del viento,
tú, mi dolor, tú mi herida, mi bien.
Se ahogan torres de luces antiguas
y la ternura entreabre sus vías.
La tierra en adelante es nuestra patria
Vamos entre la hierba y el agua
de este río en que irradian nuestros besos
vamos al espacio en que fulminará la guadaña.
“¿Dónde estamos?” Perdidos dentro de
la paz. Aquí, nada habla ya, excepto
bajo esta piel, bajo la corteza y el lodo,
con su fuerza de toro, la sangre
huidiza que nos enreda y nos sacude
como en los campos sus maduras campanas.
*
Ahora sé que yo nada poseo,
ni siquiera el oro de las hojas pudriéndose,
aún menos los días yéndose al futuro
batiendo alas hacia una feliz patria.
Huye con ellos la ajada emigrante
la belleza débil, con artilugios,
vestida de bruma. Quizá se haya ido
por esos bosques de lluvia. Como antes
vuelvo al umbral de un invierno irreal
en que canta el pardillo terco, y llama
sin parar, cual la hiedra. ¿Quién dirá
su sentido? Veo mi salud vuelta
como este fuego breve ante la niebla
que aviva y borra un viento frío. Es tarde.

(Traducciones de François-Michel Durazzo)

 

 


 



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