"poemas"
por Primo Levi.

      

 


11 de febrero de 1946

Te buscaba en las estrellas
cuando las interrogaba en mi niñez.
Pregunté a las montañas por ti
pero me dieron soledad y breve paz
tan solo alguna vez.

Como no estabas allí, en los largos crepúsculos
consideré la blasfemia temeraria
de que el mundo era el error de Dios
y, yo mismo, un error en el mundo.

Y cuando estuve cara a cara con la muerte,
todo mi ser gritó que no,
que no había acabado todavía,
que aún quedaba mucho por hacer.

Porque tú estabas ahí ante mí
conmigo a tu lado, justo como hoy,
un hombre y una mujer bajo el sol.

Volví porque tú estabas.

 

Plinio

No me retengáis, amigos, dejadme partir,
no me alejaré mucho, solo quiero llegar a la otra orilla.
Quiero observar de cerca esa nube negra
que se eleva en forma de pino por encima del Vesubio,
y saber cuál es la causa de ese extraño fulgor.

Sobrino, ¿no querrás venir conmigo? Está bien; quédate y
estudia.
Copia otra vez los apuntes que te di ayer.
No tienes que temer a la ceniza; ceniza sobre ceniza.
Nosotros mismos somos ceniza, ¿recuerdas a Epicuro?
Pronto, preparad el bote, ya es de noche:
de noche a mediodía, un portento nunca visto.

No te preocupes, hermana, sabes que soy prudente y que sé
lo que me hago;
los años que me encorvaron no pasaron en balde.
Claro que volveré pronto. Dadme solo tiempo para cruzar el golfo, observar el fenómeno y volver,
y mañana relatarlo en otro capítulo de mis libros, que espero vivan aún
cuando los viejos átomos de mi cuerpo lleven ya siglos girando, disueltos en los torbellinos del universo,
o vivan de nuevo en un águila, una muchacha o una flor.

¡Ea, marineros, obedeced! ¡Echad el bote al mar!

23 de mayo de 1978
Plinio el Viejo murió el año 79 de nuestra era, durante la erupción del Vesubio que destruyó Pompeya, por haberse acercado demasiado al volcán.

El superviviente
A B. V.
Since then, at an uncertain hour...

Desde entonces, sin que nunca sepa cuándo
la agonía vuelve,
y si no encuentra quien la escuche
su corazón le arde en el pecho.

Ve las caras de sus compañeros
lívidas en la luz del alba,
grises por el polvo de cemento,
indistintas en la niebla,
teñidas de muerte en el sueño intranquilo.
Por la noche, bajo el pesado fardo
de las pesadillas, su mandíbula se mueve,
masticando un nabo inexistente.

«Marcháos, dejadme solo, entes sumergidos,
largáos. Yo no le quité nada a nadie,
no robé el pan de ninguno.
Nadie murió en mi lugar, nadie.
Volved a vuestra niebla.
No es culpa mía que viva y respire,
y que coma, beba, duerma y me vista.»

4 de febrero de 1984

El elefante

Cavad: encontraréis mi osamenta
absurda en este lugar lleno de nieve.
Me cansé de la marcha y la pesada carga;
echaba de menos el calor y la hierba.
Encontraréis monedas y armas púnicas
enterradas por avalanchas: ¡absurdo, absurdo!
El absurdo de mi historia y el absurdo de la Historia.
¿Qué me importaban a mí Cartago y Roma?
Ahora mi fino marfil, nuestro gozo y orgullo,
noble, curvo como una luna en cuarto creciente,
yace astillado entre los guijarros del río.
No fue hecho para perforar corazas
sino para sacar raíces y agradar a las hembras.
Nosotros solo luchamos por ellas,
sabiamente, sin derramar sangre.
¿Queréis oíd mi historia? Es breve.
El astuto hindú me capturó y me domesticó,
el egipcio me puso grilletes y me vendió,
el fenicio me cubrió con una armadura
y puso una torre sobre mi grupa.
Era absurdo que yo, una torre de carne,
invulnerable, suave y terrible,
forzado aquí entre estas montañas enemigas,
resbalara en vuestro hielo que jamás había visto.
Cuando uno de nosotros se despeña, no hay quien lo salve.
Un valiente cegado trató mucho tiempo
de encontrar mi corazón con la punta de su lanza.
Lívido en el ocaso, he lanzado a estos picos
mis inútiles berridos agónicos: «¡Absurdo, absurdo!»

23 de agosto de 1984
El valiente cegado era Aníbal, que según la tradición
padeció una enfermedad ocular durante su travesía de los Alpes.

Dadnos

Dadnos algo que destruir:
una corona de flores, una esquina tranquila,
un correligionario, un magistrado,
una cabina telefónica,
un periodista, un renegado,
un hincha del equipo contrario.
una farola, una tapa de alcantarilla, un banco.

