" Antología poética "
por José Antonio Muñoz Rojas.

      

 


Desde la atalaya de su edad, José Antonio Muñoz Rojas (1909-2009) ha visto discurrir ante él la fiebre vanguardista de los años veinte, la poesía «entre pureza y revolución» de los treinta, la oposición entre garcilasismo y tremendismo de los cuarenta, el socialrealismo y las estéticas que se abren hacia el medio siglo, las poéticas del 68, la poesía figurativa y la minimalista... Él ha atravesado un siglo bebiendo en todas las fuentes, pero sin que los influjos hayan empañado el timbre de su voz: una voz interior, matizada, pronunciada como entre paréntesis.

Ardiente jinete
XV

Amor, es necesario desear algo,
aunque sea la lluvia o la escarcha;
lo que no puede ser
es permanecer ante las montañas
sin dirigirles palabras cariñosas,
ver los ríos viajar continuamente
sin desearles buen viaje.

Hay que ser complaciente con todas las cosas,
las que existen y las que no existen.

No olvidar cuando salgamos
que no sabemos cuándo será el retorno,
y que puede presentarse la ocasión
de convidar a migajas de pan a los gorriones,
a pan y sal a los borregos,
que podemos ir a parar a la Arabia,
donde los camellos se mueren de sed,
y les salvaríamos la vida
si con la cartera y el portamonedas
hubiéramos puesto en nuestro bolsillo
un vaso,
que el agua ya se encargarán los cielos
de que no falte.

XVII

Yo quiero que seas todas las cosas,
y te confundo frecuentemente con los recuerdos.

Amor, ¿cómo vas a alejarte,
si no tienes dónde ir?

¿Crees que todos compartirán contigo un lecho,
y que todos te esperan a cenar?

Amor, ¡no seas inocente!
Lo más que te quieren es como quieren a las aves,
lo más que te recuerdan es como a los recuerdos.

¿Qué has hecho, amor, qué has hecho?
¿Pero otra vez te has ido?
¡No tardes! ¡Ven!

Canciones
La madre

Y la madre soñaba oscuramente:

será rubio, tendrá estos ojos mismos.
Le amarán las muchachas. Una tarde,
de pronto, llorará junto a una rosa.

Le crecerá la angustia sin saberlo,
y cada nuevo umbral será una herida.
Temblará al traspasarlos, hijo mío,
acaso una paloma, acaso nada.

El viento por la frente, las caídas
hojas que se acumulan, los rumores
del corazón callados. Nadie sabe
las formas repentinas de la dicha.

Yo lo siento aquí hondo en mis entrañas
el río de tus años que me deja
una nostalgia antigua, una dulzura
vieja en mi corazón como la sangre.

Me hace toda ribera, toda muro,
donde lamen las aguas de tu vida.
Torno otra vez a ser niña jugando,
corriendo como niña entre las rosas.

¡Oh sueño en mis entrañas!¡Oh río alto,
resonando de siempre en mis entrañas!

[A mí me ha sucedido muchas veces]

A mí me ha sucedido muchas veces
ir caminando y encontrarme
de pronto una palabra que había dicho
hace tantos amores a estas horas,
hace tantos latidos y amarguras,
cuando la adolescencia. Ella tenía
aproximadamente dieciocho
años, y unos cabellos que las brisas
adoraban, diciéndole al oído:
nunca los tuve iguales en mis dedos.

Vivir no se medía, se gozaba
asomado a un pretil de donde el mundo
era un suelo extendido de hermosura
que rodeaba el júbilo, y el gozo
se llamaba José como me llamo,
urgía con los latidos de aquí dentro
un millón de esperanzas por minuto.

A mí me ha sucedido muchas veces
encontrarme con sombras y decirles:
sois las mismas, acaso conocéis
este viejo aposento, y verlas irse
como un poco de humo, como un poco
de hermosura. La vida es eso, sombra.

A mí me ha sucedido muchas veces
buscarme inútilmente, no encontrarme
aunque estaba citado en la esperanza
a una ternura fija, y ver pudrirse
las rosas que llevaba entre las manos.

Y hallar que la palabra no servía,
que era inútil el canto, derrotada
la palabra en los labios, miel sin nadie,
en busca de su labio. Duramente
el corazón aprende sus congojas
para saber un poco. No es alegre
llegar a esta certeza del vocablo
inútil casi siempre, casi nunca.

Claro que no son sólo estas orillas.
Las hay sin amargura, aunque se acaban
en apariencia, pero no se acaban
porque se miden con la sangre. Tienen
nombres que apenas tienen nombre. Dicen
al corazón dulzura, nos derraman
generosos al mundo, nos reviven.

A mí me ha sucedido muchas veces
ir caminando y olvidarme
de todo en la esperanza. Dios sin duda
nos coge de la mano. ¿No es su mano?

A merced de las horas, sin derecho
más que a un poco de aire, de hermosura,
nacemos, y es bastante. A veces sobra.
Todo en fin es amor. Me ha sucedido
encontrarme a menudo que no peso,
que esto que llaman por llamar no tiene
más que un nombre, querencia. Va a lo alto
inevitablemente. Va a lo alto
como el chopo y el bien. Sigue a lo alto.

 

Elegía

No puedo negar amor a estos cabellos perecederos,
aunque los sepa detenidos un punto en el oro
en su camino hacia las nieves eternas.
Ni a estos perfiles al sol, con el sol acabando,
ni a estos cuellos o tallos pendientes de un estío.
Sin mi voluntad
cae el peso de mi amor sobre tallos cabellos,
a pesar de la brevedad de la flor de la aurora,
de la rosa o paloma que en las manos me dejas,
de los arroyos o cabellos que desencadenas en mis brazos;
a pesar de lo negra y lo honda
que se hace la noche sin ti;
a pesar de los espejos extraños
que dondequiera se forman al dejarte;
a pesar de lo eterno,
o tal vez porque lo eterno es tu fuga.

 

Al dulce son de Dios
[¡Qué hermoso nacer para esto que nacemos!]

¡Qué hermoso nacer para esto que nacemos!

Para entregarle cada día al sol nuestros cuerpos,
y los cabellos al mensaje que la lluvia les trae;
para escuchar alternativamente a la esperanza y los pájaros.

¡Qué hermoso nacer entre praderas,
o entre collados que nos dicen: «Recuéstate»;
ir con el indolente pie dudando
si usar de la oferta de sombra que la nube y el árbol,
a una con su belleza, nos brindan!
O entre ríos que sólo tienen palabras de dulzura.

¡Qué hermoso nacer para entregarse a los hermosos cabellos
que, extendidos, son ríos que de pronto se callan,
dejando ardiendo los deseos renovados del aire,
y los hombros, remansos del cuerpo,
donde la pasión se reclina y refresca,
y las cinturas y las piernas como saetas!

¡Qué hermoso nacer y darse al gran amor de la tierra,
y ofrecerle materia y lugar de expresarse;
qué hermoso escucharlo cuando el sol se nos pierde,
y saber que sólo se trata de un viaje pasajero,
que continuamos y continuamos, que somos expresiones,
que el agua está entendiendo lo que digo
tan bien como tú a quien mi canción se dirige!

¡Qué hermoso pensar que el mar es dondequiera,
extensión dondequiera, de aguas convocadas,
que en azul o que en verde le contestan al cielo,
como tus ojos, que responden con color a los míos!
Y si digo «Tierra», pienso lo que piensas,
lo que todos sentimos, compañía
y morada donde el amor tuvo nombre,
lugar que nunca rehusó asilo
a miembros humanos por cansados que fueran.

Y entre tantas cosas que de amor son motivo, no hay sitio
para nada que el amor no proclame;
que todo lo que se nombra tiene belleza en nombrarlo,
incluso esta canción que a ti va como un ave.
Hermoso, por la virtud que confiere a las cosas,
el nombre, con sólo rozarlas,
las saca a la vida donde no hay resquicio
para nada sin nombre o belleza.

¡Qué hermoso nacer y sacarle a los pechos de nuestras
madres esa leche de tan blanca hermosura,
y amarla, y a las cosas, e irse diciendo:
«Esta es la lengua del amor, y no hay otra;
y quien no hable de amor no ha nacido,
que sólo al amor se nos dio nacimiento».
Decir amor y perderme es lo mismo,
mas no decirlo es peor que la muerte;
que en un instante abre el sentido a todas las hermosuras.