Dadnos algo que ensuciar:
una pared blanqueada, una lápida.
Dadnos algo que violar:
una muchacha tímida,
un macizo de flores, nosotros mismos.
No nos despreciéis, somos heraldos y profetas.
Dadnos algo que queme, ofenda, corte, destroce, apeste
y nos haga sentir que existimos.
Dadnos un bate o una pistola,
dadnos una jeringa o una Suzuki.

Compadecednos.

30 de abril de 1984

La niña de Pompeya

Como la angustia ajena es también la nuestra,
otra vez vivimos la tuya, niña delgada,
aferrada en un espasmo a tu madre,
como si cuando el cielo del mediodía se tornó negro
hubieras querido volver a su seno.
Era inútil, porque el aire, envenenado,
se filtró hasta hallarte tras las ventanas cerradas
de tu casa tranquila, de gruesos muros,
alguna vez feliz con tu canto y tus tímidas risas.
Han pasado siglos, las cenizas se han petrificado
aprisionando esos delicados miembros para siempre.
Así has permanecido con nosotros, como un molde de yeso
retorcido, una agonía sin término, testigo terrible de lo mucho
que nuestra orgullosa estirpe importa a los dioses.
Nada queda de tu hermana lejana,
la muchacha holandesa aprisionada entre cuatro paredes
que escribió sobre su juventud sin futuro.
Sus cenizas calladas fueron esparcidas por el viento,
su corta vida encerrada de un portazo en un cuaderno arrugado.
Nada queda de la niña de la escuela de Hiroshima,
sombra impresa sobre un muro por la luz de mil soles,
víctima sacrificada en el altar del miedo.
Poderosos de la tierra, dueños de venenos nuevos,
tristes guardianes secretos del trueno final,
los tormentos que el cielo nos envía son suficientes.
Antes de que vuestro dedo apriete el botón, deteneos, y pensad.

20 de noviembre de 1978

 

Si esto es un hombre

  Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Los que os encontráis, al volver por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:

Considerad si esto es un hombre
Quien trabaja en el fango
Quien no conoce la paz
Quien lucha por la mitad de un panecillo
Quien muere por un sí o por un no.
Considerad si es una mujer
Quien no tiene cabellos ni nombre
Ni fuerzas para recordarlo
Vacía la mirada y frío el regazo
Como una rana invernal.

Pensad que esto ha sucedido:
Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
Al estar en casa, al ir por la calle,
Al acostaros, al levantaros;
Repetídselas al vuestros hijos.

O que vuestra casa se derrumbe,
La enfermedad os imposibilite,
Vuestros descendientes os vuelvan el rostro

 

Ostjuden

Padres nuestros de esta tierra,
merecedores de múltiple ingenio,
sagaces sabios de la prole numerosa
que Dios sembró en el mundo
como Ulises la sal en los surcos:
os he vuelto a encontrar por todas partes,
tantos como la arena del mar,
vosotros, pueblo de cerviz altiva,
pobre y tenaz simiente humana.

  (4.02.1946)

 

D R M Rilke

Señor, ya es tiempo: ya fermenta el vino.
Ha llegado el tiempo de tener una casa,
o quedarse mucho tiempo sin casa.
Ha llegado el tiempo de no estar más solos,
o nos quedaremos mucho tiempo solos,
consumiremos las horas con los libros
o para escribir cartas lejanas,
largas cartas de soledad,
y recorreremos una y otra vez las alamedas,
inquietos, mientras caen las hojas.

                                                           (29.01.1946)

 

 

Ladrones

Llegan de noche como hilos de niebla,
con frecuencia incluso en pleno día.
Inadvertidos, se introducen a través
de las hendiduras, de los huecos de las cerraduras,
sin ruidos. No dejan huellas
ni quebrados cerrojos, ni desórdenes.
Son los ladrones del tiempo,
líquidos y viscosos como sanguijuelas:
se beben tu tiempo y lo escupen
como si botaran inmundicia.
Nunca les has visto el rostro. ¿Tienen rostro?
Labios y lengua sí,
y dientes muy pequeños y afilados.
Chupan sin causar dolor dejando sólo una lívida cicatriz.

 

Nota del traductor José A. Tapia Granados
Los seis poemas de Primo Levi que siguen se publicaron originalmente en italiano en el libro Ad ora incerta. La versión de Ad ora incerta que se tomó como original para esta traducción fue la de la primera reimpresión de la segunda edición (Garzanti Editori, Milán, 2004). Mi versión preliminar de estos poemas de Primo Levi no procedió del original italiano, sino de la versión en inglés (excelente a mi juicio) de Ruth Feldman y Brian Swann (Primo Levi, Collected poems, Londres y Boston, Faber & Faber, 1992).

 


 



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