¡Qué hermoso nacer para morir,
y repentinamente ver la claridad que el agua y la llama llevan en sí mismas,
y ver la contenida hermandad de muerte y belleza,
la obra de Dios entre las obras!

¡Oh, qué gran rosa en las manos la muerte!
¡Oh sombra que aclara las sombras!
Esta gran rosa, la muerte, nos fue dada
porque entre tanta hermosura vamos a ciegas,
porque los ojos son chicos y el mar inmenso,
y el tiempo de ver reducido sin tino,
y las cosas con un revés que no alcanzamos.

Mas con esta rosa, Señor, ya no hay duda,
sino hermosura doquier que es tu nombre.

 

El Cristo de Velázquez

Inmóvil y perfecto, estás clavado.

Nuestra mortal angustia se estremece
cuando ni sombra de dolor parece
donde todo el dolor se ha consumado.

Grita, Señor. Retuércete. ¿El costado
no atravesó una lanza? ¿No te mece
el dolor en su cuna? ¿Qué flor crece
en tu frente, que así te ha coronado?

¿No es tu sangre de hombre la que vierte
el cuerpo, ni sudor el que derramas,
ni peso humano el que te tiene inerte?

¿Por qué, entonces, Señor, hombre, no clamas?
¿O es que te tiene en pie frente a la muerte
la fuerza de lo mucho que nos amas?

 

Paso de Dios

Señor, ¡cómo has venido azul sobre la tierra,
tras tantos días oculto tras tu lluvia y tu viento!
Difícil como un monte, Señor, te vela a veces
tu propio poderío. Y vamos ciegos, lentos,
lo mismo que un camino borrado por las yuntas.
Mas hoy tu sol, tu azul, el aire de tu paso,
un temblor que decía, Señor, que te acercabas,
hacía todo vibrante, el tronco y el renuevo,
orlaba las veredas con la flor, la esperanza,
y un calor que venía de lo hondo de tus hornos
calentaba la tierra. ¡Qué vaso rebosante
la tarde, derramándote, Señor, en su dulzura
sobre tus mismas cosas! Mi corazón estaba,
como siempre, al acecho, y temblaba en la espera,
siempre espía de tus pasos.

Esto es largo y oscuro.
La palabra no sirve. La palabra se quiebra.
A veces te balbuce la lengua, y queda todo
en silencio y tiniebla. A veces, la mirada
de un niño te recoge: una luz repentina
que remata los árboles; la hierba que suspende
una gota que tiembla: haces de nuestra carne
espejo de un instante, y luego todo sigue.
Se siente tu ruido, tu terror, tu belleza.

 

Sonetos de amor por un autor indiferente
Esta adivinación de tu figura

Esta adivinación de tu figura,
esta impresión del alma que enternece
el cristal, esta sombra que parece
un recuerdo que sale en la espesura

donde están los recuerdos y apresura
al verlo el corazón, y que estremece
el mundo en una luz que crece y crece,
hasta donde el temblor no tiene altura,

comparación no admite con aquella
imagen que yo llevo dibujada
dentro del corazón en que te siento,

que donde va mi sangre va su huella,
y donde van mis ojos su mirada,
y donde va mi voz, pone su acento.

 

Yo te daría, amor, yo te daría

Yo te daría, amor, yo te daría
la viña y el almendro y el olivo,
la tapia que le sirve de recibo
a tanta madreselva y lozanía.

Y luego con mis brazos le daría
descanso a tanto pensamiento esquivo,
y luego con mis ojos, a lo vivo
de tu alma hiriendo en gozo, llegaría.

Porque en la tarde tengo tan contenta
una brisa que sabe lo que quiere,
y le habla al hueso con ternura tanta,

que el puro hueso en dicha se acrecienta,
y no sabe si vive ya, si muere,
la voz o la delicia en la garganta.

 

Abril del alma
XII

Como el viento en los trigos por abril, tu recuerdo
va removiendo olas de dulzura en mi frente.
¡Qué tierno se hace el mundo, y qué razón recobra!
¡Qué resonancia clara sale de las cavernas
donde tienen su fuente los sueños más remotos,
y qué dulce se extiende por miembros y campiñas!

Dejadme a mi ternura, que, rey de mi ternura,
no hay frontera en el mundo ni mar que no traspase.
¿Eres tú abril, o abril es ese espejo hondísimo
que se forma en mi alma cuando me asomo a ella?
¿Quién más abril que tú, que eres la primavera
del alma con la sola razón de haber vivido,
que sales como abril del campo sin trabajo,
lo mismo que la alondra de los trigos recientes,
con raíces tan fuertes como troncos de encinas,
y con flores tan frágiles como flores de encinas;
que poco a poco vas quitando a la esperanza
sus últimos rincones y se los das al gozo,
que en trance tal de júbilo colocas al espíritu
que pierde la razón del tiempo en su existencia?

[Ya no sé desear más que la vida]

Ya no sé desear más que la vida,
porque entre las victorias de la muerte
nunca tendrá la grande de tenerte
como una de las suyas merecida.

Y porque, más que a venda y más que a herida,
está mi carne viva con quererte,
e, igual mi corazón que un peso inerte,
halla su gravedad en tu medida.

¡Qué temblor no tenerlo en ningún lado,
ni en el pecho, la vena o la palabra,
y a lo mejor en valle, fuente o roca!

¡Corazón prisionero y emigrado,
que con cada latido el hierro labra,
y que convierte en sueño cuanto toca!

 

Dedicatorias y divertimentos
Miguel

Tú, mejor que nadie, a tus alturas,
sabes que no, Miguel, sabes que no.
Mientras mordiste el ajo vivo
y la almendra amarga y las collejas,
y te agarraste a la esteva, y fue el silbido
tu palabra; mientras bañaste
en tus ojos la luz del campo, y no cubriste
sino con cáñamo tus pies, y acariciaste
tu libertad para ti mismo.
Mientras mordiste los ásperos limones
y el barro, Miguel, que era tu nombre, fue tu tierra,
y hablaste con silbidos los diálogos
de la tierra, la madre, fue en tus labios
fiel clavel de la tierra, la palabra.

A mi hermano Juan

Querido Juan, el tiempo que nos tiene
cogidos en sus horas, que nos lima
la ocasión de gozar, la breve cima
en que el vivir se colma y se entretiene

en júbilo la sangre y se nos viene
la palabra mejor, y nos anima
a lo bueno del mundo, el alto clima
de Dios que nos calienta y nos mantiene;

para los días de la gente, el tedio,
la inclinación oscura donde quiera,
el bien huido, el mal necio y sin tino.

Que Dios nos tenga, Juan, de medio a medio,
nos dé la paz de dentro y la de fuera,
la gracia de ver claro en el camino.

Cancionero de la Casería
Altos mayos. VII

¡Si no tuviera la voz
como la tengo, perdida!
¡Si no tuviera la vida
como la tengo!
Tu hoz,
antes de la luz primera,
entre la rama y la rama.
Tu palabra se derrama,
agua, fuego. La caricia
de tu mano. La delicia
en tus labios la sembré,
y luego nació. Se hizo
árbol alto, muerte, rizo.
Con un suspiro, con una
gacela (no digas pena,
aunque mordía). La luna
no ha visto otra. Caballo
de hermoso cuello, los remos
brillantes, listos. ¿No subes
sobre la grupa? Iremos
más arriba de las nubes,
entre los ojos, por esa
llanura, no digas frente,
hombros que llaman ternura,
labios de prisa y dulzura,
despacio, deprisa, aprisa.
¡Viene sola y de repente!

 

Olivos

Vosotros sin olor, duros olivos,
qué árbol no llamaré, que diré hermanos,
tan amorosos, aunque tan sin manos,
y tan serenos, aunque tan esquivos,

que bajáis las cañadas fugitivos
y coronáis en paz los altozanos,
vosotros, cuya flor os vuelve canos,
cuyo ejemplo nos torna pensativos;

vosotros, cuyo tronco es lumbre luego,
y cuyo fruto aceite que acompaña
al hombre por su muerte y por su vida:

oíd con bendición mi justo ruego,
y derramad sobre la vasta España
vuestra flor, toda en fruto convertida.

Las cosas del campo
Tierra eterna

Sola y eterna, tierra de arados, de sementeras y de olivar, mil veces regada con sudores de hombres, con cuidados, con maldiciones, con desesperaciones de hombres, hermosura diaria, espejo y descanso nuestro.
Nunca cansas, siempre lista, inscrita una y otra vez por hierros y por huellas, volcada por rejas al sol y a la lluvia, a todo tempero, siempre con la dádiva conforme al trabajo, medida a nuestros huesos.
¡Ay de los que te olvidaren, de los que en su piel y en sus ojos pierdan tu recuerdo, de los que no se refresquen contigo, de los que te pierdan de alma!

 

Cantos a Rosa
Rosa de siempre

Tú de verdad, y para ti mi vida.

Rosa de siempre, lo mortal te sabe
de memoria y amor. ¿Qué en ti no cabe?
Mi verso para ti. Tú, su medida.

Pedazo de mi tiempo, de mi herida,
me llevas y te llevo, mar y nave;
¡oh Rosa!, ¿qué hará el labio que te alabe
más que alabarte? Lo fugaz se olvida,

pero nunca la luz. El viejo río
seguirá su camino al mar, la nada.
Por los aires de Dios la primavera

seguirá proclamando el poderío
de lo que pasa, ¡oh, Rosa!, condenada
por dentro a florecer, morir por fuera.

 

XII

Rosa, mi corazón, mi latifundio,
mi campo de amapolas, mi arroyuelo,
mi torreón de mirlos, mi rocío,
mi noche de verano, mi proyecto
al fresco de la tarde, mi ola, ¡salta,
salta a mis brazos! Deja que revuelva
un poco tu cabello, mientras pienso
en la colmena oscura, con las mieles
ya colmadas de agosto, y el murmullo
de las abejas. Corazón, mi Rosa,
te adoro simplemente. ¿Te lo he dicho?

 

XXX

¡Oh, no te muevas, Rosa! Queda siempre,
siempre tranquila en tallo y en belleza,
como te veo, olor y sentimiento.
Tranquila en transcurrir, mas sin moverse;
tranquila en respirar sin perder vida;
tranquila en apariencia, mas creciendo
en tu ser mismo de belleza y gracia,
de nave eternamente y sin arribo,
de dulzura en aumento y sin llegada,
de esperanza subiente y sin cansancio,
de ternura voraz y con sosiego,
de Rosa eterna en corazón crecida.

Consolaciones
[Decir es siempre hermoso]

Decir es siempre hermoso.

Poder decir, cantar:
o irse por jardines
la primavera y luego
dejar la primavera
y encontrar aquel niño
que acaso fuimos. Irnos
con él, irle contando
lo que fuimos. Oírle:
igual que yo, lo mismo.

 

Lugares del corazón en nueve sonetos que lo celebran
[Tengo el recuerdo aquí. La luz aquella]

Tengo el recuerdo aquí. La luz aquella
del jardín por la tarde en el estío,
y los vencejos en el ancho río
de la tarde tranquilamente bella.

¡Oh Señor, oh terror!, tu amor lo sella,
y el instante no pasa. En el sombrío
jardín, el agua, el tiempo, sigue. Mío
sigue el instante aquel, sigue la huella

de su paso en el alma. La memoria
va escribiendo la tarde y el relente
y el frescor del jardín recién mojado.

Alguien se acerca. Y es la misma historia.
Alguien que llega. Tú. Precisamente
hablábamos de ti cuando has llegado.

 

Oscuridad adentro
Tiempo y hombre

Va siendo ya para la voz cansada
disperso el recordar, loca la hora,
pasando más deprisa y más señora
de este río sin tregua. Encadenada

la acción al desear, y la mirada
sin romper en lo oscuro, y sin demora
empujando la mano destructora
¿de quién y para quién?, ¿hacia qué nada?

¡Oh tiempo!, Dios te suelta con el aire,
respiración, latido, pobres gentes
que han de labrar con tiempo sus asuntos.

Araña inútil, hombre, tú donaire
del tiempo, entre las manos inclementes
del tiempo, tiempo y hombre siempre juntos.

 

Espejo interior

A lo de siempre vuelvo desde siempre:

a la mano primera y a la casa,
al mayo de celindos y gayombas,
a las ruedas del tiempo en los umbrales,
tras la paz albergada, a aquellos ojos
de ternura conmigo, a los silencios
escogidos.
El corredor de losas relucientes,
la escalera subiendo a la ventura
del sabido calor, y los serones
de la Alhajuela rebosando frutos.
Y luego mayo, loco en la Ribera,
los ruiseñores locos en el Huerto
de Perea, cantando locos, mientras, lentas,
las ruedas del trabajo y de la lana
las aguas de la sierra iban moviendo
bajo murallas nobles.
Los ojos, aves locas, se escapaban
en vuelos de miradas, al prodigio
del agua y de la rueda, a los olores
de gayomba y culantro, a los colores
de malvas y amapola, a los vencejos
zurciendo en el azul blancos retazos.
¡Oh, este espejo interior, donde aparece
el de hoy, el de ayer, el siempre niño!

Tu oficio, poeta...

Para que algo quede de este latir,
para que, si alguien quiere mirarse, pueda;
para calmar quizá alguna sed, y que alguien diga
«a mí me pasó algo semejante».
Los poetas estamos para eso:
para ofrecerles tránsito a los demás,
para que se encaramen sobre nuestros latidos, y que divisen
un poco más allá, en medio
de tanta oscuridad como nos circunda.
A veces nada tiene sentido, ni siquiera
que me des la mano o ese
limón redondo tan bello en la vereda.
A veces lo que tiene sentido no tiene sangre,
ese poco de sangre por la cual se muere.
Todo es ganas de morir de otra manera,
ganas de imitar a los ríos y que la tierra vea
que hay otras aguas y otras penas, y los cielos
contemplen misericordiosamente
nuestras peregrinaciones.
Tu oficio, poeta, es contemplar,
que todo se te escriba dentro; luego,
quizá leer allí mismo, quizá decir a los otros
lo que allí mismo, escrito, tú lees.

Olor a jazmines

He entrado en la casa deshabitada de todo,
salvo de un extendido olor a jazmines
que la llenaba. Me he quedado
como vestido de su olor, como penetrado
de ese mundo fuera de mí, parte de él,
con tantas sombras que participan de este olor,
aire hoy sólo animado por el aroma de los jazmines,
a quien setiembre saca su blanco más profundo,
como a una vieja arpa su mejor sonido
una mano antigua, o a unos huesos cansados
su quejido, el amor.
Errabundo por la vieja casa me he perdido,
buscándome a mí mismo,
a ver si por fin me encuentro. El errabundo
olor de los jazmines me persigue.

Objetos perdidos
IV

Ahora que tantas cosas están perdiéndoseme,
ahora que tantas cosas están olvidándoseme,
ahora que tantas cosas aparecen en rincones perdidos,
un pañuelo olvidado, la flor aquella,
un olor, el nombre de este rostro? El nombre?
Por Dios, dónde está el nombre?
El nombre, el nombre. Tiene barba y mujer.
Me habla cariñosamente, pero sin nombre.
Seguro que es el mismo, con barba y sin nombre,
una mirada dulce y sin ponerle nombre.
Lo malo no es que se nos pierdan
sino que no sabemos dónde se nos pierden,
tantos objetos perdidos como se nos pierden,
un montón de objetos perdidos es la vida.
Y la memoria trabajando en lo oscuro,
buscando incesante, escarbando en lo oscuro,
un animalillo escarbando por dentro,
buscando por dentro. Y nada, nada.
Una mirada dulce con barba y sin nombre.
Y por fin y de pronto: se llama «Montaña».

XVII

Hay palabras que se unen y crean.

Su unión siempre es fecunda. Quien las tenga
de huéspedes en el alma será salvo.
Decirlas es perderlas. Viven dentro.
Sus nombres son Silencio y Soledad.
Y su fruto la paz. A veces nuestra.

XXIII

Una vez más, Señor, me condenas perdiéndome
las gafas; una vez más me pones en trance
de maldición y pecado. Por favor, devuélvemelas.
No es, Señor, que me las pierdas, es que me las escondes
y me dejas sin ver. Es que nos quieres ciegos? Que no veamos
el horror que nos rodea, tantas cosas terribles
como hay que ver cada día? Es una muestra de tu misericordia
dejarnos sin ver? Por qué no te llevas
la mirada, esa ave? De todo nos priva nuestra
desesperación de ciegos, hasta de ese olor
del jazmín vespertino, de la escapada de puntillas
de la tarde, de aquellos que tú bien sabes
su nombre, porque tú eres su invención,
tú le pusiste nombre, amor,
y aquí ando las veinticuatro horas del morir de cada día
sin ver, hasta donde lleguen los hastas,
hasta que un toque en el hombro y una voz diga:
«No busques más lo que tienes delante».

 

Entre otros olvidos
[De puntillas ha entrado en mi alma]

De puntillas ha entrado en mi alma
sin sentirlo, ni si el alma tiene puertas,
aunque he sentido pasos, y calor,
y ese silencio que sucede.
No hay silencio como el de la soledad,
que no es tan fácil como se dice
eso de estar solo (pero eso es otra cosa,
siempre todo es otra cosa). Pero vuelvo
a la soledad que tan bien se lleva,
con ese silencio que se hace
en la soledad, y desvanece las compañías
que no son soledad, y nos hace
andar por dentro, sintiendo las resonancias
del silencio en la soledad, las olas
de la soledad en el silencio.

[Siempre está lo inexpresable]

Siempre está lo inexpresable
en su pugna con la palabra
ofrecida inútilmente,
rumor de ola insistiendo
en la orilla. Como quiera
que lo es, es, lo dejamos
por si acaso quedara
en la mano alguna vez
ese grano de sal
que lleva oculto.

 

La voz que me llama
[Jugando con palabras siempre estoy]

Jugando con palabras siempre estoy
sin saber dónde terminan por llevarme,
sabiendo que son nada y en nada quedan
salvo que la verdad, que es suya, las pronuncie.

[Siempre espero que se abra la ventana]

Siempre espero que se abra la ventana,
como si abriéndose se abriera
a un fulgor completo, como si
la ventana no fuera sólo
sino iluminación total
de la explosión de la esperanza
que llevamos dentro y que por fin
nos inunda, la inundamos,
y cesamos de ser lo que somos para ser
lo que es y por siempre será dentro.

 

[Quiero las anchas tardes]

Quiero las anchas tardes
para estarme contigo.
Quiero estarme contigo simplemente,
si sabes que estar contigo significa
quedarse como no estando,
como sintiendo esos chorros de vida
que es lo tuyo y llámalo
como quieras y déjalo estar,
estando contigo.

 

Rescoldos
Sueño adentro

Hoy ya que sólo queda la sombra y el recuerdo,
la sombra de los árboles saliendo entre la brisa
de aquel jardín en donde las horas iban lentas,
como un cielo de noche, sin noche y sin orillas.
Hoy ya que sólo llevo tantos pozos a donde,
si me asomo, contemplo las cosas que me miran,
la mano vieja, el tacto, la estancia grande y clara,
el silencio y la voz cantándome tranquila
mientras me voy perdiendo sueño adentro. En la calle
un silbido, unos pasos, un vuelo. No se olvida
lo que escriben los sueños en la sangre. Revive
por la noche y a veces nos hace por el día
tornar la cara. Llaman. Ay qué sombra tu sombra
en las paredes blancas, tu falda fugitiva
entornando postigos, dejándome embargado
riberas de los sueños, aguas del sueño arriba.
Hoy que todo se hace transparente y tranquilo
como el mar cuando está muy cerca de la orilla,
y latido a latido el corazón devuelve
la ternura hecha sangre que parecía perdida.
Todo torna a lo mismo. ¿No son las sombras sabias
guardando los espejos, donde se vio algún día
aquella cara joven, aquella forma dulce,
aquel calor de ave en la mano? Prendida
de paso y para siempre clavado, para siempre
haciendo aquel instante. En lo hondo, a lo lejos,
¿este cuarto, este instante tus ojos no veían?


 



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